Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (Epílogo).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Parecían que estaban en otro mundo aunque estaban en el mismo bar que los demás. Nadie había reparado en ellos. Estaban sentados en una esquina, cogidos de la mano. Precisamente en la mesa en dónde Arturo se sentó el día de la estratagema de Ernesto para echar de su lado a Germán. Se miraban con ojos de besugos enamorados.

– Cielín, te quiero. Qué bien lo has hecho.

– ¿Te ha gustado?

– Has trabajado mucho.

– Sí, Cari, ha sido muy agotador. Cinco años.

– Y has cambiado el destino. ¿Como convenciste…? – Gaby señaló al cielo.

Irene bajó la cabeza.

– ¡No! – Gaby había entendido y algo parecido a la indignación apareció en su rostro – ¡Las vacaciones! ¿Has renunciado a todas las vacaciones? Nos íbamos a ir a las Islas de los Ángeles. Llevábamos más de cien años preparándolas… ¡Irene! ¿A todas?

– Parece mentira Gaby, cariño, pichoncito. Tú eres mi jefe. Deberías estar orgulloso de mí.

– Pero no me has dicho nada. Debería estar más enfadado todavía.

– Arturo lo necesitaba. Y Ernesto. Tomás se hubiera quedado solo el pobre, porque Germán se hubiera desentendido del chico.

– No entiendo.

– Lo escrito era que en el accidente muriera también Arturo. Y Ernesto se hubiera consumido de no haber aparecido los niños. Él ha salvado a Arturo, pero éste y Tomás le han salvado a él.

– Por eso hiciste que conociera a Germán.

– Exacto. Pero aún así, Arturo debía morir… estaba escrito.

– E hiciste ese pacto con el Jefe. Para salvarlo.

Irene movió la cabeza indicando que no era exactamente así.

– Dime entonces…

– Es que…

– ¿Secreto? Así nos ira bien en nuestra relación, Pichoncito.

– ¡Hombres! No entendéis nada.

– En realidad … fue Ernesto el que le convenció – se le había encendido una luminaria en su entendimiento.

– ¿Habló con él?

– No hombre, nadie habla con él, ya sabes. Pero… es un hombre tan bueno… que al contárselo y presentárselo… pues el Jefe cedió.

– Y tus vacaciones.

– Era para que se sintiera bien. Para darle algo… hay que hacer que el Jefe se sienta importante. No solo las mías… también las tuyas.

– ¿Eso haces conmigo? – Gabriel no cayó en lo que había dicho Irene.

– Pues claro. Pero sabes, hay una buena noticia.

– ¿Cual?

– Tenemos 10 días libres.

– Yo tengo en realidad dos años que me corresponden.

– Bueno… ejem…

– ¿Como que bueno? Huy, espera que me llega un mensaje de la dirección… – Gabriel se puso los dedos en la sien – Te mato – miró con cara de enfado a Irene.

Ésta miró al techo del local y se acicaló la melena como si no fuera con ella.

– ¿Te gusta el color de mi pelo? – pero el gesto huraño de su Gabriel le hizo olvidarse de su maniobra de distracción – Si te lo he dicho hace un momento, pero no me escuchas. ¡Hombres! Sois todos iguales.

– No me despistes… que no va a colar…

– Pero ¿te gusta o no?

Gabriel no entendía a que se refería.

– ¡El pelo! Si es que hay que deciros todo.

– Que… qué mujer, estás preciosa con el pelo de verde y rojo a rayas. Pero…

– Pues no lo has dicho con mucho convencimiento.

– Has regalado mis vacaciones también.

– Es que no le podía decir que tú no estabas en el ajo, entiéndeme. Eres mi supervisor.

– Y.. y.. y… y… ¿No podías habérmelo contado? Por no parecer bobo.

– No has parecido bobo. Él piensa que lo sabes. Y que es idea tuya, además.

– ¡Ah!

– Pero mírales, – se giró hacia el bar – que felices todos. Ernesto y los chicos, ese Elías que va a hacer muy feliz a Ernesto, los chicos de Mundo Maravilloso que irán subiendo en número y en felicidad, los libros del escritor que serán un refugio para mucha gente, un estímulo… Arturo y esa chica, Vicky, que serán novios dentro de unos meses… y Tomás que seguirá cantando y actuando.

– Ya, bueno.

– Mira, mira, como se acerca Elías tímidamente a Ernesto. Y Arturo, que se da cuenta y lo llama.

– Muy bonito todo – Gabriel seguía pensando en sus vacaciones perdidas.

– Y lo más precioso de todo, es que ellos piensan, Ernesto y Arturo, los escritores, que son ellos quienes nos han creado a nosotros.

– Ya, una gracia sí. Encima seremos el hazmerreír por salir en la novela. ¡Sois personajes de novela! Así nos dirán en las reuniones.

– Déjales que se rían. Nosotros nos reiremos cuando estemos jugando al…

– ¡Calla! ¡Que somos ángeles! No podemos hablar de esas cosas…

– Vale, pues no hablemos. ¡Hagámoslo! – Se le pusieron los ojos en blanco anticipando el placer de su jueguecito preferido.

– ¿Aquí? – Gabriel miraba asustado a toda la gente que había a su alrededor – Mira, si hasta llega Germán.

– El pobre… intentará volver con Ernesto. Va a ser un poco tocapelotas… ¡Espera! Se me ocurre…

Irene puso el dedo señalando a cielo. Lo movió en círculos, dos veces a la derecha y tres a la izquierda. Todos los asistentes se quedaron parados, salvo Ernesto, Elías y Germán. Ernesto y Elías sintieron un impulso irrefrenable. Germán se acercaba a Ernesto con una sonrisa seductora en ristre. Pero en esto que el impulso irrefrenable de Ernesto y Elías surtió su efecto, pegaron sus cuerpos de tal forma que ni una hojilla de papel de fumar cabía entre ellos y se besaron tórrida y apasionadamente.

– Pero mira que eres traviesa – oyeron los ángeles a su lado.

– Se giraron y allí estaba Arturo.

– Pero… – ahora eran los ángeles los que pusieron cara de sorpresa.

Arturo no dijo nada. Solo sonrió y volvió a sentarse en su butaca. Estaba cansado. Miró a Irene. Germán seguía mirando fijamente el beso de Ernesto y Elías, que no paraban ni para respirar. Gaby tocó a Irene en el brazo. Ésta levantó su mano de nuevo, y apuntando al cielo el dedo, murmuró unas palabras.

Todo volvió a la normalidad. Ernesto y Elías se separaron. Ernesto miraba al chapero. Éste miraba a todos lados sin saber muy bien que había pasado. Germán se dio media vuelta y salió contrariado del local. Arturo miró a su padre y sonrió. Éste le guiñó un ojo.

.

– Y se creerán Irene y Gabriel que ellos mandan.

– Déjales que lo piensen – le contestó Arturo.

.

Miraron los dos al fondo de la sala en donde no se veía a nadie. Sonrieron a la vez, como si lo hubieran ensayado,y mandaron un beso con la mano.

Gaby e Irene se miraron desconcertados. Hasta que Irene estalló en una carcajada que acabó contagiando a Gabriel.

– Me parece que Arturo o Ernesto han jugado con nosotros.

– Y me parece que he regalado nuestras vacaciones por nada.

– Joder, el jefe, que morro.

– Al menos tenemos diez días, pichoncito.

– Vamos, boquita de pitiminí.

Esta vez fue Gabriel quien dijo unas palabras y los dos, desaparecieron, abrazados, dándose un suave beso en los labios, detrás de una nube de chispitas, a colores verde y rojo, como la melena de la Irene.

 ********

Anuncios

2 pensamientos en “Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (Epílogo).

  1. Bonito epílogo, ya era hora que esto acabara… Aunque yo le había imaginado otro final, pero este ya resulta muy sabroso… Me faltan los último episodios por leer, espero no llevarme ninguna sorpresa desagradable.

    Un abrazo.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s