Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (32).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Germán sale como una exhalación de la cafetería. Román le sigue al poco. Se vuelve, a buscar, pero… sigue sin encontrarme. Yo creo que empieza a dudar sobre lo que ha pasado y si en realidad he estado alguna vez a su lado. Pero solo la duda, le pone nervioso. Y es la excusa que necesitaba. Una excusa que solo él se la pedía a sí mismo. Una excusa para imponer su voluntad a Germán, por primera vez en sus casi 8 años de relación escondida.

Una mujer sí me ve. Se acerca decidida. Mediana edad, con el pelo azul con mechas naranjas. Y unas mallas de color verde. “y se creerá que va a la moda”, me dije.

– ¿Qué? – la digo un poco mosca, porque me mira y no me dice nada.

Pero recibo la misma respuesta: ninguna. Solo mira y sonríe. Acerca su mano hacia mi mejilla, y suavemente me la roza con su dedo índice. Tuve la tentación de apartar la cara, no me gusta que nadie que no conozca me toque… pero algo me lo impide. La dejo. Me siento bien, no sé por qué. Su roce parece relajarme por primera vez en varios días. Desde aquella pelea en el patio, en el que tuve que pararle los pies a un imbécil que me estaba robando a mí y a mi chica y que además insultó a Ernesto. También me insultó a mí, pero eso da igual, Ernesto es diferente. Y luego el profesor ese insultando otra vez a Ernesto e inventándose afrentas que a nadie conté. Y ese hombre que me seguía al salir de clase. Y Ernesto más perdido que de costumbre, sus libros sin éxito, y su prestigio por los suelos. Su incapacidad de romper con su pareja por medios normales. Su huida hacia los mundos imaginarios, incapaz de vivir en el mundo real. Mi madre que se iba, mi madre que quería casarse de nuevo, otra vez a quedarse con Germán, como antes de aparecer Ernesto, días tristes, llenos de nada. Y un mal presentimiento.

– Mi pobre – dijo al final la señora.

La noche es oscura. Dos estrellas fugaces cruzan el firmamento. No puedo vivir sin alegría, ni ilusión. No puedo vivir sin una fiesta de Navidad con canciones, y dulces, abrazos y besos, llena de risas, de cariño, de amigos, de mi chica, de mi familia… de mi madre, de Irene, mi Princesa. Todo se hizo oscuridad y nada me impelió a dar la luz. Bien al contrario, las perspectivas me indicaron que cerrar los ojos y viajar hacia el Universo, era lo mejor. Y convertirme en estrella y volar hacia el cielo como mi madre, y como mi Princesa. “Perdona Tomás”, repetía una y otra vez. Escuchaba al profesor “Cobarde, eres un marica reprimido abusado por ese hombre maldito que vive en pecado con tu tío. Llamaré a asuntos sociales, y se va a cagar, le meterán en la cárcel y morirá desangrado cuando la chusma le viole hasta que… ¡cobarde marica que vas pegando a los débiles!”. “Es un ladrón”. “Mentira”. “Es un mentiroso y va insultando”. “Mentira, tú eres el único que insulta a la inteligencia, te crees mejor que nadie, que porque tienes ese amago de escritor como lo que sea, te crees que eres mejor que los demás, y eres una mierda, como el escritor”.

Me transformé en un diablo. Me miraba con ese gesto, juzgándome y condenándome, despreciándome y despreciando a todo lo que quiero. Algo dijo de mi madre y de mis hermanos y de toda mi familia en general. La rabia, la furia volvía apoderarse de mí. Cerré los ojos y el rojo salpicó mi negrura. No sé como ocurrió, pero me abalancé sobre él. No sé como ocurrió, que apareció el director y me contuvo.

– Estabas allí – dije mirándola entendiendo al final lo que pasó.

Lo vi claro. Al rozarme la mejilla y recordar todo lo pasado, ahí estaba ella, en la puerta del despacho, parecía que estaba con el director cuando éste entró y detuvo al profesor. Y en ese momento supe que el hombre que me seguía, era ese mismo hombre que me insultaba y despreciaba todo lo que yo tenía.

La noche es oscura. Las estrellas se apagaron hacía rato, ni siquiera se ven ya esas estrellas volando hacia arriba, para perderse en el espacio sideral o dónde sea que vayan las personas buenas. Yo quise ser estrella, cerré los ojos decidido. Pero el jodido de Ernesto llegó hasta mí. Y no me dejó irme. Porque yo quería irme. Solo soy un estorbo. No valgo nada para nadie.

Hoy es Navidad. No es 25 de diciembre. Pero hoy voy a tener una fiesta de Navidad. Hoy no se notará si una estrella errante, otra, atraviesa los cielos camino de… de ninguna parte. Adiós, Ernesto, perdóname. No he sabido hacerlo mejor.

.

Silencio, silencio y más silencio.

Ernesto contenía a duras penas el llanto. Aunque al final, un estertor de dolor profundo, rompió la tranquilidad opresiva del ascensor. Miró implorante al ascensorista, con su librea impoluta, su gorro perfectamente colocado que no apartó ni un ápice la mirada de la pared que le tocaba enfrente. Aunque a Ernesto le pareció que tenía también los ojos húmedos.

Arturo miraba al suelo. Había apartado el iPad.

– No me puedes hacer esto.

– No puedo hacer otra cosa.

– Arturo. Te quiero. Eres… no podría quererte más si fueras hijo mío. – Se levantó de improviso y se acercó a él, cogiéndolo de un brazo – eres mi hijo, lo vas a ser legalmente, te…. te tengo aquí, ¡Joder! En mi puto corazón, en mi cabeza… joder… tu madre quería que te cuidara, y que me cuidaras, porque tú necesitas cuidar a alguien también, eres demasiado… eres tan genial, tan bueno, tan… entusiasta, ¿Por qué te crees que caí en … en ese pozo, en la desesperación? Porque estabas lejos, o no tan cerca, por lo de tu tío, no quería que te sintieras que tomaras… que tuvieras que tomar partido, ¡Joder!, Arturo, Tomás te quiere, sabes le he dejado sonriendo en su cama, durmiendo, está feliz porque te ha visto, porque te ha besado, ¡Joder! Y porque cree que te vas a despertar, porque él lo quiere así, y yo lo quiero así, y… y… y… cree que yo puedo conseguirlo, lo sé, se lo he visto esta noche cuando volvíamos a casa… se lo he visto en los ojos Arturo, te quiere… te adora… te necesito, ¡Joder! Te necesito te quiero…

– Te quiero…

– Te necesito…

Ernesto se apagaba. No notaba que … notaba que sus palabras no convencían a Arturo.

– Te…

Lo miró. Le obligó a levantar la cabeza. Buscó en sus ojos, pero… solo vio … una estrella fugaz…

Se levantó a trompicones. Las piernas no le respondían. El cuerpo no quería moverse, se rebelaba. Los calambres laceraban sus extremidades y su corazón.

– Si no hubiera sido por ti, me hubiera ido antes. Gracias, Ernesto. Has pasado casi cuatro meses sin apenas dormir, para no dejarme nunca solo. Eres…

– ¡A la mierda! No soy suficiente, parece – le atajó – no soy suficiente para que abras los ojos y quieras vivir a mi lado y de Tomás, y ver como me enfado y pongo a parir a Jénifer o la que venga después, porque me ponga celoso, como un padre carca. Y no querrás leer mis historias para corregirlas, para… meterte conmigo, reírte, picarme y no querrás escribir conmigo esa novela que queríamos hacer juntos…

– No querías escribirla – se quejó Arturo – me decías que no sabes escribir con otro.

– Era para que me lo pidieras, para que insistieras – Se encogió de hombros. – Solo te faltaban un par de intentos para que te dijera que sí. – se calló un instante – Ya da igual.

– ¿A qué piso van? – preguntó como un autómata el ascensorista.

– Se parece al chapero – señaló al ascensorista.

– Es el chapero. Era para que se le viera más en la historia. Para un tío bueno que me has dejado sacar… a parte de ti claro, “Soy más guapo que Álex Monner” – puso voz de broma – ¡Presumido!

– ¿A qué piso van?

– Yo me bajo en ésta. El Príncipe te dirá a dónde quiere ir. Menos mal que decías que esto era un cuento de Navidad y no podía acabar mal.

– No todos los cuentos de Navidad acaban bien.

– Eso lo decía yo y me ponías pucheros.

– Y dale con darme la vuelta.

– Encima que te doy la razón.

– No me la des nunca más, por los tiempos de los tiempos. Pero…

Miró su cara y se abstuvo de continuar. Sus hombros acabaron de hundirse.

– Además no es Navidad – continuó Arturo.

– Navidad es siempre que queramos.

Ernesto se giró para salir. Se paró un instante en la puerta y quiso darse la vuelta, pero… su cara era un poema de dolor y lágrimas, al que de ninguna forma podía poner coto. No quería que la última imagen de Arturo estuviera empañada por la desesperación.

– ¡Te quiero!

Fue un grito desgarrador. Retumbó por la escalera arriba y abajo. Reverberó una y otra vez. Dolió… una y otra vez… desgarró sus tímpanos…

Se volvió decidido a entrar y agarrar a la fuerza a Arturo, y no soltarlo, y obligarlo… pero las puertas se cerraron de golpe, y aunque las golpeó una y otra vez, con sus puños, gritó y suplicó… no se abrieron.

Fue cayendo, resbalando por ese muro infranqueable. Repetía una y otra vez, entre lágrimas… “te quiero… te necesito”, pataleaba, golpeaba con los puños…

– Te quiero…

– Te necesito…

– No me hagas esto ¡joder!, ¡Mierda puta! no te vayas…

– Te quiero.

..

.

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