Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (34).

Para ponerse al día con el relato.

—-

– Vamos, chicos, el desayuno está preparado.

Doris entró en la habitación como un torbellino. Levantó la persiana con toda la fuerza que tenía, que por el estruendo que hizo, era mucha.

– Chocolate. Y no… ¡huy que caras! – se paró en medio de la habitación a observarlos. – A mí me da igual esas caras. A la ducha y a desayunar los dos. Tomás, al baño del pasillo, y usted señorito, al suyo. Y el chocolate estará listo cuando salgan.

Ernesto y Tomás se fueron desperezando. Al final se habían quedado dormidos abrazados.

Tomás se levantó el primero y fue caminando descalzo, arrastrando los pies, hacia el baño del pasillo, sin abrir apenas los ojos y con los hombros hundidos,.

– Tienes una toalla limpia y te he dejado ropa para que te cambies. Habrá que comprarte algo de ropa o ir a tu casa a por la tuya, aquí no tienes mucho que te valga, has crecido… – se giró para mirar a Ernesto – Señorito, no debería dormir así con el chico, nunca perderá el miedo a la oscuridad, si me permite que se lo diga.

Ernesto abrió los ojos, y se encontró con el rostro de Doris todo preocupado, a menos de medio metro. Se asustó de verla tan cerca.

– Pues no soy tan fea – se quejó la mujer, que se dio cuenta del gesto de Ernesto.

– Doris, por favor, no esperaba… da igual. No estoy para festivales.

– Fue una fiesta estupenda. – Doris empezó a recoger la habitación: los pantalones y las camisetas de la silla, los calcetines del suelo, algunos papeles desperdigados que colocó cuidadosamente en el escritorio de los niños… mientras hablaba despreocupada – Me dijo la enfermera ésa que es de mi pueblo, la Rosalía, que no recuerda algo igual. Y que no ha visto a nadie cuidar de un familiar como usted lo hace con Arturo. Le admira mucho. Me ha dicho que hasta se ha comprado uno de sus libros, por lo bien que le ha caído. Y eso que ha leído solo tres libros enteros en su vida.

– Ya se lo firmaré… honrado… – afirmó Ernesto sin mucho entusiasmo.

– Si no quiere que se lo firme… si no se lo iba a decir al señorito, lo ha hecho por curiosidad de ser un hombre tan sensible y entregado.

– Pues no se lo firmo – le salió un tono seco y cortante del que se arrepintió al instante – Perdone no tengo buen día.

– No está para festivales, ya veo. Pues hace un día estupendo, mire que sol – siguió Doris imperturbable señalando la ventana a la vez que corría las cortinas para que entrara más sol.

– Doris, por mí como si diluvia. Hágame un favor, llame al hospital y pregunte como está el chico.

Aunque intentó aparentar despreocupación, le salió un tono triste y descorazonado. Doris se quedó preocupada mirándolo.

– Pues como va a estar, estupendo. Si se le veía mucho mejor, si todos lo decía, contento y …

– Hágame el favor de llamar. Está… – pensó durante unos segundos – el teléfono está en la bandeja de la mesita del salón.

– Pero…

– Por favor – Ernesto la miró suplicante aunque habló con voz rotunda – Usted haga eso y yo sigo sus instrucciones y me meto en la ducha, y hasta tomo chocolate, que malditas las ganas que tengo de tomar chocolate o cualquier cosa.

– He traído pan de esa panadería…

– ¡¡Doris!! me importa un bledo el pan de esa panadería estupenda. ¡Llame! por favor.

La mujer se giró indignada. “Pues si que tiene mal día el señorito”, iba murmurando camino del teléfono. Se puso las gafas de cerca y buscó la tarjeta en la bandeja.

Ernesto se fue a su habitación, y ya estaba con un pie en la ducha, cuando oyó a Doris hablar. No pudo contenerse y fue al salón, a escuchar. Se apostó en la puerta del pasillo.

– ¡Qué fiesta! ¿Verdad Carmen? Es que el señorito quiere a los niños… yo siempre lo he dicho. Sentí mucho tener que dejar la casa, aunque ahora que he vuelto, es que son adorables los chicos, y el señorito, es estupendo.

– ¿Y la Rosalía no está? Es que me comentó ayer una receta de pollo a la cerveza, que a mí no me sale nada bien y a mi marido le gusta un horror… es que su madre se lo preparaba muy bien ¿sabes? Y ya una está hasta el moño del pollo a la cerveza y a mí me sale fatal, así que la Rosalía me iba a dar…

– ¿O sea que está de tarde? Vaya por Dios, pues a ver si me acuerdo esta tarde…

– Lo quiere mucho. No como el otro, pero entre tú y yo: serían unos desgraciados con ése. El señorito Ernesto no sé como lo aguantó… aunque los niños en realidad…

– ¿No me digas? ¿Qué dijo eso? ¿El tío de los chicos? ¿Qué los iba a enviar a una escuela militar a Calatayud? Es que de ese tipo no se podía esperar otra cosa, aunque de todas formas me sigue pareciendo, como diría mi chica, muy fuerte.

– ¿Para apartarlos del señorito? Eso no … pero si los quiere… lo que quiere ése es buscar una disculpa para quitárselos de encima, si me permite decirlo. Esto entre tú y yo, que estoy hablando mucho… y lo que tiene es mucho rencor ese hombre, porque nunca apreció al señorito.

– ¿Suena una alarma? ¿En una habitación?

– Vale, no te preocupes, vete a hacer tu trabajo. Abur.

Ernesto no quiso escuchar más. Volvió a su habitación. Se cruzó con Tomás que volvía a la suya a medio vestir… el niño quiso decirle algo, pero al ver su cara compungida, roja de desesperación, no se atrevió. Siguió hasta su cuarto y se sentó cabizbajo en la cama para ponerse los calcetines y las deportivas.

– ¿Vamos a ir al hospital? – gritó a su tío.

– Pues claro que sí – contestó Doris como si le hubieran preguntado a ella – En cuanto desayunen.

Se oyó a Ernesto cerrar completamente la puerta del baño. Nunca la cerraba del todo, dejaba una rendija: le agobiaba estar encerrado. Pero no quería que le viera nadie tan desesperado y derrotado. “Esa alarma… es de Arturo”. Lo repetía una y otra vez. A cada repetición, seguía un segundo de “va, que no va a ser”. Vuelta a empezar…

Doris volvió a la cocina a preparar el chocolate. Sacó la mantequilla…

– Sito ¿quieres pan tostado? El pan que he subido está de vicio. Es del que os gusta.

Tomás tocó la puerta del baño de Ernesto. Primero muy suavemente. Luego más fuerte.

– Tío.

Ernesto abrió la puerta. Tenía una toalla alrededor de la cintura y goteaba agua: no le había dado tiempo a secarse del todo. Había borrado su cara de desesperación debajo de la ducha. Olía al gel de sales marinas, que tanto le gustaba a Arturo. “Te pega, tío”, le solía decir. “Es como tú, alegre, vivaracho”. Y se reían.

Tomás sintió el olor del gel, pero no quiso decir nada. También recordaba, pero no quería hacerlo ahí. Ya tendría tiempo de recordar todos.

– Tío.

El tono de voz presagiaba algo serio y trascendente. Ernesto se arrodilló para ponerse a su altura y mirarle a los ojos así, al mismo nivel.

Ernesto sonrió conmovido. Aguantó estoico para no echarse a llorar. Le pasó la mano por la mejilla y lo atrajo hacia sí, para abrazarlo.

– Te leeré los libros, y aprenderé a corregir y a decirte si son buenos o malos. Y te daré masajes en las cervicales…

– ¡Hey! Tomás… sé que lo vas a hacer. Pero yo también te voy a cuidar un poco ¿vale?

– Nos cuidaremos juntos.

– Eso, el uno al otro.

– Y viceversa.

– ¡Señorito! Se va a quedar frío. Sito, vente a la cocina y deja a tu tío que se vista. Está usted hoy muy sensiblero, señorito. Habrá escrito uno de sus cuentos, y…

– Ya te he dicho que tengo el día tonto, Doris. – volvió su atención de nuevo al niño – Vete a la cocina y vigila cómo hace el chocolate Doris, que lo haga como nos gusta – miró de reojo a la señora y le guiñó un ojo – y que no tueste el pan, que nos gusta con mantequilla y sin tostar, sobre todo si es de nuestra panadería predilecta.

– Y que no lo espese mucho.

– Ni que lo deje muy líquido.

– Tres hervores.

– Bueno, aquí los dos señoritos… qué especialitos, toma y daca aquí entre el sobrino y el tío, con lo bien que le sale a una el chocolate y hecho como antes, nada de esos chocolates express – la mujer se fue rezongando hacia la cocina.

Doris se giró haciéndose la enfadada. Tomás la seguía a poca distancia. Ernesto se levantó del suelo y empezó a vestirse.

– ¡Hala! Vigila, vigila – Doris se hacía la ofendida con Tomás.

Ernesto sonrió al escucharla. Intentó no pensar en nada. Dirigió su imaginación hacia Mundo Maravilloso, y las historias que podían surgir de ahí. Personajes que salían, o que entraban. Su próximo personaje, un niño de 40 años, un Peter Pan con pelos en las piernas, muchos pelos. Quizás un grupo de actores famosos a los que les quitaron sus papeles y se perdieron en una especie de limbo. Un chico que se llame Hugo, que tiene mucha magia pero que un día la pierde por comportarse indebidamente con la gente.

– Esmiralion.

.

Lo recibió el canto de los pájaros. Un sol espléndido de color esmeralda, y con un enorme arco iris de mil colores surcando el cielo de lado a lado.

Casas de nubes de algodón a un lado, y al otro lado de la calle, casas de chocolate de distintos colores y sabores. Se acercó a la que tenía más cerca, y cogió un trozo de ventana.

– Hummmmmm, chocolate negro con sabor a naranja, es estupendo.

– ¡Ej oiga! No mej quite la ventajna. ¡Oh! Escrijtor, No lej haber reconojido. Comaj, comaj todo el chocolajte que quieja.

Ernesto amagó una sonrisa al tiempo que saludaba con la mano, en la que por cierto, seguía llevando un gran trozo de chocolate.

Unos niños de apenas ocho o nueve años, venía calle abajo, jugando a polis y ladrones.

– ¿Jugáis?

Una chiquita descarada, con una sonrisa pícara y llena de faltas a causa de un par de dientes por nacer, los miraba fijamente. Porque Ernesto miró a su lado y vio a Tomás que estaba junto a él.

– No te has puesto al final las zapatillas.

Se encogió de hombros enfurruñado.

– Así no puedes ir por la calle.

Volvió a encogerse de hombros.

– ¿Quién lo ha dicho? Tú también vas descalzo.

– Es distinto.

– No.

– Te pareces a tu hermano. Ponte tus Coverse, anda. Si además te molan mucho.

Ernesto se arrodilló y cogió una de las deportivas, que estaban a su lado.

– Eres un niño tonto – le decía una mujer gruñona con la cara de Doris, que lo miraba por encima del hombro – Te pondrás enfermo y acabarás como tu hermano.

– ¿Y cómo va a acabar mi hermano? ¿Eh? ¿Eh? ¿Cómo va a acabar? ¡Dímelo si tienes…!

Ernesto le agarró fuerte el pie para llamar su atención. Tomás paró su exabrupto. Ernesto le calzó la zapatilla y le ató los cordones.

– ¿Vamos a cuidarnos?

Roberto y Kevin salían tristes de una casa de chocolate blanco, con los balcones de chocolate de fresa. Roberto llevaba la bola de cristal de vigilante de Mundo Maravilloso.

Blanca venía por el camino, y Rosa, y Teresa, y Darío. Juan y Fermín, Hugo y Sergio. Manu y Asier llegaban por el lado contrario. Manu tenía un cierto parecido a Cara Cortada, y Asier a su lugarteniente. Pero ahora no daban miedo, sino que lloraban desconsolados. Teresa se abrazó a Manu hundiendo el rostro en su pecho.

– Estáis saliendo de casa – les apuntó Roberto – Deberíais…

– Ya lo sé, ya lo sé. Pero…

Iba a decir que era “tan duro, tan insoportable”… pero las palabras no le salieron. Miró a su alrededor, y vio a todos los niños y no tan niños que lo rodeaban. Había venido incluso Jacinto, un chico de unos treinta y tantos que se había enfadado con Ernesto hacía un par de eternidades según la medida del tiempo de Mundo Maravilloso. Hizo una mueca con la cara para saludarlo en la distancia.

– A lo mejor… – Kevin intentó un amago de ánimo, pero se arrepintió. Quería decirle que a lo mejor Arturo cambiaba de parecer, o que Irene…

– ¡¡Irene!! – llamó mentalmente.

Pero no contestó, como tampoco lo había hecho todas las veces que la había invocado en los últimos días, cuando algo en el ambiente de Mundo maravilloso indicaba que, tras la marcha de María y Teodoro, el Príncipe Arturo iba a ser el siguiente.

– ¿Por qué es el Príncipe de Mundo Maravilloso?

Tomás lo preguntó a nadie en especial. Con los ojos muy abiertos y muy rojos por el llanto caído y por el contenido.

– Era… majestuoso. Bueno, principesco. Ayudaba, aconsejaba, acompañaba. Era grande para lo pequeño que era – apuntó Teresa – Y tenía tanto amor por todos… nos rendimos a sus encantos y lo entronizamos. Y era apuesto como un Príncipe de cuento – puso los ojos en blanco y los dirigió al cielo. – Una lástima que en el mundo real vivamos tan lejos. Si no…

– Y luego el escritor lo plasmó en un papel, y quedó rubricado – cortó Raúl que veía que su amor platónico empezaba a desvariar.

– Ten cuidado que se va a enfadar como le llames pequeño – Ernesto hizo un amago de broma para intentar romper el ambiente de tristeza.

– Debéis partir – dijo Roberto levantando la vista de la bola de cristal.

.

Entraron en el hospital. Caminaron por los largos pasillos como autómatas. El teléfono de Ernesto había sonado un par de veces pero no quiso ni siquiera mirar quién era. Llegaron algunos mensajes, pero tampoco quiso leerlos.

Andaban despacio. Ernesto un paso por delante. Tomás mirando de reojo a su tío, un paso detrás. En un momento Ernesto extendió la mano ofreciéndosela a Tomás, sin mirar atrás, sin mirarlo, sin dejar de caminar. Tomás aceptó el ofrecimiento y le dio la suya, sin mirarlo, sin decirle nada, sin levantar la vista del suelo. Así, cogidos de la mano, entraron en el ascensor. Así, salieron de él en la tercera planta.

Giraron a la izquierda. Dejaron a la derecha la sala de descanso, y giraron a la izquierda de nuevo. En medio del nuevo pasillo, estaba la habitación de Arturo. Se pararon los dos a la vez, sin que ninguno lo indicara al otro. Se quedaron mirando como entraban y salían enfermeras y médicos de su habitación. Ahora sí, Ernesto se giró para mirar a Tomás y éste levantó la cabeza para mirar a Ernesto. Su ánimo acabó por caer, y ni el uno ni el otro eran capaces de dar un paso más.

– ¿Vamos a ver a Sergio? – propuso Ernesto. – Se lo prometimos – se excusó ante sí mismo.

Tomás asintió con la cabeza. Giraron en redondo y volvieron por el mismo camino. Bajaron un piso por las escaleras. Anduvieron por los pasillos, como perdidos, pero en realidad el miedo les hacia dar vueltas. ¿Y si Sergio sabía algo?

Al final se toparon con la habitación, y tras vacilar un par de segundos, entraron. La abuela estaba sentada en la silla, a su lado. Dormitaba. Cuando los vio, sonrió con tristeza.

– Vaya a tomar un café – le ofreció Ernesto, tocándola suavemente sus manos.

Sergio dormía. Parecía tranquilo. La abuela se dio la vuelta cuando ya salía.

– Le hizo mucho bien ayer. Le estoy muy agradecida… hoy ha descansado por primera vez en semanas y hasta me ha sonreído. ¡Y me ha dado un beso!

Ernesto la miraba, pero no decía nada. Tomás se sentó en el borde de la cama. Sergio se removió en sueños al sentirlo, dejándole un poco más de espacio. La abuela salió de la habitación camino de la máquina de café.

La puerta se fue cerrando poco a poco. El escritor miraba fijamente. Medía cada centímetro de abertura que se iba perdiendo.

Y ahora entran Darío y Kevin”

.

– ¡Hola! ¿Qué tal?

– Bien gracias.

– Mira ha venido con nosotros Álex Monner.

– Me han dicho que tu sobrino se parece a mí y que dice que es más atractivo. Dile que tiene razón.

– ¡Oh! ¡qué bien! Se lo diré, gracias.

– Y mira que le traigo una camiseta firmada: ¡Para mi doble guapo!.

– Le va a salir la chulería por las orejas, vas a ver, que fuerteeeeeeeeeeeeeeeee…

– Álex palmeó las manos de Ernesto y Kevin y Darío se acercaron a dar un saludo a Sergio.

– Hombre mira a ver si me das un poco de ganas de vivir, como en la serie esa de las pulseras… soy Sergio – y le tendió la mano.

– El gruñón – apuntó Kevin.

.

– Ernesto.

– ¡Ernesto!

– ¡Ernesto!

Ernesto abrió los ojos sobresaltado. María le cogía del hombro se lo movía para llamar su atención. Kevin, Darío, Sergio y Tomás lo miraban preocupados.

– Tenías los ojos abiertos pero no… ¿No me veías?

– Estaba… – Tomás fue a explicar lo de Mundo Maravilloso pero se contuvo.

Ernesto los miraba a todos como si no supiera dónde estaba. Buscaba a Álex Monner y buscaba a Pablo Rivero que iba a entrar en la escena, y a María Callas que venía por el pasillo cantando un aria y a cien figurantes más que venían de camino acudiendo a la llamada de su ficción.

Su corazón empezó a latir más deprisa. Intentó hablar pero tenía la boca pastosa, apenas podía mover la lengua… se le pegaba al paladar. Miró a María buscando respuestas, pero no vio más que cansancio en su rostro.

– Federico está abajo – dijo lacónica. – Hay algún… alguna novedad con Arturo.

Ernesto se levantó de un salto.

– Esperad aquí.

Y salió decidido.

Esta vez no perdió ni un instante. Esta vez los pasillos eran cortos y el camino estaba marcado en el suelo con flechas fluorescentes. “Cuanto antes mejor”. En esta ocasión, al girar el recodo que daba al pasillo en dónde estaba la habitación de Arturo, le entraron ganas de ir más deprisa todavía. No había podido despedirse de Irene ni de su madre, porque Germán se lo impidió. Esta vez no iba a ser así.

Entró en la habitación directamente sin mirar a nadie. Allí estaba Germán y Federico. Parecían discutir…

– Hombre, el…

– Germán, no haces nada aquí, vete.

– No te enfades, Ernesto. Debo pedirte perdón. No he estado muy acertado estos días… comprende, la tensión…

Ernesto lo miró directamente a los ojos. Su rostro era inexpresivo y esa misma inexpresividad, en una persona que era siempre exhuberante en el gesto, que continuamente estaba haciendo muecas y que evitaba mirar a los ojos directamente que eran un espejo de sus pensamientos, de su estado de ánimo, asustó a Germán, que nunca lo había visto así.

– Pareces distinto.

– ¿Te importaría irte?

– No te pongas así, yo querría que me perdonaras y retomar nuestra relación… al menos como amigos.

– Nunca hemos tenido una relación – Ernesto hizo una pausa sin dejar de observarlo – ¿Alucinas? ¿Retomar nuestra relación? ¿Y Román? ¿Amigos? Tú no tienes amigos.

– Hombre – Germán buscaba las palabras – creo que… y además eres el tutor de mis sobrinos y creo que deberíamos por el bien de los niños…

– Los niños decidirán si tienen contacto contigo. Eso no tiene nada que ver contigo y conmigo. ¿Me haces el favor de salir de esta habitación? Tercera vez.

– Hombre, Ernesto, te estaba buscando – Rosa entró en la habitación. Pero al ver las caras y la tensión que había, reculó y salió de nuevo.

– Me voy, pero esto no va a quedar así. Creo que… – su tono se endureció; le había sacado de quicio.

Germán se calló al darse cuenta de que nadie le escuchaba. Se encaminó hacia la puerta con el gesto duro, mientras Ernesto se acercaba a Arturo.

– Parece que estuviera dormido – dulcificó su mirada.

Federico se acercó a él y le rodeó los hombros con su brazo.

– Es que por primera vez desde aquella noche, está dormido, descansando.

Ernesto se acercó para acariciarle la cara. Se sentó en la cama y le cogió la mano. La levantó entre las suyas y cerrando los ojos, la besó.

– Besas la mano de un Príncipe.

Ernesto la soltó a la vez que saltaba hacia atrás y se pegaba a la pared, lo más lejos que pudo. Miraba alternativamente a Arturo que entreabría los ojos y a Federico que sonreía satisfecho. Sus ojos empezaron a empañarse y su corazón desbocado amenazaba con irse corriendo al departamento de cardiología.

– Ya te has puesto dramático – Arturo arrastraba las palabras – eres un caso – le sonrió. – Y no me des besos que ya soy muy mayor para eso y hay gente delante, me da palo. Y te veo venir.

– Capullo, te vas a joder que te voy a dar los que me de la gana.

– Eso lo negociaremos.

– ¡¡¡Arturo!!!

Tomás abrió la puerta de golpe que se estrelló contra la pared haciendo un ruido ensordecedor. Pero nadie hizo caso de ello, sino del salto que pegó para subir a la cama y tumbarse al lado de su hermano.

– Me haces daño, canijo.

Tomás se asustó y se bajó de la cama. Quiso decirle que lo sentía, pero se puso nervioso y se aturullaba y no conseguía que ninguna palabra saliera por su boca. Ernesto lo miró fijamente y le guiñó un ojo. El niño respiro hondo y se desaturulló.

– Me has dado un susto de muerte. No quería hacerte daño.

Lo dijo en un susurro, y sin casi respirar, pero lo dijo. Y lo hizo sin apartar la mirada de su hermano, los ojos bien abiertos, como platos, como para comprobar que no era una visión que se iba a desvanecer en cualquier instante.

– Debemos dejarlo descansar – dijo el médico – Mañana hay que hacer un montón de pruebas, a ver como está todo.

Ernesto aupó a Tomás y lo acercó para que besara a Arturo. Sonreía. No lograba tener una visión muy nítida, porque sus ojos estaban húmedos y enrojecidos. Cuando dejó al niño en el suelo, se quedó parado, sin moverse, mirándolo. Una nube apareció en su mente: ¿Y si mañana recaía? En algún sitio había leído que a veces despertaban para luego irse.

– ¡Ay!

Ernesto se giró para ver quién le había dado una colleja. Pero no vio a nadie. Solo vio unas chispitas de luz que iban subiendo hacia el techo y apagándose mecidas por el aire acondicionado.

– Vamos, no seáis remolones. Arturo debe descansar.

– ¡Pero si no ha hecho otra cosa en meses! – se quejó Tomás.

Fuera en el pasillo estaban todos. Kevin y Darío, Sergio, Rosa, Doris que acababa de llegar. Se abrazaron por turnos con Ernesto y con Tomás.

– Debo darte una noticia. Como no coges el teléfono, he tenido que venir. ¡Ah! Germán se ha ido un poco enfadado. No sé que ha dicho de abogados y de que te ibas a arrepentir y un monto de cosas más.

– ¿Tu amigo Germán?

– Eso es una maldad. Has dicho una cosa cierta antes: Germán no tiene amigos.

– Tú nos presentaste. Eras su íntima amiga. Su mariliendres.

– Conocida y vas que chutas. Lo de amigo está muy tirado ya, a cualquier cosa se le llama amigo. Míralo de esta forma: por eso tienes ahora dos tutelados camino de ser hijos que te adoran. Eso es bueno para tu ego romántico. No, no me des las gracias.

– No pensaba.

– Te han dado un premio.

– Estás de coña. Si no me ha presentado a ningún premio.

– Parece que sí. “Premio Ambrosía de novela”. 150.000 Euros. ¡Hasta el último momento mantienes el engaño! Eres un caso.

– ¡Ah!

– ¿No sabes nada?

– Pues… – Ernesto pensaba a toda prisa. Había escrito mucho desde que Arturo entró en coma. Pero no recordaba haber enviado nada a ningún sitio.

– Da igual. No me lo vas a decir. Soy el caso de una agente que es la ultima en enterarse de lo que hace su autor preferido. Otros editores o agentes se encargan de enviar las novelas de sus representados a los premios y cosas de esas. Pero yo contigo tengo la batalla perdida. Pero bueno, ya me voy acostumbrando. Pasó con ese último relato del periódico. Por cierto, tengo a mi secretario loco contestando cartas y correos en tu nombre.

– ¡Ah!

– Ya hablaremos. Premio “Ambrosía de novela” – repitió.

– Felicidades escritor.

No recordaría luego lo que pasó e hizo a continuación. Eran demasiadas cosas, demasiadas noticias, demasiadas emociones para asimilarlas de golpe. Estuvieron un rato hablando, las enfermeras se acercaban a saludarlo y a felicitarlo. Abrían un poco la puerta para ver a Arturo y comprobar que era cierto lo que se decía en el hospital. Los médicos venían y conversaban con Federico cambiando impresiones sobre el caso.

Los chicos hablaban contentos y excitados por la noticia.

Sergio se fue apagando. Llegó un momento en que se sentó en una de las sillas y se quedo mirando la pared, triste. Esa buena noticia para sus nuevos amigos, quizás significara que los perdiera. El hospital era lo que les había unido. Ya no tendría que venir, por lo que ya no tendría contacto con ellos.

Su abuela lo miraba desde la otra esquina del pasillo. Lo veía apartarse poco a poco de los demás. Veía como se iba apagando. Y ella se apagaba también un poco. Se le habían acabado los recursos para intentar levantar el ánimo de su nieto.

Iba a acercarse a él e intentar que le dejara cogerlo de la mano, o darle un beso. Pero Ernesto se adelantó. Se sentó a su lado mirando el mismo punto de la pared que miraba el chico.

– Yo creo que es una mosca que la señora de la limpieza ha machacado con la escoba.

Sergio levantó las cejas pero sin apartar la mirada de la pared.

– Yo creo que es la marca que ha dejado la Ángela Irene cuando se ha ido después de darte una colleja.

Ernesto se incorporó un poco para mirarlo desde delante:

– ¿Cómo lo sabes?

Sergio sonrió enigmático:

– Me lo acaba de decir. Estaba sentada al otro lado.

Ernesto se levantó de un salto, pero solo alcanzó a ver las últimas chispitas.

– ¿Y qué más te ha dicho? La jodida no quiere hablar conmigo.

– Que no me vais a abandonar.

– ¿Por qué te íbamos a abandonar? ¿Quién ha dicho…? ¿Estás tonto o qué? ¿No lees mis historias? Creía que eras un lector más atento.

– Es largo de explicar – le atajó el joven – Y sí, leo tus novelas, una y otra vez.

Se miraron en silencio.

– ¿Algo más?

– Dice que te espera en dónde siempre a la misma hora de siempre. Y que no te retrases, que no llega a ver el capítulo de su serie preferida. Ha dicho algo así como “¿El cielo es lo mejor, tarira, tarira?”. ¡Qué nombre más cutre para una serie!

– Esa es sus serie favorita, sí, “canal 1” del cielo. Será cabrona. No sé por qué no me lo ha dicho ella misma.

– Dijo que preguntarías eso. Que te dijera que no coges el teléfono.

– Será cabrona…

Sergio sonrió y empezó a levantarse. No tenía todavía muchas fuerzas y le costaba. Ernesto le agarró de un brazo y tiró de él. Le puso la mano con la palma hacia arriba. Sergio se la golpeó con la suya. Ernesto se la retuvo.

– Dale un beso a tu abuela, lo necesita – y le soltó la mano.

Sergio asintió despacio, a la vez que ponía la palma de su mano hacia arriba para que Ernesto le chocara. Éste miró a la abuela del chico y le guiñó un ojo. La abuela respiró tranquila y le agradeció con la mirada.

Los chicos se acercaron para acompañar a Sergio y a su abuela a la habitación. Tomás se fue con Doris a casa. Isabel partió a preparar un plan de entrevistas con los del premio que acababa de ganar Ernesto.

María vino a buscar a su marido. Se fueron los dos cogidos del brazo y apoyando cada uno su cansancio en el otro; así era más llevadero.

Ernesto entró en la habitación cuando vio desaparecer por el pasillo a todos. Acercó la butaca a la cama de su sobrino, como hacía cada noche. Empezó a juguetear con la mano que tenía más cerca. De vez en cuando, en sueños, Arturo le apretaba.

.

– Al final has conseguido lo que querías.

– Me has hecho sufrir sobrino.

– Eso por no contarme lo del secretario desnudo paseándose por tu casa copiando tus historias.

– Eso fue… Además ¿cómo lo sabes?

– Me lo ha contado Sergio, el chapero. Por cierto, cámbialo de nombre. Para no repetir.

– A lo mejor cambio de nombre al chico. Na, venga, al chapero lo llamaré Álvaro. Pero te va a tocar a ti corregirlo.

– Como quieras. Al final vas a ser como Oier, el del cuento de los pósters. Con familia postiza creciente. Por eso lo escribiste ¿no? Para autoconvencerte.

Ernesto sonrió.

– Tomás y tú sois mi familia. No necesito más.

– ¡Bah! No te lo crees ni tú. Sergio, Kevin, Darío… el pobre que se siente culpable. No quería que su padre se casara con mamá. Y discutió con él pero a lo grande antes de que se montaran en el coche.

– Creo que ya lo ha superado.

– Me tiene miedo.

– Na, eres un cuentista.

– Eso eres tú.

Ernesto se levantó del suelo del ascensor. Empezó a andar un poco por él.

– Por cierto – dijo parándose de improviso – ya me dirás como has hecho lo del cuento al periódico y lo de la novela al premio ese Ambrosía.

– Querido tío, eso… es un secreto. Felicidades, por cierto.

– Gracias, hombre. Perdona que no esté eufórico, pero es que no acabo de creerme el tema. Por lo menos dime si la has escrito tú o yo. Y deberías contarme si me esperan más sorpresas y si he escrito algo que deba saber.

– Todo lo has escrito tú. Tú eres el creador de todo. De mí, de Isabel, de Kevin, de Sergio o como se llame al final, del chapero, de Germán, de Mundo Maravilloso. Todos hemos salido de tu cabeza, nosotros y las historias.

– Me la estás metiendo doblada.

– Tío… tú eres el escritor.

– ¿A qué piso?

El ascensorista había aparecido de nuevo. Arturo se levantó también y pasó su brazo por la espalda de su tío. Se miraron y sonrieron.

– Al de Mundo maravilloso.

Una campanilla sonó y se cerraron las puertas. El ascensorista pulsó un botón y se quedó mirando hacia delate, en posición de firmes. El ascensor empezó a subir hasta que al cabo de unos segundos, se paró.

Las puertas se abrieron.

Tío y sobrino salieron agarrados por la espalda. Miraron al cielo que ese día estaba de color azul verdoso. Unas gotas de confeti caían como si fueran copos de nieve. Los pájaros cantaban una bella melodía y las ardillas saltaban de rama en rama de los árboles. Del cielo colgaban grandes guirnaldas y los conejos corrían de lado a lado estirando interminable serpentinas que iban cambiando de color cada poco tiempo.

– Por cierto, tío. No te voy a perdonar que para la escena de mi despertar, no incluyeras a Jénifer.

– ¿Esa? Va, no la necesitamos.

– ¡Yo sí!

– Ya empezamos.

– Tienes una cita.

Roberto, el vigilante, le avisaba por la megafonía especial de Mundo Maravilloso.

– ¡Me había olvidado! – miró su reloj – Debo irme – y echó a correr.

– Estaré con Jénifer – gritó Arturo saludando a su tío con la mano.

Ernesto se giró e hizo amago de volverse.

– Me las vas a pagar. ¡Traidor!

Arturo apretó los labios y girándose en sentido contrario, levantó los hombros en señal de “se siente”.

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