III Semana del libro – El escritor y su personaje: Su Príncipe.

De repente el cansancio se abatió sobre el escritor. Los ojos se cerraban y su historia parecía diluirse en el aire.

– ¡Eh! ¡eh!

Sintió que alguien le tocaba el hombro con bastante insistencia. Intentó apartar aquella mano que incordiaba el principio de su descanso, que no le dejaba acabar de cerrar los ojos y sumirse en un mar de relajo y felicidad, en el bálsamo del descanso reparador, acompañado de los sueños felices que ayudan a afrontar esta vida real llena de angustias, desgracia e indignidad.

– Debes escribir mi historia, jodido.

– ¡Déjame, joder! Ya escribiré mañana.

– Pero no, que mañana se te olvida.

– Pues me lo recuerdas.

– Pero yo no existo – se quejó alguien detrás de él.

– Si me hablas, existes.

– Pero solo existo en tu imaginación. Cuando dejes de pensar en mí, desapareceré para siempre.

– No te veo. No existes.

– Porque todavía no me has descrito en el libro. Solo soy un trozo de niebla dispersa en tu mente.

– ¡Ah! ¿Y cómo eres? Ya que lo sabes todo, a ver ¿Cómo eres? – el escritor acariciaba el botón del ratón para dar a aceptar y cerrar el ordenador y que se perdiera los apuntes que había tomado esa tarde. No le convencían.

– Como me imaginas. Tú eres el escritor.

– Rubio. Con melena. Media melena.

– Escríbelo, por favor – suplicó el trozo de niebla dispersa. La verdad es que sonó como una súplica muy convincente, difícil de obviar.

El escritor accedió de mala gana, canceló el cierre de la sesión de su ordenador, y volvió al documento que había empezado a pergeñar esa misma tarde, aunque en su cabeza la historia había anidado hacía ya semanas.

De repente, en el aire, apareció algo semejante a una peluca rubia, con el pelo largo, media melena.

– Más rubio – recitó mientras escribía.

Y la peluca se volvió casi blanca.

– Así.  Cara ancha.

– Ahora me darás aspecto de pánfilo, lo estoy viendo – se quejó el personaje.

– No necesariamente, Aunque si te quejas, te pongo cara de pánfilo. Nariz proporcionada, con un pequeño grano en la punta.

– Mi madre lo va a hacer estallar, es una espinilla.

– No es una espinilla. Te ha picado un mosquito. Ya no tienes edad de espinillas.

– Es invierno, no hay mosquitos. Y mi madre tuvo espinillas hasta los 30.

– No puedes tener madre porque no la he descrito y mucho menos las espinillas de sus treinta años.

– Pero lo has pensado.

– Eso da igual. Como has dicho antes… eso es una nube de niebla en no sé dónde.

– Un trozo de niebla dispersa en tu mente. Es lo primero, lo piensas, creas y luego lo plasmas en el papel para que se haga realidad. Una vez que la historia y los personajes están en el papel, cobramos vida, una vida en cada persona que lo lee.

– Es verano, en la historia. Ojos azules. Boca pequeña, con los labios finos – se dio la vuelta para escribirlo y no tener que discutir más con su personaje.

– Prefería tenerlos un poco carnosos, por lo de los besos.

– No vas a besar a nadie.

– Claro, si estás escribiendo una novela de amor.

– Pero a lo mejor te dejo de secundario.

– Yo soy el protagonista – salió su orgullo.

– Que te crees tú eso, serás lo que yo quiera.

– Anda, por fa. Tú querías hacerme protagonista, por eso lo digo – le salieron algunos pucheros, indudablemente heredados de su madre.

– No por fa, ni leches – se lo pensó mejor – ¿Qué me das si te hago protagonista?

– NO te puedo dar nada, si no escribes que te doy algo. Yo no puedo hacer nada más que lo que tú me digas que haga.

– “Teodoro…

– No me gusta. – interrumpió el personaje.

– ¿Y cómo quieres llamarte?

– Ibai.

– Venga, va, no tengo ganas de discutir: Ibai.

El personaje ahora llamado Ibai le iba a decir que en realidad era el nombre que había decidido hacía unos pocos días, pero que se había olvidado de ello. No es que le diera la razón, sino que lo había recordado. Pero tampoco era tan importante poner en aprietos al escritor, no se fuera a cabrear y borrara lo escrito y no volviera a pensar en esa historia con él de protagonista.

Ibai se agachó y rodeó por detrás al escritor, dándole un beso en el papo izquierdo.”

Y sintió el beso en el papo izquierdo.

Ibai estaba desnudo. Su miembro se pegaba a la espalda del escritor…”

– No tengo ganas de hacerlo, y vas directo a ello. Así no se puede.

– No, claro que no se puede. Harás lo que yo te diga.

El escritor de repente volvió a sentir ese cansancio abrumador de un rato antes.

– Me voy a dormir.

– No, no me dejes así, a medio hacer.

Ibai medía 1,80. Casi no tenía pelo en el cuerpo. 24 años y unos ojos verdes adorables. Su rostro estaba permanentemente adornado por su sonrisa, contagiosa y soñadora, con un matiz de amor permanente hacia todo le que le rodeaba, sobre todo hacia el escritor. Tenía una piernas fuertes que acababan en unos pies suaves y bien cuidados, hermosos a la vista, de los que hacen suspirar a los fetichistas de esa parte del cuerpo. Sin venas, sin callosidades, perfectos. En realidad Ibai era el hombre perfecto para el escritor.

Ibai era músico Y pintaba como hobby. Llevaba la música en cada poro de su piel. Salvo en cuatro o cinco en que lo que llevaba era la pintura. Era un chico incansable y muy cariñoso. Siempre estaba besando al escritor, abrazándolo, animándolo. Era positivo y su energía era contagiosa”.

El escritor dejó de escribir y miró a su personaje.

– ¿Ahora ya puedo irme a dormir?

El personaje alargó la mano. El escritor alargó la suya, entrelazando los dedos con la de Ibai. Se levantó, y sin dejar de mirar a Ibai, se dirigieron a la cama.

– Me he enamorado de ti, Ibai. ¿Cómo lo vamos a hacer?

– Mañana veremos. Ahora, sabes, solo nos meteremos en la cama, te abrazaré por detrás, y te besaré en el cuello, hasta que te quedes dormido. Vas a dormir como los ángeles, y mañana podrás seguir escribiendo esa novela, mi novela.

– Pero no quiero que te vayas a las mentes de los demás. Te quiero solo para mi. No quiero que cobres vida para otros, que seas su sueño, o que ellos quieran convertirse en ti. No te quiero compartir con nadie, te amo, te he creado como he soñado que fuera mi Príncipe durante meses y meses.

– Quizás podríamos hacer magia y que, después de que escribas la novela, me convierta en persona real y podamos vivir nuestra historia de amor por el resto de los días.

– Eso es muy complicado e improbable. Yo no soy mago, y los ángeles esos de la guarda, a mí hace tiempo que me abandonaron. Ya lo intentaron otros escritores y guionistas, pero no tuvo mucho éxito.

– No tiene que ser un ángel el que haga magia. Un escritor también puede hacer magia.

– Ese tipo de magia no está a mi alcance. Además, ese argumento es de una película de hace poco, no es original.

– Da igual, esa peli la vieron tres. Además, tú escribes mejor y seguro que se te ocurre una manera de que nos podamos amar más original.

– Ya.

– ¿Dudas?

– Absolutamente. Pero estoy cansado me voy a dormir.

– Vamos.

– Si me abrazas por detrás así desnudo no voy a poder dormir, estás muy bueno y me pones mucho.

– Pues me quedo aquí.

– ¡No! – gritó asustado el escritor. – ven a dormir conmigo.

– No lo has escrito.

– Pero lo he imaginado, y para un escritor es igual.

– Pero para el personaje, no. Debes escribirlo para que…

– Que no, cojones, no. No voy a seguir el argumento de esa película. Piensa que estoy grabando todo esto para pasarlo a limpio mañana. Ya te he creado y lo he hecho con memoria perfecta, así que mañana me lo recordarás y lo escribiré.

– ¡Ah!

– ¿Ves? Vamos a dormir, Ibai, amor mío. Además, encima que te he puesto el nombre que te gustaba… me debes una.

– Ya. Vale, vale, lo hacemos esta noche.

– ¡No! No soy un hombre fácil que lo hace la primera noche.

– Anoche ya pensante en mí. Y el mes pasado, y hace dos meses.

– Y muchas noches antes, pero no te había creado, solo imaginaba un pequeño esbozo de la novela.

– Has escrito 20 líneas

– Dos páginas.

– La del título y la siguiente, con veinte líneas.

– Eres un poco cabrón, personaje.

– Sí, así me imaginaste. Un cabrón, malote, que se enamora de ti.

– No, de mí, no. De Juanjo.

– Juanjo eres tú,

– No, yo me llamo Rubén.

– Pero Juanjo es tu álter ego.

– Me voy a dormir, que eres incansable. ¿Vienes o qué?

– Pero no…

– Que no, joder, que no lo hacemos. Que te he dicho que no soy de esos que se acuestan con nadie la primera noche.

– Acostarse…

– Como sinónimo de follar. Pues un poco pánfilo al final si que te he construido ¿eh?

– Pánfilo no, inocente. Un poco pánfilo eres tú. Y cursi: acostarse es cursi para referirse a follar.

– Un cabroncete inocente. Eso no pega. Y follar es guarro para una novela de empaque.

– Hay tantas cosas que no pegan en la vida…

– Estoy agotado y estás consiguiendo que me agote más.

– Vale.

– A la cama.

– Vale.

– ¡Qué sumiso!

– Soy tu esclavo, mi escritor.

– Podías tocarme una pieza para que me duerma más relajado. Luego, me abrazas.

– Vale.

El personaje sacó el violín de su estuche, afinó, y empezó a tocar. Mientras, el escritor se desnudaba y se acomodaba en la cama.

– Empieza – se impacientó el escritor.

Ibai no le discutió. Se puso el violín en el hombro, y empezó a tocar.

.

.

El escritor no tardó en quedarse dormido. Aunque en sueños, seguía viendo a Ibai tocando el violín, desnudo y mirándolo continuamente, acariciándolo con su música, con su sonrisa, con su mirada.

Y el escritor fue feliz: había creado a su príncipe.

Lástima que fuera solo un personaje salido de la imaginación de alguien. Y encima ese alguien fuera él mismo.

Salió al salón decidido. Allí había un gong que su padre le había regalado tras su último viaje al Tibet. Cogió la maza que estaba colgando en uno de los soportes y arreó un porrazo en medio del enorme plato de metal.

La casa vibró, el vecindario despertó hasta 3 manzanas a la redonda.

– ¡Empieza la semana del libro! ¡Quedáis enterados! – gritó.

Nadie respondió, lo cual era buena señal, porque nadie le iba a llevar la contraria. Ni su príncipe que se acercó sigiloso por la espalda y pegó su cuerpo al suyo, sintiéndole desnudo, tierno, embriagador, protector.

Giró un poco la cabeza y se dieron un beso. Se miraron durante un rato, y al final, los dos juntos, repitieron:

– ¡Empieza la semana del libro!¡Hay que joderse!

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4 pensamientos en “III Semana del libro – El escritor y su personaje: Su Príncipe.

    • ¡Bah! Pero luego Josep, caes en las redes de alguien completamente distinto.
      Este escritor del relato está más solo que la una… espera que no acabe en un manicomio o así, por hablar solo…
      😉

      Besos.
      muchos.
      envueltos.

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