Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (31).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Un cuento triste, por Ernesto Ducas.

Ernesto apoyó su cabeza en la pared del ascensor. Miraba a Arturo de reojo. Pero sobre todo, se aprestaba a escuchar.

.

Un cuento triste, por Ernesto Ducas.

La noche llegó. Una noche oscura, agobiante, dolorosa. No había luna, ni nubes, ni frío, ni alma. Era una noche vacía. No había deseos de la gente, ni sueños. Las personas dormían en blanco, sin saltar por los tejados, ni ganar premios de la lotería, ni encontrar al amor, o tener la esperanza de disfrutar de él al día siguiente.

Los ángeles del cielo estaban ese día también de fiesta. Posiblemente fuera alguna serie de la televisión celestial que les retenía a todos frente a la pantalla.

Dios también debía estar viendo la televisión.

Dos estrellas fugaces subían al cielo. Cuatro. Seis. Era lo único que iluminaba esa noche. Todas las noches suben estrellas fugaces al cielo. Amigos, madres, padres, hijos, tíos sobrinos, amantes, compañeros, enemigos, personas en resumen. No hay días libres. Navidad, Reyes, el día del cumpleaños, el día de la Nación, o de la diversidad. Todos los días y sus estrellas fugaces. Estrellas que solo las ven los tíos, sobrinos, hijos, padres, abuelas, compañeros… personas en resumen. Cada estrella con su persona, en resumen. Todos los días, incluido el Jueves Santo.

Estas estrellas se llamaban Isabel, Irene, María, Joaquín, José Luis e Higinio.

Era una noche oscura. Cerré los ojos y pensé: “Cuando los abra todo será un sueño, una historia de las del escritor; una historia de esas que se pasean por su cabeza y que debe dar salida si no quiere acabar gritando en medio de la calle apretándose las sienes de su cabeza, rodando por el suelo lleno de dolor y ansiedad. “Las historias prisioneras, duelen, Arturo”, me dice a veces. “Las historias prisioneras”.

Fui yo el que se llenó de ansiedad al abrir los ojos. Los escuché. Los médicos y Germán, mi tío. Les escuché hablando de mi madre, de mi hermana. De mi hermano. Les escuché hablando como si estuvieran de tertulia en el bar. Sin entusiasmo, sin sentimientos, sin nada. Era mi madre, era mi hermana. Mi hermano estaba bien, pero… a nadie les importaban mi madre y mi hermana, a mí sí me importaban, y no entendía como a ellos no. Me volví loco, todo por dentro se puso a cien, me… aprisionaban las costillas, el pecho, la vida se me hizo insoportable, solo, tumbado mirando al techo. Viendo las estrellas fugaces, dos, mis dos estrellas fugaces. Se alejaban… ya casi no las veía…

– No verá a ese hombre, es una mala influencia. Un colegio interno, para los dos, es la mejor opción. Estarán bien allí. Me han hablado de varios.

– Su hermana indicó que quería que se quedaran con ese tal Ernesto Ducas. – dijo alguien al que no reconocí.

– Yo soy su tío. No hay ningún papel. Así que irán al colegio.

– Ella dijo que a usted no… lo dijo antes de morir.

– ¿Usted quiere problemas? ¿Sabe con quién está hablando? No sabe quién es ese Ernesto Ducas, es un impresentable, está loco. Y no tiene un euro para mantenerlos.

Era un farol. Ese “Sabe con quién está hablando”. Mi tío Germán no es nadie. Mi tío no es nadie sin mi madre, su hermana. Y él lo sabe. No es nadie sin Ernesto; y lo sabe.

Yo lo escuché. Escuché el odio de mi tío carnal. Escuché el desprecio con el que hablaba de nosotros, sus planes contados por teléfono a su amante desde hacía años. Un amante del que se avergonzaba tanto, que no lo había enseñado a nadie.

A mí tampoco me lo ha enseñado, pero lo conocí un día, de casualidad. Germán no lo sabe. No lo sabe nadie. Casi nadie, mejor dicho.

Yo estaba en la cafetería de debajo de la casa de Ernesto. En un rincón escondido. Estaba pensando con una naranjada especial de la casa. Me conocían y aunque no llevaba un pavo, me fiaban. Total, se lo cobrarían a mi tío Ernesto. Julio el dueño me trata con cariño, lo hace con todos nosotros. Irene era su chica preferida. A Tomás le decía siempre que se parecía a Hugo, un chico de su pueblo, soñador y con alma de artistas. “El año pasado montó él solo el festival de Reyes, con marionetas y eso. Puso a todo el pueblo a trabajar en la función. Y salió de vicio, como antes le salían a su tío-abuelo Ernesto. “¿Ernesto?”, pregunté la primera vez que me contó la historia. “¡Qué casualidad, como el escritor!”. Y Julio se quedó pensando… “Pues el escritor tiene mucho de ese Ernesto que yo te hablo… él era también un artista, y homosexual, pero eran otros tiempos. Ninguna de esas cosas era buena, ni ser artista en un pueblo y menos ser homosexual. Y las dos cosas juntas…”. Y se alejó meneando la cabeza hacia la barra.

Ese día vi por primera vez a Román, la otra pareja de mi tío. Primera y única. Entonces éste estaba todavía con Ernesto, por eso de que era escritor y molaba eso de estar con un artista famoso, o conocido. “Es la pareja del escritor”, solía decir la gente, y eso le hacía desplegar las plumas como un pavo real. Es una razón como otra cualquiera. Ernesto estaba con Germán, porque no sabe hacer otra cosa, no sabe quitarse de encima a quién lo merece. Necesita a alguien a su lado que le de seguridad, aunque en realidad no lo tenga, porque no está nunca, ni en cuerpo ni en espíritu. No le gusta discutir, ni esos encuentro dramáticos o trascendentes. Los esquiva como si estuviera en medio de una autopista y esquivara los coches que pasaban a su lado a toda velocidad.

Creo que debemos dejarlo”. La frase favorita de Ernesto. Le vi ensayarlo cientos de veces frente al espejo. Pero solo lo consiguió haciendo lo que mejor sabe: teatro. Contratando a un chapero como amante y organizando la forma en que el otro se enterara. Puro teatro. Con solo un espectador: Germán. Aunque al final nos colamos alguno más en la función.

Era una escena curiosa. Germán en una mesa. En la otra, una amiga de Ernesto, que ahora no me acuerdo como se llama. Un chico llega. Guapo, rutilante. Demasiado guapo, demasiado rutilante. Seguro de sí mismo, como lo están los que cobran por hacer compañía a otros y saben lo que valen, y sobre todo saben lo que los demás pagarían por simplemente una caidita de sus ojos.

Él hace la caidita de ojos, no dirigida a nadie, pero en realidad se la dedica a Germán, que lo mira encendido. Le gusta, se le nota.

Se sienta con la amiga de Ernesto. Pilar. La amiga de Ernesto se llama Pilar, me acabo de acordar.

En eso, llega Román.

Germán le indica con un gesto que no se siente con él. Un gesto imperceptible para casi todos. Román se sienta en una mesa al lado mío. Un wasap. Contesta. Otro. De mesa a mesa, menos de cinco metros de distancia.

– Hola.

Me acerco. Me lo quedo mirando. Román está muy incómodo con mi mirada. No sé si me conoce, o no, me da igual. Un impulso, una corazonada. Arriesgo. Me paso la lengua por los labios, provocándolo.

Guarda el móvil nervioso. Él también se pasa la lengua por sus labios, pero él lo hace buscando un poco de humedad, se le quedaron secos en cuanto me vio.

– No sé que quieres – tartamudea. – Te pareces a ese actor…

– Tú ¿quién crees que soy? – le digo todo lo provocador que me sale. Me gustaría ser Sharon Stone en aquella película de la que todos hablan pero que no me han dejado ver todavía. Aunque la he visto, como todos mis amigos. Corrijo, me siento Sharon Stone.

Traga saliva. Él también me siente Sharon Stone.

– Estás caliente – voz sensual, me asombro de escucharme. Vuelvo a sacar mi lengua para mojar mis labios. Lo hago despacio, muy despacio.

Me siento en una silla, a su lado, muy despacio sin dejar de mirarlo. Germán está de espaldas, no nos ve. La amiga de Ernesto, sí. Me mira con los ojos abiertos, muy abiertos, mientras sigue con el guión del escritor. Le hago un gesto indicando que no le de importancia. Luego le explicaré. No estoy seguro de que me haya entendido, porque sigue pendiente de mí, más que de su papel en el juego.

Me siento más cerca de Román. Le pongo la mano en su pierna. Apenas le rozo. Suda.

– Mejor será que hagas lo posible porque Germán deje hoy a Ernesto – improviso. Conozco mejor que nadie a mi tío, y sé que ni por esas va a dejar a Ernesto si ve alguna posibilidad de que su carrera artística remonte.

Se lo susurro al oído. Con mi mano en su pierna. La amiga de Ernesto casi pierde el hilo de su representación. Está indignada. Tiene fijos sus ojos en el rostro demudado de placer y deseo de Román. Otra mirada mía y vuelve a lo que le cuenta el chapero.

Todo acaba cuando la amiga saluda a Germán. Éste se hace el tonto. Yo me vuelvo a mi mesa oscura y escondida. Román está doblado hacia delante del dolor de su entrepierna. Pero apenas se mueve. Saca un paquete de pañuelos de papel. Saca un par de ellos, y se los pasa por la cara para secarse el sudor que la perla completamente. Algún trozo de papel se queda enganchado a su barba de un par de días. Respira hondo unas cuantas veces. Me busca, pero no me encuentra. Cuando recupera la compostura, se levanta y se sienta con Germán. Éste disimula, haciéndose el tonto. Ha leído en un blog que las ventas de Ernesto levantan el vuelo. No está dispuesto, a pesar de todo, a dejarlo. “Así estamos bien”. Discuten acaloradamente. Román chantajea: o él o yo. Román se impone: dejará a Ernesto esa misma tarde.

– ¡¡Ahora!!

Germán está enfadado. Pero accede. En realidad lo debe querer, porque lleva muchos años con él. Pero no es artista ni nada especial. Lo quiere, pero se avergüenza de él.

.

Ernesto se levanta sobresaltado. Suda. Tarda en situarse. No sabe en dónde está. Escucha en la habitación de al lado la respiración de Tomás. Busca a tientas su móvil, el flexo, la botella de agua que suele tener a su lado siempre… tira la lámpara, pero al final logra dar la luz. Marca el teléfono de Pilar.

– Joder, Ernesto. ¿Pasa algo? ¿Arturo?

Es entonces cuando se da cuenta de que son las cinco de la mañana.

– Perdona, perdona, un mal sueño… – pero no se detiene – no me has contado todo lo que pasó el día de Sergio (Álvaro) en la cafetería, el día…

– Pero…

Pilar se calló. Ernesto la oía respirar.

– No me atreví, y luego… el accidente…

Se lo contó a trompicones. No había demasiadas variaciones sobre el relato del periódico.

– Román estaba verdaderamente incómodo, tu sobrino, bueno, que no es tu sobrino, Arturo lo puso caliente. Lo que no sé es quién te lo ha contado, cuando lo he visto escrito…

– Lo ha escrito Arturo – lo dijo sin pensar, con toda la naturalidad del mundo.

– ¿Perdona?

Pilar se volvió a callar. Muchas de esas cosas seguía sin entenderlas. Aunque era amiga de Ernesto desde hacía muchos años, esos puntos de irrealidad que le daban… si fuera otro le hubiera tomado por un trastornado. Con Ernesto, era solo que no lograba entenderlo. De alguna forma sabía que era algo especial. Llevaba magia dentro de él.

– Déjalo. Deberías habérmelo contado. ¿Desde cuando conocías a Román?

Pensó en mentir. Ya daba igual. Los castillos se estaban derrumbando, era mejor que todo se cayera de golpe.

– Román siempre ha estado con Germán – hizo una pausa, pero estaba claro que quería continuar – y tú siempre lo has sabido. No te pega que ahora te hagas de nuevas y el ofendido con los demás por no contártelo.

Ernesto colgó.

Dejó el móvil en la mesilla y se levantó a mirar como estaba Tomás. Dormía, aunque parecía un poco inquieto. Se acercó despacio, y le dio un beso en la mejilla. En sueños, Tomás le contestó al beso, con otro, pero lanzado al aire. Ernesto, como si alguien le estuviera viendo, hizo que lo cogía al vuelo y lo puso en su mejilla.

Volvió a la cama de nuevo. Las sábanas estaban húmedas por el sudor, pero apenas se dio cuenta.

.

– No me lo contaste.

Arturo levantó la vista del suelo. Cuando Ernesto salió del ascensor en busca de su móvil, Arturo se perdió en sus pensamientos. Sabía que estaba haciendo sufrir a su tío, pero era el momento de la destrucción total y del renacer después. Era el último cuidado que pensaba hacer a Ernesto.

– Llevas meses amenazando, amagando, y ahora es cuando te has decidido. ¡Y en el periódico! Seré el hazmerreír de todo el mundo. ¿Has pensado como va a afectar a la relación de tu tío con el Román ese?

Había un poco de amargor en su voz. No estaba enfadado con Arturo, aunque quizás lo demostrara así durante un tiempo.

– Me importa una mierda lo que le pase a mi tío. Él no ha querido seguir las instrucciones de mi madre y apartarnos de ti. Eso me importa. Es u malnacido que nos odia y te odia porque se ha separado de ti cuando estás vendiendo más que nunca y no puede ir por ahí diciendo que es la pareja del puto escritor de mierda – Se calló de repente intentando recuperar el resuello; había hablado casi sin respirar y se le acababa el aire.

– Me lo podías haber contado. Confiaba en ti. – insistió Ernesto desolado, abriendo los brazos mientras lo miraba fijamente.

– Ernesto, no finjas. Tú sabes y yo sé. Tú me lees la mente cuando quieres y yo te la leo a ti. Ni escuchabas ni hubieras escuchado. Te has escondido y lo sabes. La realidad te gustaba poco, te creaste un mundo paralelo e intentaste por todos los medios no salir de él más que como última opción.

– En ese mundo nos comunicamos, no será tan malo.

– No es este mundo al que me refería, sino esa transfiguración de tu mundo cotidiano. No me refiero a tus mundos imaginarios, cantera de tus libros, de tus historias. A la magia que sale de tus poros. Sabes la diferencia. Sabes lo que voy a decirte, y lo que me vas a decir, que por cierto no te lo crees ni tú, pero que lo debes decir para matizar tu fracaso, para poder enfrentarte al dislate de tu vida fallida, con un amor inexistente, con el cual has estado casi cinco años, sin vivir ni una pizca de cariño, mucho menos de amor.

El silencio era opresivo. Ernesto apretaba los puños, y apretaba los párpados de sus ojos para evitar que las lágrimas de rabia fluyeran.

– Pero ese hombre, deberían encerrarlo. Es indignante.

– No hizo nada.

– Por eso se plegó a tu chantaje, no me jodas – Ernesto se pasaba la mano por su pelo grasiento por el sudor mientras se dejaba caer en el suelo, en el mismos sitio en dónde se había sentado tantas veces en los últimos meses.

– No hizo nada. Solo soñó durante un instante. Soñó que tenía delante de él a un actor conocido y joven: Álex Monner. Recuerda que me parezco aunque él es mayor que yo. Para él pensar en desearme, solo pensarlo, ya era malo. – hizo una pausa para mirar como reaccionaba Ernesto – Es un buen hombre.

Ernesto no contestó con palabras, pero puso su mejor gesto de desprecio

– Irene la ángela, – siguió Arturo – Es la culpable, fijo. Al menos ahora, gracias a esta historia tuya con mi tío, tenemos un padre. Lo dijiste tú hace unos días. Todo lo organizó ella, fijo.

Arturo volvió a ponerse detrás de Ernesto, como tantas veces había hecho en esas semanas en el ascensor, su lugar de encuentro entre los mundos. Y como tantas veces hacía en las largas tardes o noches en las que Ernesto escribía sin descanso.

¿Bajaría el ascensor al mundo de Ernesto, el cotidiano? ¿O subiría definitivamente Arturo hacia un mundo nuevo?

– ¿A qué piso por favor?

El ascensorista había aparecido de pronto. Inmaculado. Guapo a rabiar, como todos los personajes que creaba Ernesto.

– A éste si me lo puedo beneficiar – gruñó picarón Ernesto, olvidando por un momento su enfado.

– Es un cuento, no está bien visto los cuentos con sexo. Y yo soy un chico de casi quince.

– Ya los cumpliste. Y no me digas que es un cuento cuando tú has escrito que has medio seducido a un hombre de no se cuantos años.

– Otra vez repetimos conversación… es agotador. Y eso lo hice por ti – Arturo se quedó pensativo un segundo. – Y por Tomás.

– Vale, stop, dale al masaje… te recuerdo lo de la fiesta: está en tus manos. Joder, no me lo puedo creer. Un lolito.

– ¿A qué piso por favor?

La sonrisa del ascensorista brillaba. Como brillaban los botones de su librea.

– Se parece a Sergio (Álvaro), el chapero. ¡No estarás pillado por él!

Podía haber preguntado, pero en realidad era una afirmación que solo esperaba confirmación, aunque sabía que no llegaría nunca.

– Estás pillado, es el secretario ese que tuviste en pelota picada… y tú disimulando antes llamándolo no sé como: “Os puede dar clase” – empleó su mejor tono sarcástico.

– No diré nada, eres un niño. Bastante es que te pusieras en plan puta… no me lo puedo creer. Le chantajeaste. ¿Tan patético me ves que no creías que pudiera echar a Germán?

– Oye, oye, que lo hice por ti. Y a lo segundo, mejor me callo.

– ¿Por nosotros? Lolito te voy a llamar a partir de ahora. ¡Qué patético soy que no soy capaz de hacer las cosas… joder, como es debido. Qué… me pongo… joder, pienso en esa pantomima y me entran sudores… patético, patético, patético…

Ernesto giró la cabeza para mirar a su sobrino. Se mantuvieron conectados por sus ojos. Arturo bajó la cabeza y besó la frente de su tío.

– Al final vas a acabar tu historia como la del mundo de los pósters. Teniendo una familia. Y no eres patético. Te queremos mucho. Eres genial…

– Sí, genial, pero que no sabe… que no sabe ni ir a por el pan solo. – Se quedó mirando al techo, con la boca abierta y sus ojos llenos de tristeza y autocompasión – En fin, me callo.

– Te has ganado tú solo tu familia. Eso no lo hace cualquiera. Aunque tengas que escribir una historia en tercera persona para hacerte a la idea, la de los póster – volvió sobre el tema Arturo.

– Claro, como la de tu doble. Lleó. ¿No dices que te pareces a Álex Monner?

– Yo soy más atractivo.

– Eres un petardo – Ernesto lanzó un codazo que Arturo esquivó convenientemente.

– ¿A qué piso?

Bonita sonrisa de anuncio de pasta de dientes. Los botones, deslumbrantes.

– ¿Cuándo me vas a contar cosas de esas que habláis los chicos de sexo?

– Alucinas, creía que habías dejado el costo – se hizo el enfadado, aunque en realidad se había relajado al ver que su tío volvía a picarle.

– ¿El costo? – no caía a qué se refería – ¡Ah! – cayó.

– Ya estamos con tu cara de bobo.

– Podemos hacer una cosa – Se puso serio y en plan adulto – puedes acabar de leer el relato, y luego le dices al ascensorista – Ernesto suspiró – a que piso quieres que te lleve.

Le dio un salto el corazón. Nada más hacer su propuesta, pensó que a lo mejor, las cosas no salían como deseaba y perdía a Arturo.

– Quizás lo mejor hubiera sido estar así siempre – dijo intentando limitar los posibles riesgos, aunque sabía que eso no podía ser así.

– No está en mi mano, te digo, te repito. Qué más quisiera…

– Sobrino, tú lo sabes, yo lo sé. Aquella noche que escuchaste a tu tío en el set de urgencias, el día del accidente, no estabas tan mal. Todos los médicos me dijeron que fue una sorpresa para ellos que te perdieras en el mundo de la inconsciencia. ¡Qué hortera me ha quedado eso del “mundo de la inconsciencia”! El caso es que me entiendes. Te dio un ataque de pánico.

– Eso…

Pero miró a su tío a la cara, y supo que lo que pudiera decir, daba igual. Iba a sonar a una simple excusa. No iba a colar.

– Acaba de leer el relato, anda. Que tengo que volver con tu hermano – Ernesto empezaba a olerse lo peor.

.

Anuncios

Un pensamiento en “Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (31).

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s