Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (22).

Para ponerse al día con el relato.

—-

La maga Teresa los miraba con impaciencia.

– El Príncipe encantado necesita de nuestra ayuda. Los Fantasmas de negro rodean su castillo y quieren eliminarlo.

– Debemos acudir entonces. Pero antes debemos dejar esto zanjado, el tema de…

– No te preocupes, Cara Carajo y su Manuela Interminable, acaban de salir corriendo delante de un gentío al que han convocado desde “Mundo maravilloso”. Por cierto, la próxima vez organizamos esto en un piso un poco más bajo, que tengo vértigo.

– Pues apañado vas si quieres venir volando en la escoba. Joder con el Teo.

– Son cosas distintas – se disculpó.

– Pues no le veo yo la distinción, eres más raro… además estamos en “mundo maravilloso”, aquí desaparecen esos problemas.

– Salvo si quieres hacerte el interesante y que te cuide alguien.

– Huy, huy, huy… – exclamó Kevin con retintín.

– ¿Dónde has dejado a Joaquín? – se defendió Teodoro.

– Eso es un golpe bajo – Kevin se dio la vuelta y se sentó enfurruñado y con los hombros unidos al otro lado de la sala.

– Y la fulana se apellida Indomable… – corrigió Tomás a Teodoro que se había quedado mustio por no medir sus palabras y dejar triste a Kevin.

– Qué más da, es una… p…

– No seas mal hablado – dijo una voz que salía de todos los sitios.

– Fulana, ea.

– Ernesto, joder, si tú eres el primero…

– Y dale, todos con la misma canción. No hagas lo que yo haga sino lo que te diga. Es distinto. Tú eres un niño, cojones. Y no te pega. Y no debes acostumbrarte… para ser mejor que yo, que soy un perdido.

– Pues predica con el ejemplo, tío – dijo Tomás mirando al cielo con los ojos llorosos – y no te pongas en plan víctima que ya cansa.

– Y tú deja de llorar, coño. Tu tío a pesar de todo, te quiere… solo que está un poco…

– Es gilipollas – apuntó rotundo.

Tomás se pasó las manos por sus ojos para quitarse las lagrimas. La Maga Teresa le pasó un pañuelo de papel.

– ¿Y dónde estás, tío?

– Os estoy mirando por la bola de Roberto…

– Parece Dios… – apuntó Kevin que se estaba olvidando de su enfado ante la perspectiva de una nueva aventura.

– Vamos, dejaros de si que hay que hablar como los señoritos, o decir tacos, o de hablar de dioses y bolas, que el Príncipe nos necesita.

– Vamos, sin demora. Salgamos en nuestras escobas.

Darío, Teodoro, Kevin, Pilar y Tomás se juntaron para salir por la ventana y acompañar a la maga Teresa.

– Pero no pensaréis ir así, con traje y corbata, que llueve la leche, y es incómodo para volar.

Tomás sacó la varita y la movió ligeramente haciendo círculos. Encima de él, apareció su armario con toda su ropa. Fue recorriéndolo y moviendo la ropa con su mente hasta que vio un pantalón impermeable de color verde botella y una capa a juego. Volvió a mover la barita y estuvo vestido en apenas un decir: ¡Cáspitas! El resto había hecho lo mismo con sus propios armarios.

– Vamos.

Y salieron todos disparados en sus escobas, que habían aparecido después de otro movimiento de barita.

Mientras se dirigían al castillo del Príncipe encantado, la lluvia arreciaba. Un viento casi huracanado, les hacía volar a paso tortuga.

– Así no llegaremos nunca – se quejó Kevin.

– Pongámonos juntos, y convoquemos la magia con nuestras baritas. Así a lo mejor…

– Ya estoy aquí – dijo Pitu uniéndose al grupo – no me pierdo esta aventura ni por nada del mundo.

– Hola, Pilar. ¿Y Fernando? – preguntó Pitu.

– Y yo que sé, no soy su guardiana – contestó a la defensiva.

– No te enfades, era solo que…

– Qué nada. Yo he estado en clase de flauta. Acabo de llegar a Mundo Maravilloso.

– Vale, vale.

El temporal empeoró si eso era posible, y ya casi no les era factible avanzar camino del castillo del Príncipe encantado.

– Esto es un hechizo del malvado innombrable, del Señor de la Muerte.

– Pero es muy poderoso… no podremos…

– Todos juntos… mirad allí, a la derecha.

Todos giraron sus cuellos, y allí, dónde señalaba Darío, vieron una sombra negruzca. Podrían haberla confundido con una nube, porque tenía ese aspecto: roto en jirones a ratos blancos y a ratos grises de varios tonos. Pero unos cuencos vacíos, negros como tizones, a modo de ojos, lo diferenciaban de las demás nubes.

– Ja, ja, ja. ¿A dónde vais ilusos? Mejor idos a jugar con las Play Station y dejad de soñar con imposibles. Esto no es un juego de niños. Es el juego de la vida, en donde las decisiones que toméis van a ser cruciales en vuestro futuro.

– Haremos lo que nos de la gana – le gritó un Tomás enfurecido – Venceremos, esbirro del Señor de la Muerte.

– A mí me podéis vencer, pero a mi Señor, no.

– Eso ya lo veremos – escupió Teresa – no tenéis noción del poder que acumulamos todos nosotros. Lo sueños y la esperanza mueven montañas.

– Y la gente buena.

– Y el amor.

– Y la decisión.

– ¡Venceremos! – gritó Tomás por último.

El fantasma levantó un brazo de entre los jirones de su vestido, y les apuntó con su barita. Un rayo de color negro, salió de su punta camino de los magos. La maga Teresa tuvo tiempo de conjurar un muro protector que les libró de un impacto directo. Pero llevaba tal fuerza el rayo negro del fantasma, que al chocar contra la pantalla protectora, produjo unas ondas que desestabilizaron el vuelo de los magos. A Darío le pilló desprevenido y cayó de la escoba.

Sin remisión, parecía perderse entre las nubes, camino del suelo.

El fantasma lanzó un segundo rayo todavía más poderoso que el anterior. Teodoro y Kevin ayudaron con sus varitas a la de Teresa para levantar otra pantalla protectora. Pero no llegaron a tiempo, y el rayo fue a chocar de lleno contra Tomás.

Teresa se llevó la mano a la boca para evitar un grito de desesperanza y terror.

– Hijo de puta – gritó encolerizada y empezó a lanzar rayos y centellas, hechizos y contra hechizos al fantasma.

Teodoro intentó salir detrás de Tomás y Darío, pero un conjuro que lanzó otro fantasma que apareció al lado del primero, se lo impidió, dejándolo atontado. Apenas se mantenía sobre su escoba voladora. Kevin reaccionó y lanzó la suya contra ese fantasma nuevo. De la punta de la misma, salió un chorro de fuego con millones de flores en su interior, que abrazó al fantasma y lo volatilizó en cuestión de segundos.

– ¡Bien! – animó Teodoro controlando poco a poco su estabilidad en los cielos del Mundo maravilloso.

Mientras, Tomás y Darío caían al vacío. Darío había cerrado los ojos y se dejaba caer sin siquiera tener intención de hacer algo por parar la caída. Una voz dentro de él, le decía sin parar que era lo mejor… “Sabías que este final estaba cerca”. “Es lo mejor”.

Tomás caía y lloraba de desesperación. Buscaba dentro de él, pero no encontraba ninguna solución… sus fuerzas estaban agotadas “Tío, ves, no valgo nada, te lo decía por las noches cuando venías a matar mi miedo con tu espada de madera.”

– Eso no es cierto, Tomás, eso no es cierto. Cojones, si has podido hablar con la gente, y antes no lo hacías, y has podido decirle a tu tío que es un gilipollas… puedes hacer lo que te propongas. Así que mira dentro de ti, mira eso que construimos tú y yo, joder, y ándale, saca tu magia blanca del corazón.

– No puedo… Ernesto, no puedo… ayúdame…

– No, puedes, puedes, y lo sabes. Dale… levanta la varita y lanza a través de ella todo lo que tienes dentro. Pon la fuerza que llevas en el corazón, tu amor…

– Darío… – llamó Tomás.

– Puedes hacerlo. Propóntelo. – le animó su tío.

Se pasó la mano por la cara para quitarse las lágrimas. Inmediatamente la lluvia volvió a empaparla, pero eso ya daba igual, porque no eran lágrimas, solo agua de lluvia. Llamó a su escoba que se puso entre sus piernas, y la aceleró camino de Darío, que caía unos metros por delante. En cuestión de segundos, llegó casi a su altura, y alargó la mano para cogerlo de la capucha de su capa. Paró en seco su escoba y con su fuerza, logró detener la caída de su amigo.

– No tienes la culpa de nada. Ya sé de que te conozco.

Darío no respondió.

– Eres un tío legal; no tienes la culpa de nada.

– Yo debería haber ido con él… me enfadé y discutí…

– Eso da igual… vives… ¿Qué ganas con… y si hubieras muerto? Podemos ser amigos…

– Yo no tengo amigos…

– Ahora sí tienes amigos, has sido capaz de llegar al Mundo Maravilloso… eso es una señal.

– Cerrando los ojos se llega.

– No, eso no es cierto, yo hasta hace unos días no conseguí llegar, y tú tampoco, lo sé.

– Pero eso es un sueño… no es real…

– Es un juego. Todos jugamos, necesitamos jugar… para luego hacer cosas en la vida… Es todo lo real que tu quieras que sea.

– Ya soy muy mayor.

– Nunca se es mayor para soñar, Darío. Mira Ernesto…

– Pero nadie le considera apto para… – se pensó un momento lo que decir – nada.

– Pero él lo es, y lo hará bien… y lo hará… ¿Verdad tío?

Nadie respondió.

– ¿Tío?

Nadie.

– ¡¡¡¡¡Tíoooooooooooooooo!!!!

– ¿Ves?

– Lo hará bien – insistió Tomás enérgicamente y convencido – Y tú lo verás. Apuéstate algo.

– Es una trampa para que…

– Si no es así, volveremos a “Mundo maravilloso” y te dejaré caer. Es más, te empujaré – le retó Tomás.

– Oye, peque, para ser un callado como te define tu tío el otro, y un simple, hablas mucho y tienes mucho arranque.

– No, dí lo que dice de verdad; dice que soy un mierda.

– Bueno… – Darío estaba desconcertado.

– Soy callado, pero no sordo. Soy niño, pero sé escuchar. Inocente, pero no bobo.

– Vale. Si no sale como dices… volvemos y …

– Yo mismo te tiro. Lo juro – y levantó la mano como había visto que hacían en las películas de juicios en la tele.

Teresa bajaba lanzada, recuperada de la batalla con el fantasma.

– Ya os daba por perdidos…

Tomás le preguntó con la mirada…

– Chupao. – Teresa se sacudió las manos aparatosamente – El lugarteniente del “Señor de la muerte” y el esbirro, han caído… no te jode, conmigo van a… van a acordarse de Teresa el resto de sus días. Bueno, he de decir que del peque se ha encargado Kevin… casi perdemos a Teo – dijo preocupada.

– Aquí estoy.

Joaquín apareció en su escoba aunque era difícil de ver porque se confundía con el paisaje. Era solo una sombra…

– ¡A buenas horas!

– Kevin me ha llamado… no debía venir, he dejado sola a María con el Príncipe encantado.

– Huy, huy, huy…

– Dejad las pullas, tenemos que llegar al Príncipe – cortó Tomás.

– Pareces casi transparente – le espetó a Joaquín una Teresa preocupada – ¿Dices que dejaste sola a María con el Príncipe?

El aludido se encogió de hombros.

– Ernesto y Roberto vigilan – se disculpó – y está el resto de su corte. Si no llegáis… todo se habrá perdido. Era importante que vencierais… por eso vine.

– Joaquín – Kevin apareció llevando en su escoba a Teodoro, que estaba muy desmejorado.

– Deberías llevártelo para que descanse…

– No, eso no… yo puedo continuar… solo necesito un poco de…

– Mimos.

– ¿Mimos? – dijeron todos mirando a Teresa y con los ojos muy abiertos y voz incrédula.

– Es lo que todos necesitamos en realidad – explicó como la cosa más normal del mundo.

Darío se encogió de hombros y se acercó a Teodoro y le plantó un sonoro beso en la mejilla. Todos miraban y pudieron notar como el besado recuperaba un poco el color de su cara. Teresa fue la siguiente en acercarse, y plantarle un beso en la otra mejilla. Tuvo el mismo efecto… y el beso de Joaquín en la frente, le hizo entrar en calor, y el de Kevin hizo que sus ojos recuperaran la vida…

– ¿Veis? – Teresa los miraba con cara de satisfacción – fijaos – y se acercó otra vez a Teodoro, y le dio un beso en los labios.

De repente, Teodoro empezó a hacer círculos con la escoba de arriba a abajo, y unas campanas empezaron a sonar… salían de la misma escoba…

Darío empezó a reírse… y contagió a los demás.

– Vamos – apremió Teresa, aunque miraba todavía sonriente a Teodoro que se había recuperado totalmente – El…

-… Príncipe nos espera – todos se unieron para acabar la frase.

Parecía que el temporal había amainado después de la lucha con el fantasma jefe de la muerte y su esbirro, pero según se iban acercando en sus escobas al castillo del Príncipe, el temporal volvía a arreciar.

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