Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (27).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Ernesto iba por el pasillo como un torbellino cargado de bolsas. Saludaba a unos y a otros, sin apenas pararse.

Un chico estaba sentado en la sala de descanso. Al verlo pasar por delante se levantó para hablar con él, pero se paró en la puerta. Lo vio alejarse y volvió a sentarse cabizbajo. Cogió la lata de Pepsi-Cola que estaba bebiendo, pego un trago y jugueteó con ella. Una sensación de angustia le empezó a subir por el estómago hasta instalarse en el pecho y casi hacerle llorar de impotencia.

– ¿Vienes?

Levantó asustado la cabeza y vio a Ernesto apoyado en el quicio.

– Yo… Quería hablar contigo… es… – las palabras no le venían a la cabeza.

Ernesto se acercó despacio y le puso la mano en el hombro.

– Darío, no tienes la culpa. No sé por qué te martirizas. Lo sabes.

Levantó la mirada y abrió mucho los ojos. No sabía como sentirse al saber su secreto descubierto, lo que tantos meses llevaba dentro, luchando por sacarlo, y sin encontrar ni un momento ni con quien hacerlo. Ernesto acercó una silla y se sentó delante de él.

– No estás solo, lo sabes. Nos tienes a todos. “Mundo Maravilloso”. En la cabeza, en la imaginación y en la Tierra. Y que discutieras con tu padre y no quisieras acompañarlo, y que Irene se sentara en dónde tú te sentabas en el coche, no… no pienses que… sabes que es una bobada.

– No es una bobada, Ernesto, es… no hubiera pasado a lo mejor… mi padre hubiera conducido de otra forma…

– En ese accidente murieron muchas personas, Darío. Fue una tragedia. Que tú estés vivo, no te hace culpable.

– Pero a lo mejor…

– ¿Qué? ¿Si llegas a ir hubiera cambiado algo? A lo mejor yo soy más culpable, por no hacer caso de Isabel cuando me vino a decir que se iba.

Se miraron en silencio.

– Vamos.

– Pero yo no quería que mi padre se casara con Isabel. Y eso enfadaba a mi padre, y…

– Darío, no te martirices, no seas bobo. Te culpas porque estás vivo, nada más. Vamos, acompáñame, y hagamos algo por los vivos, por nosotros, y hagamos felices a tu padre, a Isabel y a mi princesita Irene allí dónde estén.

– Tengo veintiún putos años, y estoy solo, joder. Y no sé que hacer con mi vida, no sé si quiero a alguien, o no, o odio al mundo… me odio a mí mismo…

– Eso no lo sabe casi nadie, aunque algunos finjan estar muy seguros de todo. Ya lo irás descubriendo. Lo único que te debe quedar claro es que no estás solo. Tomás… Kevin, Roberto.. Arturo… tienes una familia. Somos tu familia. O tus amigos, como prefieras considerarnos.

– Tomás ha dejado de creer en Mundo maravilloso. Ni se acordará de mí.

– En cuanto vea lo bueno que eres con el arco – Darío abrió mucho los ojos, sorprendido porque Ernesto supiera su afición – Veo todo lo que pasa en Mundo maravilloso, aunque vosotros no me veáis a mí.

Ernesto se levantó, y tendió su mano a Darío, para ayudarlo a decidirse a seguirlo. Darío cedió y le cogió la mano tendida y se levantó.

– Puedes hablar conmigo cuando quieras.

– Si siempre…

– ¡Tch! Calla, ya se lo que vas a decir. Que nunca estoy en este mundo. Pero eso no es cierto. – No estaba muy convencido de lo que decía, pero al menos estaba convencido de que debía ser así a partir de ese momento.

Salieron de la sala de descanso, camino de la habitación 371. De repente Ernesto se paró y cerró los ojos. Se giró a Darío.

– ¿Por qué no vas a buscar a Kevin? Parece que tiene algún problema para entrar.

– ¿Kevin? ¡Existe!

– Todos existís – Ernesto lo miraba sorprendido – No habéis entendido nada. ¿Por qué todos pensáis que los únicos que sois reales sois vosotros mismos? – Darío bajó la mirada un poco avergonzado. – Kevin es un chico guapo, y gentil de diecinueve años que intenta superar que su novio Joaquín muriera en ese mismo accidente por el que todos hemos llorado; iba en el tercer coche. Con su amiga María.

– ¿Diecinueve? Pero si aparenta… ¿María también?

– Aparenta quince. Pero es casi tan viejo como tú. – se mofó Ernesto – Anda, baja y ayúdale. Y sí, María murió también en ese accidente.

– Joder, qué fuerte… Pero… ¿Dónde…? – No sabía dónde buscar a Kevin.

– Siente “Mundo Maravilloso” dentro de ti, y lo encontrarás. Déjate llevar.

Ernesto se giró cogiendo las bolas que había dejado en la puerta y siguiendo su camino, sin darle opción a más preguntas. Saludó a Ivana, una enfermera, y a María, una médica que era admiradora suya.

– ¡Ya he comprado tu última novela!

– ¡Ah! Pero si casi no ha salido a la venta. Te voy a tener que dedicar la próxima. Tráela y te la firmo.

Se giró para seguir su camino, y se encontrón con Germán de frente.

– No sé a donde vas, será a hacerte el interesante cuando has estado todos estos meses sin preocuparte de nada y menos de Arturo.

– Te estás convirtiendo en un amargado, Germán.

– Y tú en un irresponsable fracasado. No sé como te he aguantado tanto tiempo.

– Yo tampoco lo sé, cuando lo más fácil era irte con Román. ¿Cuántos años llevas con él? – se quedó mirándolo – En una cosa tienes razón – continuó – cuando te veo o pienso en ti, me siento un fracasado por haber creído en ti en algún momento.

Ernesto lo miró directamente a los ojos. Era algo que en los años que habían estado juntos, apenas había hecho, y se notaba, porque Germán no estaba acostumbrado, y apartó los suyos asustado por todo lo que había en la mirada de su ex-pareja y que nunca antes había percibido.

– Te invitaría a la fiesta de Navidad que vamos a hacer para Arturo, pero no lo entenderías y serías un aguafiestas como siempre lo has sido – Ernesto le sobrepasó y siguió su camino.

– Te prohíbo…

Ernesto se volvió furioso.

– ¿Qué? – Se encaró con Germán a la vez que soltó las bolsas que llevaba. – No me prohíbes nada, porque no eres quién para prohibir nada.

– Señores. Esto es un hospital – Federico, el médico que llevaba a Arturo, salió de una habitación al oír la algarabía y les reconvino.

– Este mamón, que se cree que viene un día, sin haber preocupado antes de nada, y que tiene derechos, porque tiene una conexión con el chico. Está de manicomio.

– Ya es más de lo que tú tienes. No eres más gilipollas porque es imposible superar tu grado.

La rabia crecía en el ánimo de Germán, no estaba familiarizado con esa forma de ser de Ernesto.

– Ernesto, estamos en un hospital, no son formas. Hay otros enfermos, te repito – Federico había puesto la mano en su pecho para intentar pararlo; parecía que se quería lanzar al cuello de Germán. – Y creo que Vd. se equivoca de medio a medio. Ernesto ha pasado todas y cada una de las noches con el chico. Las ha pasado despierto, velando su sueño, hablando con él, dándole masajes, lavándolo o cambiándole de ropa. Sirviéndole de almohada, cogiéndole la mano. Desde las 10 a las 8 de la mañana.

– Yo soy el tutor del niño, y prohíbo…

– Habla con tus abogados, que eran los de tu hermana. Y habla con Rosa, esa que era amiga tuya pero a la que desprecias porque es mi representante. No te enteras de nada. Ellos te aclararán quién es el tutor de los niños. A quién dejó tu hermana la custodia.

– Te incapacitaré.

– No discutes los hechos, así que lo sabías, solo querías intimidarme – Ernesto movía la cabeza de lado a lado, negando – Suerte con la incapacitación. Pero yo que tú no lo haría. Total, si no aguantas a los niños. Estaría gracioso, sería el colmo de la gilipollez, que por hacerme daño, por haberte empujado a que me dejaras y quitarte el tema ese de ser la pareja de un famosillo, que te cargaras con unos niños que no aguantas. Tengo un niño en el salón de mi casa, llorando y asustado, y repitiendo una y otra vez que su tío Germán le odia. Si quieres fastidiarme, al menos, no uses a tus sobrinos, a los que nunca has soportado. Ahora que lo pienso me deberías dar las gracias por quitarte ese peso de tu vida.

Por el final del pasillo aparecieron Darío y Kevin. Kevin venía un poco acobardado. Darío era al primer chico de “Mundo maravilloso” que conocía en persona. Y ahora iba camino de conocer a “el escritor” y a “el Príncipe”. Kevin era un chico muy retraído desde pequeño, que se hizo todavía un poco más cuando Joaquín murió. Y de repente, iba a conocer a muchos de sus amigos en Mundo Maravilloso, el único sitio en dónde se encontraba a sus anchas. Estaba muy asustado. Cuando le encontró Darío se había dado la vuelta para marcharse. Cuando éste le abrazó con fuerza y como si fueran amigos de toda la vida, ya no se atrevió a irse. Durante unos instantes, buscó una buena escusa, pero no la encontró.

Y ahí estaba ahora, junto a Darío, camino de “el escritor”. Y de un señor con cara de ogro que por las señas que recordaba, debía ser el tío del Príncipe y de Tomás.

– ¡Ah! Te presento a Darío, ese chico que como verás existe, y al que has intentado matar en el imaginario de Tomás. Y Kevin, otro chico que también existe. Tócalos si quieres, no son una infografía. Son de cuerpo mortal. No son algo que haya metido yo en la mente de tu sobrino con artes malvadas o algo así, no sé que te crees. Y Darío, para más señas, es el hijo de Roberto, el novio de tu hermana.

Darío sonrió y tendió la mano a Germán. Lo mismo iba a hacer Kevin, pero Germán no estaba en disposición de atenderlos y ni siquiera los miró. Kevin y Darío se estrecharon las manos para disimular el desprecio del tío de Tomás.

– Haces daño, no eres… deberían prohibirte meter esas cosas en la mente de los niños.

– ¿Qué meto yo en la mente de nadie? No entiendes nada. No has entendido nada todos estos años. Los niños sueñan y los adultos también. ¿Quieres prohibir los sueños solo porque tú no seas capaz de hacerlo? Lees muchos libros, pero eres incapaz de sentir ninguna de las historias, ninguno de los personajes. Lo único por lo que estabas conmigo, era por decir a la gente que eras mi pareja, la de un escritor. ¡Qué pena! ¿no? Lees, porque en tu mente cuadriculada no se puede hacer otra cosa, tus padres te dijeron que era bueno leer, que aumentaba el vocabulario y demás. Pero no lees porque te emocione nada. Y me parece estupendo, cada uno lee por lo que quiere y lo que necesite. No te emociona el amor, ni la vida… quizás el amor de Román si te emocione, pero no te emociona que no sea famoso, o lo que sea, y no salga en la tele, ni la gente le pida autógrafos.

– Perdone, ya sé que no es momento – una señora mayor se metió entre él y Germán – es que mi nieto, tiene 18 años, y siempre le han gustado sus libros, y está malo en la planta… bueno, no lo quiero aburrir con los detalles, pero si me pudiera firmar el libro… es un momento no quiero dejarlo solo mucho tiempo, temo que haga alguna tontería…

– Señora, no ve que estamos… – Germán interrumpió a la señora, pero Ernesto le interrumpió a él.

– ¿Ya no te hace? Antes me decías que debía atender a todo el mundo aunque estuviera sentado en la taza del váter. – Ernesto se giró para atender a la señora – está Vd. perdonada. Iré luego a ver a su nieto – Se le ocurrió una cosa – ¿Se puede levantar?

– Está un poco triste, no tiene ganas de nada, es… – le señaló el libro – es para ver si se anima, no… casi ni habla.

– Ya me encargo. No diga nada, señora, de que me ha visto – Se giró hacia Darío y Kevin. El primero le miró sin entender, pero el segundo sonrió al comprender.

Nos encargamos, tranquilo escritor. – el Kevin de Mundo Maravilloso había tomado las riendas.

La señora se los quedó mirando.

– Su nieto seguro que si hace caso a alguien es a su abuela, así que… le damos media hora para que se ponga un poco arreglado – sonrió como un pilluelo. – Y usted señora, vendrá también a la fiesta. Es la Navidad para mi sobrino. – Se quedó pensando de nuevo – Mejor llévese el libro, por si no quiere venir, para que tenga que salir a buscarme para recogerlo firmado. Se lo pedís – ahora hablaba con los chicos – y así le pinchamos un poco.

– ¿La Navidad? – la señora se había quedado en lo de la fiesta de Navidad.

– Sí, hemos decidido que hoy va a ser navidad en la 371. Espero que se anime a venir. Estos dos amigos se van a encargar de que su nieto venga. Son persuasivos.

– No creo… – miró con pena a Ernesto, pero lo vio tan convencido que ella misma pensó que podría ser posible que ese hombre consiguiera sacar a su nieto de su mutismo – si convence a mi nieto, iré a la Navidad de ese sobrino suyo.

– Qué jeta, si ni siquiera es su sobrino.

Ernesto miró duramente a Germán.

– No, no lo es. Es mucho más. Como Tomás. No tengo un nombre para lo que son, pero sé que van a ser mis hijos. – Volvió de nuevo su atención a la señora – Perdóneme que no la atienda ahora como se merece. Luego nos vemos.

La señora sonrió y se alejó camino de la habitación de su nieto. Parecía que sus hombros estaba un poco más erguidos que cuando había venido.

– Eso, deberías darte pena. Engañar así…

– Me la doy, por haber sido tan… bobo. Debería haberte dejado en cuanto te vi besarte con Román, la segunda vez que vinieron los niños a casa. Tú encantado con los niños, claro, te dabas el piro en cuanto los dejaba tu hermana, y te ibas a darte el lote con Román. Pero yo también necesitaba engañarme, que podía tener a alguien como tú, una pareja que me diera un poco de seguridad, lo necesitaba… al final lo único que me diste es complejos, y malos consejos, como lo de ir a la televisión.

– Te escribían mucha gente, no sé de que te quejas. Y te paraba mucha gente por la calle.

– Y no vendía un libro.

– Será que tus libros no interesaban a nadie. Hubieras ganado más dinero en la televisión.

– Pero yo no quiero ser eso, quiero escribir. Me convertí en algo que no soy y no quiero ser.

– Sí, llenar la mente de pájaros a la gente.

– De sueños, de ilusiones, crear mundos en los que los demás puedan disfrutar de vidas distintas a las que no les queda más remedio que vivir. Ser un día mago, y otro día cowboy, o presidente de una empresa, o ladrón de ricos, o gilipollas integrales vestidos de traje y corbata.

– Mentirse.

– No, disfrutar, olvidarse de sus preocupaciones, estimular la imaginación. Y luego, levantarse a la mañana siguiente sin que te afecte la cara de avinagrado de tu pareja.

– Creo que esto…

– Perdona Federico. – dejó con la palabra en la boca a Germán – ¿Te pasas luego? A Arturo le gustará. No vaya a ser que te largues y se me olvide.

– Si odia a todos los médicos, me lo dijiste – se excusó el doctor.

– Pero me gustas a mi – puso voz sensual.

– Como te oiga mi mujer… – Federico, sorprendido por la salida de Ernesto, reía con ganas.

– Esto es… inaudito – Germán estaba fuera de si – tendrás noticias mías.

Se alejó a grandes zancadas. Ernesto lo miró irse. Debería sentirse bien, pero… no lo lograba. No le gustaba comportarse así, no le gustaba discutir, enfadarse o que las personas que lo rodeaban se enfadaran. Darío y Kevin miraban al suelo, descolocados por la escena que acababan de presenciar y sin saber muy bien que hacer.

– Vamos chicos, coged las bolsas e id a la habitación. No os olvidéis saludar a Arturo en voz alta, y con la mente. Decidle que ahora voy. Y luego vais a buscar al chico de la señora… se me olvidó preguntar como se llamaba ni…

– Está en oncología, habitación 245. Se llama Sergio – Ernesto lo miraba con sorpresa – es paciente de María… – el doctor se disculpó abriendo las manos y levantando los hombros.

– Vale, ya me habías asustado, creía que te conocías a todos los pacientes del hospital con familiares y todo.

Se repartieron las bolsas entre los dos y miraron al médico.

– Id, no me miréis con esa cara. No muerdo. Y Arturo tampoco lo hace.

– Vamos, tengo diez minutos, tomemos un café – propuso Federico a Ernesto, cuando los jóvenes se perdieron por el pasillo de la derecha. – Mi mujer ya se ha comprado tu última novela.

– Ya le he dicho que la voy a tener que dedicar la siguiente – el médico lo miraba sorprendido. – Me la he encontrado al llegar – aclaró Ernesto.

– Vamos, estás alterado. Arturo no debe verte así.

Podría haberle explicado que Arturo no necesitaba verlo para saber. No necesitaba escuchar. Le podría haber explicado que ellos tenían una conexión especial, capaz de crear mundos exclusivos para ellos, de hacerles estar juntos aunque estuvieran separados, de hablar, sin abrir los labios, se tocarse, habiendo kilómetros de distancia y cientos de muros entre medias. Pero aunque Federico era un hombre abierto y le entendía muchas veces y le apoyaba, un hombre de ciencia no creía que pudiera llegar a ese nivel de entendimiento. Y no le apetecía que fuera otro de los que le empezara a mirar como si fuera un perturbado mental.

Tampoco iba a decirle que en realidad Arturo no estaba enfadado, sino que al revés, por primera vez en meses, estaba orgulloso de él. Y eso era lo único que le reconfortaba, porque seguía teniendo el ritmo cardíaco alterado por la disputa con Germán. Y empezaba a tener remordimientos por haber discutido.

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– ¡Qué le den! – le dijo Arturo.

– Bobo – le contestó Ernesto.

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– ¿Decías? – preguntó el médico.

– Nada, perdona, estaba pensando en una escena para mi nueva novela, por lo de la discusión y tal.

Federico sonrió comprensivo. Aunque no se creyó nada de lo que le decía.

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