I Semana de la música: Dídac escribe la Sinfonía Final.

SINFONÍA FINAL

Adagio desde el Olimpo.

No recuerdo cuanto tiempo hace que no estaba en el Olimpo. Es más, aunque tengo dudas, pienso que Afrodita todavía era una quinceañera con la cabeza llena de pájaros. Lo de Apolo aún continúa. Sigue bello, pero tanta soberbia se convierte en un desafino constante. Creo que no he dicho que me llamo Pistias. No os confundáis con el Pistias de la famosa armadura de oro, al que Sócrates interpelaba. No somos ni parientes ni nos conocemos y además estamos en siglos contrarios.

Mi presencia en el Olimpo no tiene más motivo que visitar a Orfeo, que es un Dios vinculado con la música; impetuoso el muchacho, pero con oído de prodigio y sobre todas las cosas, capaz de que el universo se mueva con Armonia. Sí esa es la función primordial de la música porque la Armonía forma parte de la música; pero es esa emanación de ésta que da nombre al deseo más precioso que yo tengo para todos: que la Armonía reine. En los besos, en las caricias, en las sonrisas y también en los “te quieros”, reine en la sombra de unos cabellos rubios o morenos, en unos ojos azules o pardos, en la paz del escritor dando vida a miles de personajes, o también en su dolor. Porque crear es doloroso, aunque el resultado siempre sea un correr de agua cristalina en el arroyo del alma.

Estoy aquí para visitar a Orfeo, para disfrutar de sus nubes llenas de notas y de Armonías. Yo era un pastor en el Peloponeso. Un día, mirando al cielo, recordé aquello que me habían enseñado los seguidores de Pitágoras, esa teoría de la Música de las Esferas: el gobierno del Universo por propiedades numéricas armoniosas y que ese movimiento de los astros y de las estrellas producen música, distancia entre planetas se mide por intervalos musicales, harmonia tou kosmou que sería la «armonía del cosmos».

Y vengo a contarle a Orfeo que así es, él lo sabe y en esta orquestación Zeus y todos los dioses, mucho han tenido que ver, pues en muchos sonidos y compases se ve el rayo y el trueno, y se escucha el mecer del viento en un campo de trigo con adagios de colores o como el suave descender de un pétalo de margarita en un “me quiere o no me quiere” forma una sucesión de notas que se acompasa perfectamente con el sonido que producen Saturno y Urano.

Por todo ello ha habido en estos días de Armonía, muchos sonidos que han hecho del Universo música, porque no solo hay estrellas y cometas y polvo cósmicos flotando en el espacio y haciendo música. Maravillosos asteroides han embellecido el oído en pentagramas sublimes. Me ha gustado y así se lo haré saber a Orfeo, especialmente Armando y su historia y sus músicas y sus dramas no exentos de sonrisas, de cuerdas del corazón, de lunas, de bemoles pasados, porque la música es un momento propio y a la vez ese momento hace música.

Y el Universo se ha expandido en Oriente con la sensualidad de Hikari Oé, donde cada nota en un suceder de arpegios era una caricia en nuestra piel, como cada beso que nos ha dado Tete Montoliu desde las estrellas de luces azules, con la música, se sonríe, se ama y se llora. Uno se siente grande con los grandes Coros de ópera y pequeño y en su rincón con la intimidad de Víctor Jara o de George Moustaki.

De todo esto Orfeo sabe mucho, porque su copa no está llena de Ambrosía. Lo está de notas, de acordes, de batidos de cuerdas y de sonoros timbales; también de viento en insinuaciones de fagot. Por eso quiero preguntarle cuánto ha llorado con Mozart y cuánto ha reído con Lorién Anderson. Uy, Uy, Uy, perdón, Leroy Anderson quería decir.

Al final Schubert, Berstein, Turina, Teresa Berganza, Dave Brubeck o Bach, son parte de nuestro universo de armonía, ese que sobre todo nos permite alimentarnos de emoción. Porque esa emoción nos hacer felices, nos deja entre las plumas del sosiego con la mirada limpia, viendo en el espejo de las notas como nuestra peli tiene también banda sonora, porque todos hemos dado un beso con música de fondo.

Hoy en el Olimpo, le contaré a Orfeo, que todo suena y que hay batutas prodigiosas, violines y violas, cellos, trompas, tambores y castañuelas que hacen que la música de las esferas se retroalimente, que la arquitectura de una nota sea belleza que sale y entra y sobre todo que desde ese sonido forjado en la cultura más popular de la mano del folk hasta la sonata más dulce todo contribuye a que seamos Universo.

Orfeo me espera. Antes de irme, quiero contar que la música es un sueño ¡No despertéis jamás! Es el sueño que os acaricia y os envuelve y además, os deja libres para sonreír.