Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (23).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Ya empezaba a recordar. La pelea. La pelea de Arturo y la charla con aquel profesor. Y esa mirada perdida que se le quedó a Arturo y que no supo afrontar.

Las cosas ya no iban bien con Germán. En realidad llevaban mucho tiempo mal. No entendía como no se iba… Ernesto hubiera querido acabar con aquella farsa muchos meses antes, decir: “¡Hasta aquí, Germán! Dejemos esta pantomima” Pero… no sabía acabar esas cosas. Quizás los chicos pesaban. Ya no se imaginaba la vida sin ellos. En realidad todo era una excusa para disimular que era un fracasado y un cobarde que no se atrevía a vivir sin nadie a su lado, aunque no hubiera nada entre ellos, ni casi coincidencia espacio-temporal.

Los chicos.

Aunque coincidiera una de esas épocas en que su madre pasaba fuera trabajando, todas las semanas pasaban al menos un par de veces a verlo. O él iba a buscarlos al colegio. Era casi la única actividad que sacaba a Ernesto de sus mundos. Eso y su intento fallido, según le había dejado ahora claro Arturo, de promocionar sus libros por las televisiones de España, haciendo el payaso. Jugando a ser malo y a participar en programas de los que se apuñalaban todos por la espalda. Todos muy dignos, haciendo su papel, disfrazándolo todo de realidad y verdad.

Arturo entró en su casa ese día. Hacía ya un tiempo que Ernesto le había dado ya las llaves. Germán no estaba. Ahora estaba dándose cuenta de que en realidad Germán pasaba mucho tiempo fuera… había vuelvo a vivir en su casa, y Ernesto casi no se enteró.

Diez amantes resistió. En realidad doce, pero Ernesto no consiguió que se enterara por medios naturales de dos de ellos. Todos salvo uno, fueron ficticios. Dos en realidad. El último sí fue real también. Real de aquella forma. Real de una forma platónica, casi imaginaria. Era un prostituto con el que había contactado para un libro. Todos le decían que eso era un engañabobos para follárselo sin pagar. En eso se equivocaron, porque le pagó hasta por hablar con él. Según se mire, al polvo le invitó el chapero. (Sergio) Álvaro se llamaba. Se llama, porque lo vio después un par de veces… sin pagar, que ya por aquella época Ernesto no tenía un duro, y a (Sergio) Álvaro parecía gustarle eso de buen samaritano.

Recordaba esa tarde en la cafetería de debajo de casa. “Sol de invierno”. La misma a la que, aquella primera vez que fueron los niños a casa, huyó Germán para leer tranquilo.

Organizó con esmero la treta. Germán siempre iba al salir de trabajar. Su trabajo no distaba más de 100 metros de la casa de Ernesto. Después de la cafetería, unas veces subía a casa, y otras se iba. Pero la cafetería era parada fija.

Se sentó en su sitio preferido. En la mesa de al lado ya estaba el chapero, acompañado de Pilar, una amiga discreta y fiel. Fingieron ser buenos amigos, lo que al final se convirtió en verdad.

(Sergio) Álvaro le contaba a Pilar, con detalles todo un affaire que duraba semanas y en la que todas las tardes follaban en casa de Ernesto, en la cama de la pareja. Los detalles, escabrosos. Pilar fingiendo escandalizarse a un volumen alto, para que Germán no tuviera más remedio que enterarse. Además la voz de Pilar era muy característica. Y además, Pilar le caía como una patada en los susodichos.

Pilar se va al servicio y a la vuelta, pone cara de asombro: “Huy, Germán, no te había visto”. Dos besos y Pilar que finge un sofocón, “¡Qué calor hace! Tiene en la calefacción a tope y no hace tanto frío en la calle todavía”. Un minuto de silencio incómodo, en el que Germán la taladra con la mirada. “¿Y cuanto tiempo llevas aquí?” Pregunta con tono inocente pero calculado.

Germán subió a casa esa tarde. Y sacó las pocas cosas que le quedaban mientras Ernesto fingía estar inmerso en una de sus historias. Y escribía.

El chico subió a casa. Y el otro chico estaba con su ordenador, haciendo que escribía. ¡Qué pocas cosas tiene el chico en casa! Lo ha metido todo en una mochila. Se acerca por detrás y El chico escritor deja de mirar al espejo por el cual veía las evoluciones del que hasta hace un par de minutos, era su pareja. Y el chico que subió a casa con la intención de llevarse sus dos calzoncillos y su cepillo de dientes, se acerca, le toca el hombro, y le dice:

– Te dejo, Ernesto. Ya es el colmo que tu amiga la tonta, sepa que follas con un amante hijo de puta, y que lo hacéis en nuestra cama todas las tardes. Adiós.

Y se fue.

Desde la puerta hizo una parada dramática, también muy calculada, ese chico siempre había sido muy calculador: “Eres un perdedor, y yo con perdedores, no quiero saber nada”. “Estás acabado como escritor y como ser humano”.

El chico escritor… me quedé con la boca abierta. Soy yo el chico escritor y escribo esto para disimular mi tontería y mi cara de pasmo, y mi miedo a su reacción, para estar haciendo algo cuando subiera y no perder el hilo a la vez de lo que pasa, pero no pasa nada, simplemente se va… solo que me he dado cuenta de que no tenía más que tres camisas y dos calzoncillos…

Se ha ido.

Y no se ha parado el mundo, la Tierra sigue girando… y yo sigo respirando.

Nada. Ni escena ni “¿Por qué lo has hecho?”. Nada. Seco y contundente. ¿Cuándo fue la última vez que me dio un beso?”.

¿Por qué ha estado conmigo todo este tiempo?”. Preguntas sin respuesta.

Ernesto se acordaba casi palabra por palabra de lo que escribió cuando Germán le dejó. Esa tarde fue consciente de la burda mentira que había vivido los años que había pasado con Germán. Pero… los niños… eso si que fue algo auténtico. Quizás todo fue una filigrana del destino, una estrategia de Irene, la ángela, o de Gabriel, su jefe, para acercarle a los niños.

Porque sus personajes existían en la realidad. Él solo contaba lo que pasaba en realidad. No inventaba nada. Todo era real. Hasta “Mundo maravilloso”. Hasta la muerte. Esa también era real. Y la vida, y la enfermedad.

Y el dolor.

Pero todo aquello que él escribió, toda esa consistencia adquirida esa tarde, la perdió lo que tardó en levantarse e ir al servicio a vaciar su vejiga. ¡Qué poco glamuroso para un olvido interesado! Pero todo sirve cuando alguien necesita olvidar su realidad de carne y hueso y sumergirse en la realidad de la vida de lirismos y mil colores, llena de música que sale de los árboles o de las nubes de algodón y los castillos de papel. Árboles de decenas de metros llenos de luces de colores que saltan y dan volteretas al ritmo de esa música que llena el aire que penetra en los pulmones y nos da la vida. Aire que juguetea entra las ramas de los árboles.

– Tío, tengo un problema.

Ernesto acababa de colgar a (Sergio) Álvaro para ultimar los detalles de la estratagema. Sería dos días después. Era la única tarde esa semana en que (Sergio) Álvaro no tenía ningún compromiso con clientes.

Ernesto se giró alegre. Dijo cualquier tontería que siempre se le ocurría y sin apenas mirarlo le abrazó y le achuchó. Pero ahí se dio cuenta de que algo pasaba, porque Arturo no forcejeó para separarse como siempre hacía en broma cuando Ernesto lo achuchaba.

Se separó y lo miró por primera vez. Lo miró y lo vio. Tenía la cara llena de magulladuras, la ceja derecha le sangraba un poco, y el algodón que tenía tapando uno de los orificios de su nariz, estaba rojo oscuro. “Al menos eso quiere decir que ya no sangra”.

– Vamos al baño que te curo. Y te quitas esos andrajos en que se han convertido tus ropas y te duchas. A menos que quieras convertirte en mi sobrino negro.

Fue un intento de broma que apenas consiguió esbozar un amago de sonrisa en Arturo. Aunque quizás, lo mejor de todo fue el suspiro de alivio que Ernesto sintió en el joven.

Mientras se duchaba y se cambiaba de ropa, Ernesto preparó una merienda al gusto de su “casi quince” sobrino. Un buen chocolate a la taza, espeso, sabroso, con pan y mantequilla. A discreción. Incluso bajó corriendo a la panadería a por pan, que se le había acabado.

– Me he pegado en el patio.

Fue con el primer trozo de pan y mantequilla que se metió en la boca bien untado de chocolate. Con la mirada gacha, como se dicen las cosas cuando se tiene miedo de la reacción del que recibe la noticia.

Fue una pelea dura. A muerte. Un profesor vino a separarlos. Sin preguntar, arrastró a Arturo a su despacho, mientras al otro chico le llevaban a la enfermería.

– Me hizo sentar en una silla, en medio de su despacho. Y me dijo… que era un homófobo y un acosador.

El profesor habló mucho. No dejó que Arturo se expresara, ni siquiera pudo contar lo que había pasado, por qué por primera vez en su vida se había pegado con alguien. Parecía que se había pasado sus casi quince años pegándose con todo el mundo.

– Esto es una reacción contra tu tío y el escritor ese con el que está. Ese desecho que va por las televisiones mendigando que le compren un ejemplar de uno de sus asquerosos libros. No lo aceptas y lo pagas con ese pobre chico. Odias al escritor ese que va de programa en programa vertiendo insultos. Te aleja del amor de tu tío y de tu madre. Y echas en falta a tu padre. Un caso típico.

Se calló un instante, pero cuando Arturo fue a hablar, el profesor sentenció:

– Eres un marica reprimido, como ese escritor lame culos plagiador.

Arturo intentó explicar que eso no era cierto. Y que a ese escritor lo quería con toda su alma, que era la persona que mejor le entendía… Entonces el profesor insinuó que a lo mejor es que ese hombre con el que vivía su tío, “Ese traidor” abusaba de él y …

Arturo se levantó furioso. Se encaró con el profesor. Le explicó a voces, que el hombre con el que estaba su tío, su pareja, era la mejor persona del mundo, y que nunca se le ocurriría poner la mano encima de un niño. Ni de un niño ni de nadie. El profesor le mandó callar también a gritos. Tanto alboroto llamó la atención del director que entró en el despacho del profesor.

– Éste imbécil que me está diciendo que mi tío abusa de mí. Y ni siquiera me ha pedido una sola explicación de la pelea – Arturo lloraba al gritarle al director – Ernesto abusar de mí, será… mentiroso y … rastrero. – Arturo se puso la mano en la nariz para contener la sangre que volvía a manar a discreción.

– Te niegas, eres gay y te niegas. Porque odias los abusos… de ese…

Arturo no aguantaba más y se dirigió hacia la puerta. El profesor le gritaba para que no se le ocurriera salir de su despacho. Pero el director le contuvo.

– ¿Pero has visto al hombre patético ese paseándose por los platós de …?

No escuchó más. Corría por los pasillos. Salió a la calle y siguió corriendo. Llegó a la casa de Ernesto y se sentó un rato en un banco que había cerca del portal. Recuperó el resuello y subió a ver a Ernesto.

No le contó todo, aunque Ernesto supuso algunas cosas. Pero… Ernesto estaba en otros temas. Estaba comprobando todas las facetas de la estratagema que había inventado para que Germán le dejara. Incluso a veces se le aparecía la voz del chapero preguntando con cara inocente: “¿Por qué no lo dejas sencillamente?” Como si todo fuera tan fácil para Ernesto. Y todo el asunto de Arturo se diluyó en su cabeza. No supo estar con su sobrino en esos momentos. Ni supo actuar como tío o como amigo, o como lo que fuera.

Arturo se quedó triste. Pensó que su huida le traería consecuencias. Hubiera querido que alguien le acompañara, pero… Ernesto no estaba en esos días en el mundo de carne y hueso, salvo para largar a Germán con una treta del mundo de la lírica y del esperpento. Y a los demás tenía la impresión de que les importaba una mierda. Si su madre… muy ocupada preparando su nuevo viaje y quizás su nueva boda.

– No te has recuperado desde aquel día – pensó Ernesto en voz queda.

– Al final te has acordado – Arturo suspiro mientras se incorporaba lentamente.

Ernesto asintió con la cabeza.

– Tengo frío, tío – se rodeó el cuerpo con sus brazos.

Ernesto maniobró para que Arturo se sentara entre sus piernas y rodearlo asimismo con su cuerpo y brazos.

Échate ese abrigo por encima, así estaremos calentitos.

– Estás tenso, tío. Lo noto. ¿Te duelen…?

– No te preocupes por mí, sobrino. Ahora voy a ser yo quién se preocupe por ti. Te fallé.

– Na, pero no pasó nada. Ese profesor no me volvió a decir nada. Y el director al día siguiente se hizo el encontradizo para charlar un rato y preguntarme por como estaba.

– ¿Y no te dijo nada de lo del día anterior? De lo del profesor, vamos. O de por qué… ¿Por que te dijo que eras homófobo? Y por qué dijo que si yo…

– Porque el chico con el que me pegué es homosexual.

– ¡Ah!

– Pero no me pegué por eso… no te pienses.

– Bueno, ya, me sorprendería mucho…

– Me robó. Varias veces. Y a Jenifer. Y otras cosas… que ahora no vienen a cuento.

– Esas otras cosas… me imagino que en alguna saldré de nuevo. Por eso lo del profesor con ese ataque furibundo contra “Ese desecho de la sociedad que es tu tío el escritor”. Le faltó añadir ese marica degenerado.

Arturo no contestó. Ernesto se sonrió con tristeza.

– Mas que insinuar que abuso de ti… – se paró un segundo y de repente gritó – ¡Ehhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

– ¡Qué grito has pegado, tío! – Arturo se levantó de un salto y se encaró con él – que va a bajar Germán y no quiero… no me mola tío, joder, es que… ya lo arreglarán no quiero…

– Es tu tío, aunque se enfade…

– No te enteras. No nos quiere, no le gustamos, odia a los niños…

– Y a las parejas.

– A algunas. Otras le duran muchos años, aunque sean clandestinas.

Otra vez esa sonrisa triste en el rostro de Ernesto.

– Lanzas la piedra y reculas, sobrino.

Arturo apartó la mirada de su tío.

– ¿Hay alguien ahí? – volvió a gritar Ernesto.

Pero otra vez, nadie contestó.

Anuncios

Un pensamiento en “Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (23).

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s