Una historia, como miles.

Una historia puede comenzar en cualquier sitio y con cualquier excusa.

La sala de espera de un hospital, es un buen sitio. Con la máquina de bebidas al fondo. Dorian está en el sofá, estirado, descalzo. Como si fuera su casa y no un lugar público. Está feliz hablando por teléfono. Riendo. Su historia puede ser divertida, o sangrante. Puede ser un chico maravilloso, lleno de vida, o de rencor. O de tontería. Puede ser alguien que está pendiente de los suyos o que solo atiende a sus deseos.

Quizás está hablando con Ramón.

Ramón es su novio. Es un hombre que vive en la permanente juventud. La foto que pone siempre en las redes sociales, fue la que le hizo un fotógrafo que quería tirárselo, cuando tenía 19 años. Ahora tiene casi tres veces la edad de la foto, pero él no quiere reconocerlo. Y sus allegados, coinciden con que apenas ha rebasado los 17.

Hablan y hablan. Están encoñados los dos, de tal forma que raya con la estupidez.

Los amigos de uno y de otro, piensan que Dorian está con Ramón por el dinero. Ellos dicen que no, lo niegan, lo re-niegan, pero no convencen a nadie. Será porque los amigos del uno y del otro los conocen. Saben que el uno busca quien le mantenga, y el otro busca un mantenido. Las cosas son menos emocionales así, las palabras parece que tienen otro significado, que no calan. Un “te quiero” dicho de esa forma es como más… como menos “implicador”.

Hasta el sexo parece distinto. Es como tener un chapero a tiempo completo. El cobra, yo pago, follamos, reímos y demás. Te sientes acompañado pero sin tensiones.

Ahora que lo pienso, algunos dicen que un chapero sale más barato que un novio. No sé si Ramón estará de acuerdo con esta afirmación. Dorian a lo mejor sí.

Felipe entra en la sala de espera enfadado. No venía enfadado, venía cansado, pero encontrarse a su amigo riendo, tirado en el sofá, descalzo, como si estuviera en su casa, cuando su madre estaba muy enferma, le ha cambiado el humor.

– Para esto te podías haber quedado en casa, cabrón.

Qué tiempos aquellos en los que iban a la playa juntos y lo pasaban en grande. Juntos siempre, pero no revueltos. Por mucho que pensara Dorian a veces, Felipe no lo quería de esa forma. Podía parecer que era una decisión premeditada, que Felipe conocía mejor que nadie a Dorian y sabía que no le iba a dar lo que necesitaba. Y en parte, no le faltaba razón. Pero también era una cosa visceral. Le gustaba mucho como amigo, pero nada como posible amante. Y no le ponía nada, aunque había que reconocer que Dorian era un hombre muy atractivo.

Una vez estuvieron a punto de hacerlo. Se tocaron el paquete, se morrearon… pero de repente a Felipe le dio un bajón y lo dejaron.

Felipe se quedó un rato, sentado en una silla, mirando al infinito. Estudiando lo que había pasado, lo que había sentido, lo que… pero no halló respuesta. Quizás necesitaba por entonces un poco de cariño, un roce especial que le hiciera olvidar la mala época que estaba pasando. Pero una cosa le quedó clara: no iba a volver a pasar.

Ahora, ahí en la puerta, mirando como reía despreocupado hablando con su novio por teléfono, se preguntaba si no tenía que replantearse alguna otra cuestión al respecto. Lo había llamado hacía unos días pidiéndole que viniera a tomar un café con él y así, despejarse o desahogarse. Lo necesitaba. Era el tiempo que llevaba su madre en el hospital. Su enfermedad se había agravado Pasaba con ella todo el tiempo que el trabajo le permitía. Dormía con ella en el hospital, salvo cuando Pilar, su hermana, vino el fin de semana desde Oviedo. Estaba cansado y agobiado. Necesitaba a su amigo. Pero desde que estaba con Ramón, las cosas no eran iguales. Ya no recordaba la última vez que pasaron un rato juntos, charlando.

Al final, Dorian ha ido. Le ha saludado, se han abrazado, incluso le ha dado un beso en la mejilla.

– Chavalote, ya estoy aquí. Tu madre se va a poner bien, seguro. La veo muy bien.

Felipe lo ha mirado con cara de bobo. “¿Chavalote?”. “¿De qué va éste?”. “¿La ves bien? Pero si no la has mirado siquiera”. Por dentro le iba subiendo una sensación de desilusión, incluso de furia. En ese momento se ha empezado a arrepentir de haberlo llamado. “Está visto que en lugar de ayudarme, me va a poner peor”.

Pero rápidamente, como casi siempre hacía, ha empezado a poner excusas. La mejor que encontró, y que posiblemente tuviera algo de sentido, es que estaba muy susceptible y que posiblemente no fuera para tanto. Al fin y al cabo, la enfermedad incomoda a mucha gente, no saben como comportarse ante ella, ante un enfermo, ante un allegado que lo está pasando mal, que piensa que va a perder a esa persona en cualquier momento. La muerte al final del camino. A algunas personas, ese hecho les cuesta afrontarlo.

– Voy un momento al servicio.

No dejó tiempo para explicarle que podía utilizar el de la habitación. Su madre lo miraba salir un poco despistada. Estaba medio atontada por los sedantes que la estaban poniendo.

– Vete a tomar un café con Dorian, Felipe, yo estoy bien.

Sonrió.

Felipe la sonrió a ella.

– Ahora vuelve, no te preocupes.

– Vete…

– No, me quedo contigo, mamá. Ahora vuelve, no insistas.

– Hola.

Levantó la vista y vio a Tere. Tere era la vecina del piso de abajo. Tenía su misma edad y de pequeños jugaban mucho. Luego, se fueron separando, la vida, ya se sabe. Pero siempre se saludaban y a veces se quedaban hablando en el descansillo, recordando cuando eran pequeños. Ya podían pasar meses sin encontrarse que parecía que la complicidad que tuvieron de pequeños no se perdía nunca.

– Tere.

Se le notó la ilusión a la madre de Felipe. Era su sueño secreto, que su hijo se casara con ella. No acababa de entender que eso no sucedería nunca, porque a Felipe no le gustaban las chicas. Una vez que discutieron sobre ello y él proclamaba lo de la “mente abierta” referido a un compañero de trabajo con el que se llevaba bien y que le empezaba a hacer tilín, “Y yo le gusto, pero no tiene mentalidad abierta”, dijo Felipe, ella le dio la vuelta al argumento: “Igual que tú con Tere”. “Es distinto”. Y su madre sonrió de esa forma en que sonreían las madres, sabiendo que había ganado la pelea dialéctica, aunque nunca le dará la razón. Y él sabía que había perdido. Y que nunca le daría la razón.

Tere saludó a su madre. Se sentó en la cama, sin apoyarse del todo para no molestar. La cogió la mano entre las suyas y empezaron a hablar. Los tres. Estaban a gusto. Llegó un momento en que Felipe empezó a notar el cansancio y daba alguna cabezada.

– Vete a buscar a Dorian, anda, y así te tomas un café. Tere me hace compañía.

Y fue.

Y maldita la hora. Encontró a Dorian.

Y estuvo escuchando un rato.

Y se preguntó como lo había tenido por su mejor amigo todo esos años. “Quizás el día que no quise follar con él porque no lo veía como pareja, debía haberme cuestionado si lo veía como amigo”.

Se acerco a la máquina de refrescos y sacó una lata de Pepsi. Cogió una silla y se la acercó al sofá.

– Tengo que colgar, luego te llamo.

Y colgó.

– Ahora iba a ir…

– Gracias por venir a apoyarme. Si no hubiera sido por ti, no sé como hubiera acabado el día.

Y le puso su mano sobre el hombro, mirándolo fijamente, serio.

Dorian tuvo la idea de que a lo mejor, le estaba tomando el pelo, pero al verlo tan serio, sin un atisbo ni indicio de ironía ó sarcasmo, le contestó convencido:

– Para eso están los amigos.

– Te vas ya ¿no?

– Eh…

Dorian tuvo un breve momento de lucidez y supo que en ese momento, había perdido a un amigo. A su mejor amigo. Pero en ese instante, lo que le apremiaba era volver a conectar con Ramón, y dado que ya no hacía nada en el hospital, ir a casa y pasar una noche divertida con él. Todas las noches eran divertidas con Ramón. “Ya arreglaré lo de Felipe otro día”. “las cosas volverán a ser como siempre”, pensó, seguro de sí mismo y de su ascendencia sobre su amigo.

Felipe lo vio irse pasillo adelante. Cuando giró, para coger el ascensor, vio como sacaba el teléfono de nuevo.

– Ha hecho un gran esfuerzo: tres minutos.

Le dieron ganas de reír, pero pensó que a lo mejor, lo que de verdad tenía ganas era de llorar.

Volvió con su madre. Tere se había quedado traspuesta. La despertó suavemente.

– ¡Qué boba! Si me he quedado dormida.

La acompañó al ascensor. Volviendo recibió un mensaje de ella, dándole otra vez las buenas noches. Seguido, recibió un mensaje de su hermana que estaba trabajando. Y al cabo de cinco minutos, fue Pablo, ese compañero de trabajo que le cubría hoy, el que le hacía tilín, el que le mandó un mensaje para animarlo.

Felipe sonrió.

Dio un beso a su madre en la frente y se sentó en la butaca a leer un libro: “El tiempo que nos une” de Alejandro Palomas.

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5 pensamientos en “Una historia, como miles.

    • Pero sonia, eso lo hemos visto antes, lo que pasa es que lo dejamos pasar… “pelillos a la mar”.
      😉

      besos.
      muchos.
      envueltos.

    • Unos están, algunas veces sí, pero otros y en otras ocasiones, no.
      Eso de que están cuando se les necesita, es una buena forma de decir que no están, salvo que llames diciendo que estás al borde de la muerte.

      😉

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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