El tal Alfonso.

 Se giró para irse y ahí lo encontró.

Lo miraba fijamente, con una ligera sonrisa que parecía traslucir un poco de inseguridad, de temor incluso.

– ¿Nos conocemos? – preguntó Luis. No solía interpelar a nadie por la calle salvo que lo conociera, aunque se le quedara mirando. Pero era tal la insistencia de la mirada, que no lo pudo evitar.

El hombre lo observaba  sin poder articular palabra.

Luis tenía ganas de irse a casa, estaba cansado. Pero ese individuo le intrigaba. Percibía que lo conocía, aunque desde luego, su mente estaba en blanco.

– Soy Jacob. – Hizo una pausa y hundió la mirada en el las baldosas de la calle. – Alfonso. – fue solo un murmullo casi inaudible.

Ahora era Luis el que se había quedado sin palabras. No tenía claro sobre como actuar. Por un lado, su amor propio le impelía a darse media vuelta e irse sin decir ni media palabra más. Por otro lado, la curiosidad le aconsejaba quedarse y saber. Saber por qué de sus mentiras, saber la verdad, saber quién era, qué sentía y cuanto de todo lo que le contó durante meses a través de Internet era verdad y qué era falso. Al menos ya había salido de una duda: las fotos no eran de él. Aunque eso era lo único que sabía con certeza desde el primer momento.

Cuando se iba a girar para alejarse, se le escapó la pregunta:

– ¿Por qué?

Fue levantando la vista, buscando la respuesta en su viaje hacia el rostro del tal Alfonso. “¿Ahora estaría diciendo la verdad?”, se preguntó. “¡Qué más da un nombre, Alfonso, o Pere, o Adri, o Lorenzo o Pilar!””Sí que importa, no fastidies, es esencial el nombre, es la esencia de cada uno, si te llamas de una forma o de otra… cambia, las cosas varían”.

De momento no llegaba la respuesta a su pregunta:

– ¿Por qué?

No tuvo claro si la había repetido mentalmente o se le había escapado en voz alta. Lo cierto es que la respuesta no la había encontrado ni con la vista ni con el oído. Aunque al cabo de un rato de persistir en la mirada fija e inquisitoria, los hombros del tal Alfonso se encogieron.

– ¿Miedo? – susurró.

– ¿Qué quieres? – preguntó Luis sin dar tregua.

– A ti – tampoco hubo tregua en este caso. Ni dudas. Y la voz sonó más dura.

– No sé.

Ahora era Luis quién movía la cabeza de lado a lado y quién se encogía de hombros. El tal Alfonso, o Jacob, como se presentaba en la privacidad del ordenador, le intrigaba. Quería saber hasta qué punto lo que decía sobre la vida, sus sentimientos, lo que pensaba, era cierto, o era igual de mentira que los datos que daba sobre él. Pero por otro lado, estaba cansado de sus invenciones.

– Perdona.

– ¿Cómo puedo confiar en algo de lo que digas?

– Estoy aquí – el tal Alfonso abrió los brazos, impotente. – Me he enamorado de ti. – añadió sin dejarle tiempo de responder.

– He sentido a veces que te reías de mí cuando me contabas tus mentiras. Me he sentido ridículo, siendo objeto de mofa. La tuya.

– No me he reído.

– ¿No? Pues lo parecía por las cosas que a veces me decías. Las historias, tus arranques de dignidad. Has estado jugando conmigo todo este tiempo. Te has estado riendo de alguna forma – insistió.

– Debía… – pensó un momento lo que decir – seguir con todo. Convencerte…

– De una mentira.

– Ya lo hice, no puedo arreglarlo. Tú podías haberme mandado a tomar por el culo.

– Sí, pero de alguna forma, me interesaba tu historia y lo que pudiera haber detrás de ella. Me interesabas tú, lo que había debajo de ese manto de asechanzas. Y pensé que en algún momento me contarías la verdad. Pero lo único que llegó es tu espantada, tu huida.

– Te quiero, por eso estoy aquí.

– Quisiera creerte. Pero no me respondes a lo que te digo.

– ¿Me quieres? – miró suplicante.

– ¿A quién debo querer? ¿A Jacob? ¿O a Alfonso? ¿Cómo eres, Alfonso? ¿Qué eres?

– Somos el mismo.

– Deberás convencerme, y no sé si quiero.

– Por favor.

Luis levantó las cejas en un gesto de rendición.

– Vamos, me invitas a un café, y te doy una hora para que me convenzas.

Al tal Alfonso, se le iluminaron los ojos. Señaló con la mirada una cafetería que había a pocos pasos de ellos. Luis asintió con la cabeza y anduvieron ese poco trecho hasta el café.

– Eres muy guapo – dijo en un susurro el tal Alfonso, mirando al suelo, justo en la puerta de la cafetería.

– Tú tampoco estás mal. Eres más guapo que el modelo que utilizabas de alter-ego.

Sonrió satisfecho.

– Aunque eso no es lo principal.

El tal Alfonso intentó decir algo, pero Luis levantó la mano para impedirlo.

– Pedimos los cafés o lo que sea y me cuentas la esencia de ti, seas quién seas.

Pareció ponerse un poco nervioso. Creía haber ganado un poco de terreno, pero de repente, sintió que estaba como al principio.

Se sentaron en una mesa al lado de la puerta.

Y el tal Alfonso empezó a hablar.

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4 pensamientos en “El tal Alfonso.

  1. Me ha gustado puede porque ese Alfonso no me suena algo ajeno. Me quedado con la sensación de que está inconcluso, aunque puede que lo que sigue ya no sea relevante…

    No hace falta que te diga como admiro tu capacidad para describir el ambiente, la tensión que hay en el aire.

    Un abrazo.

    • Pues Josep, yo creo que sí es relevante lo que tenga que decir el tal Alfonso, pero aún no sé lo que ha dicho… A ver si Luis me lo cuenta.
      😉

      Muchas gracias.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. Es curioso, a mi me paso algo parecido pero conmigo mismo. Yo creía conocerme, saber quién era y cómo era, y aunque a veces no a través del ordenador, sino de la vida misma ocultaba y matizaba algunas cosas… me pensaba bien conocedor de mi esencia pero…

    Al final ya no sabía quién era, no me conocía de verdad… ¿el personaje se hizo realidad? o quizás, ni yo ni me personaje eran reales porque se basaba todo en una introspección errónea de mi mismo…

    Pero lo que me ha llevado a comentar este texto, es que cuando cada vez estaba más perdido, más desorientado, más confuso. Alguien se paro y me miró a los ojos. Aún no sé que es lo que vio, todavía intento saber quién soy realmente, pero se quedó a mi lado y me ha hecho verdaderamente feliz. Aunque aún yo no sea capaz de decir algo de mi mismo…

    • Anónimo, me ha gustado tu comentario, y me ha intrigado.
      Si algún día te apetece, me agradaría escuchar tu historia con más detalle.
      Gracias por comentar y poc visitar.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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