Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (21).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Por un segundo parecía que la luz volvía. Durante ese segundo, parecía que se escuchaba ruido de gente saliendo de casa, y entrando, bajando a por el pan para desayunar un domingo “pan con mantequilla y un chocolate hecho, calentito, pero como a nosotros nos gusta, ni líquido, ni muy espeso.” “Vigila a Doris, que no se le pase”. “Desde luego, señorito, como si no me saliera bien el chocolate, en su punto”. “Tú vigila”, insistía Ernesto a Tomás.

Fue solo un segundo.

Quizás ha sido mi imaginación”.

Fue solo un murmullo. Pero fue lo bastante para que Arturo se despertara de nuevo. Se incorporó a medias para que Ernesto lo abrazara contra sí, apoyando esta vez la cabeza en su pecho.

– Acaba el cuento de Tomás, y te enseño el mío.

Ernesto pensó en no decirle que lo había visto, pero… no quiso mentir:

– Ya lo he visto.

Su voz denotaba desilusión. Arturo cogió el ipad, y cerró la pantalla que tenía abierta. Debajo había otro documento. Ernesto lo miraba con la boca abierta…

– ¡Ah!

Se miraron antes de echarse a reír.

– Llámame bobo.

– ¡Bobo!

– ¡Oye!

– Yo cumplo órdenes.

Se mantuvieron en silencio mientras Ernesto acariciaba su pelo.

– No te va a gustar.

– Seguro que sí.

– No es muy navideño.

– Da igual.

– No lo mandarás…

– Sí lo haré. ¿Qué te juegas?

– Un fin de semana en Port Aventura.

– Si pierdes pagas.

– No, si pierdo, voy, y así vamos todos.

– ¡Ah! No me acordaba… “no voy, que ya no soy un niño”.

– Tengo casi quince.

– Y yo casi… ¡Uffffffff! – de repente Ernesto se sintió muy viejo – ¡Qué depresión! Mejor me callo.

– Eres muy joven todavía.

– Eso es peloteo. Y del barato. Y tú con muchos menos eres muy mayor para el parque de atracciones.

– Vale. No me creas. Yo te veo… así. Me lo paso guay contigo, como si fueras un colega.

– Ya me has rebajado al nivel de colega. Pero tampoco soy muy colega porque no me cuentas las conversaciones sobre tías ni lo que hacéis.

– No te chines, tío, que no mola. Y sabes… y eso no te lo voy a contar, no seas cansino. Me da palo hacerlo.

– Que sí, no te chines tú, que te vacilaba.

Se callaron. Se miraron.

– Mira, parece que llueve… “I sing… no sé que rain…” – Arturo se desgañitaba.

Ernesto le tiró un mechero que llevaba en el bolsillo.

– Deberías acabar el relato de Tomás… está guay, por cierto.

– ¿Le gustará? Siempre me dice que no le escribo nada…

– Lo dice por el libro que me dedicaste.

– Ya le dedicaré a él otro… le voy a escribir… además os lo dediqué a todos, que no se queje.

– ¿Es cierto? – le interrumpió Arturo – ¿Le estás escribiendo un libro? Lo que decías en el cuento…

– Sí, es cierto. Para su cumple. 11 añazos.

– Debes cuidarlo…

Arturo enarcó las cejas.

– Lo cuidaremos entre los dos.

Arturo suspiró.

– Escribe, anda…

– En cuanto salgamos, vamos al médico… ¿tienes frio?

– Un poco… y eso que los pies los tengo calentitos con las manoplas…

– Te tengo que sacar una foto…

– ¿Hola? ¡Estás de manicomio! Por encima de mi cadáver.

– Yo creo…

– Ni muerto.

Ernesto se puso triste.

– Escribe tío. Era coña. Si te pones así te dejo que me saques una foto, pero… como se te ocurra enseñársela a la peña, te degollo.

– Pues si no se lo puedo enseñar a tus amigos, a la Jénifer esa, a tus profesores, colegas, novietas, contactos del Face, del tuenti, del…

– ¡Stop! – Arturo miró a su tío y se puso serio – no hay foto.

– Ya te dormirás.

– No serás capaz de … – buscaba la palabra – traicionarme.

– ¿Qué no? No me pongas a prueba…

Arturo dobló las piernas para quitarse las manoplas de los pies.

– Vale, vale. No te traicionaré. Lo que hago por ti… y nunca me reconocerás.

– ¿Y lo que hago yo por ti? Como darte una patada en los eggss si de una puta vez no acabas los cuentos, que ya te vale. ¡Escribe!

– ¡Qué vocabulario de arrabalera!

Ahora fue Arturo el que le tiró el mechero a la cara.

.

Llovía fuera. Tomás estaba sentado en la cabecera de la mesa. Miraba la ventana y veía deslizarse las gotas de agua a lo largo de ella. Chocaban con virulencia contra el cristal… hacía mucho aire y estaban en el piso 89.

27 personas estaban sentadas en alrededor de la mesa. Era el consejo de administración de “Jodido Mundo”, la empresa más grande de la tierra, dedicada a la compra-venta de sueños.

– Presentamos una moción de censura.

El señor Carajo, don Cara, se había levantado y miraba con desdén hacia la presidencia, hacia Tomás.

– Preséntela si tiene los apoyos suficientes. – tomás ni se inmutó o al menos su voz no lo traslucía.

– Debemos restringir la venta de sueños, para que el precio suba.. Podemos ganar un 489 % más en apenas un año. Y el segundo, podemos llegar a ganar un 89837 % más. El mundo estará en nuestras manos – cerró el puño y fue paseando su mirada por los miembros del consejo – y nada se nos podrá negar. Somos los dueños de los sueños del 97 % de los habitantes del universo.

– Eso provocará la debacle. Provocará la desesperación de la gente – Darío se levantó enfadado y se enfrentó al Sr. Carajo. – Muchos es lo único que tienen, por lo único que siguen adelante. Nuestro compromiso es guardar los sueños que nos han sido confiados y darles un valor añadido, a un precio justo, asequible a cada bolsillo. Y fabricar y vender sueños con las misma premisas a quienes no puedan crearlos por ellos mismos.

– Tú cállate, que eres un Don Nadie – intervino el señor Tonta para acallar a Darío.

– Y eso provocará el final de nuestro negocio.

– El mundo estará a nuestros píes ¿No lo entiendes? Los gobiernos serán nuestros esclavos, porque la gente se revolverá contra los gobiernos y a ellos nos les quedará más remedio que llegar a un acuerdo con nosotros… para suministrar los sueños a la gente y que puedan trabajar y comprar y no se revelen contra el orden establecido.

– Si quitamos a la gente la esperanza que dan los sueños, una gran mayoría no tendrán un motivo para seguir viviendo, y…

– Los débiles desaparecerán – el señor Cortada se movió por la habitación, hasta ponerse al lado de Tomás, en la cabecera, como si el fuera ya el presidente. – ¿Y qué? ¿Qué problema hay en ello? El mundo, la vida está hecha para los fuertes… los débiles son un estorbo.

– Los débiles tienen derechos, Sr. Cortada. Y recuerde lo que le digo: los débiles… a los débiles los necesitamos tanto como a los fuertes. Los ricos necesitan a los menos ricos, los poderosos a los que no tienen poder.

– ¡Patrañas! – el Sr. Chungo, se levantó y gritaba airado – yo apoyo la moción del Sr. Cortada. Debe cambiar la Dirección de esta empresa y llevarnos a todos a…

– ¿A donde mi querido Sr. Chungo? ¿A ganar más dinero? Si ya tenemos todos los aquí presentes más dinero del que podemos gastar en cuatro o cinco vidas. ¿Para qué más dinero?

– El dinero es el poder, mi querido D. Teodoro.

Sonó el intercomunicador. D. Tomás apretó un botón.

– Dime Carmen.

– Debe ver las noticias D. Tomás.

Encendió el televisor que había detrás de él. Una imagen de la Bolsa de Madrid, llenaba la pantalla.

– Las acciones de “Jodido Mundo” se están desplomando. El consejero de la sociedad, D. Cara Carajo, acompañado por los también consejeros D. Risa Tonta y Don Bufón Chungo, han declarado que están ante un momento crucial: “Debe renovarse la dirección de la sociedad. La actual dirección nos aboca a la debacle financiera”. Ante la pregunta de esta periodista sobre que la empresa parecía una apuesta sólida, declaró que “tiene los pies de barro, pero yo me comprometo a sanearla, y a hacer de ella la empresa más grande que nunca se haya visto”. Las acciones han bajado ya un 290% y eso que ha estado suspendida de cotización a lo largo de varios momentos de la mañana.

Darío se levantó de la mesa y fue directo a por el Sr. Carajo. Lo cogió de la pechera, pero intervinieron rápidamente el Sr. Bufón y el Sr. Tonta, reduciendo con contundencia a Darío. Doña Manuela Indomable, se interpuso en el camino de Tomás que iba a ayudar a su amigo.

– Yo que tú, querido, no me movería – Doña Manuela se pasó la lengua por sus labios pintados de rojo pasión mientras lo miraba con cara de “te parto los huevos, querido”.

Tomás hizo un gesto a Darío para que se sentara. Se recompuso el traje después del choque de trenes que había tenido con Doña Manuela y miró con tranquilidad a Don Cara.

– Creo que será mejor que procedamos a votar su propuesta, Sr. Carajo.

– Primero deberíamos recomponer la situación, porque ahora mismo – sacó su iphone – cuento con un 44,6798 % de las acciones.

– Yo con un 1,2837 % – anunció Doña Manuela.

– Yo… – empezó a decir el Sr. Bufón, pero el Sr. Carajo lo interrumpió.

– En total representamos al 53,47 % del capital. Y subiendo.

Tomás suspiró.

– Creo que debemos votar. Yo voto por la nueva gestión. Don Cara Carajo será en nuevo presidente y Consejero Delegado – anunció la Sra. Tonta.

– Yo me uno.

– Y yo.

– Yo también.

– El Sr. Del Frasco, también levantó la mano.

Tomás no prestaba atención a la votación. Miraba hacia el cielo encapotado que en ese momento lanzaba toda su furia en forma de lluvia torrencial. A lo lejos, entre las nubes, pudo ver a una mujer montada en una escoba voladora que se acercaba perseguida por unos amenazadores fantasmas negros. La chica hizo un looping y los encaró acelerando la escoba. De su barita mágica salían rayos y centellas. Pero Don Cara Cortada tomó la palabra y Tomás hubo de dejar de atender la lucha que se producía fuera. “Teresa podrá con ellos”. Y volvió a la sala de Juntas.

– Si mis cuentas no son erróneas, tenemos el 61 % del capital – se le notó un indudable tono de chulería.

– Sus cuentas son erróneas. Ese es el capital que ordenó comprar a sus brokers. No el que efectivamente ha comprado.

Todos se giraron hacia Darío que era el que había hablado con su ipad en la mano.

– Don Tomás dispone del 34 % de las acciones. Vds. han vendido desde esa mañana para hacer bajar la cotización, con la esperanza de recomprar unas horas más tarde, y comprar también las de los accionistas que presos del pánico, se lanzaran a sus brokers con ordenes de venta.

Hizo una pausa que aprovechó para beber un sorbo de agua.

– Pero no han comprado Vds. esas acciones, sino que las ha comprado D. Tomás, yo mismo, Dña. Pilar, Don Ernesto que tiene delegado el voto en D. Tomás, Don Teodoro, aquí sentado a mi derecha, Don Rufián, Don Kevin… y la verdad es que a un muy buen precio – no pudo evitarlo y esta última afirmación la expresó con un decidido tono sarcástico.

Don Cara se levantó y fue directo hacia Don Darío apretando los puños. Pero en esta ocasión, Don Kevin, Doña Carmen y Don Teodoro, estuvieron atentos y se interpusieron en su camino. A Doña Manuela la agarró el mismo Don Tomás y la hizo sentarse.

– Querida, deberías repasarte los labios y los ojos, se te ha corrido todo, todo. Estás hecha un adefesio. Y ya de paso le ayudas a colocarse a tu querido jefe el postizo del pelo, que se le ha movido con el sofocón. – Tomás levantó la mirada y habló dirigiéndose a todos los presentes en la reunión – Será mejor que nos tomemos un respiro para que Don Cara y sus amigos, comprueben que ahora mismo, no tienen más de un 3% de las acciones entre él y todos sus acólitos. Son los problemas de jugar y perder.

Mientras Don Cara Carajo y sus amigos salían de la sala, los demás miembros del Consejo empezaron a aplaudir y a vitorear a don Tomás. Aunque éste estaba más atento al ventanal… en donde la chica montada en una escoba voladora llamaba insistentemente.

Darío se giró y al ver la situación, sacó su barita mágica del bolsillo interior de la chaqueta, y susurró unas palabras. La ventana se abrió hacia arriba, y la maga entró en la sala.

– Tomás, Darío, Kevin, Carmen, Teo, Rufus, os necesitamos.

– Sí, pero deberemos esperar un momento – interrumpió Roberto, el vigilante del “Mundo maravilloso” – Tomás debe entrar al médico.

.

– Adelante, Tomás – la enfermera le sonrió.

Germán y Tomás se levantaron y pasaron a la consulta del médico. Éste apartó la mirada del ordenador para saludarles.

– Tomás, que me han dicho que estás fastidiado…

– No duerme – contestó su tío por él.

– Tranquilo Germán, deja que hable él.

El médico se levantó y dio la vuelta a la mesa. Acercó un taburete con ruedas que estaba al lado de la camilla y se sentó al lado del chico.

– ¿Qué te pasa?

Pero Tomás no decía nada. Solo una lágrima salía por sus ojos.

– ¿Por qué no le dejas ver a Ernesto? – preguntó el médico a Germán.

– Ernesto es una mala influencia – contestó rotundo. – No quiero tener nada que ver con él. Ni yo ni los niños.

– Eso no te lo crees ni tú. – el médico lo miró con dureza. Se giró y cambió la expresión para hablar con el niño – Tomás cariño, ¿Por qué no me cuentas…? Dime que te pasa y podremos ayudarte. Desahógate…

– Es inútil, Carlos, es inútil. Este chico es…

– Te odio, tío Germán. Ojala hubieras muerto tú.

Tomás corrió hacia la puerta y salió dando un portazo.

Anuncios

2 pensamientos en “Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (21).

    • No Josep, no es parte del cuento. Fíjate en los tipos de letra.
      Además, el tío Germán, no sabe el camino a “Mundo Maravilloso”.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s