Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (y 38).

Para ponerse al día con el relato.

—-

– El “Sol de invierno” cerrado al público. Te lo dije.

Ernesto y Arturo salían del portal cogidos del brazo.

– ¿Ves? Está la puerta abierta. Vamos a tomar algo. ¡Te lo dije! – se burló Ernesto.

– Vamos – Arturo estaba aliviado, porque no le apetecía encontrarse a gente y andar por la calle.

Ernesto abrió la puerta, y dejó pasar a Arturo delante. Estaba todo oscuro. Cuando de repente, se encendieron todas las luces y una lluvia de globos y confetis cayeron sobre Arturo.

– ¡¡Feliz cumpleaños!!

Se giró como un resorte para salir del local, pero su tío lo miraba decidido y sin ninguna intención de apartarse y dejarlo salir.

– Es mejor así. Están todos. Así nos quitamos las explicaciones de un golpe.

Lo dijo pero no abrió la boca. Arturo lo escuchó, pero no hubo ningún sonido que llegara a sus oídos.

– No estoy preparado, Ernesto. No me hagas hacer esto.

– Sí, debes hacerlo. Estaré a tu lado. Y Kevin y Darío. Y Sergio. Si alguien es pesado, ellos se encargarán. O yo. Debemos pasar por esto, y además te prometí una fiesta de cumpleaños si te quedabas en este nivel de la vida.

– ¡Hola!

Ernesto se dio la vuelta. Le había resultado conocida la voz, pero no la situaba.

– ¡Que sorpresa!

No pudo evitar decirlo ni expresarlo en su cara.

Kevin y Darío se acercaron a Arturo, le cogieron cada uno de un brazo y se encargaron de él, acompañándolo por todo el local.

Ernesto se quedó mirando a Álvaro, el chapero.

– Es que suelo venir… – empezó a disculparse pero no siguió porque a él mismo le sonaba a “barato, escusa barata, a dos euros, barato”.

Ernesto no dijo nada. Solo pensaba. Recordaba la primera vez que lo llamó. Pero no recordaba como lo encontró, si en un anuncio en algún lado, o en alguna página especializada. O a lo mejor algún amigo. El caso es que Álvaro apareció en su casa espléndido. Cuando abrió la puerta y se lo encontró en el descansillo, se quedó tan entusiasmado que ni siquiera le salió el “¡Ah!” con el que tanto se metía Arturo.

Nada más entrar se desnudó y fue a besarlo. Pero Ernesto lo paró.

– Ha debido haber un error, yo te había llamado para que me ayudaras con las correcciones. He pedido un secretario.

– ¡Ah!

Le gustó a Ernesto la respuesta. Le sonó familiar.

– ¿Escribes a máquina? Perdona, no es máquina, es ordenador. Pero… ¿Sabes leer y escribir? No vaya a ser que… – El chico puso cara de fastidio e incluso de enfado – me he pasado con … – Ernesto reculó – Si quieres todavía el trabajo, tienes ahí el portátil.

El chico fue a vestirse de nuevo.

– No, déjalo. Si ya te has desnudado, para que te vas a vestir. Estás muy bueno.

– No es para tanto, si vieras alguno de mis compañeros…

– ¿Por qué te quitas mérito?

– Pues porque es verdad, no tengo un cuerpo…

– No tienes músculos, pero a mí me gusta así. Tendré derecho a que me guste un cuerpo como el tuyo y no uno de esos que te rompas los dientes al intentar morder ¿no?

– No, si no digo nada, no se enfade, yo…

– ¿Y me tratas de Usted? Pero ¿Tan viejo me ves?

– Es, por… es me estás poniendo nervioso, primero con lo del secretario, y luego con lo del desnudo, y luego, es que ya no sé ni dónde estoy, y dentro de poco no sé si me llamaré Sergio o Álvaro.

– Álvaro, te llamas Álvaro.

– ¡Ah!

– Me gusta esa respuesta.

– ¡Ah!

– Siéntate y te voy dictando. Me encantas.

Pasaron toda la tarde y parte de la noche escribiendo. Escribía bien y era educado y culto. Cenaron frugalmente, más que nada porque la economía de Ernesto empezaba a estar un poco perjudicada y debía guardar el dinero para pagar al chico. Aunque al final, a Álvaro, misteriosamente se le olvidó cobrar.

Y la siguiente vez también. Mintió a Arturo. En realidad fueron varias tardes las que fue su secretario desnudo a ayudarlo. Y en ninguna acabaron en la cama. Ni siquiera cuando idearon la estratagema para echar de su lado a Germán.

– Estaba preocupado porque no me llamabas. Pensaba que a lo mejor había hecho algo mal. Te he llamado pero… – le costó decirlo, pero al final lo hizo.

– ¿Me perdonas? Pero que conste que me he acordado de ti. Te he sacado en una de mis novelas. Y en los relatos..

– ¿Era yo?

– ¿Los has leído? – Ernesto sonrió – o sea que eres tú el que lo ha leído – le encantaba esa broma de falsa modestia que repetía con frecuencia y que solía conseguir que los que le acompañaban pusieran cara de fastidio.

– Si se ha vendido mucho, y los relatos en el periódico han sido… – Álvaro no entendió la broma.

– Estoy pensando que podíamos empezar de nuevo.

– ¿De nuevo?

– Sí, sal de la cafetería y vuelves a entrar. Nos chocamos y nos presentamos. Y sonreímos y nos quedamos mirándonos como embelesados, como si nos hubiéramos enamorado a primera vista. ¿Te has enamorado de mí?

– ¿Eh?

– Venga, vamos a hacerlo, me mola la idea. Dale gusto a este pobre escritor.

Álvaro se volvió hacia la puerta, pero se giraba cada dos pasos. No estaba seguro del juego de Ernesto, y que no se tratara de una estratagema para quitárselo de en medio. Al final decidió que si era así, sería la señal que necesitaba para empezar a olvidarlo porque no iba a ser posible llegar a nada con él. Como casi todos, lo habían utilizado cuando lo necesitaban, y luego, se olvidaban de él. Al fin y al cabo era un chico de compañía, nada más. Alguien al que se le pagaba por unas horas o el tiempo que fuera y punto. Pero en este caso, Álvaro se había enamorado, cosa que no le había pasado nunca. Y le dolía que para Arturo solo fuera eso, alguien al que alquiló por horas.

Salió de la cafetería y dejó que la puerta se cerrara sola, despacio. La luz de la calle le hizo daño, hacía sol. Entrecerró los ojos y miró la puerta, cogiendo fuerzas. Respiró profundo y la abrió dispuesto a entrar y decantar su suerte.

Al entrar de nuevo, ahora fue al revés. La penumbra que había en el local le impedía ver. De repente sintió que alguien se abalanzaba sobre él, desequilibrándolo, no pudiendo evitar caer al suelo. Ese mismo alguien le ayudó solícito a levantarse.

– Perdone, es que no le he visto, ya me…

Ahí fue el momento en que sus miradas se cruzaron. Ernesto sonrió. Primero con timidez y luego se convirtió en una sonrisa franca, sorprendida, alegre, esperanzada.

– Me llamo Ernesto.

– Yo Elías.

Ernesto levantó las cejas. (Sergio) (Álvaro) Elías sonrió pícaro:

– Nom de plume.

– ¡Mon Dieux! ¡C’est incroyable!

Arturo, desde el otro lado del local, y mientras hablaba con sus compañeros de clase y les explicaba, siempre vigilado por alguno de sus “guardaespaldas”, no perdía detalle de las andanzas de Ernesto.

– ¿Pero que hace el escritor? – le preguntó Darío al oído. Aunque fue Sergio el que le contestó:

– Pues una de sus historias. Está conociendo a su próxima pareja con emoción.

– Tú sabes mucho – le dijo un poco mosca Arturo.

– He leído todo lo que ha escrito – se excusó Sergio.

– ¡Ah! – respondieron Arturo, Darío y Kevin al unísono.

– Deberíais hacerlo. Lo conoceríais mejor – les pinchó Sergio.

Arturo enarcó las cejas y se quedó estudiándolo. Pero cuando Sergio le guiñó un ojo, no pudo más que echarse a reír y chocar palmas con él.

– Fue Ernesto el que tomó la iniciativa y se inclinó a darle dos besos a Elías.

– ¿A qué te dedicas? – Preguntó Ernesto cogiéndolo del brazo y guiándolo hacia donde estaban Arturo y los demás.

– Soy secretario de escritores.

– ¿Ah sí?

– ¿Y tú a qué te dedicas?

– Pues casualidades de la vida, soy un escritor en busca de secretario.

Esto último ya lo escuchó Arturo.

– ¡Qué manera más fácil de despedirme como secretario! ¡Qué poca consideración! – se quejó Arturo.

– Ya estamos con que si la abuela fuma… te presento a Elías.

– ¿Elías? ¿No se llamaba Álvaro, que antes se llamaba Sergio?

– Álvaro es un “Nom de plume”.

– ¡Oh, lá, lá!

– Estoy aquí ¿eh? – anunció Elías para que dejaran de hablar de él como si no estuviera.

– Perdón. Es mi hijo Arturo.

– ¿Él que estaba enfermo y al que querías tanto?

Se estrecharon la mano.

– Escucha, escucha… ¿Qué es eso? Parece una canción…

En un lado del local, había una pequeña tarima. De allí empezaba a salir la música. Las luces del resto del local se apagaron, y todos fueron buscando un sitio para sentarse y ver.

– So, Oliver Twist, you’re coming with me – dijo un chico vestido de época y con chistera.

– Are you sure Mr. Fagin won’t mind? – preguntó un chico vestido con harapos y la cara tiznada de negro y que tenía un curioso parecido con Tomás.

– Mind!

Y ahí, en ese momento, el otro chico que se parecía a Manu, uno de los mejores amigos de Tomás, de los de siempre, y que cantó junto a él en “Billy Elliott” el musical que hicieron en el colegio por Navidad, empezó a cantar.

Consider yourself at home.
Consider yourself one of the family.
We’ve taken to you so strong.
It’s clear we’re going to get along.
Consider yourself well in
Consider yourself part of the furniture.
There isn’t a lot to spare.
Who cares?..What ever we’ve got we share!

If it should chance to be
We should see
Some harder days
Empty larder days
Why grouse?
Always a-chance we’ll meet
Somebody
To foot the bill
Then the drinks are on the house!
Consider yourself our mate.
We do’t want to have no fuss,
For after some consideration, we can state…
Consider yourself
One of us!

Consider yourself…

Tomás interrumpió a Manu para preguntar:

– At home?

Salieron más personajes a escena. Hablaban todos con todos, cantaban, se replicaban. Arturo los miraba embelesados. Intentaba contener las lágrimas… “Joder, llorar otra vez hoy, no, ñpor favor”. Pero tener la oportunidad de ver a su hermano actuando, después que no hubiera podido ir a la obra del colegio, de ver como habían ensayado “Oliver Twist” para hacerla en su fiesta sin poder comprobar los resultados…

De repente bajaron del escenario. Por un lado lo hacía Oliver y por el otro Dodger. Y el resto del elenco se repartieron para seguirlos. A cada uno que iban encontrando, le unían a la fiesta. Llegaron dónde Arturo. Fue Tomás el que lo hizo. Le cogió del brazo y tiró de él. Arturo se resistió pero… al final la persistencia de Tomás lo convenció. Y acabaron todos cantando.

If it should chance to be
We should see some harder days,
Empty larder days,
Why grouse?
Always a chance we’ll meet
Somebody to foot the bill.
Then the drinks are on the house.

Consider yourself our mate.
We don’t want to have no fuss
For after some considertaion we can state
Consider yourself…
One of us!!

Los actores acabaron todos juntos, señalando a Oliver. El resto prorrumpió en aplausos. Manu se llevó los dedos a la boca y silbó con ganas. Ricardo, otro de los amigos de Tomás le secundó.

– ¡Y en inglés! – gritó alguien al fondo.

– Feliz, feliz en tu día…

Empezó a sonar la música. Los actores se fueron apartando hasta que al fondo del escenario, se pudo ver una enorme tarta que llegaba sobre una mesa con ruedas. La empujaba un Julio sonriente vestido también de época, como los pasteleros del siglo XIX.

– … amiguito que Dios te bendiga…

Arturo miraba todo con la boca abierta. Se llevó las manos a la misma para tapársela o para mostrar todavía más su sorpresa y su emoción. Detrás de la mesa y de Julio venían Sergio, Kevin, Rufus al que hasta ese momento solo había visto en Mundo Maravilloso al igual que Roberto. Venía Darío también, y Teresa, y África una chica que dejó de jugar a Príncipes y Princesas. Y detrás de todos, el último, casi tapado por los demás, el escritor que traía en brazos a Oriol, el chico de los ojos enormes, que solo podía andar por si mismo en Mundo maravilloso, porque una enfermedad en las piernas le tenía recluido en una silla de ruedas en el mundo real.

-… que reine la paz en tu día…

– … y que cummmmplas, muuuuchos más.

– Sois unos cabrones – repetía Arturo una y otra vez, aunque nadie le oía porque los aplausos y los vítores apagaban cualquier otro sonido – y tú el más cabrón de todos, que has organizado todo esto – le decía a Ernesto, que él sí lo podía entender.

– Ernesto se subió a una silla y pidió silencio.

– Coged todos vuestras copas de cava, por favor. No os asustéis es un cava especial sin alcohol, porque los protagonistas de hoy, que son – miró a Tomás y a Arturo y les sonrió – mis hijos – volvió a callarse para mirarlos – lo más importante de mi vida, son peques todavía.

Hizo una pausa para mirarlos.

– Llegaron sin esperarlos. No los merecía, pero aún así, los ángeles del cielo me los pusieron en el camino. Hemos pasado todos una temporada un poco… – buscaba el concepto – dura. Pero parece que llegan tiempos mejores. Un bonito final para un cuento de Navidad, aunque sea mediados de mayo. Dos estrellas nos miran desde el cielo. Irene e Isabel. Isabel, espero que … tu decisión de confiármelos haya sido lo mejor para ellos, para mí, es un orgullo y un placer… bueno, joder, que me pongo a llorar ahora como un bobo… vosotros no lloréis todavía ¿eh? – dijo señalando a los hermanos que estaban abrazados – Es que… bueno – sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se sonó estruendosamente produciendo las risas de la gente. – Que no digo nada más porque al final no voy a poder, y… solo deciros que… os quiero.

Otra vez los aplausos y los silbidos.

– Qué no se me ha olvidado el brindis, chicos… ¡Por vosotros, mis Príncipes!

Y levantó la copa señalándolos y luego hizo extensivo el saludo a derecha e izquierda para abarcar a todos los invitados.

– ¡Qué hable! ¡Qué hable! ¡Qué hable!

No se pudo saber quién empezó a pedir un discurso a Arturo, pero el caso es que al poco estaban casi todos gritando al unísono y batiendo palmas al ritmo. Ernesto lo miraba sonriendo, y lo veía debatirse en la silla en la que se había sentado. No se sentía con fuerzas de hablar, y se lo notaba. Iba a levantar los brazos para pedir calma y silencio y excusarlo, cuando ese mismo gesto lo hizo Arturo apoyándose en la silla para levantarse. Ernesto se acercó de un salto para dejarle que se apoyara en él. Tomás estaba al otro lado, pero él más que servir de apoyo, se abrazó a la cintura de su hermano y apoyó la cabeza en su cuerpo.

Arturo sonrió a Ernesto.

– ¡Hola Tío! – le dijo sonriendo. Le hizo agacharse un poco y le dio un beso en la mejilla. – Me has pillado con las defensas bajas, estoy débil, por eso lo del beso. Pero ya no toca hasta que cumpla los veintitrés y sea mi boda.

Ernesto puso cara de resignación y los invitados rieron la broma.

– No quiero miraros… no quiero, perdón, no sé ni lo que digo… – hizo una pausa intentando relajarse – no quiero hablar mucho porque estoy, es cierto lo de antes, estoy bajo de todo. Muchas gracias a todos por venir y darme esta fiesta que ha sido guay, y sobre todo ver a mi brother cantar y bailar, como no lo pude ir a ver al cole… – le estrujó un poco contra sí – Es un artista ya se lo decía yo a Ernesto – le guiñó un ojo cómplice. – Hoy quiero aprovechar para escenificar la despedida de mi tío postizo, y el nacimiento de mi p…

Pero tuvo que callarse, porque se emocionó. Hundió la cabeza en el pecho de Ernesto y lloró. Movía la cabeza de lado a lado, negando…

– No puedo…

Fue Roberto el vigilante, muy en su papel, el que empezó a aplaudir. Y Teresa lo siguió, y Sergio, Isabel, Rufus, Rosa, Doris… Kevin y Darío que se habían cogido de la mano…

.

– Es una mierda Ernesto. Joder, no sé por qué me has metido en este embolado.

– Querías una fiesta. ¿A qué quería una fiesta? – preguntó al ascensorista que miró para otro lado escapando del compromiso.

– Es una mierda de fiesta, porque no hago más que llorar, y con quién no lloro, me pongo a mil. Tú te crees que el pavo ese, Fernando, e Íñigo, y Kike, y los demás de clase, como si fueran nuevos en la ciudad, ni zorra de que mi madre. Solo el pánfilo de Guiller y Ana. Que me fueron a ver y todo, aunque el tío Germán apenas les dejó “Es que se cansa”, les dijo, casi me levanto y le suelto que el que me casaba era él, no te jode.

– Pues sí que estás cabreado, joder con el Príncipe.

– Es que me joden los pavos esos, tronco, perdona, se me ha escapado, es que joder vienen como si fueran los amigos de toda la vida, súper guays y colegas y tal, que les molo mazo, que soy la leche condensada de guay, y mira que es que “No jodas que palmó tu vieja, podías habernos mandado un wasap”. ¡Alucina!.

– No todo ha sido malo, no jodas.

– Roberto y Teresa, guay. Me ha molado mazo que vinieran desde tan lejos. Y Rufus, su padre se pasó varias veces con Fede, estaba pendiente el Rufus. Y joder, tío, ya te dije que Tomás molaba cantando, ha sido guay, se me ha puesto el pelo como escarpias de … es que mira como baila y se mueve, y Ricar también guay. Y Oriol, ha sido la leche, joder con el ojazos. No sabía que no podía andar… es un crío estupendo. Me gustaría verlos a todos de vez en cuando en la vida real.

– Algo podremos hacer. Kevin y Darío, no hay problema. Rufus, tampoco. Además tendrás que ir a ver a su padre a la consulta. Oriol no vive lejos, así que se puede arreglar.

– Guay

– Pues luego tu hermano y Manu van a cantar otra, una de Billy Elliotttttt.

– ¿A sí? Guay

– Pero es una sorpresa, así que pon cara de sorpresa.

– Guay, yo cara de pasmao.

– Esa la tienes siempre, yo me refería…

– Vale, vale, pondré la cara que me salga.

– Y tú pon también cara de sorpresa, ascensorista.

El ascensorista abrió mucho los ojos y la boca. A los dos minutos se puso la mano tapándose esta última.

– ¿Ves? – le señaló a Arturo – Eso es una cara de sorpresa, no la de pánfilo que pones siempre.

– Te quería decir… joder es que me mola llamarte papá.

– Joder, ahora yo a llorar.

– No tío, no te… pero es que a veces no me sale. No te mos..

– No seas idiota, es que eres joder…

– Te vi cuando Tomás les dijo a sus colegas lo de “Ahora viene mi padre”

– ¿Y no viste nada de la fiesta?

– No, capullo, ya me dirás como me lo ocultaste.

– Va, uno que es un maestro de la…

– Un maestro de mierda, no te des ahora coba.

– Debemos volver, debes acabar el discurso.

– Y tú echarte en los brazos de Álvaro.

– Elías.

– A, sí, coño, que el otro es pseudónimo.

– Nombre de guerra.

– Para eso es mejor el de “nom de plume”.

– En realidad es de guerra.

– Es cierto, no tiene pluma

– ¡Qué bobo eres!

– Escribirá bien, para preferirlo a él como secretario.

– Anda, ahora estás celoso.

– Cómo tú de Jénifer.

– Eso era para picarte. Por cierto…

– No quiero hablar del tema – Arturo fue cortante.

– Vale, vale, la madre del cordero, cualquiera pregunta… pero al menos podías decirme…

– Es boba.

– Pero ha estado pendiente de ti y tal.

– No es para tanto.

– Iba casi todos los días.

– Un par a la semana.

– Oye, no le quietes mérito.

– Es cierto, pregunta a la Rosalía, que llevaba la cuenta. Y además, no hablaba conmigo.

– Eso no lo hacía nadie.

– Tú. Además si me lo mostraste en el cuento de los pósters – Arturo miraba fíjamente a la cara a Ernesto, poniendo los brazos en jarras – Lo que dudo es entre Íñigo y Israel sobre quién me puso los cuernos con ella. No ha venido ninguno de los dos.

– Israel está fuera, con el grupo ese de música en el que toca – dijo sin darle importancia – te mandará un sms luego. Está en Australia.

– O sea que fue… – no acabó la frase.

Ernesto levantó las cejas y se giró hacia el otro lado del ascensor.

– ¿Vamos a algún piso? – preguntó con cara inocente el ascensorista.

– Ahora que lo pienso, como el ascensorista es un personaje, se sigue llamando Álvaro. – anunció Ernesto, como si a Arturo y al propio aludido les importara la cuestión.

– Tardé en pillarlo. No ha venido Chema tampoco, ahora que pienso. El día siguiente de la fiesta de Navidad que me hiciste en el Hospi, sabes, bueno, es que ese día, yo ahí tirado en la cama y tal, sin saber que hacer…

– Pero si no podías hacer nada… ¡Ah! – Ernesto se dio cuenta que su sobrino se refería al tema de despertar o no.

Arturo fue a tomarle le pelo con lo de pillarlas, pero se abstuvo de decir ningún comentario. Solo se lo quedó mirando.

– Pues que ese día – siguió como si nada – Chema no fue, y me imagino que si invitaste a los más cercanos, porque ese día tampoco fue el resto de la peña…

– No podía invitar a todo cristo, era en el hospital. Pero a Chema sí lo invitamos, sí. Además, fue Tomás el que se lo dijo a Ricardo, que al final tampoco vino, por cierto.

– Es que como no vino Chema, al final sus padres no podían ir a recogerlo o algo así, así que no vino. – Pues ese día, Jénifer no hizo más que darle al wasap. Y luego, fíjate, quedó con él.

– ¡Ah!

– ¿A qué alucinas?

– ¡Ah!

– Seré bobo, si lo dijiste en el cuento… si es que ya lo sabías. ¿Desde cuando sabías, que no me dijiste nada? Pero Chema… na, Chema es que es muy amigo de Íñigo. Y no quiere marrones. ¿Desde cuando sabes, papá?

Ernesto puso cara de inocente, pero lo único que consiguió es exaltar más el enfado de Arturo.

– Tú no me viste nada, así que… – movía las manos en alto…

– Tampoco te vi lo de la fiesta. Has aprendido a guardar.

– Me lo has enseñado tú, tomándome el pelo con que era yo el que no ponía interés en mirar, y resulta que eras tú que ocultas lo que te da la gana. Conexión, conexión, pero luego… – Se giró hacia el otro lado dando la espalda a Arturo.

– Tú querías enterarte de lo de Jénifer.

– Y tú también de lo de Jénifer. Y perdona, tus… juegos con Jénifer no me interesan lo más mínimo, salvo para picarte.

– ¿Tan mal te caía?

Ernesto se dio la vuelta para encarar de nuevo a su sobrino.

– No… mira no sé, apenas la conocí. Pero… no fue legal contigo. Y eso no me gustó. Y te lo dije, tenía la mirada turbia.

– Lo de la mirada turbia fue después. Tú sabías ya antes. ¿Qué más me has ocultado?

– ¿Yo? – puso cara de indignado inocente, aunque no le salió del todo sincera, porque Arturo no le creyó aunque no quiso seguir con el tema.

– Debo acabar de hablar.

– Sí – Ernesto la pasó la mano por la cara.

– Vas a ser el mejor padre.

Ernesto puso sus manos cogiendo la cara de Arturo, y le besó en la frente.

– Ya no te voy a pasar en altura – se quejó Arturo.

– Eres peque todavía. Tienes casi cuatro años para crecer. Seguro que sí. Has crecido mucho estos meses.

– Algunos hermanos de mis amigos, a los …

– No seas bobo, que todos no crecen a la vez. Y has crecido mucho estando en coma, repito.

– No sé.

– No eres tan bajo para tener complejo, no jodas.

– No, es por picarte, me gustaría verte desde arriba…

– Serás capullo… vamos, acaba el discurso.

– Álvaro, dale al botón.

– ¡Espera! – gritó Arturo poniendo una mano en el brazo con el que Álvaro iba a pulsar el botón.

– ¿Qué pasa ahora?

Arturo se quedó mirando a Ernesto.

– Sabes… no sé como te lo montaste pero… si no llega a ser por ti, me hubiera ido – no apartaba los ojos de Ernesto – Papá… te quiero mazo.

Ernesto sonrió.

– Creía que no lo había conseguido. Al final lloraré en condiciones. Dale al botón, Álvaro.

– ¡Marchando!

Se cerraron las puertas y el ascensor empezó a bajar.

.

Ernesto obligó a Arturo a levantar la cabeza. Se miraron.

– Vamos, debes acabar – le indicó con suavidad.

Arturo sonrió. Respiró hondo y encaró a los invitados.

– Quiero… escenificar… Sabéis es que a veces la vida parece que te da de tortas, que lo único que te pasa es malo… y… es que… intentas ser fuerte y no lo consigues, disimulas, vas de líder, te ocupas de los demás, de intentar que los que están aquí – se señaló el corazón – estén guay, porque parecen más débiles que uno. Pero cuando te quitas el traje de Superman, pues resulta que estás hecho mierda y que eres tú el que está perdido.

Se calló y bajó la mirada.

– Yo estaba perdido.

Intentó hacer un amago de sonreír, pero le salió un gesto triste y sus ojos volvieron a echar líquido salado.

– Y el escritor, ese que muchos consideraban un loco, un desecho, alguien en que no se podía confiar porque estaba en sus mundos imaginarios, me agarró por el pelo y no me dejó caer. Yo quería caer, insistía, “quiero caer, quiero caer, quiero caer” , lo decía todos los días, a todas horas, pero él, sin dormir durante semanas, meses, sin hacer otra cosa que escribir para poder cuidarnos a Tomás y a mí, y sin soltar mi melena, inasequible al desaliento… pues me… no sé como decirlo, me… convenció.

Miró a Ernesto.

– Ese es mi padre. Hoy … no sé si el juzgado lo habrá dicho, pero… que – se puso la mano en el corazón – sepáis que es… mi padre.

– Nuestro – añadió Tomás que estaba detrás de Ernesto. Éste se giró y lo atrajo hacia él poniéndolo delante.

– Nuestro – corroboró Arturo. – Me ha hecho una fiesta de cumpleaños tres meses después de cumplirlos, me hizo una fiesta de Navidad, tres meses después… porque sabía que me hacía ilusión. Es…

– ¡Venga, venga, que me vas a hacer llorar!

– Por ti, cojones.

– Por Ernesto – añadió Kevin que rodeaba la cintura de Darío.

– Por el escritor – propuso Roberto, el guardián.

– Por mis hijos – terció Ernesto.

– ¿Alguien da más? – gritó Rosa desde el fondo del bar. – Al final acabamos todos llorando, lo vais a conseguir.

Fue el detonante de las risas que todos necesitaban. Y al reír, levantaron las copas y las chocaron con las más cercanas.

Ernesto atrajo a Tomás por un lado y a Arturo por otro, y los estrujó contra sí.

– Papá, me has tirado la copa de cava – se quejó Tomás – me has puesto perdido.

– ¡Ah! – contestó Ernesto.

Arturo le dio un codazo cómplice.

– Tú respuesta preferida.

Ernesto se quedó pensando…

– ¿Creéis que ha sido un final guachi? ¿Un final apropiado de cuento?

Arturo y Tomás se miraron y dijeron a la vez:

– ¡Bue! No ha estado mal.

– Capullos… – contestó Ernesto levantando el mentón.

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