I Semana de la música: “La historia de Armando (y VII)” con el cuarteto piano y cuerda de Mahler.

Las dos mujeres se quedaron calladas, mirándose en la puerta. Manuela con un gesto duro en el rostro. Un gesto que dejaba claro que la otra no era bienvenida.

Marisa con gesto neutro, sin mover un solo músculo de su cara. Su cuerpo en general denotaba un pequeño grado de altivez. Estaba en campo enemigo, pero eso no la arredraba.

Armando salió de la cocina con una bandeja de sandwhiches que había traído el señor Flores, el del primero. Había vuelto de viaje y se había enterado del concierto y no quería perdérselo. “No he podido preparar nada más, que llegué esta mañana”.

– ¡Marisa! no estaba seguro que vinieras. Ya os conocéis ¿verdad?

Manuela giró la vista para escudriñar la cara de su marido que siguió caminando hacia el saloncito. Ella no tenía constancia de que supiera que se conocían. Hoy su marido la estaba sorprendiendo en muchas cosas. No parecía el mismo. Empezaba a pensar que ese día, iba a cambiar su vida mucho más de lo que ya había tenido previsto.

– Este es mi hijo Felipe.

– Ya nos hemos visto… – comenzó a decir el joven. Pero su intento de explicación se quedó en el aire, así como su brazo extendido para saludar a la anfitriona.

Su madre le hizo un gesto con la cabeza para que entrara. Felipe fue a cerrar la puerta cuando una voz cansada llamó su atención.

– Buenas noches – dijo un señor que subía las escaleras con dificultad – ¡No me cierre por favor! Son nuevos, ¿Verdad? ¿Vienen al concierto? Tocan como los ángeles.

– ¿Le ayudo, caballero? Si va cargado… – Felipe salió de la casa y bajó le tramo de escaleras hasta llegar a dónde el señor – Deme esa bandeja y usted, agárrese a mi brazo.

– Muchas gracias joven. Me llamo José Manuel. Tiene el brazo fuerte y es apuesto. Seguro que tiene muchas pretendientes.

– Me llamo Felipe. Y en cuanto a los pretendientes, me temo que estoy soltero y busco pretendientes hombres. ¿Y viene mucha gente a casa de Armando?

– Muchas noches no cabemos casi en casa. Hoy es un día especial, Armando nos ha avisado para que no faltemos ninguno.

– Esta bandeja huele muy bien.

– He hecho unos jamoncitos de pavo al Oporto. Me gusta la cocina ¿sabe? Y al pequeño de Armando, le gusta mucho. Y ha vuelto hoy de la casa de su tía. Le quiero dar una sorpresa.

– Bueno, pues ya veo que cuida a los chicos de Armando como si fueran propios.

– El pequeño me tiene loco. Y la chica. Los otros son un poco más reservados, pero son muy educados. Los pequeños me quieren mucho y me ayudan a veces a ir al supermercado. Y a mi edad cualquier muestra de cariño es muy bienvenida. No tengo demasiados que me prodiguen esos quereres.

– D. José Manuel, huelo a esos jamocitos de pavo que tan bien le salen.

– Jovellanos, cuanto me alegra que haya podido bajar.

– Lo he podido arreglar. No me lo podía perder.

– Veo que usted trae también una bandeja con comida.

– Si, es que no me parecía bien venir con las manos vacías. Insistió tanto Armando en que viniéramos… me ha preocupado un poco, la verdad.

– Todos traen algo de comer. No se nos ha ocurrido a mi madre y a mí.

– Pero no, no se preocupe, que lo hacemos porque nos parece bien, no es por obligación. Si Manuela es una gran cocinera y se arregla a las mil maravillas. Sabe hacer virguerías con cuatro pesetas. Es que andan un poco justos – se frotó el dedo índice y el pulgar en el gesto característico para indicar dinero.

– D. José Manuel, que esas son intimidades – le recriminó suavemente el Sr. Jovellanos.

– Todos a la vez. Pero esto que es… Jovellanos, no debía… – Armando le hizo un gesto de reproche. – Y usted, D. José Manuel… Felipe, pasa, no te quedes ahí. ¡Chicos, Artur está en su cuarto! – les dijo a los hijos de Jovellanos, que salieron corriendo hacia allí.

– Mis chicos que han insistido, les apetecía cenar tortillas variadas, y he hecho tres de ellas.

– Yo es que me aburría. – se justificó el vecino de abajo.

– ¿Ha hecho esa que tiene muchas cosas? – Mª Carmen llegaba con su marido y su hermana Julieta.- y ahí hay más de tres ¿eh?

– ¿La Paisana? Sí, Doña Carmen, ya sé que le gusta mucho.

– Hoy es el día de los secretos – Felipe se acercó a Armando. – Todos sus invitados vienen preocupados por su reclamo.

– Pasen todos. No sé si habrá sillas suficientes – Armando ignoró la afirmación de Felipe.

– Subimos a por unas sillas, sin ningún problema – se ofreció Jovellanos.

Iba a cerrar la puerta, cuando llegaron Pepe y su novia.

– Mi madre me ha hecho una bandeja de croquetas. Están de muerte, se lo aseguro.

– ¡Oh! No te tenías que molestar, y encima has metido en el ajo a tu madre, no puede ser, me siento mal.

– No se moleste, mi Pepe me comentó que íbamos a cenar así y tal de informal, y mi madre, es que le encantan las croquetas y las hace estupendas, y no es molestia, de verdad. Estoy super contenta de venir y ser invitada. Mi Pepe me ha hablado guay de ustedes.

– ¿Y este chico viene con vosotros?

El aludido se puso colorado y con apenas un susurro dijo que se llamaba Carlos.

– ¿El churri de Inés? Ya tenía ganas de echarte un ojo.

El chico subió un grado más la coloratura de sus mejillas e hizo un gesto como para echarse a correr. Pero Armando le cogió del brazo y le metió en casa.

– Por ahí anda Inés, y luego hablamos, jovencito, que me tienes que contar a ver que has leído de Turina, que ya me ha dicho mi hija.

Se fueron acomodando en donde podían. Si la casa era ya pequeña para esas reuniones que organizaban por las noches, convertirlas en una cena, por muy informal que se pretendiera, todo resultaba un gran problema. Aunque todos fueron aportando lo que se iba necesitando y al final, comida había de sobra.

Marisa después de hacer los saludos que la educación obligaba, se refugió en la esquina más lejana y reservada que pudo encontrar. Estaba cerca de todo el mundo, porque era imposible no estarlo, no había sitio para que la situación fuera distinta, pero consiguió pasar desapercibida y apartarse de las conversaciones. Necesitaba su espacio para pensar, para observar…

No quería interferir en lo que su hijo hiciera respecto a Armando. Después de la discusión que habían tenido en casa, le había obligado a prometerla que hablaría con Armando en cuanto llegaran. Y así lo había hecho, ella lo siguió con atención mientras hablaban en un rincón. Notaba que no estaba convencido de lo que estaba haciendo, pero lo hacía. Era testarudo y tardaría en dar su brazo a torcer y confesar abiertamente que había metido la pata hasta el fondo al interpretar los papeles de su padre que se había llevado a su propia casa. Marisa se fijó también en Armando que apenas respondió a todo lo que le comentaba su hijo. Se le notaba que estaba dolido por el comportamiento del chico. Y aunque Armando no era rencoroso y los enfados se le pasaban pronto, quizás todo lo que llevaba ya sobre las espaldas, le hacían ser menos comprensivo.

Llegó José Luis con sus hijos. Se saludaron apenas con un gesto de la cabeza. Rosalía, la mayor del empresario, rápidamente buscó a Íñigo. El chico la hizo un hueco a su lado y se pusieron a hablar como dos torrenteras que bajaba crecidas a causa del agua que había caído de una tormenta persistente. “Si es posible que se enteren de lo que dicen”. Marisa no pudo evitar marcar una sonrisa en su cara. En cambio, cerca de esa pareja, estaban Inés y Carlos, que parecían decirse todo con miradas.

Ella era así de joven, como Rosalía. Un torbellino que todo lo arrasaba. Lo decía su padre cada vez que se encontraban con alguna amistad. “Esta chica es un terremoto que lo arrasa todo”. Pero cuando se sentaba con su violín, la paz llegaba a su ánimo. Fue una pena que para poder tocar en un escenario, tuviera que mentir a toda su familia e inventarse un nombre ficticio. Ese plan duró unos años, pocos, demasiado pocos, hasta que conoció a Benito. Se enamoró y se comprometió con él en pocos meses. Y luego conoció a Armando. Y todo lo que creyó que era, dejó de ser. Lo que pensó que era amor, se convirtió en una cortina de humo. Pero ya estaba casada. ¿Por qué lo tuvo que conocer en su boda, el día anterior cuando Benito se lo presentó porque se iba a encargar de la música de la ceremonia?

“¡Que suerte!” Le dijeron todos. El prestigio de Armando como violinista era ya algo que había traspasado los círculos exclusivos de la música, para convertirse en algo que cualquiera con un mínimo interés en la cultura, conocía. Ella misma, hacía mucho tiempo que seguía su carrera. Y ahora resulta que era íntimo amigo de Benito.

Ella lloró en el baño cuando acabó al ceremonia. Lloró y lloró. Hasta que dos amigas de las del colegio, fueron a buscarla. “Qué emocionada está Marisa, con lo dura que parecía”. Menos mal que eran sus amigas, pensó, aunque por una vez en su vida, calló. Y calló su amor pasional, resultante sin duda de un flechazo bien tirado por cupido. Un flechazo a destiempo y con muy mala leche.

Tuvo que hacer un esfuerzo por no ponerse a llorar allí, en su rincón. Su hijo la miraba de vez en cuando, pero si se preocupó en algún momento, rápidamente lo apartó de su cabeza. Estaba demasiado ocupado intimando con Jovellanos, el vecino de arriba, el de los tres niños. “Mi hijo ya ha cazado, madurito como le gustan”.

David y Nuño apenas hablaban. Se les notaba enfadados. Rúl los miraba desde el otro lado de la habitación. Intentaba llamar la atención de su hermano sin tener que acercarse a hablar con él. Al final se cruzaron sus miradas. David entendió y habló con Nuño. Éste negó con la cabeza. David se puso de pie y puso los brazos en jarras. Hablaba muy cerca del oído de su novio para que no se enterara nadie. Pero el gesto de su cuerpo no dejaba la menor duda de su enfado. Nuño se encogió de hombros y clavó sus ojos en los de David. “¡Que te vaya bien!”

Rúl cogió el violín y caminó hacia la puerta de la calle. David lo siguió al poco.

– Ya le he dicho que es idiota, va a echar a perder su vida – le dijo Rúl a su hermano cuando estuvieron juntos.

– Estarás contenta ¿no?

Marisa se sobresaltó. No había visto acercarse a Armando. Intentó poner cara de no saber que pasaba. Pero sabía que a Armando no lo podía engañar. “Me rechazaste, pusiste por encima a Benito, tu amigo, al amor que me tenías”. “Casi me engañas”. “Esto pasó antes de que nos viéramos”. “Da igual”. “No, Armando”. “Qué os aproveche a Amador y a ti, ya me habéis quitado todo lo que tenía. Y la boba de Manuela, que tanto te desprecia, haciéndoos el caldo gordo, será tonta”.

– ¡Ah! Por cierto, Felipe ha entendido bien ya todo. Ya sabe que soy su padre. Y no se lo he dicho yo. Entre las cartas que le has dado para que se convenciera, cuando habéis discutido esta tarde, estaba aquella en que te preguntaba por él, antes de que me cansara de escribirte al no recibir nunca respuestas.

Armando se alejó tan sigiloso como se había acercado. Marisa pensó en seguirlo y explicarle. Pero la mirada despreciativa de su hijo, desde el pasillo, la detuvo.

– ¿Cuándo va a empezar el concierto? – dijo el mediano de los chicos de Jovellanos.

– No seas pesado, Kevin. – su padre se había dado cuenta de que los gemelos y su madre estaban a punto de irse y no quería poner en un aprieto a Armando.

– Ahora, ahora.

Armando cogió el violín. Afinó las cuerdas, tensó el arco, y se lo colocó debajo del mentón. Mientras hacía esto, Manuela y los gemelos, salían de casa sin mirar atrás.

– Papá.

Inés lo miraba suplicante. Había visto irse a sus hermanos y a su madre.

Su padre sonrió.

– Todo está bien. Ya sabías que se iban a ir.

– ¿Por mi culpa? – dijo pesaroso Arturo.

El niño se acercó a su hermana y a su padre con la cabeza gacha.

– No, ¿Por qué va a ser tu culpa, enano?

– Habéis discutido antes – apuntó Inés – por mi culpa. Y esta tarde le ha montado una bulla a Artur.

– No tiene nada que ver con vosotros. ¿Queríais iros con mamá?

– ¡No! – dijeron rotundos los dos.

– ¿Qué tocamos Armando?

Nuño había sacado la viola y se puso a su lado. Íñigo y Martina hicieron lo mismo con sus violonchelos.

– Si me permitís, me gustaría tocar con vosotros.

Felipe se acercó y se sentó al piano.

– ¿Te sabes el cuarteto de Mahler?

– Claro.

Se cruzaron sus miradas. Repitieron en esos escasos segundos toda la conversación que habían tenido antes. Era un día en que todo ocupaba de nuevo el lugar que correspondía. Marisa captó esa mirada y supo que habían llegado a un límite en su conversación que ni ella misma había sido capaz de predecir, mucho menos esperar. No supo si alegrarse o no. Lo que sí decidió es que ya era hora de dejar que la vida siguiera avanzando y dejar que el rencor dejara de mover sus acciones vitales. Su vida, al final, llena eso sí de comodidades, había sido un dislate completo, en la que no había sabido retener al hombre al que había amado y compartió su intimidad con otro hombre que no la podía amar porque era incapaz de amar a una mujer. Miró a su hijo sentado al piano. Era lo único que ahora mitigaba la sensación de haber tirado su vida por la borda con sus decisiones erróneas. Por fin su hijo ocupaba el lugar que le correspondía, sentado al piano, al lado de uno de los mejores músicos que había conocido.

– Hoy es un día importante, amigos. – Armando había empezado a hablar – Hoy hemos roto las ataduras del pasado. Empezamos una nueva vida. La música ha sido siempre mi vida. La música hay muchas formas de entenderla. Yo la entiendo como un mar de sentimientos, de historias. De llenar a la gente, a vosotros, llenaros de sueños. Calmar vuestras almas.

No todos sienten la música de la misma forma. Algunos creen que la música es para unos pocos. Pero no… yo creo que la música es para todo el mundo. Todos deben tener acceso a ella y los músicos debemos acercarla. Enseñarla. Por eso me gustan estos conciertos. Dejadme dar las gracias a Íñigo, a Martina, a Nuño, que se han quedado a mi lado. Saludar a Felipe, que es un gran pianista, estoy seguro. Y quiero dar un beso a mis niños, a Inés y a Artur, que han decidido quedarse a cuidar a este pobre viejo.

– Papá no eres viejo – le salió a Arturo sin pensar. Cuando vio a todos que lo miraban, se puso colorado y bajó la vista.

– Vamos a tocar, Armando, que nos vamos a poner todos acuosos.

– Vamos, vamos, Nuño, toquemos.

– Mahler, Cuarteto y piano en La menor.

.

 

 .

 “Que bonitos aplausos”, pensó Andrea. Los miraba a todos semi-escondida en el pasillo. Con su inseparable perro. Su hijo, había tocado como nunca. Su Íñigo. Se dio media vuelta para irse antes de que el chico reparara en ella. Al girarse su mirada se encontró con la de Armando unos segundos. “Gracias”, le dijo.

Caminó despacio hacia la puerta. Echó una última mirada y vio a su hijo feliz que a su vez hacía ojitos a una chica que parecía que los recibía con gusto. Sintió como el corazón repicaba y una lágrima surcó su mejilla. Sonrió, y despacio, muy despacio, cerró la puerta.

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La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)

La historia de Armando (III)

La historia de Armando (IV)

La historia de Armando (V)

La historia de Armando (VI)

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2 pensamientos en “I Semana de la música: “La historia de Armando (y VII)” con el cuarteto piano y cuerda de Mahler.

    • Pues Josep, no se puede decir nunca que una historia acaba, pero de momento, Armando nos abandona.
      ¿Has llorado un poco? me alegra saberlo, misión cumplida.
      😉

      besos.
      muchos.
      envueltos

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