Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (36).

Para ponerse al día con el relato.

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– Podías haberme respondido – dijo mirando al cielo, interpelando inútilmente a Irene.

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La puerta del ascensor se abrió. Arturo estaba sentado en una de las esquinas y estaba escribiendo en el ipad.

– En eso estaba pensando precisamente. Por cierto, el ascensorista éste que has creado es muy soso, no habla nada.

– Hola, antes me llamaba Sergio, pero ahora me llamo Álvaro – el ascensorista tendió la mano a Arturo para presentarse – salgo ahora de turno. A lo mejor podíamos ir todos a tomar algo – miró a Ernesto buscando su asentimiento.

– ¿Ves? Ya está arreglado – dijo Ernesto a Arturo.

– ¡Quieres ligártelo!

– No estás contento con nada. Le he hecho más hablador, simpático, como me has pedido; te quiere invitar a una coca-cola cuando salga de trabajar, es sociable y educado, sonríe como los ángeles, y no estás contento. Nada te contenta.

– Te quiere follar a ti, que es distinto.

– Oye, oye, que hemos quedado que no hablamos de sexo, que no quieres contarme lo que hablan tus amigos de las tetudas de sus amigas, o de como…

– Por favor, Tío, que hortera, tío, que la peña no habla así…

– Pues eso es lo que quiero, que me muestres como habla “la peña”.

– Que me da palo. Esto ya es acoso… veinte veces en las últimas semanas me has intentado liar con el tema.

– Pues dime que sí, cuenta por esa boquita y no te aburro. Simplemente tú hablas y yo escucho. Tomo notas y hacemos una obra de teatro cojonuda.

– Cuéntame lo del Sergio éste. Por cierto, mira que poner el mismo nombre a mi compi de hospital.

– Que se llama así, que le voy a hacer. El del hospital, digo. Y Sergio te recuerdo que ya no se llama Sergio, te lo acaba de decir él mismo, no te enteras de nada.

– ¿No le has cambiado de nombre? Qué fuerte, él va a salir con su nombre.

– Claro, quiero que se reconozca. Es mi lector… es mi fan, debo cuidarlo.

– Ains.

– Para uno que tengo. A ti tampoco te he cambiado el nombre.

– Faltaría.

– Y te he hecho co-autor de mis últimos libros.

– Y a Tomás.

– ¡Vaya! Eso ha sonado a que te sientes menos porque he incluido a tu hermano.

– ¡Noooo! No digas eso ni en broma. Pero lo dices como si fuera algo único.

– Y lo es. Vosotros dos como co-autores de mis novelas. No creo que lo haya visto en nadie. Perdón, en Arturo Pérez Reverte y su hija en la primera novela de Alatriste.

– ¡Bah! Seguro que hay muchos más.

– Vale, la perra gorda para ti. El caso es quitarme mérito.

– Te enrollas como las persianas.

– Quiero que me cuentes lo de tus amigos y el sexo. ¿ya lo hacen? ¿Y tú? ¿Pintáis cosas en las puertas de los baños, pollas enormes con el nombre o corazones con “Ana ama a Paco”. O Carmina ama a Felipe”.

– (Sergio) Álvaro ama a Ernesto.

– No te burles.

– Si te lo ha dicho… – Arturo se calló porque se dio cuenta de que había metido la pata.

Ernesto observó a su sobrino. Iba a atacarlo e intentar conocer lo que Irene le había contado, de qué habían hablado. Pero intuía que su sobrino no abriría la boca. Arturo además no le dio opción cambiando de tema.

– ¿De verdad que vas a ser nuestro padre? ¿Nos vas a adoptar?

– ¿Quieres?

Arturo bajó la vista. No quería parecer ansioso con el tema, ni ponerle en un brete a Ernesto. Era lo que más deseaba. Incluso al principio de conocerlo, cuando Ernesto se acercó a él rompiendo los baluartes que había construido, soñaba por las noches que su madre y Ernesto se enamoraban y se casaban, y se convertía en padre de todos. Eso era del todo punto imposible, pero… Arturo lo deseaba tanto, que cerraba muy fuerte los ojos cuando se despertaba y la realidad se daba de bruces con sus sueños, colisionaban y le producían unas enormes ganas de llorar. Cerraba los ojos y lo deseaba con todas sus fuerzas… Pero era algo que nunca sucedería. Su madre empezaba a enamorarse ya de Alberto, el padre de Darío. Y era claro que Ernesto no se iba a enamorar de una mujer, aunque fuera la madre de sus niños.

Ernesto se agachó y se puso en cuclillas a su lado. Levantó la barbilla de su sobrino. Sonrió y le besó en la frente.

– Tus sueños se harán realidad, aunque no quieras decirlos en voz alta.

Vio que otra vez los ojos del chico se llenaban de humedades. Quiso romper el momento…

– Es hora de acabar esta historia, Arturo – se puso de pie todo decidido y desbordando energía.

El aludido se pasó las manos por los ojos para secarlos. Aspiró las mucosidades que llenaban sus narices. Ernesto sacó un paquete de pañuelos de papel y le tendió uno.

– Vamos a ver como queda. ¡Álvaro!

– Dime Ernesto – el ascensorista se giró para mirar al escritor. Puso su mejor cara insinuante de profesional de la seducción y una sonrisa igual de tentadora.

– ¿Quieres casarte conmigo?

– ¿Eh?

Le dio un salto de alegría el corazón, pero, la duda le comió la dicha en apenas un instante.

– Sabes que mi profesión… ¿podrás? No … bueno… hay personas que no… quieren nada con un … prostituto.

– Bueno, yo viviré con tus clientes, y tú con mis amantes imaginarios. Así tengo tema para mis novelas con informes de primera mano.

– ¿Amantes imaginarios?

– Ya te contaré. Pero ¿me quieres, no me quieres?

– Sí, claro – dudaba al responder, pensaba que habría alguna trampa.

– Pues voy a escribir. Puedes ir desnudándote.

– ¡Oye! – se quejó Arturo.

– ¿Eh? – Álvaro abrió los ojos de par en par.

– Era broma hombre. Lo haremos en una versión solo para mayores y sin niños en la escena.

– Oye, con lo de niño. Tengo quince, te recuerdo. Casi dieciséis.

– Un niño – le picó Ernesto – que le da corte hablar de sexo como los adultos. Además, hasta que no celebremos tu cumple es como si no hubiera sido.

– ¡Oye! Eso es tendencioso y… y… – no encontraba más adjetivos. – Y eso de que hasta que no celebremos el cumple… ya me contarás desde cuando.

– Desde que lo digo yo y lo voy a escribir. Y sabes que las cosas escritas casi son ley. Hasta las mentiras. Voy a escribir. Mejor, hazlo tú, Arturo, te dicto.

– ¡Oye!

– Siempre quejándose. ¡Qué cruz! ¿has visto? – se dirigía a Álvaro, que no supo que responder, porque tenía la sensación de que dijera lo que dijera, se iba a equivocar – Por cierto – se dirigía ahora a Arturo – ¿Hablas así de formal con tus colegas? “Tendencioso”… deberías hablar algo así como “Qué pasa tío, tronco, mola cantidubi, la peña está muy mal, joder tronco, que tetas tiene la potranca esa…

Arturo abrió mucho la boca. Se incorporó para acercarse a la bandolera de su tío, y buscó en ella

– Busco el termómetro, indudablemente tienes fiebre o algo peor.

– Yo no llevo termómetro en la bandolera.

– Pero sí llevas preservativos – Arturo sacó una caja.

– Joder, que corte, deja de hurgar en la bandolera, coño.

Arturo la dejó al momento tirando la caja de preservativos dentro.

– Por cierto están caducados hace cuatro años.

– ¿Tanto? Joder qué patético…

– Creía que te gustaba que empleara vocabulario guay. Si sé que te ibas a partir la caja conmigo, limitaré mi vocabulario a doscientas palabras, tío. Joder que guay, así la neurona descansa, tronco.

– Deja el tronco, joder. Lo odio. No, no, si me gusta. Pero… es que te deben mirar con cara de bobos muchos de tus amigos. Y luego dirán a tus espaldas que “Es hortera el Artur éste” “Va de guays, como tiene el tío escritor, que ni es su tío ni es nada el pavo, pero se las da de que es su tío”. “Mi padre me ha dicho que a esos se les llama pedantes; no sé muy bien que significa eso de pedantes, pero lo dice mi padre”; “Mi madre también dice que es eso; debe ser que se tira pedos”. “¡Ah!”.

Arturo sonrió socarrón.

– Tengo distintos vocabularios. Me adapto a las circunstancias, querido tío. Incluso sé fingirme el tonto. A veces es útil.

– Eres listo, capullo. Tenía yo un amigo que se hacía pasar por tonto e inculto integral. Y tenía tanto arte que hasta cuando se le escapaba alguna cosa que hacía pensar que no era tan tonto, ponía cara de ídem y volvía con su línea habitual de incultura, como si no hubiera pasado nada.

– ¿Y te engañó entonces?

– Va, en eso no, pero en otras cosas… me la metió… ¡doblada!

– Sería uno de tus ligues.

– No, ni imaginario siquiera.

– ¡Bah! – no se creía nada.

– Lo que yo te diga sobrino. Y además se perdió en el horizonte hace tiempo, cabalgando a lomos de un jamelgo hermoso y amoroso.

– ¿Esto es lo que llamas acabar la historia? – El chico dio un giro a la conversación porque vio a Ernesto muy deseoso de seguir con la historia del amigo cabalgando a lomos de jamelgos estupendos y amorosos.

– Ahora, ahora… dime si eres de esos, que te haces…

– Solo me adapto a las circunstancias – contestó con gesto resignado. – Cuando estemos en un sitio rodeados de personas muy listas y cultas, no te preocupes que sacaré mi apostura fisna, mi porte de casi veintitrés, y mi vocabulario más selecto de casi setenta.

– Conmigo estos meses te has hecho el tonto de manera rotunda.

– Bah! ¡Exageras! – su rostro era una representación perfecta del doble sentido de las palabras.

Ernesto hizo una mueca de “no me creo nada”.

– Bajemos al mundo real. ¡Dale al botón, Álvaro!

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