El chico que no quiso cambiar de año.

Dice la leyenda que una vez hubo un chico que una Nochevieja, se negó a cambiar de año.

El Dios del tiempo bajó de su morada para hablar con él. Se sentó enfrente suyo y lo miró. El chico también lo observaba sin pararse a pensar que estaba frente a todo un Dios. O a lo mejor lo pensó, pero no hizo nada que pudiera dar a entender que tenía miedo a enfrentarse a la ira de un Dios. Y algo en su prestancia, hacía indicar que el Dios del tiempo no estaba muy feliz.

– ¿Por qué no quieres cambiar de año, chico? – intentó que su tono fuera afable, pero un algo denotaba un poco de hartazgo y enfado. El Dios del tiempo se creía el representante de todos los hombres y seres celestiales del Universo, y eso le hacía crecerse.

– Ya se ha chivado Onofre – se quejó un poco fastidiado el chico.

– Debes entrar en el año nuevo – explicó condescendiente el Dios poniendo todo el poder de sus ojos sobre el chico.

– ¿Por qué? El tiempo en una convención, los años son porque alguien quiso que fuera así. Yo no quiero que sea. Yo no quiero que mañana sea otro año. Mañana es solo mañana, un día más. Y punto.

– ¿Es por no crecer?

– No – replicó ofendido por la incomprensión de todo un Dios que parecía que todo lo tenía que saber pero que no entendía nada. – Tú eres un Dios, deberías saberlo todo. Y no sabes nada. No es por eso, Dios de lo que seas.

– Dios del tiempo – replicó orgulloso el Dios, levantando un poco el mentón.

– Pues eso. Dios del tiempo que no sabes nada.

– Pues cuéntamelo tú – retó.

– Dime tú por qué tenemos que cambiar de año. Algunos dicen que es porque la asociación de bebidas alcohólicas y la asociación de fabricantes de serpentinas y confetis lo han organizado todo para vender mucho una noche al año. Sin olvidar a la Asociación de fabricantes de pólvora y a la de petardos y cohetes. Y a la organización de cultivadores de uvas. Lo de las campanadas les solucionan el año.

– ¿Quién te ha dicho eso?

– Los que dicen que San Valentín es un invento de El Corte Inglés.

– Pero no hay ninguna obligación en comprar algo a tu pareja ese día.

– Pues eso, lo mismo pasa con Nochevieja, yo no quiero cambiar de año. Un día es 31 y al otro dia es 1. Y ya.

– Pero si el año pasado fue malísimo. Todo el mundo lo dice.

– ¿Me asegura Vd. que tanto sabe que el año que viene va a ser mejor? ¿Eh? ¡No sabe el dicho ese que dice que “mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”?

– Pero el tiempo…

– El tiempo es una convención también. No existe por sí mismo, sino que alguien decidió que existiera y decidió como medirlo.

– Pero tú te haces mayor.

– Porque los mayores quieren que nos hagamos mayores. Nos empujan a ello para que seamos como ellos, tristes, aburridos, amargados, preocupados por el dinero, envidiosos, preocupados por medrar, por ser más que el vecino, por ser más guay…

– Oye, oye, que tú también eres envidioso aunque solo seas un chico.

– Si es lo que he visto desde que tengo uso de razón. ¡No! ¡Miento! Antes. “Mi hijo es más guapo” “Mi nieto se tira las pedorretas con más gracia”. “¿Quién es el chico más guapo del Universo?” “Mira ese bobo del cuarto, que lleva ese baby tan bonito, pues mañana yo te compro uno más bonito”. Eso antes de saber hablar y entender. ¿cómo no voy a ser envidioso y querer compararme con el resto del mundo si lo he mamado, incluso ya en el vientre de mi madre: “Mi niño va a ser astronauta, el más listo, y va a tener el patinete más guay del barrio”.

– Bueno, no ha lugar. No puedes seguir viviendo en el año viejo. Las cosa son así.

– ¿Pero no ha dicho que si no quiero no tengo obligación de celebrar San Valentín?

– Pero el tiempo pasa, no es lo mismo.

– ¿Y por qué tenemos que pasar cada 365 días de año? ¿Para que los fabricantes de calendarios hagan negocio?

– ¡Basta!

El chico miró con los ojos muy abiertos al Dios del tiempo.

– Dentro de tres minutos, cambiarás de año, como todos.

El chico se levantó y echó a correr.

– ¡¡Chico!! – gritó el Dios del tiempo.

– ¡Oblígame si puedes, Dios que todo lo sabes!

Algunas fuentes dicen que en ese momento, se pudo escuchar una pedorreta que hizo sangrar los oídos del Dios del tiempo.

– ¡Un poco de respeto, chico!

Pero el chico se había perdido en la bruma de un bosque que había crecido de repente detrás suyo. El reloj del Mundo, empezó a dar los cuartos. El resto del Mundo, salvo el chico y el Dios del tiempo, empezaron a prepararse para comer las uvas. Todos, hombres y mujeres, con sus bragas rojas escondidas detrás de la ropa de fiesta, algunos incluso con ellas en la mano, “¡Qué descarados!”, sonriendo al compás de las bebidas alcohólicas ingeridas, algunos con un anillo de oro en la copa, preparados con su pie derecho para dar un saltito estúpido al dar la duodécima campanada. (bragas en la mano derecha, uvas en la izquierda o viceversa, copa con burbujeante espumoso a mano, y con un saltito preparado, con el culo en pompa para hacer fuerza en el salto y entrar con fuerza en algo que no existe).

– ¡Chico! – gritó nuevamente el Dios del tiempo – Ven aquí y cambia de año, que ya está bien la broma.

Pero el chico no contestó. El Dios del tiempo salió en su busca.

– ¡Chico! ¡Chico!

Iban cuatro campanadas.

– ¡Chico! Ven y te enseño a entrar con el pie derecho. No seas descarado.

– ¡Soy zurdo! – contestó el chico desde un lugar indeterminado.

Ocho campanadas.

El Dios del tiempo se movía rápido, agudizaba sus sentidos de Dios.

– Diez campanadas.

– ¡¡Chico!!

Fue un rugido que pudo escucharse apenas porque en ese momento, el mundo entero prorrumpió en vítores y aplausos que mitigaron la furia del Dios del tiempo.

– ¿Dónde estás?

– Detrás, como siempre.

El Dios se dio la vuelta y se enfrentó al chico.

– ¡No sabes lo que has hecho!

El chico movió las manos, se palpó el cuerpo, se chupó el dedo índice.

– Todo parece bien. No ha pasado nada.

– No puedes vivir en el año viejo. No tiene sentido. El tiempo…

– Estoy viviendo y no he entrado en el año nuevo. ¿Para qué un año nuevo? ¿Qué más da nuevo o viejo? ¿Qué más da el tiempo, los ciclos? Son tonterías para engañar a la gente y que se piensen que las cosas pueden cambiar por dar un paso a las doce de un día determinado, con una copa de cava en una mano y unas bragas rojas de encaje en las otras.

El chico se dio la vuelta y se fue caminando despacio, dando de vez en cuando una patada a alguna piedra que se encontraba en el camino.

– ¿Usted lleva bragas rojas, Dios del tiempo?

El chico apenas se dio la vuelta para escupir esa pregunta. Pero no esperó respuesta.

El Dios del Tiempo, con el ánimo muy exaltado, se giró justo cuando Onofre, uno de sus secretarios se apareció ante él.

– Qué no se entere nadie de esto, – dijo muy serio apuntándolo con el dedo y frunciendo el ceño – si no, a lo mejor el año que viene, no hay año nuevo. Esto puede ser el germen de una rebelión.

– Sí señor – dijo sumiso, esperando que se olvidara de que el chico era su responsabilidad y había fallado.

Y el Dios del Tiempo desapareció para ir a su morada y celebrar con sus invitados el año nuevo, pensando una disculpa para justificar su ausencia en el momento preciso del hecho en cuestión, cosa que era la primera vez que sucedía desde que el tiempo es tiempo.

– ¡Jodido chico!

Y la leyenda dice que el Dios del Tiempo al llegar a su hogar, se acercó a su pareja, el Dios de los Imposibles, y tuvieron sexo hasta que cayeron exhaustos. Un sexo pasional, animal.

– Te has salido con la tuya, cabrón – exclamó enfadado el Dios del tiempo, exhalando el humo de la última calada del cigarrillo de después.

Y el Dios de los Imposibles se levantó del lecho, sonrió de medio lado mirando de refilón a su pareja, y se fue caminando hacia la ducha.

– ¡Qué bueno estás, jodido! Si no fuera por eso… – murmuró el Dios del Tiempo, sin perder detalle del cuerpo desnudo del Dios de los Imposibles caminando hacia el baño – te ibas a enterar de quién soy yo y como las gasto.

– ¿Decías?

El Dios de los Imposibles salió del baño, desnudo, con el agua escurriéndose por su cuerpo brillante, mirándolo fijamente, expectante.

– Joder, qué bueno estás.

El Dios de los Imposibles sonrió de medio lado y volvió a la ducha, mientras el Dios del tiempo, rompía la lámpara de la mesilla de la rabia que le producía no poder enfadarse con el Dios de los Imposibles, que le había ganado la partida.

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