Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (28).

Para ponerse al día con el relato.

—-

– Eres muy guapo – dijo Kevin nada más entrar en la 245. Le había costado un triunfo arriesgarse a esa aventura de conquistar al enfermo de la abuela, porque para él era una aventura, pero ya puestos, dijo lo primero que se le vino a la cabeza. Darío tenía mucha culpa, porque le daba seguridad.

Sergio apenas levantó la mirada.

– Perdona, que a lo mejor te ha molestado. Nada, no te preocupes. Como si no hubiera dicho nada. – Kevin se encogió de hombros y se puso rojo, rojo.

Darío y Kevin se miraron. No sabían muy bien por donde tirar.

– Estos chicos vienen a invitarte…

– Abuela, no me apetece. Ya te lo he dicho veinte veces.

La respuesta del chico fue lacónica. Tajante, cortante. La abuela lo miró resignada y suspiró.

– ¡Ah! Vale – contestó Darío sin dar importancia – le diremos al escritor que su fan no quiere verlo. Le había hecho ilu encontrar a alguien que le siguiera.

Los chicos se despidieron de la abuela que se quedaba compungida. Ella había puesto muchas esperanzas en que su nieto al menos saliera durante un rato de la melancolía y que hablar con su escritor favorito le haría al menos sonreír por un instante y dejar de regodearse en su desgracia.

Kevin se dio la vuelta cuando había llegado a la puerta.

– Si quiere déjeme el libro, le diré al escritor que se lo firme. Luego si quiere puede pasar alguien a buscarlo.

La abuela saco de su bolso el libro. “El escritor en Mundo maravilloso”, por Ernesto Tomás y Arturo, el nuevo pseudónimo de Ernesto Ducas.

– ¡Oh! Es el nuevo. No se lo diga a nadie, pero en este libro salimos nosotros.

– ¡Son nuestras aventuras! – corroboró Darío. – Parte de ellas, al menos – aclaró.

– Oiga, señora, si le parece… ¿Por qué no se viene usted? A Sergio no le va a importar que falte un rato. Ernesto es divertido y seguro que la fiesta que organiza para su sobrino, es espeluznante.

– ¡Hala! Espeluznante. En todo caso, desternillante.

– Bueno, es cuestión de apellidos. Fiesta de su sobrino. Navidad. Sergio, ¿Te gustó la última Navidad?

– No me gusta ninguna.

– Vale. Pues es hora de que te guste. Una Navidad un 15 de abril. Creo que no la olvidarás.

Sergio apartó la mirada de los chicos. Se perdió en la ventana, pensando en la poca suerte que tenía, y en que nadie llegaba a entender lo mal que se sentía, lo desdichado que era.

– Sergio, podríamos ir – propuso suavemente su abuela.

– ¡Que te he dicho que no!

La abuela no perdió la compostura. Estaba acostumbrada. Su nieto llevaba ya mucho tiempo enfermo, luchando, y su gente, sus amigos, se habían ido aburriendo de su enfermedad y de su mal humor. Se lo pensó apenas unos segundos. Y cuando los chicos ya estaban otra vez en la puerta, sin atreverse a añadir nada más, ella llamó su atención.

– Que me voy con vosotros – les dijo y se giró para hablar con su nieto – Tus padres vendrán en un rato. Les dices que me he ido a una fiesta en el piso de arriba. Habitación… – miró a los chicos para que le ayudara con el número de la habitación.

– 371.

Y en esa habitación estaban las enfermeras del turno de noche que habían venido todas. Carla, Fernanda, Charo, Yolanda, Rosalía, Esperanza. Federico y su mujer, María, pasaban un segundo para dejar alguna cosa de comer que habían traído. Estaban los celadores, las de la limpieza, incluso alguno de los vigilantes del hospital.

– Luego volvemos, no os comáis todo – amenazó Federico con su estetoscopio.

– Cualquiera dice nada – contestó Kevin en nombre de todos.

Ernesto miró a Kevin desde el suelo, en donde estaba sentado intentado enchufar un pequeño equipo de música.

– Estás desatado. Me gusta.

– Joder, escritor, desatado, no, atacado. Estoy como un flan… y cada vez que abro la boca tengo miedo de meter la pata. Si yo creo que hasta me tiembla la voz.

Kevin se arrodilló al lado del escritor.

– ¡Qué va a temblarte! Pues no lo estás haciendo nada mal. Y Darío parece que le caes bien. Es muy serio.

– Ni lo jures, escritor. Pero sabes, si… no sé explicarlo… me da como seguridad… y es raro porque lo acabo de conocer.

– Ya lo conocías. – Ernesto sonrió – Me gusta verte así, Kevin. – y le pasó la mano por la mejilla mientras éste se encogía de hombros y bajaba la vista.

– Señorito Ernesto.

– Doris – Ernesto se levantó del suelo – ¿Y Tomás?

La mujer se encogió de hombros impotente, señalando la puerta. Ernesto entendió. Le hizo una seña para que estuviera tranquila, que él se encargaba. Se sacudió los pantalones mientras salía al pasillo. Miró a Doris que le señaló la dirección que debía tomar.

Anduvo despacio. Tomás llevaba semanas sin ver a Arturo. Casi desde que a él mismo le dieran el alta después del accidente. Germán no le había dejado volver a ver a su hermano. “No es conveniente, además ni se entera y eres pequeño para ver a un enfermo así”. Lo encontró mirando por un gran ventanal que había delante de los ascensores. Daba pequeñas patadas al cristal. Uno de los ascensores se abrió en ese momento y salió un chico en bata. Tenía la cabeza casi rapada al cero y el gesto adusto y triste, muy triste. Al ver a Ernesto se sobresaltó y quiso volver a meterse en el ascensor. El escritor lo observó actuar, hasta que se le encendió una lucecita en su cabeza.

– Sergio, no te vayas, te estaba esperando. A lo mejor me puedes ayudar.

El chico apretó el botón de abrir las puertas y salió despacio, pensando si era lo que debía hacer, lo que le apetecía de verdad. Quizás lo que le apetecía, era quedarse en su costra melancólica, depresiva, hacer por tener razón cuando se quejaba de que todos le ignoraban, de que nadie le entendía. Pero por otro lado, las historias de Ernesto le habían llegado. Habían conseguido que se sintiera mejor al leerlas, y luego, al rememorarlas durante horas interminables. Había conseguido sentir todos los personajes de sus libros. Y tenía curiosidad por conocer a la persona que escribía esas historias. Él pensaba que debía ser un tío estupendo, que sería muy ingenioso, y que contaría miles de historias por segundo a todo el que se acercara a él. Lo había imaginado con gafas, y alto, y cara bonachona. Y hermoso, porque siempre imaginamos a al gente que nos impresiona de esa forma. Ernesto no era muy alto, llevaba gafas ocasionalmente, más que nada como atrezzo, y no tenía un aire de intelectual. Y todos decían que era más bien soso, y que tener una conversación con él era de lo más aburrido. Salvo los niños, que con ellos sacaba su alma de Pirata de los mares del Sur y se ponía a su nivel. Con los adultos no le salía.

– Mejor me voy – dijo Sergio, arrepintiéndose de haber salido otra vez del ascensor.

– Mira, Tomás, otro al que he decepcionado – Ernesto se dirigía al niño, pero en realidad miraba intensamente a Sergio.

– A mí no me has…

– No digas mentiras, Tomás, estabas enfadado conmigo porque te había abandonado – hizo una pausa para valorar el efecto de sus palabras – y pensabas que había abandonado a tu hermano. Este chico me ha visto y ha sabido que no era la persona que se había imaginado cuando lee mis libros.

– Me ha dicho Doris que has venido todas las noches a estar con Arturo. Y que has escrito por el día. Que no has dormido.

– Muchas cosas sabe esta Doris. A ver quién le ha chivado.

Sergio miraba alternativamente a Tomás y Ernesto. El ascensor había vuelto a irse sin él. No sabía que hacer.

– Me llamo Ernesto, aunque creo que eso ya lo sabes – tendió su mano a Sergio, que en un principio no supo reaccionar. Luego estiró su mano con prisas, torpemente, como para hacerse perdonar la duda – Y éste joven es una de las dos personas que más quiero en mi vida, Tomás.

– Hola.

Los chicos no se dieron la mano, casi ni se miraron.

– ¿Es el del nombre? – preguntó en un hilillo de voz.

– Sí. O sea que es el ultimo libro el que quería tu abuela que le firmara. ¿Ya lo has leído? Pero si no hace dos días…

– Es que me gustan mucho sus libros – bajó la cabeza avergonzado – Le pedí que me lo comprara nada más escuché en la radio que ya estaba en las librerías.

– Tu abuela te quiere mucho, tienes suerte. Yo no tengo abuelas ni abuelos, ni padres – hablaba Tomás – aunque tengo a Ernesto.

Se quedaron los tres en silencio durante un rato. Se abrieron las puertas del ascensor otra vez, y salieron dos señores mayores muy despistados. Preguntaron a Ernesto por la habitación que buscaban. Éste les indicó el camino.

– Usted es el de la tele, el escritor.

– Espero que ya hayan comprado mi último libro – dijo imprimiendo un tono de ilusión a sus palabras.

– Huy, quita, si fue a esos programas, será una mierda de escritor.

– ¡Ah!

A Ernesto se le heló la sonrisa en la boca. Hizo una mueca para recuperar la compostura y se encogió de hombros.

– Pues sus libros son maravillosos – aseveró con decisión Sergio – A mí son los únicos que me hacen levantar el ánimo. Tengo cáncer ¿Saben? Desde hace dos años. Ustedes se lo pierden.

Los señores siguieron su camino sin decir nada más. No habían llegado al final del pasillo cuando empezaron a mirar alrededor, buscando las cámaras indiscretas. “¿Y si era uno de esos programas, Carmina? Estos de la tele hacen lo que sea por un poco de audiencia.”.

Otra vez reinó el silencio en esa reunión improvisada en el hall de la tercera planta del hospital.

– Muchas gracias Sergio – dijo al cabo de un rato Ernesto.

Sergio se encogió de hombros.

– Estoy pensando que me podías ayudar. Ya me has ayudado con esos señores, pero… necesito tu ayuda. Más, quiero decir, más ayuda. – Dudaba de la forma de hablarle, percibía que no acababa de conectar del todo con el joven.

El chico miró con cara inexpresiva a Ernesto. No acababa de entender en que podía él ayudar al escritor.

– Éste es Tomás, mi persona importante. Y en aquella habitación de la que sale y entra mucha gente, es la habitación de su hermano, Arturo, mi otra persona importante. Arturo está en… digamos que está dormido desde hace semanas, desde que tuvo un accidente de tráfico en el que murió su hermana Irene y su madre.

– ¿Ese accidente… ?

– Ese accidente tan tremendo de hace unos meses que salió en todos los lados.

– El día de Nochebuena.

– Exacto. El caso es que Tomás por h o por b, no ha ido a ver a su hermano desde hace mucho tiempo. Y ahora, tiene miedo.

– No tengo miedo. Es… – Tomás una vez más se había quedado sin palabras.

– Tomás – Ernesto solo dijo su nombre y se lo quedó mirando.

Tomás se relajó de inmediato.

– Tenía que haber hecho como tú, venir a escondidas. Seguro que está enfadado conmigo. Y… y … si no me conoce… o se pone enfadado y le da esos colapsos que le daban a veces con el tío Germán… se lo oía contar luego a Román.

– Al tío Román. – Ernesto picó a su sobrino.

– ¡No es mi tío! – Tomás mostraba ese genio que su tío Germán había tenido oportunidad de conocer en los últimos tiempos.

Ernesto levantó las manos a modo de disculpa.

– Bobo – se defendió Tomás que se había dado cuenta de que su tío le tomaba el pelo.

El escritor miró a Sergio, como esperando su intervención.

– Pues colega, si yo tuviera un hermano tan guay como el tuyo, iría de cabeza. Y le daría un beso, si eres de besos. No te creas, yo no soy de besos, pero hay gente que es de besos. Mi abuela me besa un huevo, pero ella es distinto. Mis padres no me besan. Iban a venir esta tarde a verme, pero me han llamado que no puede. No me han llamado, ha sido un mensaje. Da igual. Pero sabes, es guay, y te hacen sentir la leche de bien. Los besos, los de mi abuela. Aunque sea vergonzoso. Pero no se lo digas a ella, que yo siempre arrugo la cara cuando me besa. Y macho, yo… daría algo importante por tener un hermano y que … sería la forma de no estar solo en la puta vida, y… me siento mazo solo, no tengo a nadie que me plene, o como se diga, que me llene, joder, que me… y estoy amargado, sabes, colega – bajó la mirada – y es que no me… me das puta envidia, aunque tu hermano este jodido a tope, pero, se despertará, yo estuve jodido a tope, y desperté, y ahora después de esta quimio, estoy todavía jodido, pero, sabes, que vete a ver a tu jodido hermano, que si el escritor dice que te quiere, porque lo dicen sus ojos, antes lo he visto y así será una fiesta total.

Se quedó callado. Posiblemente porque era lo más largo que había dicho en meses. Su abuela hubiera negado cien veces si le dicen que su nieto había soltado todo eso sin parar.

Ernesto levantó las cejas y miró a su sobrino.

Tomás no dijo nada. Solo empezó a andar camino de la habitación. De repente se paró y buscó en su mochila. Sacó su gorra de la suerte y se la puso. Ahora sí, caminó decidido hacia la habitación. Ernesto lo miró andar y sonrió. Se volvió a mirar a Sergio que de nuevo tenía la mirada triste. El escritor tuvo un impulso, se acercó a él, y le agarró la cara con las dos manos y le besó en la mejilla. El chico se sintió tan sorprendido que no supo hacer ni decir nada. Quiso luego apartar a Ernesto, y quejarse de los besos, pero… recordó lo que había dicho antes, y recordó esa escena en que al mago Teodoro, le recuperaban los besos de sus amigos para retomar la batalla contra el Fantasma Negro y sus acólitos. Y no pudo por menos que reconocer que se sentía un poco mejor, aunque tampoco era cuestión de irlo pregonando. Y total ya no podía apartar al escritor, porque ya se había apartado él.

– Sabes, Sergio, has pasado por cosas que los demás muy posiblemente no hubiéramos resistido. Tú, sabes, estás solo, te sientes solo, pero… lo has conseguido. Yo que tú – intentaba imprimir a sus palabras un aire despreocupado, lejano a la clase magistral, o el consejo del plasta – pasaba de lo que pudiera pensar la gente y si disfrutas con los besos de tu abuela, cómetela a besos. Y si te han hecho bien los besos de este bobo escritor que te ha decepcionado, no pienses, corrijo, no te sientas en la necesidad de que debes hacer la pantomima de que “¡aggggg, besos! Aparta de mí ese cáliz tan amargo”.

Sergio se quedó pensativo.

– Y si quieres, si así te parece, aquí tienes a un amigo – y le tendió la mano de nuevo para estrechársela – Y en la habitación, te presento a otros muchos amigos. A dos ya los has conocido, son buena gente, aunque no te hayan caído muy bien, por lo que me han dicho.

Sergio hizo una mueca al escuchar lo de los amigos de Ernesto. No se decidía a dejar ese lado depresivo que le hacía sentir tan protegido. Pero al final, la persistencia de Ernesto con la mano extendida, doblegó su ánimo y correspondió al gesto. Ernesto hizo el saludo sierra exagerado, mano con mano, adelante y atrás. Y acabaron riendo los dos y siendo el objeto de la mirada de dos señores que salían del ascensor. En realidad eran muy jóvenes para llamarlos señores, pero iban con bata blanca y muy serios, como si estuvieran tocados por la divina providencia, con lo cual se habían echado encima cuarenta años cada uno, y se les había quitado todo el atractivo que pudieran tener.

– Dejen paso a la Santísima Trinidad personificada en esos dos jovenzuelos médicos. – susurró Ernesto al oído de Sergio mientras miraba la espalda de los chicos y Sergio se echaba a reír con ganas.

– Les hay peores. Hay una chica que suele ir con la doctora María, que tiene treinta o así y que el primer día hasta mi abuela se pensó que era de su quinta – esta vez fue Ernesto el que rió con ganas agarrándose del brazo de Sergio.

Ernesto invitó a Sergio a caminar delante de él camino de la habitación de la fiesta de Navidad.

– A ver si nos han dejado algún jamoncito de pollo asado. Me chiflan – dijo Ernesto rodeando el hombro de Sergio. – Así churruscaditos, están de vicio.

Delante de ellos, se escuchó la algarabía que había producido la entrada de Tomás en la habitación.

Anuncios

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s