Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (19).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Abrió los ojos mirando al cielo. Un cielo que iba del amarillo oro en el horizonte al verde con jirones naranjas en todo lo alto. Con pájaros cantarines de mil colores cambiantes, surcándolo permanentemente en todas direcciones, como siempre. Era su cielo preferido.

– Mira, Kevin, el escritor llegó – gritó alegre Oriol abriendo mucho sus ojazos azules.

Alborozados se acercaron todos los chicos y chicas que esa noche habían podido ir a Mundo Maravilloso. Esmeralda, Joaquín, el Sr. Rufus, Mireilla…

– Hola cuentista – le saludó Roberto, el vigilante, chocando las palmas de la mano – A mí no me has sacado en tu último cuento. Me discriminas. Me voy a terminar enfadando.

– Hola jefe del mundo imaginario Ya te sacaré en otros, no te preocupes. Y no seas así, que fuiste protagonista de mi tercera novela.

– Y como no se vendieron cuatro ejemplares, por eso ya no me sacas. – le picó Roberto.

Ernesto le hizo una mueca: “Graciosillo que eres, capullo”.

– A mí sí me ha sacado – exclamó triunfante Oriol.

– Y a nosotros… a Teodoro y a mí – añadió Kevin.

– ¿Os ha gustado? – Preguntó a los que habían hablado – Y tú, Roberto, ¿Me lo vigilas bien?

– No problem, tío. Oye que llegas a tiempo… y la historia ha estado guay.

– Vino tu sobrino – interrumpió Teodoro, que miraba de reojo a Kevin, azorado todavía por haber comentado lo de que salían los dos en el relato.

– El peque, no el otro – aclaró Pilar. – Y tú, Kevin, no te pongas colorado porque se te escapara lo tuyo y de Teo, si lo sabemos todos.

– Ya era hora, un chico muy majete y algo asustado que…

– Va a bailar y cantar – interrumpió Mireilla – en los números musicales que estamos preparando para el gran festival del mundo maravilloso.

– ¿No me digas?

– Mira… – Kevin le tendió la bola de crital – tu sobrino… está triste…

– Kevin mirá más la bola que Roberto últimamente – picó Fermín.

– Es que…

– Quiere comparar su vida con la de los demás. Por ver si…

– Tu sobrino está triste… – interrumpió Roberto para evitar que empezaran a discutir y sobre todo que Kevin se le cayera el ánimo – no puede dormir… y no encuentra la llave para venir.

Ernesto se acercó a Kevin y miró con él la bola. Tomás se movía inquieto en un duerme-vela. Sudaba… y lloraba en sueños… la puerta de su habitación se abrió y Germán asomó la cabeza. Tenía la mirada triste… se acercó despacio a su sobrino, y se sentó en el borde de la cama. Le acarició suavemente la cara, pero Tomás en sueños le apartó la mano con brusquedad.

Ernesto miró concentrado la bola, cerró los ojos, aunque seguía viendo a su sobrino… y justo cuando Germán salió de la habitación, susurró:

– “Esmirialión”.

Pero no ocurrió nada.

Siguió concentrado y se le unieron los otros chicos…

– “Esmirialión”

Abrieron los ojos y ahí estaba Tomás, en pijama y un poco dormido; y despistado. Miró a su alrededor para ver quién estaba…

– Tío…

No vio nada más… ni a nadie más… Ernesto abrió los brazos como había hecho apenas unas horas antes en la casa de Germán, y el chico saltó a su cuello. Le besó un rato por la derecha y otro rato por la izquierda, y se abrazó a él como si fuera una lapa.

– Te fuiste y mi hermano dijo que no querías quedarte con nosotros, que no le dijiste nada a mamá. Y no fuiste a …

. ¡Tch! ¡Calla! ¡Cotorra! Que eres una cotorra. ¿Preparado?

Ernesto lo miraba sonriendo. Tomás lo miraba perplejo: “¿Qué había querido decir su tío con eso de preparado?”

– Escucha… – miró serio a Tomás.

Se podía sentir como retumbaba el suelo. Parecía que todavía estaba lejos… pero se iba acercando muy rápidamente. Mientras prestaban atención, ya no solo se sentía el suelo, sino que se podía escuchar…

– ¿Qué será tío? – había abierto muchos los ojos.

– ¿Qué te gusta y que no te ha dejado hacer…?

– ¿Caballos?

– Mira – señaló Ernesto – ¿Estás preparado para tener las aventuras de tus sueños?

Tomás se lo quedó mirando sin casi pestañear, los ojos muy abiertos… un poco nervioso…

– Mira – insistió su tío.

Por el camino que bordeaba una especie de pueblo de cuento, lleno de casas con chimenea, y jardín lleno de flores y con piscinas de gominolas, y setos, y césped, y sombrillas de chocolate… cada una a gusto de su dueño… llegaban un grupo de jinetes a galope. De vez en cuando se escuchaban algunos disparos…

– ¡A cubierto! – gritó Kevin – nos atacan los forajidos.

Rápidamente todos los chicos buscaron un sitio dónde refugiarse. Tomás los miraba indeciso, sin saber qué hacer… sobre todo cuando vio que algunos sacaban de las cartucheras que llevaban colgando en la cintura sus revólveres; otros entraban en las casas y volvían en un decir “¡Ah!” con los rifles Winchester y se apostaban en el primer parapeto que encontraban para repeler el ataque de los jinetes que seguían aproximándose.

– Son los hombres de Ned el Cara Carajo – le dijo Ernesto – Cubrámonos no vaya a ser que nos disparen… vienen a robar los sueños de “Mundo maravilloso”.

– Ten, Tomás, nos vendrá bien un hombre más para la defensa.

Teodoro le lanzó un rifle desde “En la casa del árbol en el jardín”.

– Sube a las ramas, desde ahí harás mejor blanco…

– Pero yo… – Tomás miraba a sus nuevos amigos aún perplejo y asustado “No sé que tengo que hacer; ¿Y si lo hago mal?”

– Vamos, sube, y dispara cuando lleguen los bandidos. Nos la jugamos, Tomás, matarán a todo “Mundo maravilloso” si no se lo impedimos. Se quedarán con todos nuestros sueños. Odian las fantasías y las ilusiones y odian que las personas podamos recurrir a un mundo así para poder sobrevivir en la vida ahí fuera. Y poder ser niños, olvidar las preocupaciones y divertirnos sin ningún miedo.

– Pero ¿y tú, Ernesto?

– No te preocupes… yo me esconderé en la casa del césped rojo, Pilar y Joaquín me darán cobijo. Te necesitan, Tomás, sube al árbol…

– Pero si no sé dis…

– Claro que sabes, lo has hecho cientos de veces, ¿no recuerdas cuando jugábamos?

– Pero… era un juego. ¿Y tú? ¿No disparas?

– Esto es lo mismo Tomás. Vamos… recuerda que tienes muy buena puntería… yo debo volver en cualquier momento al lado de tu hermano, en cuanto se despierte. Además ya sabes que soy un inútil disparando.

– Los jinetes ya están ahí, todos atentos – Raúl chillaba en lo alto del tejado de la escuela, al lado de la estatua de “Robin Hood”.

De repente se oyó un disparo mucho más cerca que los demás. Tomás se decidió y corrió al árbol que le habían indicado. Con el rifle en una mano, empezó a escalar de rama en rama. Cuando llegó a una rama que consideró lo suficientemente alta y que podía servirle para disparar con comodidad, miró a su alrededor para estudiar la situación. Justo en ese momento, los jinetes que avanzaban por el camino, tomaron un recodo del mismo, y estaban a la vista de la ciudad.

Eran unos hombres fieros, todos con caras picadas de viruela y barba de varios días. Tomás hubiera jurado que olían mal… y escupían continuamente. No lo podía ver, ni lo podía oler, pero… lo notaba. Empezaron a disparar hacia donde creían que había personas. Los habitantes de “Mundo maravillosos” repelieron con decisión el ataque, disparando a su vez sus rifles y revólveres. Tomás miraba todo, asustado y a la vez emocionado.

– No os escondáis que os va a dar igual, os mataremos a todos. Y ese escritor de mierda va a ser el primero – gritó el Cara Carajo mientras sus hombres no dejaban de disparar desde sus caballos.- Ernesto, sal si tienes huevos, que te haremos fosfatina.

– Tomás, dispara, nos ganan en potencia de fuego – le gritó Teodoro desde su refugio, justo un segundo antes de tener que esconderse a toda prisa porque una bala le rozó la frente, haciéndole sangre, yendo a estrellarse contra la ventana de la casa de al lado, desde la que salió un grito y al poco, el llanto de un bebé.

– Vamos, Tomás, dispara. – le animó su tío corriendo hacia la casa del balcón de hierro para cambiar de escondrijo – Cara Carajo me odia, no parará hasta matarme y colgarme de los pulgares de los pies en el árbol más alto del Universo.

Tomás le quería haber dicho a su tío, que podía él mismo disparar, que no era tan malo con los rifles, que se había dado cuenta hacía tiempo de que fingía que disparaba mal para dejarles ganar a él y a Arturo. Que seguro lo hacía muy bien, y que él era solo un niño que estaba muy asustado… pero algo vio en la mirada de su tío, que le hizo girarse para encarar a los asaltantes. “Os vais a cagar, forajidos de mierda, haberos metido con mi tío”. Respiró despacio, como en sus sueños hacia cuando emprendía sus batallas. Se giró la gorra para ponerse la visera hacia atrás. No recordaba haber llevado la gorra a “Mundo maravilloso”, pero allí estaba, en su cabeza. Su gorra de la suerte, la azul que le regaló su madre cuando cumplió 8 años. La azul que ya no era el mismo azul que entonces, estaba desgastada, medio rota y descolorida, pero… era su gorra de la suerte, la que llevaba siempre y a todas partes.

– ¡Agggg!, me han dado – gritó Esmeralda, cayendo sobre una valla de regaliz que separaba el jardín de su casa y el camino.

– Ayuda, estoy herido – gritó Carmelo, un chico al que no había visto hasta ese momento, pero al que no sabía muy bien como, conocía y del que sabía su nombre.

Tomás respiró hondo y se concentró en sus atacantes. Uno de esos hombres cayó al suelo abatido por los disparos de alguno de sus nuevos amigos.

Tomás se lamió los dedos de la mano derecha y los ajustó en el arma. El dedo índice acarició el gatillo… apuntó al hombre del caballo negro que reía a carcajadas cada vez que disparaba y que gritaba eufórico cuando daba a alguien. No dejaba de moverse pero Tomás lo seguía con tranquilidad. En un momento el hombre pareció verlo. Lo miró fijamente y levantó su revolver. Tomás acarició el gatillo muy suavemente… y susurró con garra, masticando cada sílaba:

– Vete al infierno.

Y disparó.

El hombre que un instante antes sonreía seguro de cazar su nueva presa, seguro de que solo con su mirada iba acojonar a su víctima, cambió la sonrisa por una mueca de dolor, sorpresa, y desesperación.

– ¡Me han dado! – gritó a la vez que, desequilibrado por el impacto, levantaba el arma y disparaba al cielo hasta dejar su pistola sin munición.

El caballo empezó a girar sobre sí mismo durante unos segundos, hasta que el hombre cayó al suelo, levantando una nube de polvo.

– ¡Me han dado!

Volvió a gritar, pero esta vez mucho más bajo.

– Muero – dijo justo antes de que su cuerpo perdiera toda la fuerza y se quedara como un fardo de paja en medio del camino.

No tardó mucho en caer otro de los forajidos. Esto encorajinó a los que quedaban, que arreciaron en el ataque.

– ¡¡Aggggggggggg!!

Tomás miró asustado, reconoció la voz de su tío Ernesto. Efectivamente, Ernesto había vuelto a cambiar de escondrijo y se había refugiado detrás de las mesas de la terraza de la taberna del pueblo, y una bala le había alcanzado.

– Tío, Ernesto, voy a ayudarte – le gritó asustado Tomás – ¿Por qué te has movido de la casa del balcón de hierro? Allí estabas más a cubierto.

– No te muevas, estoy bien, es solo un rasguño en el hombro; – contestó Ernesto – ocúpate de los malos. Eres nuestra salvación, Tomás. Pocos hombres en el mundo con tu puntería y tu sangre fría. Confío en ti.

Y Tomás volvió a encarar a los forajidos. Se volvió un momento para comprobar que su tío estaba a salvo. Lamió la yema de su dedo índice… apoyó la cantonera de su arma en el hombro… puso su mejilla en la carrillera, respiró hondo… cerró el ojo izquierdo… fijó el derecho en la mirilla… el hombre del pañuelo rojo… y su dedo se encogió en el gatillo.

Un gran estruendo rasgó la mañana.

– ¡Le has dado! – gritó Rufus, que se había olvidado de su gusto por el usted. Aunque con la euforia, olvidó cubrirse y fue blanco fácil para Cara Carajo. Se llevó la mano al estómago y se dobló sobre sí mismo, cayendo sobre las flores del jardín de la casa de Víctor.

Darío, un chico de unos 18 años, que había llegado en ese momento, cogió su arco y sus flechas y se apostó detrás de su moto.

– El del sombrero roto es mío.

Y diciéndolo, se levantó y siguió con la flecha dispuesta y la cuerda a medio tensar. Cuando estuvo seguro del disparo, tensó la cuerda completamente y disparó. El hombre del sombrero roto recibió la flecha en su hombro. Se giró hacia donde había venido la flecha, pero una segunda le dio esta vez en el corazón. Cayó al suelo redondo, sin posibilidad de decir nada, ni de poner cara más que de tonto sucio y maloliente, que era la que llevaba siempre.

El caballo de “sombrero roto” salió huyendo en dirección al árbol dónde se encontraba Tomás.

– Huyen. Hay que perseguirlos – gritó Roberto, el vigilante.

– Salta al caballo – le gritó Darío., mientras él se cruzaba el arco en el pecho y perseguía a un caballo pardo cuyo jinete había caído a manos de un disparo de Esther.

– Pero si no sé…

– Salta – reiteró Darío. – Sabes.

El chico miró a su alrededor buscando a su tío, pero no lo vio. Al final se decidió y saltó con las piernas abiertas, cayendo sobre el caballo. Agarró las riendas y el caballo salió al galope en persecución de Cara Carajo y su hombres.

Darío corría detrás del chico. Cara Carajo se dio cuenta de que los perseguían y se paró. Ordenó a sus hombres que hicieran lo mismo y echaron pie a tierra. Apuntaron sus armas sin soltar a sus caballos y esperaron a que se acercaran.

– Nos esperan para matarnos a sangre fría – gritó Tomás.

– Serán ellos quienes mueran, Tomás… no saben con quien se enfrentan.

Tomás cogió su arma y sin bajar su ritmo de galope, la apoyo en su hombro, y apuntó a Cara Carajo. Darío hizo lo mismo con su arco, apuntando a su lugarteniente, Risa Tonta. Cabalgaron unos metros más y ya estaban tanto a tiro del rifle como del arco largo que llevaba Darío.

– Ahora – gritó Cara Carajo a sus hombres.

Pero antes de que pudieran disparar, tanto él como su lugarteniente recibieron uno un disparo y el otro una flecha que les atravesó a ambos el ombligo.

– Retirada – gritaron el resto de sus hombres.

– Tonto el último – gritó “Bufón Chungo”.

Montaron en sus caballos agarraron a sus jefes por los sobacos y salieron huyendo a galope tendido.

– ¡¡Soooo!! – gritó Darío a su caballo

– Ha sido la hostia – aulló de felicidad y excitación Tomás reteniendo a su caballo que no dejaba de dar vueltas sobre si mismo.

Darío se acercó a Tomás y chocaron sus manos en alto.

– Yo te conozco… – de repente Tomás se había dado cuenta de que no era de “Mundo maravilloso” sino que conocía a Darío del mundo normal.

– Mi cara es muy común – dijo apartando su mirada de Tomás – me confundirás con otro o con otros – afirmó en un tono que no daba mucho pie a seguir con el tema.

– No… – Tomás no se rendía, quería saber… pero Darío le cortó.

– Volvamos antes de que anochezca – dijo Darío en tono un poco tajante

– No te enfades… – le dijo Tomás dolido, que no entendía lo que le podía haber molestado a su nuevo amigo.

Pero Darío no le escuchaba. Había enfilado el camino de regreso y ya estaba a una distancia grande. Así que Tomás dirigió a su caballo de nuevo hacia el pueblo, aunque a un paso más lento, buscando respuestas.

Tomás…

Tomás…

– ¿Eh? Se me ha volado el sombrero… ¿Eh?

Entreabrió los ojos y vio a su tío Germán.

– Debes preparate para ir a la clase de música. ¿Decías de un sombrero?

Se incorporó con un movimiento rápido y miró a su alrededor. Vio sus muñecos de siempre, su ordenador con la luz de encendido parpadeando, el cartel de “La diligencia” ocupando una de las paredes… pero no vio a Ernesto, ni a Cara Carajo, ni a Darío… ni al sombrero volando.

– Hueles como a caballo – le dijo su tío poniendo cara de asco – ¿Has dormido bien? Vete a ducharte… que apestas – “¿Por qué me sale este tono tan cortante?”; Germán no lo podía evitar.

Tomás se levantó por el otro lado de la cama al que estaba sentado su tío, cogió su ropa que estaba preparada en una silla y corrió al cuarto de baño.

– ¿Por qué hay que despertarse? – se dio la vuelta en la puerta para gritarle a su tío – No quiero despertar…

Y cerró la puerta del baño con un portazo.

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