III Semana del libro: “La palabra más hermosa” de Margaret Mazzantini, por Virginia.

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LA PALABRA MÁS HERMOSA, Margaret Mazzantini

El libro del que voy a hablaros es “La palabra más hermosa”, de Margaret Mazzantini, cuyo título original en italiano es “Venuto al mondo” y que tras la película ha sido publicado con el mismo título que ésta: “Volver a nacer”.

Llegué a este libro porque ya conocía a la autora, pues hace ya algunos años leí “No te muevas”, que cuenta una historia de amor poco convencional, pero bueno, no he venido hablar de ese libro… El caso es que guardé en mi memoria el nombre de la autora.

Hace poco buscando algo que leer hice una búsqueda por Margaret Mazzantini y el resultado es que acabé con este libro entre mis manos.

Y qué gran acierto. Este libro me enganchó de forma irremisible desde la página uno. Ya sabía después de leer las primeras páginas que no iba a ser uno más, que iba a ser de esos libros que disfrutas cada página y cuya historia se queda ahí, en tu cabeza, ocupando tus pensamientos y también un trocito de tu alma. De esos libros que miras cuántas páginas quedan no para acabarlo cuanto antes, si no para ponerte contenta porque aún quedan muchas.

Tengo un trayecto largo desde mi casa al trabajo. Pero con este libro todo se me hacía corto. Cuando salía del trabajo no pensaba en el largo trayecto, si no que de nuevo contaba con tiempo para enfrascarme en la lectura y las estaciones de metro pasaban sin apenas enterarme.

Con este libro te sumerges en la alegría de un amor, en el horror de una guerra, en la tristeza de los planes vitales que no son posibles. Te conviertes en una marioneta al son de los sentimientos que te llevan a lo más alto y a lo más hondo. Te haces consciente de las terribles secuelas que quedan tras la guerra en las personas que la han sufrido. Heridas que no acaban con la guerra y que no son físicas, no se ven, pero que tardan años en superarse.

La historia se narra en dos tiempos. El actual, en el que Gemma y su hijo Pietro, en plena adolescencia, viajan a Sarajevo para visitar una exposición fotográfica donde se exponen algunos de los trabajos de su padre Diego, ya fallecido.

Y un tiempo pasado, que conocemos a través de los recuerdos de Gemma que nos van descubriendo la historia que vivió en aquella misma ciudad hace más de una década. Una historia que comienza en 1984 durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Invierno y que culmina en esa misma ciudad con el nacimiento de su hijo Pietro en plena guerra de los Balcanes.

Gemma llega a Sarajevo para realizar su tesis sobre un poeta originario de esta ciudad, para ello contrata a Gojko como guía. A través de él conoce un día a Diego, un fotógrafo muy particular que contra todo pronóstico va a convertirse en el amor de su vida.

Os presento a los personajes.

Todos los personajes en esta historia me gustan. Empezando por Giuliano, el actual marido de Gemma, que aunque no tiene un gran protagonismo es suficiente para hacerse una idea de su forma de ser, que yo, parca en palabras y adjetivos resumiría fundamentalmente en que es una “buena persona”.

Éramos una pareja de mediana edad, ni feos ni guapos. Simpáticos, eso sí. Si alguien nos hubiera llamado nos habríamos vuelto con una sonrisa, con ganas de compartir. A menudo no somos conscientes de lo que tenemos, no nos mostramos agradecidos con la vida. Le toqué el costado a Giuliano, sentía el olor de su aftershave, que me llegaba mezclado con el del mar, y di gracias a la vida por haberme dado a ese buen hombre.

Pietro, el hijo de Gemma, un adolescente en toda regla, con todo lo que eso conlleva, egoísmo, insensibilidad, despreocupación, encanto, simpatía. Creo que está muy bien retratado a lo largo de toda la novela.

Este año ha hecho el cambio, ha dejado los huesos de niño para convertirse en una garza desmañada que aún no controla bien sus movimientos. Ha empezado a mirar fijamente al suelo, como un buscador de oro, a salir de casa sin despedirse, a comer de pie frente a la nevera. En la escuela ha suspendido por pura desidia, se ha comportado con una estupidez abrumadora, no ha hecho el más mínimo esfuerzo; en los últimos meses, en lugar de hincar los codos, se ha encerrado en una arrogancia ridícula. Me vuelvo, enfadada, al oír su vozarrón hosco, que solo me busca para exigir, para reprenderme. ¿Dónde está aquella vocecilla quejumbrosa que me ha acompañado durante años? Podía hablar tan bien con ella, armonizaba a la perfección con la mía.

***

La azafata regresa con el pan, Pietro le da las gracias y su voz áspera resulta incluso agradable. Las madres de sus amigos me dicen que es muy educado, me felicitan. Mi hijo es un gran hipócrita, solo conmigo se permite lo peor.

***

Mientras despegamos, va y dice que el avión es viejo, que las compañías aéreas del Este compran los aviones que las otras líneas ya no quieren. Los aviones que caen. «Acabaremos en YouTube», ha añadido. Y yo he pensado: «¿Por qué me lo habré llevado conmigo? No parará hasta volverme loca»

Gojko. Es el personaje ácido, irónico, mordaz, pero a la vez divertido, directo, con un gran sentido del humor. Un superviviente nato. Es un poeta, una persona sensible e inteligente, que se protege como puede de la hostilidad del mundo. A base de optimismo, de reírse de sí mismo. Es una persona a la que le gusta vivir, de esas personas que te hacen sentir bien, aún sin esforzarse siquiera, porque a veces puede ser demasiado crudo y directo. Transpira dignidad por los cuatro costados. Sin duda mi personaje preferido en esta novela.

Soy la primera en ceder, bajo la mirada, me aparto de aquel barullo de emociones, por timidez, por incomodidad. En Italia nadie te mira así. Me rasco un brazo como si tuviera la sarna. Dos manos húmedas, regordetas y quizá no del todo limpias me rodean la cara, como una venda caliente.

¡Qué preciosidad!

Qué vejestorio… —replico para eludir su halago.

¡A tomar por culo, Gemma! —dice Gojko. Sonrío, me reencuentro con su peculiar pronunciación. Reconozco la ironía socarrona, la que tras la borrachera le da una patada a laresaca e incita a la carcajada. Me besa, me abraza de nuevo, me corta la respiración. Siento el lino de la camisa, el calor del cuerpo emocionado que palpita. Siento que me palpa los huesos. Me atraviesa la espalda como un ciego, contándome las vértebras con esas manos ardientes.

Aunque está Diego. Y Diego me gusta, mucho. Es de esas personas que vive con intensidad cada momento. Un idealista, que sólo quiere ver la parte bonita de la vida, la parte buena de las personas. Con una infancia que no ha sido feliz, con una adolescencia y juventud problemática, sin un plan de vida concreto, pero con una gran capacidad de amar y de sentir. Me encanta su sencillez. Se conforma con las cosas más básicas que en realidad son las más valiosas.

Un mañana de julio sofocante lo acompañé al centro de acogida al que habían llegado los primeros niños de Chernobil. Le hacía de ayudante, le cargaba las máquinas. Me quedé embobada mirándolo. Yo estaba tensa, me sentía incómoda entre aquellos niños señalados con una marca indeleble… Tenía miedo de la radiación, me parecía que eran fluorescentes, como aquellos muñecos que brillaban en la oscuridad. Me movía con cautela, un poco distante. Sin embargo, Diego los cogía en brazos, lograba que pronunciaran alguna palabra en ruso. No pensaba fotografiarlos a toda costa. Después de las primeras fotos, dejó la cámara y se puso a jugar con ellos. Entendí que no iba a ganar ni cinco como reportero, que no tenía el ojo de aquellos que se quedan pegados a la máquina, morbosos y ciegos. Lo vi renunciar a las mejores imágenes en favor de otras que simplemente divertían a los niños. Incluso le colgó la máquina al cuello de uno de los niños y le dejó que gastara todo el carrete. Volvimos con un reportaje mísero, invendible.

***

Tiene puro cielo en los ojos, hace ese gesto tan suyo, se lleva una mano a la nuca y espera, y es un gesto de abandono, tal vez de derrota, es como si se apoyara con todo el peso del cuerpo en el cuello… Es el mismo gesto que le vi hacer la primera vez, cuando se volvió hacia mí en aquel local, se llevó la mano a la nuca y se quedó así, inerte. Es ese gesto que un día echaré de menos hasta morir.

Gemma. La protagonista de toda esta historia, una mujer que ya no es joven, que ve con cierta perplejidad cómo su hijo ya no es aquel niño pequeño que la adoraba y necesitaba. Es una mujer inteligente, exigente, también insegura, introvertida. Una mujer en apariencia práctica, nada sentimental y que sin embargo apuesta por un amor por el pocos apostarían. Apuesta por Diego y para ello se divorcia de un ingeniero con un futuro muy prometedor.

Ella y Diego forman una pareja peculiar. Me llama la atención el abismo que existe entre Diego y Giuliano, su actual pareja. Tan distintos que queda patente durante una conversación en que Giuliano le dice a Gemma que siente mucho que muriera ese chico, y ella le contesta: tú le habrías detenido. Hay que aclarar que Giuliano es policía.

De repente tengo miedo. Me he precipitado, he retrocedido demasiado rápido al pasado, al ardor de la juventud, que ahora solo me parece nostalgia. Tengo frío en el cuello, debo volver al baño para secarme el pelo con el secador. Vuelvo a ser yo, una muchacha derrotada a un paso de la vejez.

***

Éramos una de esas parejas estrafalarias, por la que nadie habría apostado nada. Una de esas destinada a disfrutar de un puñado de meses fantásticos para luego marchitarse de golpe, como los rizos de Diego cuando llovía. Tan distintos éramos. Él desgarbado, yo siempre un poco rígida, con ojeras y un abrigo austero. Sin embargo iban pasando los meses y nuestras manos se aferraban una a otra en la calle, nuestros cuerpos dormían juntos sin aburrirse, como dos fetos en la placenta.

Los padres de Gemma. Su padre es un personaje entrañable. ¿Quién no querría un padre como él? Su madre no resulta tan simpática, pero llegas a entenderla. Me gusta mucho la relación que se establece entre Diego y los padres de ella. Cómo sucumben ante ese chico que estaría muy lejos del ideal que en principio tendrían unos padres sobre el novio de su hija. O más bien cómo sucumbe la madre, porque en realidad al padre le tenía ganado desde el principio.

Después mi madre se ablandó, empezó a invitarnos a cenar, hasta que se convirtió en una costumbre demasiado habitual. Entonces empezó a ser ella quien le ofrecía las mejillas a Diego, quien esperaba en la puerta aquellos besos pegajosos, de niño. A fin de cuentas, mi padre y yo siempre la habíamos dejado un poco sola, éramos más inteligentes que ella, seres solitarios, presas de arrogantes extravagancias. Le inspiraba ternura ese muchacho delgado que hablaba a ráfagas, que se levantaba continuamente para ayudarla. Le ofrecía raciones gigantescas de comida.

Le compró un jersey, me lo metió en el bolso al entrar porque le daba vergüenza dárselo directamente a él.

¿Qué es, mamá?

Nada, un jersey… Si no os gusta, regaladlo.

Sin embargo, Diego se lo puso de inmediato, ese bonito jersey de cuello alto y lana gruesa…

Esto me va a aguantar diez años, es la típica prenda inmortal…

Mi madre se sonrojó, feliz de haber acertado el color, la talla… Feliz de que Diego fuera tan sencillo, tan distinto de mí.

La familia de Gojko. Su madre, que es igualita que Lady Di, y su pequeña hermana, Sebina, con la que Gemma tiene una relación muy especial porque en parte le recuerda a ella misma.

Le he dicho a Gojko que se vaya, pero él merodea por el aeropuerto, hace sus negocios. Se acerca, se pone a fumar a mi lado, echa un vistazo a la revista.

¿Quién es ésa?

Es la mujer del príncipe Carlos.

¿Es bosnia?

Es inglesa, por supuesto.

Es igual a mi madre.

Cierro la revista y la meto en el bolso.

Aunque mi madre es más guapa…

Estoy harta de este bosnio engreído y convencido de que este agujero en el culo del mundo es el centro del universo. No ha hecho más que repetirlo: «La frontera entre Oriente y Occidente, la Jerusalén del Este… la encrucijada de culturas milenarias y de vanguardia…». Y ahora resulta que su madre está más buena que Lady Di. A tomar por culo.

***

A veces parecía una niña insolente, ni tan siquiera saludaba, se obstinaba en jugar con unas ruidosas canicas que su hermano se había dedicado a importar durante una temporada, pero que no habían alcanzado el éxito de los yoyós. Nadie lograba entender aquellos arrebatos de malhumor. Pero yo sabía hacerla hablar, llegar hasta la raíz de su enfado. Siempre era a causa de la tontería más inimaginable, más absurda… Y sin embargo yo la entendía. De pequeña también había sido una perfeccionista obsesiva, derrotada varias veces al día por mí misma, exactamente como Sebina.

Y finalmente un personaje anónimo, una cocinera callejera en Sarajevo.


Un rostro proletario, sufrido y, sin embargo, infinitamente dulce. Una de aquellas personas buenas a las que conoces por casualidad y te entran ganas de abrazarla porque te sonríe desde el fondo de su experiencia humana y de golpe te compensa por la otra mitad del mundo, aquella hecha de las personas que te arrastran a su charco de oscuridad.

¿Cuál es la palabra más hermosa? al final del libro nos proponen una, bueno en realidad se citan varias. ¿Cuál es la vuestra?

Si os apetece leer una reseña más completa, os recomiendo ésta:

http://www.elplacerdelalectura.com/2013/02/la-palabra-mas-hermosa-de-margaret-mazzantini.html

En ella podréis encontrar información sobre la autora, la sinopsis del libro y una reseña muy emotiva, como este libro merece.

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5 pensamientos en “III Semana del libro: “La palabra más hermosa” de Margaret Mazzantini, por Virginia.

  1. virginia, me ha parecido una reseña magnífica. Me alegra que te decidieras a hacerla.
    Y me ha gustado lo que dices del libro. en cuanto me lo encuentre en la estantería de una librería, me lo compro.

    besos.
    muchos.
    envueltos.

  2. Virginia, me encanta esa forma que tienes de contar las cosas, tan cercana y tan de verdad. Me leí después la reseňa del enlace, que está muy bien también, pero me gusta más la tuya.
    En cuanto al libro, no se si yo tengo la sensibilidad necesaria para sumergirme en esa historia como lo has hecho tu, pero desde luego me ha apetecido intentarlo.

    Muchos abrazos y gracias por la aportación

  3. Virginia, extenso comentario que he leído con interés y, que, sin duda, habrá que buscar esta palabra mágica junto con el libro. ¿Qué versión aconsejas, la española o la italiana? Gracias por traernos esta obra. Saludos.

  4. GRACIAS. De verdad, sois muy amables. Y Pere, yo me he leído la versión española, más que nada porque italiano no sé, ya me gustaría.
    Si os animáis a leerlo espero que lo disfrutéis tanto como yo.

    Por cierto Pucho, estoy devorando ahora “Battle Royale”. Literalmente no puedo parar de leer, si no llega a ser por ti ni me entero que existe este libro. Gracias.

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