Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (17).

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Para ponerse al día con el relato.

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Los dos se miraron durante unos segundos. Asintieron casi a la vez. Lleó y el pelirrojo.


(Concierto para arpa y flauta – Mozart – opus 299)

 .

Una música empezó a envolverlos a todos. Ya no era el flautista el que tocaba. Ahora miraba al gentío, como hacía el otro chico. La música salía de todos los sitios y de ninguno en especial. Parecía que estaba en los bancos, en los arbustos de los jardines, en las farolas, en los bordillos. Incluso parecía que salía del mismísimo césped. Los llenaba de paz, de ilusión. Una paz alegre, serena. Empezaron a mirarse todos los que estaban allí reunidos. La mayoría no se conocían de nada, pero de repente, parecían tener muchas cosas en común. Se sonreían, algunos empezaban a saludar a los de al lado… a comentar alguna cosa intrascendente. “Parece mentira, hace buena noche”. “¿Has visto el árbol de Navidad? Tiene más luces que esos que salen en la tele de Nueva York”. Algunos como José Luis había hecho antes en el portal de la casa de Lleó y Beñat, abrían la conversación directamente con “Yo tengo a un hijo hecho papel”. “Yo a mis amigos”. “Mis padres” decía uno con tristeza. “Mis compañeros de trabajo” comentaba Rodolfo casi con alegría… “Qué se fastidien, son insufribles, me hacían la vida imposible”. “Pagan su resentimiento con el que encuentran al lado, y lo machacan”.

Poco a poco los póster pasaron a segundo plano. Y la gente se centraba en disfrutar del momento. “Para una vez que no tenemos a nadie negativo alrededor, no vamos a estar pendientes de ellos”.

Lleó sorprendido, miró primero a su tío. No sabía definir lo que sentía. Solo sabía que su furia de hacía apenas un cuarto de hora, había desaparecido. Ya no tenía dudas sobre si era mejor ser un cabrón como su amigo Néstor. No se sentía mal por tener “buen cuajo” como le decía su abuelo. Oier le devolvió la mirada y sonrió. Era la primera vez en toda su vida que ese pesar y esa frustración, que lograba ocultar al mundo que le rodeaba pero que llevaba dentro desde que era muy pequeño, desaparecía de su ánimo.

– Gracias tío. Nunca te lo he dicho. Molas. Eres la persona más importante de mi vida, y te quiero con todo – Lleó se tocaba el corazón – Eres… – no encontraba las palabras – eres… la hostia, tío.

Oier sonreía emocionado aunque no sabía que contestar. Todo lo que se le ocurría le parecía vacuo, sin fondo, sin sentido. Solo se llevaba doce años con sus sobrino. Desde que dejó la leche de su madre, pasó más tiempo en su casa… sus abuelos se ocuparon de él más que sus padres. Oier lo había visto crecer, había jugado, tirado en el suelo, a las construcciones, con el tren eléctrico, había hecho maquetas y jugado a la Play. Había ido con él al cine, lo había llevado al colegio, había estudiado con él. Había llenado un vacío en su vida que sin él, no hubiera sabido como hacerlo. Lleó había tenido en su tío, su padre, su madre, su amigo, un confidente. Siempre fiel, siempre cariñoso, dejándole su espacio. A veces no había sabido agradecérselo. A veces como respuesta a sus desvelos, lo había dejado tirado por un plan mejor que había llegado en el último momento. Su tío nunca se lo echó en cara. Siempre había estado ahí, dispuesto y pendiente.

Se miraron. No dijeron nada más. Los dos sabían. Poco a poco fueron girando sus cabezas y mirando a su alrededor. Viendo como la gente iba cambiando su semblante. De preocupados y desorientados, o de enfadados incluso, pasaban a tener un gesto en el rostro que denotaba serenidad. Olga estaba charlando con un chico de unos veintitantos. No se conocían de nada, aunque por la forma de comportarse parecía que eran amigos de toda la vida. Reían… se contaban anécdotas tristes pero lo hacían en ese momento con un toque que las hacía parecer divertidas. Se reían de ellos mismos, de la vida, de las penurias, de… de sus sinsabores. Olga se giró y presentó a Marcial a Oier y a Lleó. Y a Beñat, que a los pocos minutos pasó a estar en brazos de Lleó, que le dio un beso en la mejilla. “Somo hermanos ¿eh?”. Una mujer se acercó a ellos y le pasó al niño la mano por la mejilla. “Qué chico más guapo”. “¿Cómo te llamas?” “Mira tengo unas bizcochadas que he hecho. ¿Quieres una?”. “Yo tengo un poco de chocolate”. “¿Es tu hermano?” preguntó Iñaki a Lleó, un chico de su colegio que iba un curso por delante y al que sus compañeros hacían la vida imposible. Nunca había hablado, salvo una vez que Lleó le sacó de un apuro. “Yo siempre quise tener un hermano” “Y yo, solo es un vecino, aunque nos hemos hecho amigos. ¿Verdad?” Y Beñat asintió con la cabeza muy serio mientras comía el bizcocho que le había dado la señora. Luego le susurró a Lleó:

– ¿No íbamos a ser hermanos?

Y le tocó el turno a Lleó de asentir con la cabeza.

Ten un poco de chocolate” le ofreció Olga “Me lo ha dado Jaime para ti; es ese chico que se va, quiere buscar a su novia que dice que le ha llamado y está al otro lado de la plaza; Sabes, lo iban a dejar anoche, pero ahora parece que van a reconciliarse”. “Os presento a David” dijo Lleó presentando al chico pelirrojo a los demás. Iñaki y él se quedaron mirando. Al final sonrieron. “Me llamo Iñaki” dijo al final aquél. Y sonrieron. Y sonrieron. Y sonrieron.

Oier hablaba con María, la mujer que le había atendido la mañana anterior en la ferretería. Bromeaban alegres. Lleó miraba a su tío feliz, porque era la primera vez que lo veía hablar de esa forma con una chica.

– O mira, aquí hay una mesa con un montón de cosas que comer – señaló Olga a los que estaban a su alrededor – ¡Es que es Navidad! ¡Es nuestra cena de Navidad, sin malos rollos!

– Prueba estos rollitos de jamón y queso, están de muerte. Me llamo Silvia – Olga y Silvia se dieron dos besos. Empezaron a hablar de esto y lo otro, de las cosas que veían de las que callaban, del mundo…

– Mira el pastel de merluza y gambas, con su salsa…

– ¡Yo quiero de esas gambas rebozadas!

– Y Oier le acercó el plato para que el niño cogiera algunas.

El tiempo iba pasando. Cada vez eran más los que hablaban con unos y con otros. No había una cara mala, ni una preocupación “Este muslo de pavo asado está… en la vida he comido algo más sabroso”. “Miguel no comas tanto…” le fue a decir su mujer, pero al final se arrepintió y en su lugar acabó la frase con un beso. “Prueba esa tapa de merluza, está muy buena”. “Oye, podíamos ir al cine mañana, te parece”. “Hola me llamo Ernesto. Soy escritor”. “Yo me llamo Arturo, soy su sobrino y su secretario, aunque él no me reconozca mi trabajo; Beñat, ¿Me pasas una galleta de esas de chocolate y rellenas de mermelada de fresa?”. “Tío Ernesto, que guays estos personajes que has creado, y la historia… el ángel ese negro es espectacular… has metido al final al tío buenorro.”. ”¡Calla coño, salgamos de la historia, que estropeamos el ambiente”. “¡No, joder, yo quiero quedarme y ver lo que ocurre, prometo no decir nada!”. “¡Vale, pues chitón!”

La música seguía envolviéndolo todo y a todos. Seguía conquistando esos territorios que todos tenemos llenos de amargura, de tristeza. Conseguía que los que estaban en la plaza, alrededor de ese árbol gigantesco, cada vez más iluminado, cada vez con más bombillas de los más diversos colores, se sintieran como nunca antes. “Esto debe ser la felicidad” dijo una abuelita que estaba apoyada en un bastón. “¿Y si hubiéramos muerto y estuviéramos en el cielo?” José Luis había vuelto a encontrarse con Oier y los demás. Ahora estaba feliz y despreocupado. No se acordaba de su hijo que tantos sinsabores le había dado, ni se sentía mal por no ser un póster en su casa y estar de carne y hueso, con volumen y a todo color en la plaza, con los demás. “Esta felicidad no es normal”, le apuntó Pilar, una amiga de toda la vida a la que dejó de ver porque su mujer pensaba que tenía un lío con ella. “Y siempre fuimos solo amigos, y lo volveremos a ser ¿Verdad Jose?”.

– Mira, hay copas de cava – gritó alborozado Beñat.

– ¿Has visto quién las ha traído? – le preguntó Ramiro, un compañero de trabajo de Oier que había aparecido de repente y hablaba con su amigo.

– ¿Y si brindamos? – propuso Lleó a los que estaban a su alrededor.

La voz se fue corriendo, y todos en la plaza cogieron una copa. Sin que nadie dijera nada, la levantaron y se iban girando para mirar a su alrededor. De esa forma todos parecían que estaban brindando con todos, aunque estuvieran al otro lado de la plaza.

– Toma, esta es tu copa de cava especial – María le tendió una copa de mosto con burbujas a Beñat y a Oriol, un chico con unos ojos enormes que se había hecho amigo suyo apenas hacía unos minutos.

Bebieron todos un sorbo. Sonrieron y siguieron hablando. Bebieron otro sorbo… “qué bonita música”. El cielo fue cambiando de color, del negro, al azul, y luego al amarillo, pasando por el verde. Las luces del árbol pasaron a parpadear al ritmo de la música. Un momento parecía que el cielo los envolvía y al rato volvía a parecer inalcanzable. Pero siempre hermoso, siempre lleno de vida y de dicha. El tiempo dejó de ser una referencia, la noche y el día se perseguían con una cadencia indeterminada; las horas eran minutos y los segundos eran horas.

– ¿Todo bien?

El chico de la túnica que al principio los recibió a todos en silencio, se paseaba entre la gente saludando.

– Tú eres la Navidad – le soltó muy decidido Beñat, cuando pasó por su lado.

El chico le sonrió como con su rostro angelical, le acarició con su mirada, pero no dijo nada. Aunque todos entendieron perfectamente la contestación. Sí o no, cada uno tendría su mejor respuesta. “La Navidad está en ti y será Navidad lo que tú quieras que sea, y cuando tú quieras”.

La música cada vez fue perdiendo volumen. Aunque en realidad nunca había sonado muy fuerte, pero todos la podían escuchar perfectamente, porque no era exactamente algo que se escuchara por los oídos externos. Era más una sensación que lo llenaba todo y que nacía dentro de cada uno.

Al día siguiente, ninguno fue capaz de recordar con exactitud la melodía. A unos les parecía la música de una película, a otros una composición de Mozart, por ejemplo el concierto de flauta y arpa; a otros algo de Rodrigo, incluso alguno dijo que era Paul MacCarney tocando al piano “Let it be”. Saúl comentó a su hijo que había sonado toda la noche “You’re My Heart, You’re My Soul” de Modern Talking.

– “Aire” de Mecano – decía Joaquín a Kevin, su novio. – Nos queda poco tiempo – continuó Joaquín mientras besaba a Kevin en los labios.

Tampoco la gente estaba segura que era el día siguiente. Porque al día siguiente, los recuerdos que tenían eran de algo que les había pasado, que lo habían disfrutado, pero que no sabían a ciencia cierta cuando había sido. Solo que había sido. Y que la vida había cambiado a partir de ese momento.

Oier y Lleó bajaban en el ascensor. Iban cargados con mil maletas y bultos. Lleó se mudaba a casa de su tío. Sus padres no pusieron ningún problema incluso suspiraron aliviados. Lleó era feliz. No había dejado de sonreír cuando esa noche, en algún momento cuando todo se iba diluyendo, Oier se lo dijo:

– Creo que deberías ir a vivir conmigo. La casa es grande, y es tu casa, la de los abuelos. Me gustaría.

A Lleó le dio un salto el corazón. Sonrió con la mirada a modo de respuesta. Brillaban sus ojos como nunca.

Olga esperaba abajo para ayudarlos en la mudanza. Y María e Iñaki también. José Luis estaba aparcando su furgoneta. Un niño se bajó corriendo de un coche y se subió a una de las maletas y levantó el brazo como si empuñara una espada gritando a todo pulmón “Al abordaje”. Detrás venía un señor muy circunspecto y trajeado, aunque traía puesta una cara amable y serena.
– Me tiene que firmar estos papeles del acogimiento.

Oier cogió la carpeta que le tendía el asistente social y firmó donde le indicaba.

– Qué formal eres Carlos – bromeó Oier con el asistente.

– ¿Y estuviste en el árbol de las luces? – preguntó con aire distraído José Luis.

– Estuve en el monte. Fue un momento extraordinario. Nevaba y sonaba una música…

– Dvorak, la sinfonía del nuevo mundo – apuntó María.

– “O gitana” de Luar na lubre. Fue un momento extraordinario – repitió Carlos.

Por la cara que puso al decirlo, todos supieron que efectivamente lo había sido. Y supieron que a parte del árbol de mil colores, había habido otros sitios en dónde el espíritu de la Navidad había llegado y había encontrado a sus cómplices y les había hecho participes del gozo de experimentar la felicidad y la paz de espíritu, apartando a todo y a todos los que pudieran estropear ese momento. “Todos necesitamos esos ratos en los que nada ni nadie son malos.”

– Dicen que algunos carteles.. ya sabes… se los llevaba el aire – dijo el niño sin bajar de la maleta, pero con la espada guardada ya en su vaina, que colgaba del cinturón de su pantalón.

– No sé Beñat, yo no lo vi. Aunque lo he escuchado también.

– Otros dicen que algunos se prendieron fuego – comentó distraídamente Iñaki.

– ¿Te vienes? Hemos hecho bocatas para la fiesta de bienvenida. Van a venir también David y Angelines, la señora del pómulo hinchado, y Marcial, y…

Carlos aceptó encantado aunque insistió en que pasaría por su casa para aportar una tarta de fresas y nata que había hecho esta misma mañana.

– Me relaja hacer pasteles y tartas.

– ¿Tienes que coger algo? – preguntó Lleó a Beñat que seguía sobre la maleta – Estamos a tiempo de subir a tu antigua casa – Beñat se había puesto de puntillas y se comparaba en altura con Lleó – Así no vale que casi eres más alto que yo – protestó Lleó poniéndose en jarras y haciéndose el enfadado.

– Bueno – Olga puso cara de pilla – eso tampoco es tan difícil.

Rieron todos con ganas, menos Lleó que reía con un poco menos de ganas. Aunque ya se había hecho a la idea de que no iba a ser pivot en ningún equipo de la NBA. “Siempre podré serlo en mis sueños”, se consolaba. “Y boto la pelota como nadie”.

– Bota la pelota – le tomó el pelo el niño haciendo que jugaba al baloncesto.

– Vamos chicos, que hay mucho que hacer – les apremió José Luis.

Fueron metiendo todos los bultos en la furgoneta. Seguían gastando bromas, ahora le tocaba a Olga ser la diana, luego siguieron con Oier, y a María también le tocó algo, Beñat reía a gusto, Iñaki no recordaba haber vivido momentos tan felices en su vida, salvo quizás, el día del árbol. Ese día que encontró a un montón de amigos, y que pasó de ser un apestado a ser el rey del mundo. Como lo era Beñat, y José Luis, y Oier, y María, y Marcial, que apareció al final… acababa de salir de trabajar.

Partieron. Lleó y Beñat miraban por la ventanilla.

– ¡Eh, esperad!

David venía corriendo con una bolsa y la mochila cargada en la espalda. Ahora sí, Iñaki era el hombre más feliz sobre la tierra.

– Mi madre me ha dado una empanada de pulpo que le sale genial y un montón de tapas y canapés, para la fiesta. Y yo traigo unas botellas de vino que me regaló mi tío por mi cumpleaños. Me dijo que las abriera en un momento especial, y éste me parece especial – y miró de soslayo a Iñaki.

– Menudo fiestuco – gritó alegre Lleó.

Lleó no sentía nostalgia. Solo pensaba que ponía las cosas en su sitio. La casa de sus abuelos, ahora de su tío, siempre había sido su verdadero hogar. Todo lo que merecía la pena recordarse, había ocurrido en esa casa, y con su tío.

Beñat sentía que había vuelto a nacer. No sabía expresarlo porque con seis años se sienten muchas cosas pero no se sabe decirlo en voz alta. Pero estaba seguro que su nueva familia, Oier, Lleó, Olga, María, Carlos, Marcial, Iñaki, sus nuevos amigos Pedro, Oriol, Guillermo y Tamara, le iban a enseñar a expresar eso y todas las cosas buenas que a partir de esa Navidad última, le iban a ocurrir.

José Luis tocó el claxon con fuerza. Abrió la ventanilla y gritó:

– ¡¡¡Feliz Navidad!!!

– ¡¡Feliz Navidad!! – gritaron alborozados todos.

– ¡Estáis payá! – les gritó un taxista con cara avinagrada – Si es 28 de enero.

– Ése tiene cara de póster – dijo Iñaki.

Y rieron batiendo mandíbulas y palmas.

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3 pensamientos en “Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (17).

  1. Siria que este episodio es completamente onírico, ¿que te tomaste o fumaste para escribirlo?… Jajajajaja… Es broma.

    Estaba pensando en que le podría pasar al mundo si imperara la bondad y el buen rollo ¿sería como estar alucinando?

    Un abrazo.

  2. Pingback: Un cuento de Navidad | INFOBLOGHUB FOR GREAT CHINA

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