Nuevas Perspectivas – Enrique.

Enrique miró con estupor la foto.

Estaba ahí, en la caja con otras muchas fotos antiguas. Fotos éstas que no recordaba haber visto nunca.

Había aparecido al removerlas. Había quedado encima de las demás.

Le costó decidirse a cogerla. Era como si le fuera a dar un calambre. Al final se decidió a mirarla más de cerca. La cogió por una esquina con dos dedos. Parecía una escena de CSI en la que Grisom hubiera encontrado una prueba decisiva para aclarar el caso de un asesinato múltiple del que todo Las Vegas estaba pendiente.

Ese hombre era su padre, el de la foto. Estaba desnudo y llevaba a otro hombre en los hombros. Ese otro hombre también iba desnudo. Y parecía que… estaba ligeramente excitado.

Nunca antes había visto a su padre desnudo. Y menos con su miembro semi-erecto.

Dejó la foto de repente, como si efectivamente, le hubiera dado un calambre.

La cogió de nuevo. Se la acercó hasta casi tocarla con la nariz: era él, no había dudas.

Siguió buscando en la caja.

Encontró otra foto.

Esta era más clara. De nuevo, no había la menor duda: su padre, joven, practicando sexo con otro hombre. Y había alguien que le sacaba fotos. Y ellos lo sabían. Y parecían disfrutar. Ahora su padre estaba completamente erecto, con el miembro del otro hombre dentro de su…

Enrique empezó a sudar. El cuello de la camisa el agobiaba. Le faltaba el aire.

Su padre fue un actor porno. Con hombres.

Negaba con la cabeza, de desesperación.

De repente, Enrique se sintió sucio. Sintió el polvo del ático de la casa vieja de su familia que se había levantado al revolver las cientos de cajas que había allí guardadas. Sintió que ese polvo se pegaba a su sudor.

“Toda una vida”. “Muchas vidas”, se corrigió mirando de nuevo alrededor suyo.

No pudo más y bajó las escaleras corriendo. Iba desnudándose y cuando llegó al baño del segundo piso, solo tuvo que entrar en la ducha y dar al agua. Se puso debajo de la alcachofa y fue acompañando al agua mientras discurría por su cuerpo, quitándose el polvo del ático.

Se sentía vulnerable, como si unas correas ataran sus manos, como si estuviera de repente desnudo ante una enorme concurrencia, sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus colegas del barrio, los compañeros del Instituto. Y él no podía hacer nada, desnudo ante todos, con férreas cadenas sujetando sus piernas, sus manos, desnudo, sin poder siquiera taparse sus órganos sexuales. Cerró los ojos para atenuar la vergüenza que sentía de que todos lo vieran así, desvalido, sin argumentos ni defensa, con toda su vida puesta de repente en cuestión, con todas sus experiencias pendientes de ser estudiadas bajo esta nueva perspectiva.

Cerró el agua y buscó en la estantería del baño una toalla. Se secó despacio, estudiando su cuerpo que, en ese momento, le parecía distinto, como todo él, como toda su vida anterior… y futura.

Subió otra vez las escaleras y se sentó en una esquina del ático, bajo un ventanuco. Y fue recorriendo con la mirada todo lo que allí había guardado. Muchas de esas cosas ya las conocía, pero ahora, se le antojaban distintas, con un nuevo color que antes no había apreciado, o con una textura diferente.

Tocaba repasar toda su vida, la de su familia, resetear su forma de encarar la vida. Conocer de nuevo a su padre, a su madre. Y quién sabe, a su hermano. ¿Sabría algo de todo esto?

Cogió la caja que tenía más a mano. Daba igual por dónde empezar. Debía verlo todo. Debía estudiarlo todo bajo la perspectiva de esas fotos de su padre desnudo que acababa de encontrar. Un hombre joven y apuesto, amando a otro hombre. Cobrando por tener sexo con hombres delante de una cámara. Quizás habría hasta una película.

Debía saber. Lo necesitaba.

No había prisa. Tenía tiempo. El resto de su vida.

 

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Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (24).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Joaquín entró caminando resuelto en la habitación del Príncipe justo cuando un desgarrador trueno rompió el silencio que imperaba en todo el castillo. María se levantó de un salto del diván en dónde se había echado a descansar apenas unos minutos antes.

– ¿Y los demás? – preguntó angustiada.

– Vienen en las escobas. Han tenido un encuentro con los esbirros del Fantasma negro.

Se acercó a la cama en la que yacía el Príncipe.

– ¿Cómo está?

– Igual – contestó María.

Se quedaron mirando los dos. Iban a decir que estaban más apagados, que eran menos corpóreos, pero los dos decidieron callar. Sabían que les quedaba poco tiempo. Que posiblemente lo único que les retenía ya en Mundo Maravilloso era el Príncipe. Cuando saliera de su estado de aletargamiento, fuera en un sentido o en otro, ellos se diluirían en la eternidad de la noche.

– No puede seguir así mucho tiempo. Debe…

– Puede estar así… meses, años. El hechizo del Fantasma de la Noche es muy poderoso – explicaba María – nada…

– Quizás Teresa tenga razón y con los mimos se contrarresten los efectos de ese hechizo. Teodoro se ha recuperado milagrosamente con unos cuantos besos dados con cariño.

María negó con la cabeza.

– Eso a lo mejor ayuda, pero… necesitamos todos nuestros poderes, y los de Ernesto sobre todo.

– Tomás es un mago poderoso y con mucha influencia en el Príncipe. Aunque él no lo sepa todavía.

– ¡No le habéis dicho quien es el Príncipe?

Joaquín negó con la cabeza.

Un ruido desgarrador volvió a romper el silencio opresivo que entraba por el mirador.

– Las huestes de Germán, el Fantasma Negro se aproximan. Vienen con ganas de ganar esta partida. Se han cansado de esperar.

– María, somos poderosos. Venceremos. Vienen todos, Darío, Tomás, Teresa, Teodoro, Carmen Kevin…

– Debes dejar partir a Kevin – María cambió de tema de repente. Pero quedaba poco tiempo, y debía decírselo. Quizás una hora después, fuera demasiado tarde.

– Lo amo, María – la voz de Joaquín se desgarraba al hablar de Kevin – Lo amo y él me ama.

– Debes dejarlo partir, Joaquín. Nuestros días están contados. Puede ser cuestión de horas. Porque lo amas, debes arreglar…

– Alguien debe cuidar de él – Joaquín se movía nervioso por la estancia.

– Ernesto, Tomás, Darío, y con un poco de suerte el Príncipe, se encargarán de él. Debe volver a vivir. Debe encontrar a otra persona, o si no, debe aprender a vivir él solo.

– ¡Rendíos o moriréis!

La voz salió de cada uno de los rincones del castillo. Los dos se quedaron quietos, sintiendo la presencia del Fantasma Negro. El Príncipe empezó a agitarse en su lecho.

– Dejad que el Príncipe parta hacia el abismo. Es lo mejor para él.

– Eso nunca. Es lo mejor para ti en todo caso, Germán, puto Fantasma Negro. Lo defenderemos con nuestras vidas – gritó desafiante Joaquín.

– Vuestras vidas no valen nada. Ja, ja, ja. Si sois ene l mejor de los casos simples espectros.

– Eso ya lo veremos, Fantasma negro. Cuando lleguen nuestros amigos…

– Vuestros amigos no llegarán nunca.

Las ventanas se abrieron de golpe, empujadas por un viento casi huracanado. Joaquín y María apuntaron sus baritas hacia ellas, una por una y consiguieron cerrarlas. Miraron alrededor y comprobaron que toda la habitación estaba patas arriba. El Príncipe convulsionaba descontrolado en la cama. Sudaba.

– Príncipe – gritó María acercándose a la cama y acariciando suavemente su rostro.

– Teresa y los demás luchan fuera contra las los acólitos del Fantasma Negro. Debo ir a ayudarlos.

– ¡No! No te vayas… te necesito, ayúdame a … abracemos al Príncipe.

– No sé si será buena idea… si lo abrazamos a lo mejor nos lo llevamos con nosotros sin querer.

Se quedaron quietos mirándose. María se incorporó de la cama asustada mirando sus manos casi transparentes.

– Nos queda poco tiempo.

– Suena descorazonador, pero es la verdad – María agachó la cabeza para ocultar una lágrima trasparente que resbalaba por su mejilla – Casi somos …

– … trasparentes – acabó Joaquín la frase que María no pudo.

– Tuvimos una prórroga, no podemos quejarnos.

– Pero duele igual, ahora.

– Debes… sal y… ayuda a Kevin. Ya me encargo yo del Príncipe.

– Pero…

– Debes hacerlo, Joaquín. Él debe vivir. Debe amar de nuevo. No puede estar atado a ti toda su vida. Háblale y que lo entienda. Házselo comprender. Y si no, dile que vaya a ver al escritor.

– El escritor tiene bastante con lo suyo.

– El escritor le ayudará, lo sabes. Y Tomás, y… – se paró un momento para recomponer lo que quería decir – además el escritor necesitará su ayuda y la de todos. Y eso le hará bien, sentirse útil.

El aire pugnaba por volver a abrir las ventanas. Joaquín se puso una capa más abrigada y se colocó enfrente de uno de los miradores. Agitó la barita y murmuró unas palabras. La ventana se abrió suavemente pero el aire no podía entrar en la habitación.

– Y no minusvalores al escritor. Es capaz de llevar muchas historias en la cabeza, de preocuparse de mucha gente.

– Y de ninguno – exclamó Joaquín en tono escéptico.

– Y de mucha – insistió María dejando después que el silencio les acompañaran mientras conversaban a través de sus miradas.

– ¿Nos volveremos a ver? – preguntó triste.

María solo lo miró. No dijo nada. Él corrió un segundo hacia ella y poso sus labios sobre los de ella. La miró un instante y corrió de nuevo hacia la ventana.

– Has sido una buena amiga.

No esperó respuesta. Se giró, se montó sobre su escoba y salió volando. La ventana se cerró detrás de él, con la misma suavidad con la que se había abierto.

Se alejó unos metros del castillo y se paró a estudiar la situación. Vio la sombra oscura del Fantasma Negro arriba, en lo alto. De allí salían de vez en cuando rayos negros acompañados de truenos atronadores. Debajo de su sombra, pequeños rayos surcaban el cielo en todas direcciones. Entre las nubes, de vez en cuando veía pasar a alguno de sus amigos, que luchaban contra los secuaces del Fantasma.

– No Kevin, no.

Teresa miraba hacia abajo. Kevin se perdía camino del suelo. Un fantasma le había alcanzado en un costado, perdiendo su estabilidad y sus fuerzas. Caía sin remisión hacia abajo. Teresa lo miraba desesperada porque no podía hacer nada. Estaba siendo atacada por al menos 5 fantasmas.

– Yo le ayudo – gritó Joaquín.

Y dirigió su escoba en picado, siguiendo la estela de Kevin. El aire soplaba fuerte cambiando de dirección cada poco. Apuntó su barita hacia su amigo en un vano intento por detener la caída. Pero al menos, consiguió disminuir la velocidad a la que se precipitaba al vacío. Él en cambio, aceleró lo más que pudo su escoba. Pocos metros lo separaban ya de él. Alargó la mano y consiguió agarrar su capa. Agarró con fuerza su escoba con las piernas para poder soltar las dos manos, y con la otra apuntó la barita para conseguir crear una burbuja a su alrededor que los protegiera al menos un tiempo, de los posibles ataques de sus enemigos y de los elementos meteorológicos que habían desatado.

Al cabo de un rato de esfuerzos, pudo incorporarlo y sentarlo en su escoba.

– Kevin, Kevin, reacciona.

Pero Kevin seguía con la mirada ida, llena de dolor y de desesperanza.

Volvió a agitar la barita y pronunció una frase ininteligible. En la burbuja empezaron a crecer todo tipo de árboles llenos de verdor. Un riachuelo empezó a correr de lado a lado y el suave run-run del agua llenó el silencio de ese mundo recién creado. El suelo se tamizó con un césped que invitaba a sentarse y disfrutar de la cesta de camping que había aparecido, junto con una manta de colores, una cubitera con una botella de cava metida en ella y dos copas largas que la flanqueaban.

Las escobas cayeron al suelo y con un pequeño salto, los chicos estaban apoyados sobre ese nuevo mundo sobrevenido. Joaquín cogió del brazo a Kevin y lo condujo suavemente hacia la manta y la cesta de picnic.

– Te he preparado tus emparedados favoritos, esos que siempre le pedías a tu madre que comprara por Navidad en El Corte Inglés.

– Estás muy pálido – lo dijo mirándolo de reojo.

Kevin lo miraba y se sentía desfallecer. Lo miraba y casi ya no podía verlo de lo transparente e incorpóreo que se había convertido. “Se está yendo, lo voy a perder”.

– Vamos, sentémonos y comamos. ¿Descorchas la botella? Sabes que a mí se me da muy mal. La última vez casi saco un ojo a mi padre.

Joaquín mientras, agitó de nuevo la varita y curó las heridas del costado de Kevin. Eran de todas formas heridas superficiales… Seguro que lo que le había hecho caer a Kevin era el “conjuro de la verdad dolorosa”.

– Mira este emparedado de cangrejo. Es estupendo. Es tu preferido.

Sonreía mientras le ofrecía el sandwich. Kevin no se resistió más y se agachó y le pegó un mordisco sin cogerlo él.

– Coge, anda, que no te va a pasar nada. No me voy a desintegrar si me tocas.

– ¿Te vas…?

No pudo acabar la frase. Quería confirmar, necesitaba que le dijera que se iba, que esta iba a ser la última vez que iban a estar juntos.

– Otros no han tenido esta oportunidad que nosotros sí – volvió a sonreír mientras lo miraba fijamente. – Pero no puedo quedarme más, además… no sería bueno para ti.

– Yo no puedo vivir sin ti, no puedo…

Kevin no acabó su frase y se echó a llorar, tapándose los ojos con su brazo.

– Come el emparedado, que está de muerte.

Kevin, sin quitarse el brazo de la cara, dio otro mordisco al bocadillo. Joaquín le tendió una de las copas de cava .

– Brindemos por nosotros. Ha sido bonito.

– Pero corto.

– ¿Podemos hacer algo al respecto? – Kevin iba a decir algo, pero Joaquín le interrumpió – No, lo sabes, no podemos hacer nada. Así que hay que tirar adelante. Necesito que vuelvas a vivir tu vida; tu vida, no la nuestra.

Kevin miraba a la manta de colores sobre la que estaba recostados. Jugueteaba con la copa de cava y repasaba los dibujos con la otra mano.

– Debes ir a ayudar al Príncipe. Y al escritor.

– ¿Y tú?

Sonrió con tristeza. Kevin comprendió que ya no tenía fuerzas. Joaquín apenas era un dibujo sobre el mar de colores que hacía de decorado de su picnic improvisado.

– El Príncipe… –

– Depende de vosotros. De Tomás, del escritor. De ti. De Jenifer. Y de los demás de “Mundo Maravilloso”.

– Por nosotros.

Kevin levantó su copa hacia la de Joaquín y la chocó con la suya. Lloraba, pero esta vez sin perder las fuerzas ni la decisión. Joaquín sonrió y bebió un sorbo de cava sin dejar de observar a su novio. Tenía la intuición de que conseguiría volver a vivir. Dejó de hacerlo el día del accidente. Trágico día 24 de diciembre. Muchas vidas se vieron truncadas esa mañana. La de Joaquín fue una de ellas. Kevin cayó en la desesperación. Apenas pudo comer ni levantarse de la cama durante muchos días. Intentó acompañar a su novio, pero su hermana estuvo atenta y se lo impidió.

– ¿Quién fue el que me dijo… lo de “Mundo maravilloso”? – de repente aquel señor hermoso de la planta de psiquiatría a dónde le llevaron después del segundo intento, le pareció algo… irreal.

– Se llama Gabriel. Es amigo de una amiga mía, Irene. Me hizo el favor. A mí no me escuchabas. Ni al Príncipe. Ni escuchabas a Roberto; ni al escritor, que intentó llevarte varias veces.

Sonrió enigmático. Supo inmediatamente que algo no cuadraba, que le estaba mintiendo en algo, o al menos no le decía toda la verdad. Pero le dio igual. Soltó la copa y se lanzó a buscar los labios de su novio. Joaquín lo recibió con los brazos abiertos. Por alguna causa, aunque se habían visto en Mundo maravilloso, nunca se habían besado, apenas se habían tocado. Pero era su última oportunidad. Casi no tenía consistencia, apenas pudo reconocer su sabor, ni su textura, pero era uno de sus besos, esos que tanto añoraba, como su mano entrelazada con la suya.

Un trueno rompió la tranquilidad. El sol se cubrió de nubes negras, llenas de rayos, de lluvia, de dolor y tristeza. Joaquín miró la burbuja y apenas tuvo tiempo de separarse de Kevin, cuando todo se vino abajo.

– El Príncipe – apremió Joaquín.

Y se diluyó con la lluvia que empezaba a caer con fuerza.

Kevin sacó su barita. La movió de abajo a arriba pronunciando unas palabras. Y todo lo que había a su alrededor desapareció.

Kevin permanecía ingrávido sobre la nada. Levantó el mentón dándose fuerzas, se permitió una última lágrima. Miró a su alrededor, buscando algo que él no sabía determinar. Quizás buscaba un camino, quizás se buscaba a sí mismo. Volvió a mover la barita, y dónde hacía un instante estaba él, buscando, solo había vacío. Pero justo en el momento en que desapareció, y antes de que un estruendoso y aterrador trueno sonara, se oyó una voz que dijo:

– Te quiero, Kevin. Por toda la eternidad.

Aquellos hombres tristes

Borja ha escrito un gran relato. Deberíais leerlo.

La primera vez que su padre le vio llorar le cruzó la cara. Desde entonces ha evitado hacerlo. Los hombres no pueden ser débiles, no pueden llorar. Le inscribieron en fútbol, era el portero. Odiaba ese deporte, pero no podía hacer otra cosa. Todos los domingos su padre y su hermano mayor se sentaban ante la televisión, gritaban y bebían cerveza hermanados por algún sentimiento que a él no le afectaba. También le obligaban a sentarse junto a ellos. Él miraba la televisión sin ganas, incapaz de saltar del sofá como un resorte igual que ellos. Cuando podía se escapaba para ayudar a su madre, ésta le miraba con tristeza y callaba. Si el equipo al que la familia apoyaba oficialmente ganaba, no había mayor problema, la felicidad de la victoria emborrachaba a su padre (el alcohol también ayudaba) Si por el contrario perdían, su actitud pasiva era reprochada, los…

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Aaron Keener, es modelo.

Y practica la lucha, de ahí ese cuerpo que luce.

Es otro modelo de los que se dedican principalmente a la fotografía.

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Poco os puedo decir, a parte de que es rubio, y con ojos azules, de que mide 1,73 cm. (ahí tenéis la razón de que no haga pasarela, a parte del cuerpo musculado que tampoco es bien visto en la pasarela).

Tiene 23 años. Y es de Texas.

Y para mi pena, no veo nuevas fotos de él hace tiempo.

Nos conformaremos con éstas de hoy.

Fin de semana cidiano en Burgos. 2.013 (y 3)

Casi se me olvidan estas fotos que tenía preparadas.

 

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He de reconocer que algunas fotos me han quedado estupendas. 😉

Ya he preparado la página del Fin de Semana Cidiano – Burgos 2.013 en la pestaña de Fotos de Burgos. Ahí podéis ver todas las fotos juntas. Como siempre os recuerdo que si pincháis en ellas, podéis verlas con más detalle.