Una decisión difícil.

Rui colocaba las cajas en el almacén. De repente se dio la vuelta y lo vio, apenas a un par de metros de él.

Sonreía.

Sin apenas darse cuenta, Rui se encontró besando a ese chico. Sus manos luchaban con las ropas del otro y viceversa. Sus bocas no podían separarse ni por un breve instante. Hasta que las manos de Jordi ganaron la partida a las ropas de Rui y consiguió recorrer su cuerpo con ellas, nerviosas, trastabillando de vez en cuando. Sus labios siempre pegados.

– Estoy sudado – dijo disculpándose Rui.

– Me pones a cien, sudado, seco, o lleno de suciedad.

Fue intenso, pero corto, como la mayor parte de sus encuentros. Cortos y escondidos. Sin intimidad, en realidad. Con pasión pero sin dedicación.

Jordi recompuso su traje, se colocó la corbata y guiñó un ojo antes de desaparecer por la puerta trasera, no sin antes mirar a los lados para comprobar que nadie observaba. Lo último que vio Rui de él fue el beso que le lanzó con la mano. Y otra vez, esa sonrisa.

Rui se pasó los dedos por sus labios, como queriendo aprehender los restos de saliva que hubieran quedado allí. Como si quisiera seguir sintiendo esa boca que le habían enviado ese último beso lanzado al aire. Sentir de nuevo su olor a limpio, sentir su respiración sobre su cuello, otra vez sus labios, finos pero vibrantes, sentir su lengua jugueteando con la suya o lamiendo cada gota de sudor de su pecho, sentir su cuerpo pegado al suyo… sus gemidos, los propios… y explotar cerrando los ojos e imaginándose en otro mundo idílico, corriendo entre las nubes blancas y con los pájaros cantando una bella melodía.

– Rui, no doy a basto.

Su padre se asomó de repente a la puerta que comunicaba el puesto de fruta que regentaban, con el almacén. Miró a su hijo y lo vio raro. Por un lado parecía descompuesto, con las ropas arrugadas, la camiseta sucia. Y por otro su rostro tenía un gesto de felicidad que en contadas ocasiones había podido apreciar en él. No dijo nada más, ni insistió. Cerró los ojos un instante, resignado, y suspiro casi imperceptiblemente. Dio un portazo y salió a despachar de nuevo.

Rui volvió a la realidad con el ruido que hizo su padre al salir. No se había dado cuenta de que estaba, pero ahora, sentía con retardo su mirada, su suspiro, sus ojos implorando al cielo. Se levantó y fue al barreño con agua limpia que tenía en una esquina. Se quitó la camiseta negra de tirante ancho, arrugada y sudada, que olía a pasión, y se lavó deprisa el torso, los sobacos, la cara… Se secó y se cambió de camiseta. Esta vez se puso una blanca de manga corta. Impoluta. Se miró en un pequeño espejo roto que tenía en la pared, y se peinó hacia atrás su media melena castaña. Así mojada era más oscura.

Salió al puesto y preguntó a las clientas quién era la siguiente. Su padre apenas lo miró, aunque una sombra de preocupación y tristeza apareció en sus ojos.

– Vas a echar tu vida a perder – le murmuró en un momento cuando se cruzaron. – te destrozará la vida.

Rui se quedó parado un instante. Miró a su padre, pero no vio nada.

– Tres con cincuenta – dijo a la clienta que estaba atendiendo.

– Lo amo – le contestó a su padre cuando se juntaron en la registradora. – Tenga sus cambios, Doña Rufina.

– No es para ti. – le contestó casi antes de que hubiera acabado de hablar su hijo. – Te hará daño. ¿No lo ves?

– No, es bueno.

– No lo es. Ni su familia. Te destrozarán – repitió.

– Él… – pero su padre se fue a la otra esquina a atender a la Señora Rubiola. No quería oír a su hijo.

De repente Rui vio a su padre más viejo que esa misma mañana. Lo vio preocupado, triste… hundido. Le entraron ganas de llorar… amaba a su padre. No soportaba verlo así. Salió corriendo hacia el almacén, mascullando una disculpa a los clientes que esperaban.

– Es bueno, papá, es bueno… – repetía sin cesar mientras golpeaba las cajas de melones; lloraba.

Sabía que no lo convencería. Y sabía que… aunque no lo reconocería ante nadie, que su padre solía tener razón en esas cosas.

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4 pensamientos en “Una decisión difícil.

    • Pero en tu mente, Pucho, puedes creer lo que te parezca. Si prefieres que el padre no tengan razón, escribe mentalmente tu final. O escríbelo de verdad.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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