Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (15).

Ya sé que hace tiempo que paré de publicar este cuento. Creció, creció y tuve que dominarlo. Y os pido perdón por la tardanza en conseguirlo. Me imagino que a muchos ya se les habrá pasado las ganas de leer el resto de la historia. Pero espero que a algunos otros, les siga apeteciendo.

Os pongo el enlace para que podáis echar un vistazo a los capítulos anteriores y coger el hilo.

Vamos con el capítulo 15.

Gracias.

—-

Para ponerse al día con el relato.

—-

– ¡Que guay!

Arturo le dio unos golpes en la espalda.

– Mola tío. Lo de la Irene me ha molado un huevo. Y me has copiado lo de nasti de plasti, que guay. No te cobraré derechos – levantó un poco el mentón como para darse importancia.

Ernesto sonrió. Aunque no fue una sonrisa satisfecha y alegre, más bien era algo triste.

– ¿Qué te pasa Ernesto? No te noto guay… deberías estar contento, satisfecho… a mí me ha molado un huevo, y no te como la oreja fácil, ya sabes.

– No sé… debería… quizás debería haber sacado ese otro final que habíamos pensado ¿Te acuerdas? Éste ha sido muy chupi guay. Demasiado. Cuando no me salía una línea, te acuerdas, lloraba por un poco de mi ñoñería natural, y ahora… a lo mejor me pasé con las súplicas.

– Sí, pero éste está guay, y lo de la Irene y el Gabriel… es un golpe diver y no te lo esperas ni de coña. Te quedas con la peña. Y te empezó a salir todo cuando nos encontramos. Es que me necesitas, está claro.

– “La Irene”, pero que de pueblo, parece mentira que pretendas ser mi secretario… y no te des tanto aire, que te va a entrar tortícolis.

Arturo sonrió…

– Te noto más tranquilo ahora. Parece que se te ha pasado la ansiedad. – Ernesto lo observaba con atención estudiando cada gesto. Era realmente lo que le preocupaba mientras hablaban. Estudiaba a Arturo en cada frase o silencio para intentar descubrir si iba mejor o no.

– Será la medicación.

Ernesto abrió los ojos sorprendido por la respuesta, pero no quiso indagar… ahora volvía a ser él el que estaba cansado. La duda, la salud del chico… la manera de hacer, de enfocar, de tratarlo, de… la manera de buscar una fórmula para que se encontrara mejor… y la necesidad de escribir, porque todo pasaba, las soluciones que podía dar a los chicos, pasaban por poder mantenerlos… pero eso sería más delante, ahora debía preocuparse de la salud de Arturo. ¿Por qué esos ataques de ansiedad?

– No sé… – Ernesto suspiró intentando apartar de su cabeza su desasosiego – no sé… si eliminar el relato como decías antes. Total… Lleó y Oier… quizás puedan tener otro momento, una historia para ellos solos, de más enjundia y con mayor protagonismo.

– Ya es tarde, tío. Debes… venga, sigo escribiendo yo, así no te cansas… tanto. ¿Hace cuanto no duermes? – Arturo volvía a insistir.

– Pero bueno, pareces mi madre.

– Soy lo más cercano que tienes. Todavía no me has dado las gracias por la de veces que te he tapado con la manta de viaje cuando te quedabas dormido en el sofá. O que te he llevado un café, o una Coca-Cola mientras escribías.

– Vale. Gracias.

– O que he preparado la cena para que siguieras escribiendo y te la he llevado al cuarto.

– Gracias.

– O que te he dado masajes.

– Gracias.

– O que…

– ¡¡Vale!! Descansa un poco… que algo habré hecho yo por ti, digo yo.

– No recuerdo… dame las gracias anda, que estoy malito – volvió a levantar un poco el mentón con chulería fingida, aunque con mirada de pena.

– ¿Malito? Para meterte conmigo no parece que lo estés.

– Todo por… – empezó a protestar Arturo, pero su tío le cortó en seco.

– Vale. Gracias. Gracias y gracias.- hizo una pausa – Mamá.

– De nada. ¿Hace cuanto no duermes?

– Deberíamos… no se escucha nada. Está todo en silencio – cambió de tema.

– Son las mil.

– Ya es casi de día. Falta poco para amanecer.

– Pues saldrá alguien a comprar el periódico.

– ¿Y si todos han muerto? ¿O si es verdad el relato y todos se han convertido en pósters?

– ¿Serán todos malos en el edificio?

– Menos Tomás. Los demás… – hizo el gesto con el dedo gordo hacia abajo.

– Germán no es malo.

Arturo se quedó pensativo.

– Pero hace daño. Qué más da si es bueno… el resultado es lo que cuenta. Y es retorcido.

– ¡Ah! No sé… no hables así de tu tío, es… bueno, es tu tío. Y los vecinos no son malos. De todas formas, los malos tiene atractivo.

– ¿Por eso seguiste con él?

– ¡Arturo! No seas tan… es complicado… – Ernesto pensaba que ni él mismo sabía las razones de haber estado tantos años con Germán.

– Vale, me callo. Venga – dijo cogiendo el ipad – díctame. Ya hablaremos del sueldo.

– Tendrás morro…

Y Arturo, sacó todo el morro del que era capaz, hasta que su tío le dio una colleja que no vio llegar por entrecerrar los ojos a causa de la mueca.

.

– Pues ésta estaba… o está gorda de cojones – Lleó se arrepintió de inmediato el comentario, al ver la cara que había puesto Beñat.

– Ni caso, no le hagas ni caso – decía Oier al niño mientras lanzaba una mirada de reproche a Lleó. Cogió el póster para colocarlo otra vez en el lugar que lo encontró. Cuando lo consiguió, movió los brazos para recuperarlos del esfuerzo.

– Olga, esto es una locura – saludó Lleó llevándose las manos a la cabeza. – ¿Conoces a mi tío?

– Sí de pasada, alguna vez en el ascensor.

Olga saludó a Oier con la cabeza.

– Hola Beñat – la chica sonrió por primera vez al saludar al niño. – Debemos irnos – miró a todos por turnos, muy seria – seguir a la música. Lo siento aquí – y se señaló el pecho a la altura del corazón – y está en el ambiente ¿No lo notáis?

– ¿En el ambiente? – Lleó no entendió lo que quería decir, pero como conocía su afición por lo estrambótico y paranormal, y lo fácil que se enrollaba con el tema, no quiso preguntar – Pero… ¿Sabes que ha pasado? ¿Y la música?

– Una maldición. Seguro.

– Venga ya, no te quedes conmigo – se burló Lleó – siempre viendo conspiraciones y maldiciones del más allá.

La chica se encogió de hombros.

– No me creas si no quieres. Ríete si lo prefieres búrlate como hacen todos. Deberías a lo mejor haberte convertido en cartel como todos estos por maltratarme – Lleó hizo un gesto de contrición – Te creerás un listillo, pero lo ha dicho hace un momento la radio. Un pavo que ha hablado. Parecía joven, un becario, seguro, no era el que habla todos los días. Vamos y luego me diréis. A lo mejor quieres jugarte algo.

– O sea que no lo has sentido en el corazón o donde sea, sino que lo ha dicho el becario de la radio – Lleó se burlaba de ella.

– Las dos cosas No te lo creas si no quieres. Allá tú.

Oier fue a cerrar la puerta de la casa y echó una última ojeada. Algo le llamó la atención en la disposición de los póster.

– ¿Os habéis fijado? – Oier señalaba al padre de Beñat y a su tía

Lleó y Olga se dieron la vuelta. Beñat estaba en el descansillo y no hizo ningún movimiento para acercarse otra vez y mirar.

– Parece… – Lleó dejó la frase inacabada, no sabía como decirlo…

– Se estaban pegando de leches. Literalmente. – Olga fue contundente en su respuesta – ¿Nos vamos? – todavía estaba un poco mosqueada por las burlas de Lleó.

– No te mosquees, tonta, si ya sabes que soy medio bobo. – Lleó la empujó suavemente como gesto de conciliación.

Bajaron las escaleras con la ayuda de la luz de la linterna de Beñat. En el portal se encontraron con cinco carteles. Pepe, el del 5ºD, que debajo ponía: Homófobo – violento. María, la del 2ºA: Maltratadora de animales. Carlitos, el chico del 2ºD: Maltratador.

– Carlitos, fíjate, solo tenía catorce años.

– Era un cabrón – dijo sin pestañear Lleó. – Pegaba a su madre. Pero desde bien pequeño.

– No me jodas… pero si casi es un niño.

La chica movió la cabeza afirmando.

– La pobre murió de tristeza y de impotencia. Y de alguna torta que le dio su hijo, seamos sinceros.

– ¡Joder! ¿Pero nadie hizo algo? – Oier no daba crédito a la historia que le contaban; que pudiera ocurrirle algo así a personas conocidas con las que se cruzaba muchos días en el ascensor o en la calle. De repente, en apenas unos minutos, se estaba enterando de los secretos inconfesables del vecindario de su sobrino que en los dieciséis años que tenía el chico.

.

– ¿Cómo que “casi un niño”? – explotó Arturo apartando el iPad y dejando de escribir, aprovechando para desentumecer y estirar el cuerpo.

– Es casi un niño.

Ernesto se tapó la boca con la mano al darse cuenta que Arturo tenía catorce años.

– Pero tú eres distinto – se disculpó atropelladamente.

– ¿Distinto? ¿Cómo de distinto? – Se puso de rodillas para acercarse más a su tío.

– Tú… – buscaba las palabras – eres más… ¡¡Maduro!! ¡Eso! ¡Maduro!

– Los cojones más maduro. Soy un pibe para ti, lo veo claro. Un casi niño, no te jode que cuida de sus hermanos y de su tío postizo, que es ¡Un hombre!

– Que no, tío, si… es que Lleó es…

– Por eso le has puesto Lleó, para darme en los morros. Por mi parecido con el Monner. Pero además, no me confundas que no hablamos de Lleó, sino del maltratador… me la intentas colar, que capullo. Que palo, tronco – lo dijo para joderlo.

– Pues no lo voy a cambiar. Porque es muy joven para ser un maltratador. Y el que te lías eres tú, se te hace la boca gaseosa con eso del parecido con el actor ese. Como si esto te fuera a servir de algo.

– Va, tío, si yo te contara… la peña está loca. Un colega me contaba que un tío suyo, adoptó a un crío peque, de un año, y el caso es que a los seis años, les pegaba. A los ocho o así, tuvieron que ir a un psicólogo de esos especializados en conducta o algo así; no podían… no podían con él enano, pásmate. Pero es que les caneaba, aunque ellos no eran como la madre de ese que cuentas, que se quedaba los golpes. Pero no era plan de tener una batalla campal en la cocina todos los días con un enano de ocho.

– Sí, ocurre con frecuencia… si vas a esas casas tuteladas, o a servicios sociales, se te caen los h… perdón, el alma al suelo: Maltratos de padres a hijos, de maridos, de hijos… es una puta locura, estamos como motos todos.

Se quedaron en silencio pensando, como dando trascendencia a las reflexiones sobre el maltrato.

– ¿Ves? No puedes decir huevos porque soy un niño. Es que me tienes por un niño. Fijo. – contraatacó Arturo.

– Un viejo no eres, así que tranquilo. Si con un poco de suerte, lo de niño se te quita en un pis pas, y lo de adolescente, y luego lo de joven, y luego lo de hombre, pasas a ser maduro, y luego entrado en años, y directamente a viejo, anciano, tercera edad, o “abuelito dime tú”.

– ¿En esa etapa estás tú? – Arturo sacó la lengua de medio lado para remarcar la pulla.

– ¿Podemos seguir? – dijo de repente Ernesto haciendo caso omiso de la provocación. – Ya sabes que…

– Vale, que coñazo, tronco… – insistió con el tronco para devolverle lo de “crío de catorce”.

– Me estás picando, pero no voy a entrar en tu juego. Me vengaré. En cuanto te despistes, ahí estaré para machacarte. Porque soy un chaval, tienes suerte de tener un tío joven, lozano y con una imaginación alucinante.

– ¿Es una amenaza?

– No, es una afirmación, pura y dura.

– Tira, tira, seguimos, que me estoy calentando.

– ¿Estás pensando en Jenifer?

Arturo tardó un rato en entender el giro que había dado su tío.

– ¡Joder tío! ¡Qué fuerte con el juego de palabras! Mis labios están sellados, soy un…

– Caballero sin caballo – acabó Ernesto – Un Príncipe.

– El Príncipe Arturo – levantó el mentón en plan Príncipe.

– Anda, tira, que me da la flojera. Y debo acabar, sabes, la pasta…

– Joder, cincuenta y seis veces…

Movía la cabeza como signo de desesperación, a la vez que se aprestaba a seguir escribiendo lo que su tío le dictara.

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