Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (26).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Ernesto se revolvió en el suelo. Poco a poco iba recuperando la consciencia. Intentó moverse y aunque lo hizo muy despacio, tuvo que parar para contener las náuseas que le producían el dolor en las cervicales. Y la cabeza le daba vueltas y vueltas.

Empezó a controlar la respiración. Hizo pequeños movimientos de sus hombros, para intentar relajarlos o al menos encontrar un punto en el que el malestar se mitigara. Movió muy despacio las piernas, doblándolas, para intentar ponerse en una posición que le permitiera, primero ponerse de rodillas y luego, incorporarse.

Al moverse, aunque lo hizo muy despacio, notó que tenía algo encima del cuerpo. No acertaba a determinar que era y eso le estaba poniendo muy nervioso. No lograba centrar la mente ni ubicarse para determinar su situación. Siguió respirando despacio e intentando a la vez relajarse, haciendo esfuerzos por rememorar lo que le había llevado a esa tesitura.

Recordó algo de una lucha en un castillo. Recordó un ascensor que caía. Recordaba a sus sobrinos, a Tomás subido en una escoba y a Arturo a su lado, en el ascensor. Arturo escribía y hablaban los dos. Todo era muy confuso. El castillo caía sobre sus cabezas, una cama se precipitaba al vacío, a la vez que el ascensor. En la cama también iba Arturo, y en el ascensor… Unos gritos, un chico que se llamaba Kevin, y la noche… noche cerrada, opresiva, llena de terrores, de malos de película, Cenicienta y su zapatito de cristal perdido al subir a la calabaza tirada por unos ratones.

Escuchó unas voces. Quería gritar, pero recordaba lo que le decía su sobrino: “Qué luego viene el tío Germán y se enfada”; “Nos odia, no le gustamos, tío.”

Ernesto intentaba ayudar a su sobrino, intentaba llegar hasta dónde él estaba y decirle que no era… que la noche… que todo se arreglaría, que su tío Germán… que no los odiaba, que él estaba allí y que se ocuparía de todo. Pero no lo vio, no vio a su sobrino.

– ¡Arturo!

Lo dijo en voz queda, para no llamar demasiado la atención. Pero nadie respondió.

– ¡Arturo!

Gritó un poco más, aunque tenía la boca seca y le costaba hablar. Se puso nervioso e intentó moverse otra vez, pero de nuevo las cervicales le lanzaron un aviso de que se estuviera quieto, si no quería volver a aterrizar en el suelo con dolor.

– Respira, inspira, expira, respira, o como coño se diga, joder, no puede ser…

– Señorito Ernesto.

Alguien lo llamaba. La voz le parecía conocida. Una mujer que ya no era joven, con su carácter. Decidida y resolutiva.

– ¡Señorito Ernesto!

La señora subió el volumen de su llamada. Quiso gritar para llamar su atención, pero algo le retenía… empezó a palpar con sus manos eso que tenía encima y que empezaba a agobiarle.

– ¡Señorito Ernesto!

La luz se encendió y ahí estaba ella. La vislumbró un momento antes de tener que cerrar los ojos de nuevo ya que el brillo de la luz le hizo daño en la vista.

– Doris – llamó casi llorando Ernesto.

– Qué desastre, esto es una leonera, señorito Ernesto. Pero ¿Qué hace en el suelo? Huy, si tiene sangre – Doris se arrodillo con dificultad, los años y su peso no la ayudaban – Déjeme ver, señorito Ernesto, y … espere que le quite la silla de encima…

Intentó moverlo pero un grito de dolor de Ernesto la detuvo.

– ¿Las cervicales otra vez?

Doris metió sus dedos en el cuello, primero palpando, y luego, cuando encontró lo que buscaba, se preparó.

– Ya sabe que le va a hacer un poco de daño.

– No, no, no, Doris, no, de esa forma no…

Pero no pudo seguir, porque Doris hizo lo que tenía que hacer y que tan bien le salía, aunque dolía.

– ¿Mejor no? Es usted como un niño, así de quejica – le lanzó una mirada de madre gruñona pero adorable, sin poder esconder un inmenso cariño.

Doris se levantó otra vez con dificultad, mirando a su alrededor.

– No se mueva, espere un par de minutos, y luego vaya al baño, que hasta huele mal. Pero ¿Como se ha podido caer de la silla de esa forma? Y todos estos papeles que están desperdigados por la habitación… madre de Dios, que desbarajuste.

Se puso al otro lado de Ernesto, que seguía tirado en el suelo, ahora hecho un ovillo. Otra vez se agachó, sin pensar en el esfuerzo que implicaba. Le cogió la barbilla y le miró los ojos.

– Señorito Ernesto, lleva mucho tiempo sin dormir en condiciones. Le ayudo a irse a la cama… si lo sabré yo que lo conozco como si lo hubiera parido.

– No, no… debo saber… estoy… confuso. Arturo…

Se incorporó de un salto sin acordarse de sus cervicales. Cuando estuvo sentado en el suelo, recordó y se quedó quieto esperando un latigazo en el cuello que se repartiera por todo el cuerpo, y que al llegar al estómago hiciera que se mareara y le entraran náuseas. Pero nada de eso ocurrió. Sonrió y miró a Doris.

– Eres chupi piruli, Doris.

Se estiró hasta poderla coger la cabeza entre sus manos y darla un beso en los labios.

– Señorito Ernesto, que me pone colorada. Qué atrevimiento. Si mi marido nos viera.

– Va, ya sabes, le dices que soy de la otra acera y que no hay nada que hacer conmigo. Qué tú quisieras pero que yo… soy uno de esos del aceite.

– ¡Ah! – Doris no hizo ni caso de las chanzas de Ernesto – Casi se me olvidaba, me he encontrado a alguien en la puerta, sentado y desesperado porque no le abría nadie. Está en el salón.

– ¿Quién…?

Ernesto dio los dos pasos que le separaban de la puerta, y de un salto, recorrió el pequeño trecho de pasillo que lo separaba del salón. Allí lo vio… sentado en el suelo.

– Tomás.

Abrió los brazos para que el chico saltara sobre él, como siempre hacía. Pero el niño apenas lo miró y se quedó en donde estaba. Ernesto cerró los brazos sobre su cuerpo, como si tuviera que disimular ante un auditorio el chasco que le había producido que su sobrino no saltara sobre él y le comiera a besos, primero de un lado y después del otro. Se fue acercando poco a poco a él, estudiando hasta que punto estaba enfadado o el rechazo que le podría provocar.

– El tío Germán dice que no nos quieres, que por eso no has ido a ver a Arturo, y que nunca nos has querido, que todo era porque querías retenerlo y que en realidad nos odias, y que no te gustamos, y que no te vas a quedar con nosotros como quería mamá… que estás en tus mundos y que este mundo te la trae floja. Que no vales para nada. Que eres un fracasado. Un perdedor.

Ernesto se sentó primero en el tresillo, al lado de Tomás, aunque éste estaba sentado en el suelo. Jugueteó con el pelo de su sobrino durante un rato. Al principio, Tomás parecía que quería apartarlo, pero poco a poco dejó de hacer gestos para quitarle la mano a su tío. Fue el momento en que Ernesto se decidió a sentarse en el suelo al lado del joven.

– Señorito Ern…

Doris había entrado como un torbellino en el salón. Pero al ver la situación se paró en seco.

– Bajo a comprar algunas cosas – dijo a toda prisa como excusa para dejarlos solos.

Ernesto asintió sin hacerla mucho caso, hasta que se acordó de algo fundamental.

– Doris, Doris – se levantó de un salto – espera, que no tengo un pavo, no…

– Tranquilo, eso está arreglado.

Ernesto asintió despacio sin saber que decir. Debería preguntar, pero no sabía por dónde empezar, porque ya era inexplicable que esa mujer hubiera aparecido de improviso y con las llaves de casa. Eso en realidad no era inexplicable, porque nunca le había pedido que le devolviera las llaves, cuando tuvo que decirla que no la podía pagar. Doris se giró para salir de casa, y al cerrar la puerta le guiñó un ojo.

– Hace un día espléndido. La primavera está en su apogeo. Debería salir a la calle a ver si recupera un poco el color.

Casi cierra la puerta cuando la vuelve a abrir solo un momento:

– Salir de día, claro. Qué de noche ya sabemos que sale.

Ernesto se volvió hacia su sobrino, que seguía sentado en el mismo sitio, mirando hacia delante.

– Dice que no eres capaz de cuidar a nadie, ni a ti mismo.

– Y él ¿Es capaz de cuidar a alguien? ¿Es capaz de entender a alguien que no sea a él mismo?

– A su novio.

Ernesto sonrió al ver al pequeño morderse el labio y como giraba su cabeza de medio lado para ver su reacción.

– Igual que Arturo, tiráis la piedra…

– ¿Igual que Arturo?

– No me mires con esa cara, que no estoy loco. Sé lo que me digo. Y si no olvidaras lo que hablamos, tú lo sabrías. Germán te ha comido el coco.

– Lo odio, lo odio con todas mis fuerzas. No… es un odioso, y un… – se estaba poniendo nervioso porque no encontraba las palabras. Ernesto se sentó enfrente suyo, al estilo indio, y le cogió sus manos entre las suyas.

– Estás conmigo, y no te debes poner nervioso. Antes ya no te ponías nervioso.

– Pero ya no estás…

– ¡Eh! – Ernesto levantó el mentón a la vez que se levantaba del suelo girándose hacia un lado y apoyándose en esa mano. Se subió de un salto a la mesa de madera que había en el centro del salón y abrió los brazos hacia arriba, estirándolos todo lo que pudo – Aquí estoy de nuevo. ¿Me ves? ¿O me tengo que subir más alto? La televisión, me subo a la…

– Tío, que ya te veo, no hagas el tonto, si además no tienes televisión.

– Ya soy yo bastante televisivo.

– Jo, no fastidies, que palo.

– Otro que no apoya mis incursiones televisivas.

Tomás lo miró interrogando.

– Nada, me vas a decir que estoy loco, así que me callo. Me apena que olvidaras tan pronto todo lo que aprendimos juntos. ¿Mundo Maravilloso?

– Eso es una chorrada, es un sueño.

– ¿Ah? ¿Y la gente que conociste ahí? ¿Y tus aventuras? Si es un sueño ¿Cómo sé todo lo que ha ocurrido allí? Tu aventura en el Consejo de Administración, o cuando volabas sobre la escoba e ibais a luchar…

– Son un sueño, – interrumpió Tomás con vehemencia – me lo dijo… – se detuvo, porque sabía que no le iba a gustar a Ernesto.

– ¿Le contaste a Germán?

– Es que me… obligó. Y me dijo que era todo cuentos, que si me quería convertir en un inútil como tú. Alguien ridículo. Y que ademas no vende un libro.

– Eso no es cierto.

La puerta se había abierto de nuevo sin que se dieran cuenta ninguno de los dos. Delante de Doris y sus bolsas repletas, entraba una mujer decidida y vestida con ropas de ejecutiva. Llevaba un maletín en la mano y una sonrisa en la cara, aunque la sonrisa era tan circunspecta como el traje y el maletín.

– Tu tío en las últimas semanas ha vendido una enormidad.

– Dale un beso a Rosa, anda.

Tomás se levantó y besó a la mujer, mientras Ernesto se bajó de la mesa y la besó también.

– ¿Qué haces aquí?

– Recibí tu correo. Y vengo a recoger los papeles que me dijiste. Y a poner orden en toda tu vida legal, como me pediste en el mail.

– ¿Mail? – No recordaba haber enviado ningún correo.

– Da igual, no esperaba que recordaras nada, con lo poco que duermes, ya me han contado – dijo enigmática, como si Ernesto supiera de que iba.

– Debo hacer…

– Debes irte sí, ya es la hora. Aunque mejor te afeitas y te pegas una ducha… – se acercó a él husmeando – ¿Hueles? Nunca habías llegado a este extremo.

– No, Señora Rosa, es la casa. Ahora lo soluciono, tranquila – Doris se acercó a la ventana y la abrió de par en par.

– ¡Qué hace frío!

– Al baño. Y el niño a la cocina, a desayunar. Y luego Vd. también. – dijo mirando a Ernesto. Lo hizo de una manera, que a ninguno se le pasó por la cabeza en ningún momento desobedecer las órdenes de Doris.

– No te olvides de lo que tienes que hacer.

– ¿Eh?

Rosa lo penetró con su mirada.

– La fiesta.

– ¡Ah!

– Debajo de la ducha te acordarás. Yo me llevo esos papeles y me pongo con el tema – Se giró en dirección al aparador del hall. – Y no pierdas la serenidad, no discutas, no te pelees con él, que diga lo que le de la gana, recuerda que…

– Vale, vale, ya recordaré lo que deba – Ernesto estaba empezando a sentirse molesto por tanta recriminación, aunque no recordaba nada de lo que Rosa le decía.

– Ten, y relee tus propias instrucciones – Rosa volvió sobre sus pasos, abrió el maletín y sacó dos folios – Es tu correo. Quédatelo, tengo otra copia. Chao.

Y saludó con la mano sin girarse. Cuando ya estaba saliendo, se acordó y volvió a entrar de nuevo y esta vez sí, cogió unos papeles en el aparador.

Doris salió del salón camino del cuarto de Ernesto. Éste se sentó en el sofá y apoyó los folios en la mesa, recostándose en el respaldo. Tomás se acercó a él y se puso a leer los folios. De repente miró a su tío con luz nueva en los ojos, aunque no dijo nada. Salió hacia la cocina, de repente se había dado cuanta de que tenía hambre.

Ernesto suspiraba. Se quedó pensativo un buen rato. El tiempo pasaba sin darse cuenta. Su ánimo subía y bajaba cada dos minutos. La mañana había empezado un poco loca y estaba perdido. Menos mal que las cervicales ya no le dolían, aunque notaba un poco magullado el hombro. “La bruta de Doris”, se dijo meneando la cabeza.

Sonó la musiquita de su móvil, indicando un mensaje.

Todo está en marcha, he llamado a todos los que decías. Solo queda que hagas tu parte. Arreglado lo de los niños. Rosa”.

Ernesto dejó despacio el móvil en la mesa. Tenía levantada las cejas. Estaba empezando a preocuparse, porque no recordaba nada. Cogió despacio el correo que le había dado Rosa y que Tomás había dejado en el sofá.

– Voy a hacer al niño un zumo – Doris pasaba camino de la cocina; miró a Ernesto con el correo y con cara de susto. Movió la cabeza de lado a lado, negando, pero sonriendo – Voy Tomás, ahora te hago el chocolate.

Ernesto comenzó de nuevo a leer el correo que supuestamente había enviado el día anterior a Rosa.

Querida Rosa:

Ha llegado el momento de tomar las riendas. Además de mi representante y de mi abogada, eres mi amiga, te pido que me ayudes. Quiero quedarme con los niños, y zanjar de una vez el tema de Germán.

Te cuento lo que he pensado que hagamos.

…”

Cuando acabó, se levantó de un salto y se fue desnudando camino del cuarto de baño. Dio al agua, y se metió debajo de la cebolla. Ni siquiera se percató de que el agua todavía salía fría. Ni que a los pocos segundos, salía ardiendo.

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