Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (18).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Cerró los ojos y se masajeó de nuevo las sienes. La última media hora de escribir le había dolido sobremanera la cabeza. Y empezaba a tener de nuevo muy tensos el cuello y los hombros. Más si cabe que en las últimas horas. Miró de reojo a su sobrino que seguía dormitando, ahora apoyado en su pecho.

– ¿Te ha gustado?

Lo susurró para evitar que se despertara si estaba dormido. Pero no era así.

– Sí, tío, mola. Muy tierno – se incorporó a medias para poder mirar a su tío al hablar – Me gustaría un final así para nosotros. Es bonito eso de que todos sean guays y buenos y que se apoyen, que adopten niños, que se enamoren… marcas varios posibles ligues, independientemente de que sean hombres o mujeres… es bonito que uno se enamore de alguien indistintamente de su sexo. Yo me enamoro de mi amigo Íñigo, por ejemplo, y decido seguir ese amor, aunque a mi me ponen las tías.

– Oye, oye, ¿no estarás…? – Ernesto se asustó. – ¿Eres gay y no me he enterado?

– Es coña, es un recurso literario. También te quiero a ti. Con toda mi alma. – se llevó las manos al pecho con mucho dramatismo y sus pupilas se perdieron en dirección al cielo. – Pero no de esa forma, tranqui, no te alteres, que podrás seguir saliendo de caza por las noches, o por el día, sin darme explicaciones.

– Oye, oye, que… no tienes derecho a… dale con la caza y mis ligues – Ernesto estaba empezando a cansarse de esa fama a la que había contribuido él con sus historias; empezaba a arrepentirse de todo. – Y una cosa es que tú te cuelgues de Íñigo o de mí, y otra que te correspondamos. Joder, con el niño este de “casi quince”, el devora hombres y mujeres. Con permiso de Jénifer.

– Te recuerdo que la víctima de tus cuernos era mi tío, el de verdad, como tú mismo dices. Tú eres el devora-hombres total y verdadero.

– Pero yo no soy así, tan… una equivocación la tiene cualquiera… y… – Ernesto movió la cabeza de lado a lado – habría mucho que decir. A veces lo que parece no es, aunque alguno le venga bien que fuera. Incluso aunque a alguno le venga bien ponerle un poco de teatro al asunto.

– Muchas equivocaciones de ese tipo… y es que lo cojonudo es que no entiendo como siendo como eres, no de pellejo asalta-camas, sino de imaginativo, de soñador, de impredecible, cariñoso… te fijaras en mi tío, que es un sieso y que no sabe dar ni un beso en la mejilla.

– Pues de los otros, no besaba mal… y no te creas todo lo que se dice de uno. Ni siquiera lo que yo mismo he hecho creer. A veces…

– Calla, calla, que hay cosas que no necesito enterarme, y una de ellas es como hace esas cosas mi tío… o mi madre. Creo que ya es la tercera vez que hablamos del tema.

– Tu madre no sé, pero…– a Ernesto se le iluminó la cara picarona.

– ¡Que te calles! – Arturo se había despejado del todo y se separó para que su tío viera en su cara que iba en serio, que el tema le incomodaba…

– Pero yo si quiero… oye, oye, pero solo dices que no quieres… saber de tu tío. Pero parece que si quieres saber de mí.

– Es distinto, porque tú eres más colega mío, y…

– Vale, vale, yo soy menos tío que Germán.

– Pero tronco, que…

– No me gusta lo de tronco, no sé si no te lo…

– Que sí, que tío, que no,… que me lías que tu tío… digo mi tío, ¡Joder! Que tú antes has dicho que mi Tío es Germán, que tú eras el tío político, y ahora ni eso, porque Germán, mi tío te ha dado la patada, así que…

– Entonces no quieres quedarte conmigo

– Joder, tío, lo que te de la puta gana. Si quieres te quedas con nosotros, y si no pues a la puta mierda, ya aguantamos… nos vamos a la puta calle… Ernesto… Ernesto… ¿que te pasa?

Ernesto se había puesto blanco y cerraba los ojos con fuerza. Intentaba contener el dolor de cabeza que súbitamente le había aumentado.

– Tío, respira conmigo. Apufffff, apufffffffffff, apuffffffffffff.

Ernesto tuvo un par de arcadas producidas por el dolor. Arturo se puso detrás de él y empezó a masajearle el cuello y los hombros. Con calma, despacio, con movimientos muy cortos, circulares, sin apretar mucho los dedos…

– Tranquilo, tío, tranquilo… relájate, leches, tienes esto que parece un madero… estoy aquí… soy el pesado de tu sobrino… el que te cayó del cielo un buen día… cualquiera diría que fue la ángela Irene la que te juntó con Germán para que luego acabaras ocupándote de Tomás y de mí, y abriéndonos el “mundo maravilloso”.

– Hubiera sido un buen cuento ese… se te podía haber ocurrido antes y contaba vuestra historia conmigo. Y como en realidad mi historia con tu tío fue solo para que nos juntáramos los tres. Ahora la ángela Irene está sacando todos nuestros trapos sucios… para vengarse, como hemos descubierto su aventura con su jefe Gabriel…

– Hubiera estado guay… aunque a lo mejor a mi tío Germán, se le hubieran levantado sarpullidos si se entera de algunos de los juegos que hacíamos…

– ¿Cuando le imitabas? – Ernesto quiso reírse pero aunque el masaje de Arturo empezaba a rebajar la tensión de sus cervicales, todavía era pronto para cantar victoria.– Es que se me ha revuelto el estómago del todo, por el dolor, joder.

– No te muevas, jope, tío… relájate que pareces un tronco. De árbol – aclaró a toda prisa para que no pensara que le estaba picando.

– Te metes el jope por…

– ¡¡Hala!! un pobre niño de casi quince, atacado verbalmente por su tío consorte. Se me ha escapao, que conste.

– ¡¡Tío consorte!! La mad… hosti…

– Vale cierto, ex-tío consorte…

Ernesto echó la mano hacia atrás y le tiró de los pelillos que tenía por encima de los tobillos. Fue como un picotazo, como una serpiente mordiendo a su víctima… no dio tiempo a Arturo a defenderse…

– ¡Cabrón! Odio que me tires…

– Yo odio el jope, y…

– Pero eso no es agresión… lo otro se me escapó.

– Hombre que no, agresión verbal, con premeditación… sigue ahí ahí… sigue con el masaje ahí… ahhhhh…“Se me escapó dice el condenado, cuando lleva picándome todo el día con ello.” Ahhhhhh… sigue… ¡Ufff! Qué dedos maravillosos…

– Calla, coño, que parece que estás teniendo un orgasmo…

– Que dirás, yo soy muy silenci…

– Que te calles coño, que no quiero saber…

– Si no te iba a contar nada de tu tío… es que he pensado que lo justo, si yo quiero que me cuentes cosas de esas que hablas de folleteo y demás con los amigos, y de esa Carolina con…

– Jénifer, tío, Jénifer, te quedas conmigo de una forma…

– Da igual, el caso es que he pensado…

– Y una mierda, tío, mis labios están sellados, soy un caballero.

– Ya, menudo… ¡¡Por Dios!! Ahí, sigue… ahí, ahí, dónde estás ahora… que me estás haciendo con esos dedos… algo estupendo…

– Por cierto, pensarás acabar los cuentos; digo, no sé, que estás remolón…

– Estaba pensando que podíamos hacer ruidos orgásmicos, así a lo mejor salen los vecinos…

– ¡Pero si ya los estás haciendo, capullo! Y sale mi tío, con la mala milk que tenía hace un rato, y encima nos oye de esa guisa.

– Vale, me has convencido… dime, cuéntame lo que habláis de tías con tus colegas y de sus aventu…

– Que no tío, que me da palo, que es … que no …

– Tú piensa que si te quedas conmigo, tendré que hacerte charlas sobre sexualidad, es la labor de un tutor, en este caso. Además, hace un momento me decías que era más colega tuyo y esas cosas. Y me viene bien para las historias… es como la forma de hablar y tal, sabes que me gusta para luego darles a mis personajes ese misma forma de expresarse… ¡mola!

– Yo ya se lo que hay que saber. Y que seas más colega mío que Germán, no quiere decir que seas tan colega como para que te cuente. Me da palo, joder, no te entra en la mollera.

– Bueno, eso está por ver, sobrino, que sepas lo que hay que saber… no lo sé ni yo… y no … eso no puedo dejarlo en el aire, debo saber por si hay que darte un par de charlas sobre preservativos… y llamar a la Jénifer esa para charlar con ella y comprobar si es la mujer que te conviene… y si tiene buenas intenciones, y es una chica limpia… y…

– Que cansino, tío… ya te veo estupendamente así que dejo de darte el masaje y escribe. Yo voy a …

– Tú me tomas el pelo, y no me dejes así, que todavía no está bien el cuello, sigue dándome el masaje… y ya de paso, por pedir, déjame ver ese relato tuyo porque no haces más que escribir, y dices que lo tiene acabado hace tiempo…

– Cuando toque, ahora no toca. Escribe tío. Alucina como tersigerbas o como se diga, que no hago más que escribir, pero si estoy escribiendo tus historias, no te jode.

– Dime algo de eso de Jenifer, es por ya sabes luego…

– Ernesto, ¿se dice Tersi…? no me haces ni puto caso.

– Tersiverges. No, coño, tergiverses, ya me lías. Y perdona, ¿eh? Que no me he dado cuenta.

– ¿Y con quién te pilló follando mi tío?

Ernesto lo miró muy serio.

– Eso es un golpe bajo. Y no me pilló.

– Me agobias tío…

– Vale, a lo mejor… es mejor que sigas con Germán. Al fin y al cabo, él es un buen hombre que ha sido engañado por su ex-pareja y muchas veces. Y él ha sido siempre fiel… abnegado, y dispuesto a atender a su novio, a hacerlo feliz… yo… yo, un polla inquieta un asalta-camas, como decías antes, que no tiene remedio y poco criterio y poca seriedad, que escribo por las noches y que quiero hablar de sexo contigo, un chico de casi quince ¿o eran casi dieciséis? – Ernesto no llegaba a entender por qué le había sentado tan mal el comentario de Arturo. Sabía que le estaba picando, como él lo hacía también… pero eso le sentó mal… fue como un flash, como un golpe en el estómago…

– Estarás de coña, imagino. – Arturo se dio cuenta, pero no sabía como retroceder… empezaba a sentirse ansioso, y a la vez, tener una especie de cansancio grande en el cuerpo que le impediría hacer cualquier cosa en unos minutos, salvo agarrarse al brazo de su tío…

– No, es lo…

– ¿De verdad piensas que mi tío…? Estás verdaderamente en los mundos de flipy… alucinas, vecina, con tu cuerpo tío… es acojonante como no te has enterado de nada… pero es que …

– Oye, casi, voy a hacer un esfuerzo por escribir, aunque la verdad ya me importa una mierda todo. Y luego seguimos… por acabar y tal… o si no da igual, lo mando todo a tomar por el culo, maldita sea – se frotaba la comisura del ojo. – Esto no nos va a llevar a nada, y me estoy calentando de verdad, y no te lo mereces, ni yo me lo merezco. Voy a escribir.

Arturo miró a Ernesto que escondía rápidamente su atención en el ipad. Le dio pena, una pena inmensa… “Quizás es mejor que nunca sepa… sus mundos de yupi se derrumbarían, y total, ya no importa, se han separado…”. Lo veía subir y bajar la pantalla… como si revisara… pero él lo conocía lo suficiente para saber que solo era una pose, que en realidad estaba luchando con lo que sabía, con lo que quería saber, y con lo que temía que él le iba a contar.

Le dio pena, una pena inmensa.

– ¿Dónde dejó tu madre ese papel? El de la autorización para quedaros conmigo y la cesión de la tutela, custodia o como coño se llame.

Arturo miró a su tío queriendo saber el camino que iba a tomar.

– Para romperlo – lo dijo en tono seco, rotundo.

Ernesto no supo por qué lo hizo. Quizás por un arranque de enfado por los últimos piques de su sobrino. O quizás porque tenía en su subconsciente cosas pendientes con el mundo, y quería hacérselas pagar a Arturo, esa persona que siempre le había demostrado fidelidad. Que le había guardado secretos… aunque por lo que veía, también le había protegido de otros secretos…

No, estaba siendo injusto con él. No… Arturo nunca le ocultaría nada… era él el que se había engañado toda su vida. No quiso ver nunca las cosas que le hacían daño, o que no… prefería vivir en su mundo imaginario, viviendo historias apasionantes, como la mayor parte de esos líos de pantalones que la gente le achacaba, que eran casi todos relatos eróticos escritos en su cabeza, sin pasar todavía a papel. No supo como decir que era una broma; se quedó mirando la pantalla del ipad, mientras notaba como Arturo se separaba de él y se sentaba en la otra punta del ascensor. Se levantó los cuellos de la chaqueta que llevaba y silenciosamente, empezó a llorar… a perder fuerzas… en realidad Ernesto era lo único que parecía que le quedaba… y su inutilidad había conseguido que se fuera. Eso al menos pensaba el chico.

– No quería enfadarte – dijo al final, tragando saliva, con la voz entrecortada y sin apenas fuerza – sabes… ¡déjalo! – no sabía qué decir, ni como… era mejor callar, quizás mañana pudiera arreglarlo… estaba tan cansado…

– Dejado – Ernesto continuaba con el tono seco y duro, cortante.

Arturo ni siquiera levantó la cabeza… una lágrima pugnaba por correr mejilla abajo, pero la contuvo “por mis cojones”.

Ernesto no sabía por qué estaba así, por qué de repente se había puesto no ya enfadado, sino iracundo. Como no recordaba… solo una vez se enfadó así. Fue con dieciocho años. No, tenía diecisiete. Se enfadó así con su madre. Lo recordaba perfectamente, porque la hizo la mujer más desgraciada del mundo. Fue una tontería, también una broma, o algo así, un pique… siempre se estaban picando, su madre era igual que Ernesto. Eran iguales, y eran de estos casos en que la igualdad no choca… teniendo los dos su carácter. Pero en esa ocasión, algo… algo le hizo estallar, enfadarse de verdad. Al poco tiempo solo se acordaba del enfado, no de lo que lo causó. Y al cabo de los años, seguía sin acordarse.

Fíjate si sería importante”, pensaba ahora haciendo que miraba la pantalla del ipad.

Algo quedó entre él y su madre ese día. Algo quedó que no solucionó ni cuando ella enfermó y murió al poco.

Debería arreglarlo con él”.

Pero algo se lo impedía… por lo menos en ese momento…

Cerró los ojos, suavemente. Tenía que entrar en “el mundo maravilloso”. Allí todo sería distinto, todo parecería distinto… podría encontrar una solución.

– Esmirialión – murmuró.

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2 pensamientos en “Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (18).

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