Soñamos.

A Roger le gustaba irse a pasear solo. Salía de la casa y tomaba el camino de la izquierda. Justo cuando se perdía de vista su casa, salía del camino y andaba por el prado, en dirección al pequeño promontorio en el que había un árbol solitario, apenas unos años mayor que él. Le gustaba sentarse a leer a sus pies,  a veces se apoyaba en él mirando hacia el horizonte, a veces dormitaba, o charlaba con algún amigo. Aunque a pocos había enseñado ese refugio.

Él sentía que el árbol le saludaba cuando venía, incluso sentía que se alegraba. A veces, según se iba acercando, notaba como se balanceaban sus ramas con alegría, y eso en días en que el aire estaba en calma y el sol caía  a plomo sobre la tierra amarilla, amarilla trigo, unos días antes de la siega. Incluso una vez  que le sorprendió un aguacero inesperado, observó como el árbol le cubría con sus ramas y sus hojas para evitar que se empapara. Y apenas se mojó, y eso que llovió como pocas veces había visto.

Era su cómplice. Era el que le mecía los días de calor, el que le acompañaba silente en la lectura de sus libros, el que le acompañaba en sus sueños… como ahora… miraba y miraba hacia el camino que bordeaba el promontorio, esperando que apareciera. Se imaginaba corriendo hacia ella, saltando los arbustos, gritando alborozado, perdiendo incluso las deportivas al correr. Abrir los brazos, y ella hacer lo mismo y hundir la cabeza entre sus senos, como cuando era pequeño. Mirarla a la cara y recordar esas facciones que ya se le estaban olvidando por el paso del tiempo. Tanto hacía… tres cuartas partes de su vida de hecho… quince años que su madre faltaba, que su madre le dejó con sus tíos… quince años sin noticias.

Roger quería a sus tíos, mucho, los quería mucho. No los cambiaría por nada del mundo. y quería a sus primos como si fueran sus hermanos. Pero… no podía olvidar, no podía dejar escapar el recuerdo de su madre, ni la necesidad de ella. Quisiera poder contarle que estaba enamorado. Quisiera poder contarle que quería ser escritor, pero sin dejar el campo y ayudando a su tío con las labores, como hacía desde pequeño. Quisiera poder preguntarle sobre la ropa que ponerse para ir a la fiesta de graduación, el año que viene. Quisiera poder escucharla como le decía “Eres el chico más guapo del pueblo”, aunque supiera que era mentira, que no lo era, pero le gustaría sentirse así para ella.

El árbol movió sus ramas con energía. Roger se dio la vuelta, y lo abrazó.

– Estoy bien, tranquilo.

El árbol pareció entenderlo y se quedó quieto. 

– Un día de estos, te traeré a mi novio, para que lo conozcas. ¿Serás su amigo?

Roger volvió a abrazar al árbol y se sentó a sus pies. Sacó un libro de la bandolera y empezó a leer. Sintió como el tronco del árbol se amoldaba a su espalda, para que estuviera más cómodo.  Apoyó la cabeza en el tronco, sonrió y se perdió en el mundo de los sueños que le abría ese nuevo libro que comenzaba a leer.

 Todo estaba bien.

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