Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (30).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Tenía intención de leerlo nada más llegar a casa, pero al sentarse en el suelo del dormitorio de Tomás para hablar con él un rato mientras se dormía, fue él el que acabó dormido sin darse ni cuenta. Tomás se volvió a levantar de la cama y cogió la manta de la cama de Arturo, y se la echó por encima. Le puso una almohada en el cuello “Si no mañana te van a doler las cervicales” haciendo a la vez un gesto de complicidad con la cabeza.

Tomás volvió a acostarse y tardó exactamente cero coma dos en quedarse dormido. Y esa noche, no vio fantasmas, ni soñó con dragones, ni siquiera necesitó ir a Mundo Maravilloso. Había visto a su hermano, aunque estuviera fatal, y estaba en casa de Ernesto, que del mundo de los adultos, era el único que le había entendido. A parte de su madre.

Pero su madre ya no estaba. Ni Irene. Y los echaba de menos. Era el primer día desde aquello en que no se sentía solo y desvalido.

Durante un segundo estuvo a punto de entrar en la mente de Ernesto, como hacía su hermano. Pero el cansancio de los dos, les impidió siquiera darse cuenta.

Al cabo de un par de horas, Ernesto notó la postura y se despertó. Pero fue solo un instante. Anduvo medio sonámbulo para meterse en la primera cama que encontró, la de Arturo.

No recordaba ya la última vez que se metió en la cama. Seguramente fue el día anterior al accidente. O un par de días antes, cuando estaba intentando empezar los cuentos que le había encargado el periódico. Unos días después de que Germán decidiera irse de casa, tras la pantomima que preparó Ernesto. Los cuentos no salían, nada de lo que escribía le gustaba. Aunque todo esto eran mentiras que se contaba a sí mismo y a quien quisiera oírle. No podía no gustarle algo que no estaba escribiendo.

Y esa noche se metió en la cama, cama que no hacía desde que Germán se fue, ni siquiera había cambiado las sábanas. Y esa noche sonó el móvil.

Se sobresaltó tanto que se cayó al suelo. Se dio tal golpe en la cabeza con la pata de la mesilla que hasta le hizo una pequeña herida que sangró un poco. La voz de alguien del hospital que le informaba del accidente, y que uno de los heridos le había dado ese teléfono.

Tardó en procesar la información. Al cabo de media hora todavía no había sido capaz de dejar siquiera el teléfono en la mesilla e irse a duchar y salir hacia el hospital. Volvió a sonar el teléfono, pero aunque lo contestó inmediatamente la llamada se colgó.

Salió pitando, sin apenas haberse secado. Y cuando llegó al hospital, la realidad le dio de bofetones. Y Germán le dio otro par de bofetones. Le prohibió estar con Tomás, ni siquiera le permitió ir al velatorio de su hermana y de Irene.

Es mejor que rompamos toda nuestra relación. Tú no eres nada de los niños, así que mejor que no molestes. Eres una mala influencia”.

Quizás el fracaso de su último libro y su caída en desgracia en los programas de televisión, decidieron esa partida. Cuando su amiga Vicky le contó un tiempo después, tomando un café al que ya no podía negarse Ernesto, que Germán era lo único que le gustaba de él… no lo pudo creer. En realidad no es que no pudiera, sino que no quería creerlo.

.

– Cómo va a haber estado conmigo este tiempo solo porque era escritor… si ni siquiera le gustaba lo que escribía, si no lo entendía, le parecían paparruchas.

– Te lo intenté decir, tío.

Ernesto miró a Arturo desolado.

– Solo hace falta que me digas por qué estabas tú con mi tío.

Ernesto se encogió de hombros. Hubiera dicho “¡Ah!”, pero ni eso le salió.

– Solo necesitabas a alguien. Y te engañaste e intentaste hacer lo mismo con todos: “Lo quiero con toda mi alma”. “Es mi complemento perfecto”. “Besa… ¡como besa!”.

Sonrió triste al escuchar a su sobrino. Quizás era eso. Quizás necesitaba a alguien que compensara el tiempo que él estaba perdido en sus mundos o concentrado escribiendo. O necesitaba ser importante para alguien, tener es ración de cariño que él predicaba en sus historias como algo elemental para todo ser humano. O tener un contrapunto con los pies de cemento en el suelo.

– Ni siquiera os vi nunca miraros con un mínimo de deseo.

– Pero no puede ser que lo único que quisiera era estar al lado de alguien que escribe, o famosillo, o reconocido o lo que sea.

– Se lió contigo cuando ganaste el premio. Antes os conocíais y no te hizo ni caso. Rosa, tu representante os presentó, era amiga suya de la infancia.

– Todavía lo recuerdo: “Va a ser un pelotazo, te lo digo” – Ernesto sonrió otra vez con melancolía – pero lo mejor de todo es que Germán solo puso cara de escepticismo.

Arturo abrió las manos.

– Oye, tú para tus “casi quince”, eres muy espabilao. Y todavía estoy obnubilado y en éxtasis del vocabulario que has empleado antes, en el hospital. Me has dejado con la boca abierta.

– Son ya casi dieciséis, no lo olvides. Y algo se tiene que pegar de compañías tan ilustres como la tuya, que enamoras solo por…

– Pero si acabas de cumplir los quince. Y no me tomes el pelo con lo de escritor y el deseo de tu tío de estar conmigo por eso. Es alucinante. Y yo soy más sencillo hablando.

– No sé si cuenta, porque no me hiciste fiesta de cumpleaños. Y respecto a lo de hablar, a veces eres un poco… – buscaba el concepto – pedante.

– ¿Yo pedante? – Ernesto enarcó las cejas aunque decidió no entrar más en el tema, por si acaso. – Pero sí te hice fiesta de Navidad, con guirnaldas y todo, y árbol. Y villancicos. Y amigos, y familia, y la leche en verso.

Se callaron los dos, esperando quién lanzaba el siguiente dardo. Al final fue Ernesto, mirando al techo del ascensor:

– Y Jénifer. Te cuidó por la noche. Pero con ella no hablas.

– Ya salió, lo estaba esperando. ¿y quién te ha dicho que no hablo?

– ¿Hablas? Voy a quedar con ella para que me informe.

– No te atreverás.

– ¡Hombre que si me atrevo!

– ¡Ni se te ocurra!

– ¿Hablas?

– Mis labios están sellados.

– No hablas con ella.

– Eso no lo sabes.

– No, no hablas – Ernesto estaba molesto solo con la posibilidad de que así fuera.

– Sí que vas a ser un poco plasta con mis novias, lo veo.

– Un poco, no: del todo.

– Así luego escribiré yo una novela contigo de protagonista, algo que se titule: “Como mi padre destruyo mis 37 noviazgos”.

– Has dicho mi padre – Ernesto abrió mucho los ojos se acercó más a Arturo y lo cogió de los brazos.

– Huy, que se me emociona – Arturo escondió su mirada en el suelo y sonreía.

– No seas sarcástico, me ha gustado, no rebajes.

– Pues no te metas con Jénifer.

– Si no te conviene, en serio.

– Eso no lo sabes.

– Ya lo verás. Tiene la mirada turbia. Es la misma mirada que Germán.

– Venga, estás como una chota.

– Ya me lo dirás. Le pareces guay por tu estado y tal.

– Estás grillao, tío.

– Has vuelto al tío, estás mosqueado porque sabes que tengo razón.

– ¡Una mierda!

– Voy a hablar con ella y desenmascararla en cuanto…

Arturo se levantó enfadado y se encaró con su tío.

– Una mierda. No te agtreverás o… o… o… – no encontraba la amenaza contundente que buscaba.

– ¡Agtreverás! Te pareces a Tomás.

Arturo se giró enfadado, dándole la espalda a Ernesto y cruzó los brazos.

– Solo podrás detenerme si te despiertas de una puta vez, sobrino.

– Luego dices que yo hablo mal. Y eso no depende de mí.

– Y la fiesta de cumpleaños, la tendrás cuando despiertes también. Así que ya puedes hacer un por poder.

Arturo se sentó en la esquina contraria a la que estaba Ernesto.

– No puedo, Ernesto. No tengo fuerzas. No… – no se atrevió a decir que en realidad se estaba apagando poco a poco.

– Sobrino, vas a ser mi hijo.

– Germán te lo va a poner difícil. Ha ido a otros abogados.

– Puede ponerlo lo difícil que quiera. Rosa y los abogados de tu madre se ocuparán de que no consiga nada.

– Estás…

– No digas que estoy mejor sin ti, porque me voy a enfadar. Tienes que cuidar de Tomás.

– Pero no… me faltan…

Arturo se echó a llorar. Ernesto se levantó trabajosamente del suelo, y se acercó a su sobrino. Se puso en cuclillas delante de él y le levantó el mentón. Le dio un beso en la frente, y lo abrazó. Arturo hundió su cara en el pecho de su tío y lloró.

No hubo palabras durante un buen rato. Uno lloraba, y al final Ernesto también lloraba. Pero se dijeron muchas cosas en silencio. Uno le contó sus miedos, y el otro, los suyos. Uno le pidió, y el otro le pidió. Parecían jugadores del “y tú más”. Al final Ernesto le separó de su pecho, y le volvió a coger del mentón, mirándolo fijamente.

– Tu madre e Irene, no están de acuerdo. Y lo sabes. No sé por qué tienes miedo a defraudarme, si soy yo el que te ha defraudado a ti una y otra vez. Y tú siempre me has perdonado.

– Has ido a hablar con ese profe.

– Sí, después de que enviaras por mi ese correo a Rosa. Y después, parece, de que enviaras ese último cuento al periódico.

– Y también fuiste a hablar con el director.

– Sí.

– Solo tengo quince años – dijo implorante.

Ernesto bajó la cabeza.

– Y esos años quiero que tengas. No… no sé si podré ser un padre como dicen que debe ser los padres. O tutor, el papel de padre…

– Me gustaría que lo fueras.

Ernesto sonrió.

– Está en marcha ya te he dicho. Pero no quiero que mi misión como padre primerizo, sea enterrarte, o visitar el hospital todos lo días. Quiero acompañarte al colegio, ir contigo a ver cantar a Tomás, darte una charla sobre sexo y vigilar a Jénifer para que no te quite de mi lado.

– Estás celoso.

– Pues claro. Esa pelandusca que viene a quitarme a uno de mis personas favoritas en el mundo.

– No te me va a quitar.

– Claro que sí. Ya lo veo. Será mi enemiga – se calló un instante y empezó a sonreír – y tiene la mirada turbia.

– Qué bobo eres – Arturo meneaba la cabeza de lado a lado mientras sonreía y apartaba la mirada de la cara de Ernesto.

– Eso de acompañarme al colegio…

– ¿Ya te estás avergonzando?

– Tengo quince años.

– Y sales de una recuperación traumática, o como se diga. Tengo excusas.

– Y si no te las inventas, ya lo siento. – miró al suelo – Voy a perder curso.

– Ya veremos.

– ¿Me vas a explicar matemáticas?

– ¿Te acuerdas de ese secretario que te dije?

– Huy, el que te follaste.

– Ya empezamos.

– Vale, no he dicho nada. Tira.

– Pues ese chico te va a dar clases particulares de lo que haga falta.

– ¡Y me va a contar lo que hicisteis?

– No – Ernesto se puso serio – nada de eso.

– Jo, tío.

– No, además como te voy a adoptar, dijiste que no querías saber nada de como lo hacían tus padres o tu tío. Yo voy a ser…

– Pero vas a seguir siendo Arturo, el escritor de “Mundo maravilloso”.

– No, no, no cuela. Le he prohibido que te cuente nada.

– ¡Bah! Ya le camelaré. Sabes que si quiero saco a cualquiera lo que quiera.

– No. Está decidido.

– Te gusta ¿eh?

– ¿A mí? Para nada – pero la rapidez con la que contestó a la provocación, convenció a Arturo de que sería el padrino de su boda.

– Ya veremos si te doy la aprobación.

– ¿Pe… pe… pero de que hablas? Qué aprobación ni que leches…

– O sea que ya no voy a ser yo quien te corrija…

– Claro que sí, tonto. Aunque… – iba a dar explicaciones y casi mete la pata – si no hay nada, no…

– O sea que tú celoso por Jénifer, y yo no puedo ponerme celoso por el Álvaro ese.

– Es que no hay nada – Ernesto muy dramático, abriendo los brazos, negando.

Arturo sonrió, solo sonrió.

– Esa jodida sonrisa, tronco, te la metes…

– ¡¡Tchssss! Has dicho tronco y no te gusta tronco.

Arturo se incorporó y le dio una colleja.

– Joder, con las collejas. Y el pobre Sergio, menudo susto le diste.

– Dudó de ti.-

– Tú hubieras dudado de mí.

– No has faltado un solo día. Todas las noches has estado conmigo. No puedo dudar.

– No me hagas llorar otra vez jodido. Por cierto, antes de que Tomás se despierte… al final no me has enseñado el relato, y lo enviaste a escondidas. Ya me dirás, por cierto, como.

– Es un secreto.

– Y que sepas que estoy muy enfadado, no me has dejado leerlo. Lo tendré que leer en el periódico, cuando me despierte. Alucina de lo enfadado con el tema que estoy, echo humo por las orejas y por las narices, cual dragón de Mundo maravilloso.

– No has incluido a los dragones en ninguna historia.

– Ni a los niños perdidos. Ni a las águilas parlanchinas. Ni siquiera he contado el musical que hicieron en honor de Tomás. Pero habrá que dejar algo para otro año.

– No era un reproche…

– Por si acaso que… no, no, no me desvíes, casi lo consigues, mariconazo. Muy enfadado estoy porque no me dejaste leer…

– Si lo tienes en el ipad.

– ¡Ah!

Sonrió pícaro a su tío.

– Trae.

Se lo cogió y se lo buscó.

– ¡Ah!

– Es tu frase favorita. Digna de un escritor.

– ¿Eh? ¡Ah! – Arturo no dejaba de mirar el relato que había parecido en su aparato.

– Como no te decides, lo voy a leer. Pero es una mierda. Lo habrán publicado porque piensan que es tuyo, si no…

– Firmaste como Ernesto Ducas.

– Era mi regalo. Los que firmas como Ernesto Tomás de Arturo, los has registrado a nombre de los tres. Éste quería que fuera solo tuyo.

– ¡Qué bobo eres! – A Ernesto se le habían humedecido los ojos. – Ven aquí, bobo.

Lo atrajo hacia sí y lo estrujó entre sus brazos. Incluso Arturo tuvo que quejarse para que aflojara. No sabía por qué le había hecho tanta ilusión ese detalle de su sobrino.

– Venga, dejemos alguna lágrima para luego, te leo si quieres el relato que he escrito.

– Le pasó el ipad otra vez a su sobrino, y se sentó enfrente suyo.

– Te escucho.

– Es una mierda, te ad…

– Que cansino eres, sobrino. ¿Quieres empezar de una puta vez…?

– ¡Qué vocabulario! Si con este ejemplo… ¡¡Agresión!!

Ernesto se había quitado una zapatilla y se la había tirado.

– ¿Quieres leer?

– Vale, vale, no es para ponerse así… pero…

El otro zapato partió de inmediato camino de Arturo, que tuvo que tirarse al suelo para esquivarlo.

– Ya leo. Paz.

Se miraron. Uno a la expectativa, el otro intentando como picarle de nuevo. Uno dispuesto a lanzarse a la yugular, y el otro, pensando en vías de escape. Pero era difícil escapar de la conexión que tenían y más difícil era escapar de un ascensor averiado entre pisos.

– Leo.

Ernesto no acababa de creérselo. Tenia metida su mano en la bandolera y acariciaba suavemente una pelota de tenis que no sabía por qué llevaba desde hacía tiempo.

– Que sí, que leo – se lamentó quejumbroso su sobrino – puedes soltar …

Ernesto sacó la pelota y empezó a juguetear con ella.

– Leo.

Esta vez fue definitivo.

Aunque se lo pensó mejor y avisó de nuevo a su tío.

– No te va a gustar.

– Sobrino…

– Leo, leo.

Empezó a leer.

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