Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (37).

Para ponerse al día con el relato.

—-

La cafetería se llama: “Sol de invierno”.

El sábado por la tarde cerró. Había una fiesta especial. Se celebraba el cumpleaños de un joven que había estado algunos meses en la cama de un hospital, “dormido”, como decían para no cortar a la gente, a los que no sabían las circunstancias, que eran muchos más de los esperados.

Cuando una mañana de mayo le dieron el alta y salió en silla de ruedas a la calle, el joven se quedó mirando el cielo durante mucho tiempo. El alta fue en sábado, porque a Tomás, su hermano pequeño, le hacía ilusión ir a acompañarlo. Y ya no era conveniente que perdiera más clases.

El día anterior por la tarde, hubo otra pequeña fiesta de despedida. La organizó Ernesto para agradecer a todo el personal del hospital lo bien que los habían tratado. Unos pasteles, unos refrescos, unas gominolas… canapés, hojaldritos… mezclados con charlas, saludos, besos, abrazos, parabienes, sonrisas… Además se hinchó a firmar libros, porque casi todos habían comprado alguna de sus novelas. A todos les escribió una dedicatoria única y personal. La Rosalía, la del pueblo de Doris, se había leído tres de sus libros, los tres primeros libros de su vida. Los de la carrera no contaban. Porque esos libros que le había dicho a Doris que había leído antes de los de Ernesto, en realidad no eran tales. “Eran de Mortadelo y Filemón”.

– Y uno de “el botones Sacarino”.

Y estaba encantada.

– He llorado como una boba, Ernesto – y le cogía del brazo y se reía nerviosa mirando alrededor, como para ver quién escuchaba su confesión. A Ernesto no le quedó muy claro si le preocupaba que la oyeran diciendo que había leído, o que había llorado haciéndolo, o que era lo primero que leía en su vida.

Algunos le pedían a Arturo que se lo firmara también. Y a Tomás. Al principio se negaban, porque pensaban que su tío se iba a ofender, pero cogió un ejemplar de la penúltima novela y les señaló al autor: Ernesto Arturo y Tomás Ducas.

– Y prepararos para el premio Ambrosía, que sale dentro de un par de semanas. Id haciendo ejercicios de muñeca. No bromeo, que firmar libros… si no te preparas, al final acabas jodido de la muñeca y del brazo.

Sergio y su abuela vinieron. A Sergio le habían dado el alta hacía ya unos días. Debería volver en un tiempo, pero de momento, estaba en casa. A pesar de ello, casi todos los días se pasaba a ver a Arturo y a Ernesto. Si no, iba a comer a casa de Ernesto, o salía al cine con Kevin y Darío, que parecía habían formalizado su relación, aunque ellos no decían nada. Pero las miradas y los roces decían más que las palabras que pudieran salir de sus bocas. Sergio había hecho buenas migas con ellos y quedaban a menudo. Y con Ernesto y los chicos, lo mismo.

Arturo estaba exultante. Sus ojos brillaban de ilusión. También fue Jénifer, aunque su relación se había enfriado en los últimos días. Ernesto callaba, aunque le preocupaba una pequeña sombra que percibía a veces en su sobrino.

– Ha venido uno del juzgado a preguntar – le dijo el día anterior Arturo.

– ¡Ah!

– Sigues muy expresivo. El “¡Ah!” es tu frase favorita – se quejó amargamente – Yo me esperaba un “¿No me digas?” “¿Y qué te han preguntado?” “¿Y qué les has dicho?”

– ¡Ah!

Arturo se rió con ganas. Ernesto no se atrevía a preguntar. Aunque al final, ante el silencio y la mirada del quinceañero, “casi dieciséis”, le obligó a ello.

– y… y, bueno, y qué… – aunque su balbuceo casi hizo ininteligible lo que quería decir.

– Pareces a Tomás en sus peores momentos.

– No te cachondees, jodido capullo.

– Vale, vale, tranqui. ¡Cómo está la peña!

Pero no dijo más. Solo puso expresión de cachondeo y de espera.

– ¡Pero que coño les has dicho! ¿Qué te han preguntado?

– Me alegra que hagas esa pregunta.

– ¡Cabrón!

– Hala, si lo llego a saber…

– Coño, di lo que has dicho o lo que sea.

– Que eres un tipo genial.

– ¡Ah!

– Y que estaré encantado de ser tu hijo.

– Bueno – Ernesto se encogió de hombros aliviado y suspiró.

– Y Tomás ha dicho lo mismo. Pero más efusivo.

– ¿A sí?

– Nunca le había visto hablar tanto.

– ¡Ah!

– Has hecho un buen trabajo con él.

– ¿Yo?

– Mi prima la de Cuenca.

– ¿Tienes una prima en Cuenca?

Arturo agarró una revista que tenía sobre la cama y se la lanzó a Ernesto.

Jénifer se fue pronto. Apenas le dio un beso en la mejilla de despedida.

– No parecéis… muy…

– Somos solo amigos – contestó seco Arturo.

– ¿No tendré yo algo que ver? Era coña…

– No te preocupes que no tiene nada que ver contigo. Solo que… ella pensaba que yo era un Príncipe y solo soy el hijo de un escritor que ha estado a punto de morir y que ahora debe retomar su vida normal.

– No acabo de entender…

– Se hizo una imagen de mí que no es la que… que no soy así, vamos. La he decepcionado.

– Pero si eres…

– Un chico normal.

– Eres un Príncipe. El Príncipe de Mundo maravilloso.

– Ese Príncipe que salvó a su amado de morir, el hijo del tabernero – le picó a su tío.

– No, esa es otra historia, eso es… un cuento… tú eres real, eres…

– ¿Tu hijo?

Esta vez Ernesto no fue capaz ni de decir ¡Ah! Le seguía sorprendiendo cuando se referían a él como padre. Y ahora mismo, con ese “¿tu hijo?” de Arturo, era el hombre más feliz del mundo. Como unos días antes al escuchar a Tomás hablando con unos amigos, cuando dijo:

– Mi padre va a llegar ahora y le preguntamos.

Sus ojos eran chiviritas. Y su cuerpo, cada poro, rezumaba felicidad.

Después de estar ese rato mirando al cielo, a la puerta del hospital, y respirando el aire de la calle, Arturo apartó los apoya-pies de la silla y con un poco de esfuerzo y temblores, se puso de pie. Doris sujetaba la silla para que no se moviera al apoyarse en ella y levantarse. Rosa sonreía y Tomás miraba a su hermano con la boca abierta, por el orgullo que sentía por su hermano. Ernesto se puso a su lado y le ofreció su brazo, para que se apoyara en él.

– Mi Príncipe – y le sonrió.

Arturo hubiera querido andar un poco por si mismo, pero comprobó que aunque lo había hecho en los pasillos del hospital, ahora se sentía más inseguro y las piernas le temblaban. Pero era demasiado orgulloso también para reconocer su fracaso y sentarse de nuevo o pedir ayuda. Pero Ernesto como casi siempre, le dio una tabla de salvación. Todo parecía premeditado.

– Tomás, ponte al otro lado que vamos a dar una vuelta con tu hermano.

– Y nosotras de ¿doncellas?

– Duquesas. Sois la Duquesa del chocolate espeso, y la Duquesa del libro triunfante. Al fin y al cabo eres la única que siempre has creído en mi.

– ¿Y yo? – dijeron al unisono Tomás y Arturo muy ofendidos – siempre hemos creído en ti, Ernesto – continuó muy serio Arturo.

– Tú me negaste un día.

– ¡Ah!

– Miralo, le he dejado sin palabras.

– Pero fue por lo de la tele.

– ¡Ah! Se siente. Me negaste.

– Yo no te he negado, papá – le dijo Tomás – siempre he creído en ti. Aun cuando no me hacías ni caso.

Ernesto no se enteró de lo último que decía el niño. Después de “papá”, se tuvo que girar para que no le vieran llorar. María, la oncóloga, vino a salvarlo, acercándose a despedirlos. Le habían llamado para una urgencia… y llegaba al hospital en ese momento.

– ¿No será Sergio? – preguntó asustado Tomás, que parecía que tenía un día descarado y se atrevía a hablar a todo el mundo y a preguntar.

– No, no, es otro paciente, tranquilo Tomás.

Pasó una semana.

Sábado también.

– ¡Vamos a dar un paseo!

– No me ape mucho, Ernesto.

– Venga, debes coger fuerzas y ayer tampoco salimos a la calle. No puedes quedarte así como un pasmarote.

– Es que es un peñazo que la gente me vea y explicar a todos lo mismo y tal y cual…

– Cuanto antes se lo expliques a todos, antes acabamos.

– Podías escribir un libro sobre el tema, y lo vamos regalando a quien pregunte.

– Es una idea. Pero mejor si recogemos en él alguna reacción a quiénes se lo cuentas. Esas bocas abiertas, asustadas, esas expresiones de incredulidad: “Tú me la estás dando con queso y te crees que me la estás dando, pero yo soy muy listo y sé que eres tan fantasioso como el gilipollas éste al que llamas tío y que no es ni tío ni ná”.

– Alguno pone cara de eso, sí – reía Arturo.

– Así que vamos.

– Si es que la ropa está pequeña.

– Te he comprado ayer ropa nueva.

– ¿Y por qué no me has dicho?

– No habrá surgido.

– Eres…

– Un tío genial, no me lo digas. Elige a ver si te está mejor. Es que estos meses has crecido.

– Pero estoy en los huesos.

– Tampoco haces mucho por coger un poco de fuerzas.

– Es que no me entra la comida.

– Oye, oye, no estarás ahora ¿depre?

– ¿Depre yo? A tu lado es imposible tener depresión. Las alejas a mordiscos – pero a pesar de la rotundidad de la afirmación, otra vez ese nubarrón en los ojos de Arturo le puso en alerta.

Se probó la ropa. Le quedaba bien.

– Has tenido buen ojo para las tallas. Eres…

– Genial, no me lo digas, que me lo creo. ¡Vamos! – el chico se lo quedó mirando – Vale, las tallas se ha encargado Doris. – confesó Ernesto.

Y le tendió el brazo para que se agarrara a él.

– Van a pensar que somos novios.

– Huy, un novio guapo como tú, que más quisiera. Qué van a pensar que estás con un vejestorio como yo.

– Si yo te contara de padres de algunos de mis compañeros de clase…

– Venga, anda, vamos.

– Y no eres tan viejo.

– He envejecido estos últimos meses mucho.

– Por mí.

– Entonces ha merecido la pena.

– Joder, no me digas esas cosas… me…

– No voy a ser el único que llora, jodido.

Se abrazaron y lloraron. Sonó una perdida en el móvil de Ernesto, que era la señal convenida: “Todo está preparado”.

– Te quiero Ernesto. Eres lo único guay que me ha pasado.

– Joder, que voy a llorar… vamos, joder…

– Te debo la vida.

– ¡Joder!

No pudo contenerse y volvió a abrazar a Arturo. El tiempo parecía que se había detenido.

– Lo has hecho genial con Tomás.

– Tomás es grande. Solo necesitaba un poco de… apoyo. Bueno y de cariño.

– Le haces sentirse importante.

– Es importante. Para mí lo es. Y para ti. Y para todo ese montón de amigos que tiene… si es un chico popular y todo.

– Pero eso es ahora, que le has dado esa seguridad. Antes a parte de Fernando y Ricardo… y Manu, su compañero infatigable, no te creas.

– Pues hemos mejorado entonces. Antes de que nos liemos a llorar otra vez, vamos a la calle. Y te invito a un algo en la cafetería de la esquina.

– He visto desde le ventana que ha cerrado esta tarde. Así que…

– Pero a lo mejor están dentro. Venga, vamos.

– No creas que…

– Vamos Arturo. Debes pasear para coger fuerzas. Y tomar el aire, y el sol. No te viene nada bien estarte…

– Sí papá.

Lo dijo de esa forma en que se suele decir a la gente que se preocupa por uno, para hacerle ver que es un plasta. Pero solo decirlo, Arturo se dio cuenta al ver la cara de Ernesto, que… podía haberle hecho daño. Se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.

– Pero esto entre tú y yo. Lo negaré. Negaré las veces necesarias que te doy besos antes de salir de casa.

Pero le dio otro beso.

– Vamos, papá.

Y esta vez fue él el que le ofreció su brazo.

– Prefiero que apoyarme, que tú me sujetes.

– Me has hecho llorar.

– Es que estás muy mono cuando lloras, papá.

Otra vez sonó una perdida en el móvil de Ernesto.

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