Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (20).

Para ponerse al día con el relato.

—-

– Escucha.

Arturo prestó atención haciendo caso a su tío.

– ¿Llueve?

– Podíamos cantar esa canción de “Cantando bajo la lluvia”

– Después de cómo me has puesto como cantante, ni de coña – Arturo se puso digno volviendo su atención a su ipad.

– ¿Me perdonas? – dijo de repente Ernesto. Llevaba todo el capítulo anterior pensando en como hacerlo. Al final salió de repente, sin que valiera ninguna de las formas que había imaginado.

Arturo no levantó siquiera la mirada.

– ¿Me perdonas? – repitió. Lo necesitaba.

– Sabes que sí – lo dijo sin mirarlo. Un poso de dolor todavía flotaba en el tono de su voz.

– Déjame leer tu cuento – Ernesto alargó el brazo para que su sobrino se lo pasara. – Seguro que es mejor que todo lo que he escrito yo. Me parece una birria.

– No, todavía… y no es una birria. No seas… eres insufrible cuando te pones en ese estado de “que mierda he escrito, que no mola nada”.

– No has escrito nada.

Arturo levantó la cabeza con gesto rápido y adusto.

– Que te crees… eres un cabrón, tío. Claro que he escrito, pero…

– Pues déjamelo… me gusta leer lo que escribes, lo haces guay.

– Tú no…

– No, yo te dejo leer todo mientras lo escribo, y tú lo sabes, y eres al único que se lo dejo hacer.

– Pero eso es por la conexión…

– Y porque también te dejo que lo leas, sin conexión ni leches. Con papel imprimido y diciendo: “toma, lee”. Eso no es conexión. Es confianza, cariño, respeto… Así que no te me pongas bobo y déjamelo leer, si sabes que me gustas escribiendo. Y no te voy a repetir lo de que me gusta como escribes.

– No.

Ernesto se incorporó e intentó quitarle la tableta, pero Arturo se giró rápido e interpuso su cuerpo entre su tío y el aparato.

– No lo entiendo – Se estaba enfadando… aunque en realidad, era más preocupación… no entendía por qué esa negativa, ni por qué, si lo había escrito, no quería que lo leyera… y si no lo había hecho, por qué persistía en insistir que sí lo había hecho.

– No hay nada que entender. No está acabado y no te dejo…

– Pero… si yo…

– Tú eres tú, y yo soy yo… y no me gusta… ¡¡Aaahhhh!!

De repente parecía que Arturo se quedaba sin respiración. Se llevaba las manos al pecho…

– Me va a estallar.

– Tranquilo – Ernesto se puso detrás de él y lo abrazó – Respira conmigo… inspira… Arturo, hazme caso – le giró y le dio una torta en la cara – mírame… – le dio otra torta… – Tranquilo… respira despacio… conmigo… no pasa nada… tranquilo… inspira… expira… inspira… despacio… hay aire… no pasa nada… mira me acabo de acordar …

Sin soltar a su sobrino, hurgó en su bandolera y sacó una linterna – así habrá más luz… no me acordaba que la tenía… tranquilo…

– Parece una bombillita, menuda mierda.

Ernesto sonrió a pesar de la pulla, eso era buena señal.

– Es una bombillita, y tu un enano quejica.

– Soy más alto que tú.

– Casi.Te falta un trecho. Y eso no es decir mucho que yo soy un canijo también.

– Dentro de un par de meses, el casi será historia.Que ya me he dado cuenta de que a Lleó le hiciste en el cuento bajito.

– Ya veremos – no quería dar su brazo a torcer – échate un rato, y descansa. Creo que deberíamos ir al médico… no estás bien…

– Ya estoy de médicos hasta las narices, saben nunca nada, digo, nunca saben nada – marcó cada palabra para no equivocarse otra vez. – “Un virus”, “ a ver como evoluciona”, “le haremos más pruebas” y todo arreglado, una mierda voy a ir…

– Un enano quejica, vaya que sí.

– Déjame…

– Ni una mierda. No te dejo, te achucho, te mimo, te beso.

– Joder con los besos, deja algo para tus ligues.

– Todos para ti.

– No me jodas que no vas a ligar ya.

– Nada, me dedicaré a mis sobrinos. Además si no me como un colín.

– Eso se lo dirás a todos – Arturo iba hablando cada vez más despacio, más bajo.

– Descansa, luego seguimos…

– Qué hora es… ya debe estar amaneciendo…

– Sí… ya queda poco, son casi las 8 de la mañana.

– Alguien debe venir…

– Pero al final lo hemos pasado bien.

– Sí – Arturo bostezó aparatosamente – cojonudo. Déjame…

Pero no acabó la frase. Se quedó dormido sobre el pecho de Ernesto. Su ipad estaba ahí, sobre su mano, pero a su alcance. Estuvo luchando contra la tentación de cogerlo. Varias veces alargó la mano pero al final retrocedía.

– No, no debo…

Pero de nuevo la tentación…

Me mosquea, si siempre me enseñaba… éste no ha escrito nada”.

Cayó. Y alargó la mano y cogió el ipad.

.

Cuento de navidad.

Irene, la ángela, bajó del cielo.

Un niño la vio.

Corrió pero ella fue más rápida y se puso delante de él, para que no corriera. Ella creía haber ganado, pero el niño le dio una patada en la espinilla que le hizo ver las estrellas.

– ¡Ja! – Exclamó el chaval, mientras volvía a correr con todas sus fuerzas.

.

Movió la pantalla de arriba a abajo varias veces, pero el cuento no seguía. Dejó la tableta sobre el suelo del ascensor y acarició la cabeza de Arturo.

Cuántas cosas habían pasado desde aquel día, hacía ya unos años, cuatro al menos… o cinco, aquel fin de semana que se quedaron por primera vez los niños en su casa.

– Vendrán mis sobrinos a pasar el fin de semana – Germán lo soltó haciendo una breve parada en el pasillo y asomándose a la habitación en la que Arturo escribía.

– ¿Eh? – Ernesto levantó la cabeza del ordenador asustado – Es viernes.

– Ya.

Hasta ese día, Ernesto no había tenido noticias de los sobrinos de su novio.

– No me habías dicho… que tenías sobrinos, y menos que… pero habrá que comprar algo de comer, o… habrá que organizar algo… ¿qué años tienen? ¿qué les gusta? Habrá que preparar las camas… vendrán hoy entonces.

– Es que no te enteras de nada – suspiró Germán y se dio media vuelta para irse a trabajar.

– ¡Ah! – Ernesto alucinaba – Con lo de que no me entero de nada, así lo arreglamos todo…

Llegó la tarde, y llegaron los chicos. Frialdad entre los niños y Germán. Indiferencia con Ernesto, que estaba a la expectativa. Enfurruñados con su madre que apenas los dejó, salió corriendo.

– Encantado de conocerte, Germán me ha hablado mucho de ti – le dijo cuando coincidieron en la puerta.

– Pues ¡qué bien!, a mí no me ha hablado nada de ti… – la contestó… una lástima que ya no le escuchara porque ya estaba dos pisos más abajo.

La tarde del viernes fue tediosa e insufrible.

El desayuno, casi un velatorio…

Pero a las once, todo cambió:

– El Rey Ernesto decreta que … – voz engolada, con dramatismo cañero – ¡Música maestro! – y señaló a Arturo, que con once años, casi doce, estaba sentado con su Nintendo en el suelo y no prestaba atención a nada más.

Arturo lo miró un momento como si no fuera con él, o mejor dicho, como si estuviera valorando si en realidad lo miraba a él o es que era trasparente y se refería al vecino del otro lado de la calle.

– ¿No ves que estoy jugando? – cortante y molesto, bajando la mirada a su consola.

– Yo también, y quiero jugar contigo – continuó inasequible al desaliento.

– ¿No eres un poco mayorcito para jugar a reyes y princesas?

El chico imprimió todo el asco que pudo en sus palabras. Todo el asco y el desprecio.

– Y yo no quiero jugar contigo – y dio por zanjado el tema.

– Ya pongo yo la música – susurró Tomás.

– Y yo – dijo orgullosa y decidida Irene, dispuesta a mejorar su fin de semana, que ya lo estaba viendo como el más horroroso de su vida.

– Pareces un chico listo – le dijo Ernesto al mayor. El aludido no hizo el menor gesto – y sabrás valorar lo que… – se puso en cuclillas delante de él – ¿Serás de los que se atontan con los juegos que crean otros, o le darás al coco, a tu imaginación, y crearás los tuyos propios… dejarás que el mundo condicione tus risas, o serás capaz de crear las tuyas propias… serás un hombre gris, o pintado de colores, de millones de colores que cambian a cada segundo?

Arturo lo miró un rato más, y bajó la vista hacia la Nintendo.

– Por tu culpa no voy a batir el récord – voz cortante, seca, rotunda. Enfadada. Decía un “vete a tomar por culo y déjame en paz, imbécil”, aunque no lo pronunció.

Pero Tomás se levantó y fue corriendo a la cocina y cogió un brick de leche vacío y una cuchara. Y de vuelta al salón, iba todo serio tarareando una melodía y llevando el ritmo con la cuchara golpeando sobre el brick de leche…

– Guay, esa la escucha mamá todos los años…

Irene se puso detrás de él a tararearla.

Ernesto fue corriendo al equipo de música y buscó un CD en la estantería que tenía al lado. Lo metió en el reproductor y…


(marcha Radetzky – Barenboim concierto año nuevo 2009)

– Tatachan. Tarariro tarará…Tatachan – ahora más fuerte… y eran los tres marchando por el salón.

Los tres iban aumentando el sonido de sus voces, y el golpeteo en el brick. Ernesto se desmarcó un momento de la cadeneta para coger una caja que había en una esquina e iba golpeando con la mano…

De repente, Ernesto se paró. Los pequeños se pararon en seco detrás de él, y…

– ¡¡Nos atacan los extraterrestres!! Allá a la derecha, a cubrirse.

Tomás e Irene miraron hacia donde indicaba Ernesto, que no era otro sitio que dónde estaba sentado Arturo.

– Ratatatatata – disparaba Ernesto la ametralladora.

Tomás se tiró al suelo hacia la derecha, e Irene a la izquierda.

– Teniente Tomás, tú por la derecha. Teniente Irene, tú por la izquierda. Agachaos, que nos disparan sus láser silenciosos… salen por los ojos… mira que mala leche tiene disparando el extraterrestre éste.

Ernesto serpenteó por el suelo hacia una mesa en donde solían dejar las revistas que ya había leído. Cogió una de ellas, y empezó a arrancar las hojas, haciéndolas bolas. Tomás estaba resguardado detrás de una butaca, e Irene, en el lado contrario, escondida detrás de un puff. Ernesto les fue pasando las bolas de papel haciendo ruido de vez en cuando… “al ataque” “Disparen soldados”. Cuando los tres estuvieron armados con una buena provisión de bolas de papel arrugado, contó…

– Uno… dos…

A la de tres se levantaron al unísono, disparando las bolas de papel a Arturo, que aunque había estado atento a las evoluciones del juego, se vio sorprendido por la virulencia del ataque de sus hermanos y de ese hombre con el que vivía su tío desde hacía un par de meses. Tomás se acercaba y le tiraba un par de bolas y volvía a protegerse detrás de la butaca. Ernesto se levantaba de vez en cuando y tiraba unas cuantas bolas haciendo ruido al tirarlas y supuestamente cuando las granadas estallaban al hacer contacto con el suelo, al lado de Arturo.

– Son duros de pelar, los extraterrestres no mueren tan fácil, debemos coordinar el ataque…

Pero Arturo dejó la Nintendo, e hizo acopio de las bolas que le había tirado hasta ese momento. Se refugió detrás del sofá y se movió hacia su flanco derecho, que era el izquierdo del ejercito de salvación, como le dio por llamarlo a Ernesto. Cuando su hermana se despistó un momento, inició su ataque tirándola cuatro bolas a bocajarro.

– Nos atacan por la derecha – Gritó Ernesto, yendo a socorrer a esa parte del ejército.

Pero Arturo se había retirado de nuevo a su fortín detrás del sofá. Así continuaron las luchas a bolas de papel, llegando en algunos momentos al cuerpo a cuerpo, en donde las cosquillas y los mordiscos eran las armas secretas, y las que producían rendiciones incondicionales, que eran papel mojado en cuanto se recuperaban y cada uno volvía a sus posiciones.

– Tiempo muerto – gritó un Ernesto jadeante.

Pero Arturo no se avino a razones, y le disparó una salva entera de bolas de papel.

¡¡Crash!!

Ernesto miró a su izquierda solo girando el cuello.

Arturo puso su mano derecha para tapar su boca.

Irene puso cara de “la que se va a armar”.

Tomás bajó la cabeza.

– Quietos parados – Ernesto levantó las manos – todos a ponerse las zapatillas que mi prima Ernestina, la prima de cristal, la sirena, acaba de fallecer. Ha sido un daño colateral de la batalla interestelar en la que el ejército de salvación ha ganado la batalla al ejército extraterrestre…

– Una mierda, de eso nada, no habías ganado – Arturo no estaba dispuesto a renunciar a sus batallas ganadas esa mañana.

– Pero no habéis ganado la Tierra, como queríais – le discutió su hermana.

– Tomás, di algo – Arturo atacó al punto más débil.

Tomás bajó la cabeza y calló.

– Nada, nada. No has conseguido conquistar la Tierra, así que eso se debe considerar una derrota.

– Una mierda como una olla – a Arturo no le gustaba perder, y no estaba dispuesto a hacerlo, cuando además no lo había hecho.

– Y además has matado a un ciudadano neutral, eso merece un castigo.

Lo dijo Tomás, con voz muy baja, y mirando a su hermano de refilón.

Arturo miró a Ernesto.

– Tu hermano tiene razón, y lo sabes, así que olvida ese orgullo que tienes… que conmigo no te va a valer nunca, ni con tus hermanos tampoco.

Se hizo el silencio.

– Y el castigo va a ser… “cosquillas”.

– Eso no es justo, yo no quería…

– Nada, disculpas. Antes de ponerte las zapatillas tumbate ahí en el sofá que tu hermano te va a hacer cosquillas en los pies, hasta que te desternilles de la risa y te duela el estómago de tanto doblarte.

– Jo, en los pies no…

– Ahí tiene muchas – apuntó Irene.

– Eres una… traidora. Me las vas a…

– Es una miembro destacada del ejército enemigo.

– Además, erais tres contra mí.

– Pero tu vales por tres… aunque sea por los aires que te das… y de todas formas, la culpa la tienes tú, por no haber querido empezar a jugar… “Estoy jugando no me molestes” – Ernesto puso voz de falsete para decir esto último, burlándose de Arturo.

Arturo le miró de mala leche, pero Ernesto le sacó la lengua. Eso acabó por romper las defensas del chico que no pudo más que echarse a reír. Resignado se tumbó en el sofá y puso los pies encima del reposa-brazos. Tomás se acercó temeroso para hacerle cosquillas… le pasaba los dedos por la planta del pie, pero lo hacía con demasiada fuerza… Ernesto se le acercó y le cogió la mano… y le enseñó a hacerle cosquillas…

– Eso es trampa, me las debía hacer Tomás – Arturo había retirado los píes, porque no se podía aguantar más…

– Es él quien te las hace.

– Pero tú le guías…

– Pero él te las hace. Yo no te toco.

– Es trampa.

– No lo es. Y lo sabes. Así que apechuga como un hombre derrotado que sabe sufrir los castigos de los que ha sido merecedor. Mi prima Ernestina la sirena de cristal, ha fallecido, y tú has sido el causante.

– Eso es…

– Eso es la verdad, y que me parta un rayo aquí mismo si miento – Ernesto se puso dramático abriendo los brazos mirando al techo, como si de verdad estuviera esperando que un rayo llegara y le atravesara.

– Nada, no te disculpes – siguió hablando una vez comprobado que no llegaría el rayo – No hay nada que hacer. Tomás, ahora tú solo. Irene, sujeta a tu hermano que parece que no está muy dispuesto.

– Si no se las hago yo – Irene miraba sonriendo socarronamente a su hermano mayor.

– No, tú no, que…

– Es que yo las hago muy bien – dijo la niña orgullosa – No me aguanta ni cinco segundos.

– Vale, para la próxima. Venga, mira que hora es… te vas a librar del castigo, que hay que preparar la comida.

– Pero el tío Germán no sabe… es un desastre – Tomás miraba implorante a Ernesto, suplicándole que no les obligara a comer lo que preparara su tío.

– El tío Germán, el tío Germán… ¿Me ves cara del tío Germán? Yo sí se cocinar, y vosotros me vais a ayudar… os vais a chupar los dedos y me deberéis un beso cada uno.

– Bueno, ayudamos a mamá alguna veces… – Irene no estaba muy entusiasmada con la idea. No confiaba en él y pensaba en un desastre como los que organizaba Germán en la cocina.

– Bien, bien, pues los cuatro nos vamos a la cocina. Irene, ponte las zapatillas, que no vaya a ser que te cortes con algún resto de mi prima Ernestina. Luego la enterramos con toda la pompa que se merece la pobre.

Fueron a la cocina, y todos se pusieron a ayudar a Ernesto…

Luego llegó Germán y comieron todos. Germán se preparó un café y se sentó a leer un libro; los niños y Ernesto organizaron el entierro de la prima, la sirena de cristal. Con música y todo… con cortejo… todo hasta llegar al cubo de la basura en la cocina. Germán, viendo el jaleo, se bajó al “Sol de invierno”, la cafetería que hay al lado de la casa de Ernesto, a seguir leyendo tranquilo, con una taza de café delante y una copa de coñac.

Y luego se vistieron a todo correr, y se fueron los cuatro al cine. Al pasar por delante de la cafetería, le dijeron adiós con la mano al tío Germán, que aliviado les saludó también, y apurando la copa, sacó el móvil e hizo una llamada, saliendo a continuación de la cafetería.

Y compraron palomitas, y Kases de naranja, todo tamaño gigante, y… vieron una peli de dibus que a Arturo no le gustó mucho, “Es de niños”, pero que a Ernesto, a Tomás e Irene, les encantó. Y volvieron andando, jugando por el camino, corriendo, persiguiéndose… y llegaron y los niños se metieron en al cama, porque no podían ni con los botones de sus chaquetas, después de un vaso de leche… “yo con Nesquik” pidió Irene. “Yo fría” dijo ya con confianza Tomás, que se había rendido a Ernesto. ”Ya lo preparo, yo, Ernesto, lo hago siempre en casa”. Arturo se encargó de los vasos de leche a gusto de cada uno.

Ernesto les fue a contar un cuento y en no más de cinco minutos, los niños en la cama, y Ernesto en el suelo, se quedaron dormidos.

Ernesto le pasaba la mano por la cara. Ya era casi un hombre. Un chico de casi quince, como decía él, un chico lleno de vida, de buenas intenciones, de amor… generoso… que hacía a veces de padre, de madre y de confidente de sus hermanos; y lo hacía bien. Después de aquellos principios difíciles, los dos habían conectado de una forma especial. Ernesto lo había hecho con los tres, pero de distintas formas. Con Tomás… Tomás confiaba en su tiito a pies juntillas. Ernesto le daba seguridad. Le entendía de una forma que el resto de las personas no hacía. Con él ya no se quedaba mudo nunca, encontraba palabras, y sabía razonar con tranquilidad, no se aturullaba. Ernesto lo miraba directo y Tomás… eso era la gloria para él. Tener por completo la atención de alguien… un mayor, sin percibir que tenía prisa, que le estaba juzgando, y que además le escuchaba con atención y valoraba sus opiniones.

Irene era una mujercita, que jugaba a lo que fuera, daba igual que fuera a muñecas, que a batallas. Muy cariñosa, muy sensible, pero a la vez dura. No se arrendaba ante nada. Su madre cada vez pasaba más tiempo fuera, y ella había tomado el papel de mujer de la casa. Le gustaba sentarse a leer o a estudiar al lado de Ernesto. Era como si a su lado nada pudiera pasarla.

A Ernesto le saltó una lágrima…

– Irene…

Se pasó la mano por los ojos para secarlos.

– Quizás sea el momento de dejar los mundos de yupi solo para mis libros… y construir una familia.

– Mi pobre… – volvió a acariciar al “casi quince”.

Arturo ronroneó en sueños.

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