Quisiera que el agua me diluyera.

Quisiera que el agua me diluyera. Y colarme por las alcantarillas. Llegar al mar y mecerme al ritmo de las olas y reflejar los rayos del sol.

No puedo llorar más. No me quedan fuerzas. Lloro, y lloro. Pero no puedo olvidarlo. No puedo conseguir que mi pecho deje de oprimirme. No puedo domeñar mi cabeza y que deje de rememorar el momento en que le vi por primera vez: tan apuesto, con su traje, con sus canas tan sexis.

No puedo dejar de evocar el día siguiente, cuando le saludé por primera vez: se cruzaron nuestras miradas y de repente apareció una pequeña nube que nos envolvió solo a nosotros. Me provocó un escalofrío de gozo como hasta ese momento no había conocido, ni creía que fuera posible hacerlo. Me creí único en el mundo. Y vi claramente que a él le pasó lo mismo.

Y al siguiente me invito al café. Y casi todos los días nos juntábamos en la cafetería. Hablábamos y… nos mirábamos.

Y el primer día en su casa. El primer beso, la primera caricia. La primera vez que hicimos el amor, bajo la ducha.

El primer viaje.

La primera discusión, un enfado, y una reconciliación.

Hoy, en una ducha muy parecida a aquella primera, la ducha que compartimos durante años, quisiera conseguir limpiarme completamente de él. Pero no puedo. Lo único que consigo es llorar y llorar. Y no consigo olvidarlo.

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