Me encontré con Natalia y Guillermo.

Cuando les vi en el vestíbulo del cine, no me podía imaginar que su relación había cambiado tanto. Estuve con ellos apenas un par de días antes y todo funcionaba perfectamente entre ellos. Se miraban, reían, hablaban.

Natalia miraba distraída al techo, pensando quizás en por qué las cosas no le salían como era debido. Guillermo no dejaba de mirar su móvil, con disimulo. Miraba a todos sitios, distraído, y a su móvil: con disimulo. Parecía que estaba mandando wassap a su gente, o al menos viendo los que le enviaban. Quizás su amiga Marga le preguntaba sobre cómo había ido la cosa. Con disimulo.

Y él contestaba resignado: “fatal”.

Porque tenía pinta de haber ido fatal. Todo iba fatal.

Estuve observándolos fijamente largo rato. Había mucha gente esperando a entrar en las salas. Hacía una noche tan desagradable que parecía que todos habían tomado la decisión de pasar la velada viendo una película con un cestón de palomitas. Así los llamaba mi abuela cuando me llevaba al cine de pequeño: cestón. Me acuerdo mucho de mi abuela. De como me cogía de la mano y como me explicaba luego la película. Si tenía miedo me decía: “Iago, no te preocupes, que solo es una película, no ha pasado en la realidad”.

Pero yo, para mis adentros, siempre pensaba: ¿Y si ha pasado? Y seguía con la angustia si la película era de misterio, o con la congoja si la película era de llorar. Recuerdo una película en la que un niño actor, muy rubio él, era capaz de llorar incluso controlando la cantidad de lágrimas que brotaban de sus ojos. Era acojonante el crío. Yo me pasé más de media hora a oscuras en la sala intentando que no brotaran las lágrimas. Ya no era un niño y me daba mucha vergüenza que me vieran llorar. Ahora también me da vergüenza, aunque creo que lloro más que cuando iba con mi abuela a ver a ese niño rubio.

Guillermo y Natalia siguen sin decirse una palabra. Sí, ha debido ir fatal.

Hice un amago de acercarme, pero… me arrepentí rápidamente. Hubiera generado una situación incómoda. Pensé en mandar un wassap a Guillermo, pero algo me dijo que Marga era la persona más adecuada para tratar esa crisis entre los amigos.

Desde que los conozco, siempre los he visto juntos. Desde que eran pequeños. Conectaron a simple vista. Natalia era una niña muy abierta y parlanchina. Guillermo era más callado, introvertido, a veces hasta taciturno. Pero con ella se abrió. Recuerdo cuando les vi y le escuché hablar como si nada. Miré a mi vecino con los ojos muy abiertos. Yo casi me había creído la trola que contaba mi hermano mayor: “El del 2º, Guille, es mudo”. Pero Natalia le devolvió el don del habla.

Además, hablaba muy bien. Con lo que le costó, yo creo que fue ensayando en silencio. Al lanzarse, llevaba tantos meses perfeccionando para sí mismo y hablando consigo mismo, que lo hacía como si tuviera 10 años más que los que tenía. Yo a su lado era un paria. Mi madre a veces le ponía de ejemplo al condenado Guillermo: “A ver si aprendes a hablar como Guille, es más pequeño que tú y mira”.

Yo le hubiera dicho a mi madre que apenas nos llevábamos dos años. Parecía como si yo fuera una porrada de años más mayor. “Dos años, mamá, solo dos años.”

Aunque Guillermo, sigue siendo más de escuchar. Cosa que hace muy bien, todo sea dicho.

No me acerqué. Me imaginaba de qué iba el asunto y no, definitivamente no quise intervenir. Me tocaba de cerca y quizás me hubiera tocado algún guantazo. Natalia con Guillermo se contiene, pero con los demás… tiene un carácter fuerte.

Puta casualidad que habíamos cogido para la misma película. Les dejé pasar delante para ver dónde se colocaban y evitarlos.

En la fila de delante. ¡Joder! Menos mal que apagaron las luces y que los dos estaban pensando en sus propias miserias. Ni una palabra entre ellos hasta el momento. Y llevaba ya media hora pendiente de ellos.

La chica creo que se va haciendo a la idea, sea lo que sea. Antes tenía un punto de cabreo en sus ojos, ahora lo ha cambiado por desesperanza. Llegará un repunte de rabia, que espero no presenciar, y luego, llorará desesperada. Durante un rato he pensado que de estar en el lugar de Guillermo, yo me hubiera ido. O de Natalia. Es… es que están solos, pero juntos. Se palpa el malestar entre ellos, la incomodidad, el cabreo en la una, la impotencia en el otro. A Guillermo tampoco le gustan las discusiones. Las evita como a un apestado.

Sigue mandando mensajes a Marga. Hasta que empieza la película. Me imagino que es a Marga, no tiene tantos amigos para hablar de cosas importantes.

Al salir, les dejé que se adelantaran. Disimulé sacando mi móvil y haciendo que hacía algo con él. En realidad sí lo hacía: encenderlo y mirar la hora. Ha sido larga la película, aunque la verdad se me ha hecho un suspiro. Cuando ha aparecido el primer cartel del final, me he enfadado un poco pensando que había sido súper corta. Pero no, no era corta, más bien al contrario. Lo único es que se hace corta. Eso es bueno.

Casi me choco con ellos en el pasillo. Se han parado de repente, en medio, al lado de un cartelón de un próximo estreno. Toparme con ellos era casi inevitable. Empecé a maquinar doscientas disculpas por el hecho de que no les he saludado antes. “¿Nos has estado espiando?” “NO, por favor, cómo puedes pensar eso de mí.”

No les he espiado. Ha sido casualidad. “No he querido molestaros”, ensayo para mí la disculpa. “Hombre qué casualidad, no os había visto, mua, mua”. Sigo ensayando. Intento buscar un algo que decir despreocupado y que evite que la situación entre ellos se haga más incómoda. Pero no, no me dicen nada. Nuestras miradas no se cruzan. Respiro hondo y voy disparado hacia la calle. Sigue haciendo muy desagradable. Me giro para encenderme un cigarrillo y evitar el aire. Pasan por mi lado. De nuevo casi me topo con ellos de morros. Pero en este caso el aire me da la disculpa perfecta para girarme y hacer que me enciendo el cigarrillo de nuevo.

– No pensé que te ibas a enamorar de mí – Guillermo abría su brazo izquierdo impotente.

– Pues estás ciego, Guillermo. No voy colgada de brazo con cualquiera ni busco cualquier escusa para besar a alguien. Soy la última en enterarme. Y somos los más amiguitos del mundo. Patético y ridículo, eso es lo que me has hecho hacer. Todos sabrán, lo estoy viendo.

– No, no te pongas así. No soy de hablar. Lo sabes. Alucino con que no te dieras cuenta, Natalia.

– Déjalo, me estoy calentando.

– Natalia, yo… eres mi amiga, te necesito. No te pongas así.

– El problema es que yo pensaba que era no tu amiga, sino todo. Para amiga de cuchi-pandi ya tienes a Marga. – sonó a un ataque de celos – ella… apostaría a que ella lo sabe.

– No seas así – vuelve a abrir el brazo impotente, mientras cruzan la calle.

Y se alejan. Pese a que están enfadados, a que Natalia está destrozada por la noticia de que su amor no le va a corresponder nunca, pese a la incomodidad de la situación y que Guillermo sabe que su amiga no se lo va a poner fácil, ninguno hace amago de irse por su lado. Es más, siguen un camino que les aleja de sus casas de manera equidistante, y no creo que hoy se vayan a tomar una copa con sus amigos. Caminan por el límite del campo de influencian de cada uno. Se me ocurre que es como si Wellington y Napoleón se hubieran puesto a pasear por la línea imaginaria que separaba en Waterloo los ejércitos inglés y francés.

Me giro para irme a buscar el coche. Una madre con su hijo caminan justo delante. Unos 10 años el chico. Parece muy formal. Como Guillermo de pequeño. Habla con su madre de igual a igual. Pregunta y la madre intenta responder. Hay preguntas que la superan. Preguntas que le hacen desear que estuviera en ese momento su ex-marido. “Él es el fan de Los Juegos del Hambre; él le ha metido en ese mundo. Ahora me tocará a mí estudiarlo para explicarle”.

– ¿Por que hay gente tan mala en esas historias? Yo creo que en la vida no hay gente tan mala.

– Peor, hijo, peor. Debes tener cuidado con la gente. No todos somos como papá y mamá (durante un instante se le pasa por la cabeza que está mintiendo miserablemente sobre la bonhomía del padre de su hijo). No debes fiarte.

Se alejan.

Me imagino que como todos los niños cuando nos dijeron eso de pequeños, no creerá a su madre, aunque no diga nada. A los demás, como le pasará a él, nos fueron dando tortas y nos dimos cuenta que no solo mamá tenía razón, sino que se quedó corta. De haberlo sabido en el vientre materno lo que nos íbamos a encontrar, a lo mejor nos hubiéramos quedado dentro, sin salir, al calorcito.

Pero ahí mamá no nos dijo nada. Esperó a que tuviéramos 5 ó 6 años y empezó a asustarnos con los hombres y mujeres malos, con saco o si él, con no aceptar nada de extraños, y cuidado con los conocidos, que todos no son trigo limpio… y tal y cual.

Me suena el móvil. Al sacarlo del bolsillo, veo un corazón en la pantalla. Sonrío.

Iba a mandarle un beso como respuesta, pero me arrepiento. Marco su número y cuelgo. Sé que Guillermo seguirá llevando su mano en el bolsillo, agarrando el teléfono. Y sentirá los dos primeros compases del tono de mi llamada. Me ha puesto un tono diferenciado para mí. Me entra la duda de si me ha visto o simplemente se ha acordado de mí. De todas formas, me gusta.

Me acabo el cigarrillo justo cuando llego al coche. Veo alejarse a la madre con su hijo, ahora cogidos de la mano. Otra vez me recuerda a mi abuela.

Cambio de dirección la mirada hacia dónde me imagino que irá Guillermo. Tengo la tentación de ir a buscarlo. Pero… no sería lo mejor para él. Natalia es una pieza importante de su vida. Y debe arreglarlo con ella. Ya tendremos tiempo de abrazarnos y apoyarnos. Tendré tiempo de intentar protegerlo y de que él haga lo mismo conmigo.

Enciendo la calefacción de coche.

– A dormir.

Y hacia allí puse rumbo.

Os contaría con qué soñé y con quién, pero me parece una obviedad que insultaría vuestra inteligencia.

Her, la película.

jimmy160314-her cartel

Hoy toca otra película. Se titula “Her”.

La protagonista de la película es “Ella”. Qué chiste más malo, como me parto.

😉

Pero en pantalla el que sale es él.

Otro chiste malo.

Aunque a ella se la escucha permanentemente.

Dicho así puede parecer que se trata de una historia machista, y no es cierto. Dicho así puede parecer cualquier cosa, pero es otra muy distinta.

El protagonista que sale en la pantalla es Joaquim Phoenix. Yo todavía estoy subyugado de su hermano River. Una lástima su mala cabeza que nos privó de su presencia.

jimmy160314-her01

Joaquim es un hombre que está en proceso de divorcio. Sigue perdidamente enamorado, y da la impresión de que su casi ex-mujer, también lo quiere. Pero pasa con ellos algo que suele ser más habitual de lo que parece: tienen distintas maneras de expresar su amor, y Joaquim es, digamos, un poco parco en sus expresiones de amor. De amor y en realidad de cualquier cosa.

Joaquim se dedica a escribir cartas a otras personas. Cartas de amor, de amigos, de padres a hijos, poner sentimientos en los dedos de otros, sentimientos que él mismo es incapaz de decir en voz alta.

Hay que decir que todo esto ocurre en un futuro no demasiado lejano, en la que la tecnología es abrumadora.

Un día, va a una de estas ferias de lo último de lo último, y resulta que se compra un nuevo sistema operativo. Está basado en Inteligencia artificial, que es algo súper guay.

jimmy160314-her02

Lo pone en marcha, lo configura con voz de mujer, y joder, tío, que resulta, agárrate, que acaba enamorándose de ella.

Abre mucho los ojos, intenta explicarse el tema… pero para que veáis como ha cambiado la sociedad, casi nadie se extraña de que eso haya ocurrido. O sea, cuando lo cuenta a sus amigos, éstos lo aceptan como lo más natural del mundo. Es como si ahora dices por ahí que te has enamorado de un tío al que no has visto en la vida y que vive, vete tú a saber dónde. Y puede tener la cara de vete tú a saber quién, porque nunca lo has visto. Mucho menos lo has palpado o perfilado su cuerpo con tus manos.

Todo esto la culpa la tiene Cyrano de Bergerac. Que lo vemos como lo más natural del mundo su historia de enamoramiento a través de unas cartas, y que es el precursor de todas estas historias.

La historia es sencilla. Esto mismo lo podía haber contado en cuatro palabras: “Hombre se enamora de ordenador”. Han sido cinco, perdonad. Pero reconoce que es más guay la forma que he tenido de contarlo yo.

Por cierto, el Sistema Operativo responde al nombre de Samantha.

jimmy160314-her03

Y llega el momento de expresar el regusto que le queda a uno después de verla.

Un regusto muy bueno. Merece la pena verla y sobre todo, pensar en ello. Reflexionar.

Reflexionemos.

¿Nos estamos volviendo unos anti-sociales en la era de la comunicación? La película está llena de solitarios incapaces de mostrar sus sentimientos. Estamos en un mundo en el que una empresa dedicada a escribir cartas luce muy boyante y paga unos sueldazos de muerte, porque la forma de vivir del protagonista así parece indicarlo. No está él solo escribiendo cartas, es un recinto lleno de escritores de sentimientos por cuenta ajena. Pero en realidad, ese chico que podría parecer que, dedicándose a ello, a escribir sentimientos, sería él mismo un gran exponente de sus propios, resulta que deja ir al amor de su vida por no saber decir “te quiero”. Por no saber adaptarse a su mujer, a la que conoce de toda su vida. Ella me da la sensación de que tampoco ha sabido adaptarse a él.

jimmy160314-her04

Llega un sistema operativo que se basa en que él mismo va aprendiendo continuamente. Ella será la que se adapte a él, claro. ¿O no?

La verdad es que la película está llena de cosas interesantes. Cómo resuelve una reunión de un amigo y compañero de trabajo de Joaquim y su novia, con el propio protagonista y la suya. Como hacen el amor, no es una novedad, al fin y al cabo, muchos hacen el amor con voces lejanas.

Pero en parte, ese sistema operativo, acaba teniendo una forma de actuar que si te pones a pensar, tiene muchas de las cualidades que todos buscamos en nuestra pareja. Y siempre va contigo, siempre está disponible.

¿Ese es nuestro futuro?

Hoy, cuando estamos con amigos, muchos de ellos se dedican a wasapear sobre con quien estar, o a twitear, con lo cual se pierden las cosas que ocurren en la reunión. Sacan fotos, las editan, las suben a Instagram, mientras el otro espera, o hace lo mismo. Están juntos, están contando que están juntos, pero en realidad están con el resto del mundo.

Es muy interesante. Tiene solo un pequeño problema, y es que para mi gusto, le sobran diez minutos.

jimmy160314-her05

Joaquim Phoenix está inmenso. La voz del sistema operativo, si la veis en inglés es de Scarlett Johansson y si la veis en español, de Inés Blázquez. Yo la he visto doblada y la voz de ella es maravillosa.

Otros actores son Chris Pratt, Amy Adams, y Rooney Mara. Y voces muchas.

Dirige Spike Jonze.

El tráiler:

.

.

Y una (maravillosa) de las canciones de la banda sonora:

.

.

Para más información y una crítica más sesuda que la mía, en la Butaca.

Hacía tiempo que no paseaba por Burgos.

Un día primaveral, aunque era todavía invierno. Ahora toca primavera, pero parece invierno.

Pero todas las estaciones tiene su cosa. Todos los días lo tienen, en realidad. En invierno, en primavera, Burgos tiene unas vistas que no se pueden encontrar en otras estaciones. Por ejemplo, puedes disfrutar de los edificios del Espolón sin las ramas de esos árboles entrelazados tan característicos y bellos, pero que ocultan a la vista algunos ejemplos de arquitectura civil muy interesantes. O vistas de la Catedral tampoco posibles en verano, o del Arco de Santa María.

No me enrollo, y nos ponemos a pasear por el centro de Burgos. No os olvidéis de pinchar las fotos para verlas en grande.

Empezamos por la Puerta Principal de Burgos: El Arco de Santa María.

jimmy230314-paseando por burgos01

Y seguimos.

jimmy230314-paseando por burgos03

jimmy230314-paseando por burgos02 jimmy230314-paseando por burgos05 jimmy230314-paseando por burgos07 jimmy230314-paseando por burgos06 jimmy230314-paseando por burgos08 jimmy230314-paseando por burgos09 jimmy230314-paseando por burgos10 jimmy230314-paseando por burgos11 jimmy230314-paseando por burgos12

Podéis ir preparando el viaje para venir a Burgos.

Más fotos de Burgos, pinchando los enlaces de más abajo.

.

.

Paseando por Burgos

Más Paseos por Burgos

Paseando en Navidad por Burgos – 2011

Paseando en Navidad por Burgos – 2012

Paseando en Navidad por Burgos – 2013

Paseando por la Semana Santa de Burgos – 2011

Fin de Semana cidiano – Burgos Medieval 2013

Arco de Santamaría

.

Advertencia: Si pincháis en las fotos, las veréis en grande.

 

Tan cerca y no se veían.

Era uno de esos días en que la vida iba a dar un cambio radical. Jose esperaba nervioso a que le vinieran a recoger. Miraba por la ventana, miraba a un lado de la calle, al otro, buscando el coche de su hermano. Pero se retrasaba.

Se sentaba un minuto en la butaca moviendo compulsivamente su pierna, haciendo esfuerzos por no morderse las uñas y estropear la manicura que le habían hecho el día anterior. Siguiendo un impulso irrefrenable, se levantaba de un salto y se asomaba otra vez a la ventana, miraba a un lado, al otro, repetía… pero no, no veía el coche de su hermano.

Miraba el reloj y otra vez debía luchar contra su necesidad de morderse las uñas.

¿Y si había pasado algo? ¿Y si se había arrepentido? ¿Un accidente?

Se volvió a la butaca y reparó en un álbum de fotos que Diego le había regalado hacía unas semanas para celebrar “San Queremos”.

Sonrió.

Lo cogió y lo puso sobre sus piernas. Lo abrió con cuidado, como si fuera un libro antiguo y temiera que se fuera a volatilizar si lo hacía de forma decidida. O como si se fueran a escapar los recuerdos por el aleteo de las hojas al pasar.

Recordaba aquella época en la que pensaba que Él, no era nada interesante. Aquella época en la que pasaban los días sin esperanza, sin amor. Se miraba al espejo y veía a alguien anodino, sin alma, sin nada. No estaba tampoco lanzado a la búsqueda (¿Para qué, para sufrir por el rechazo?), no estaba a la caza del chico. No se apuntaba a las páginas esas en las que se encontraba un folleteo. No valía para eso. No era guapo, ni tenía un cuerpo esculpido por el Dios de la belleza. Y le importaba demasiado no hacer el ridículo. Su cuota ya había sido colmada.

Él siempre había soñado con alguien joven y rutilante. Él tenía un punto reflexivo y tranquilo, necesitaba un punto loco, estimulante, que le devolviera a la vida.

Pero estaba claro que, los chicos que le gustaban, no sentían mucho interés por él. Ni siquiera como amigo. Algunos se acercaban, pero con la misma rapidez, nadaban en dirección contraria.

Había uno, Diego, que para su sorpresa, puso de su parte para mantener la amistad. Tenía algunos años menos que él. Tenía también una mente privilegiada. Estaba estudiando arquitectura, y a la vez, trabajaba en un Starbucks. Se había ido a vivir a Madrid para estudiar, y poco a poco, se había desligado de sus padres. Al final, llegado el momento en que se decidió a decirles que era gay, unas Navidades que resultaron catárticas, fueron sus padres quienes se desligaron completamente de él. No le dejaron alternativa. Pero él ya se había preparado para ello. Así que no le supuso ningún problema. Lo esperaba, porque los conocía. No fue ningún trauma, al contrario, constituyó una auténtica liberación. Hacía tiempo que no sentía ningún apego por ellos. No los sentía afines en ningún aspecto. Llegó a pensar que había sido adoptado, porque no concebía que en una familia de sangre se pudieran dar tal grado de separación entre sus padres y él.

Fue frío y calculador al preparar el anuncio. Es el único homenaje que le dedicó a su padre. Ya tenía su carrera encarrilada con unas notas excepcionales, tenía su trabajo que le permitía no sufrir por comer, ni por la falta de los recursos que sus padres le enviaban. Además, había ahorrado dinero mientras la ruptura no fue consumada.

Esas Navidades volvió a casa con el equipaje justo y billete de vuelta para el día de Navidad. En Nochebuena, todos en la mesa, sus padres, sus tíos, primos… y lo anunció. Tanto su padre como su madre, lo taladraron con la mirada. Su hermano se levantó de la mesa indignado.

– Me das asco – dijo con todo el odio del que fue capaz, saliendo dando un portazo.

Óscar si que debía ser hijo de sus padres. Él había heredado todas sus habilidades y su intransigencia. Siempre habían sido como la noche y el día. Esa Nochebuena dejaron de fingir y se declararon oficialmente como personas desconocidas.

Su padre fue más educado.

– No acepto tu forma de ser. Mientras vivas bajo mi techo, serás lo que yo diga que seas y…

Diego no dejó que acabara. Sonrió devolviendo la mirada dura de su progenitor. Ni siquiera pestañeó. Se levantó de la mesa, sonrió amablemente a sus tíos y sus primos “Perdonad que os haya fastidiado la cena de Nochebuena”, subió a su habitación y recogió su mochila, que ni siquiera había deshecho. Metió cuatro cosas en otra bolsa de deporte, ropa, algunos recuerdos, sus libros preferidos y se asomó al comedor:

– Muchas gracias por todo. Que os vaya bien.

Su madre ni siquiera levantó la cabeza. Siguió comiendo como si nada y comentando el concierto que habían dado en televisión de Raphael. Su padre le despidió con un lacónico “adiós”. Sus tíos observaban la situación con incredulidad e incomodidad, mirando alternativamente a los padres y al hijo que salía por la puerta. Sus primos y primas no se atrevían a decir nada.

Luego, mientras esperaba la salida del tren en la estación, Diego se sonreía de su ocurrencia al despedirse: “Qué os vaya bien”. Tenía que haber acabado diciendo: “Buena suerte”. Lamentó no haber llamado a Óscar para que volviera a la mesa.

Jose y Diego congeniaron enseguida cuando se conocieron. Fue en el Starbucks, pero no en el que trabajaba Diego. Diego lo hacía en el de la Plaza de los Cubos, en Princesa, pero fue en el de Infantas donde coincidieron en la cola para pedir y bromearon a costa el chico que les atendía, que se estaba haciendo un lío monumental. Los dos habían quedado ese día allí… y a los dos les dieron plantón. Diego lo había hecho con un ligue del día anterior y Jose con una amiga. Al final, se juntaron en uno de esos sofás, y charlaron.

Ahí comenzó todo, aunque ellos no se dieron cuenta de nada.

Diego, estaba de relación en relación. Era lo único que no conseguía controlar. No encontraba al chico que le gustara y que fuera algo recíproco. Se obsesionó mucho tiempo con un chico, que le mareó. Lo dejaba, volvía, declaraba su amor, rompía, se iba con otro, volvía, juraba y perjuraba que lo amaba para al día siguiente decir eso de “Eres demasiado para mí, es mejor que no sigamos”, pero volvía a cambiar de opinión y volvía a ponerle los cuernos, y así hasta hasta el infinito. Como un culebrón venezolano de 2974 capítulos.

Jose se convirtió en su confidente. Es algo que pasa a veces, que sientes que alguien al que acabas de conocer es la persona indicada para vaciarte con la seguridad de que te va a escuchar y no te va a juzgar. Jose no le dijo eso de “A mi me encanta escuchar” que dicen otros y que suele preceder a la demostración de que en realidad lo que le gusta y para lo que sirve es para hablar y hablar, sin pensar en nadie más que en él mismo. Así que Diego habló y Jose luego, también habló. Y los dos escucharon.

Jose… no supo nunca el momento en que le empezó a hacer tilín Diego. Fue algo progresivo y a lo que no puso nombre, porque tampoco se percató de que hubiera que ponerlo. Se encontró hablando todos los días con él, algo muy natural entre amigos. Se encontró pensando casi todos los días en él, pero tampoco le dio importancia. Cada vez que le pasaba algo reseñable inmediatamente se imaginaba el momento en que se lo contaría. Cerraba los ojos y se lo imaginaba escuchando, y solo eso, mitigaba su ansiedad o su dolor, o su enfado por las contrariedades que el pasaban en su trabajo.

Cada semana quedaban al menos un par de veces. Haciendo los dos esfuerzos a veces grotescos para tener un pequeño encuentro, aunque sus ocupaciones se lo pusieran difícil.

Diego tampoco pensó en un nombre para aquello. Hasta que un día le propuso a Jose que pasara por el Starbucks donde trabajaba, a la hora en que tenía el descanso. “Luego tengo que irme pitando a la Uni, y saldré a las mil”. A partir de ese día, Jose cogió la costumbre de pasarse en ese rato. Los compañeros de trabajo de Diego, empezaron a llamar a Jose “su novio”. “Ahí está tu novio” “Este es el moka blanco de tu novio”. “Ha llamado tu novio”. Diego al principio les llevaba la contraria… “Qué no es mi novio”, “¡Qué más quisiera yo!”… “Qué no es mi novio” “Joder, que no es mi novio, ¡Qué pesados! ¡¡Cansinos, que sois unos cansinos!!”, decía, insistía para intentar convencerlos. Pero al cabo de unos días, se cansó, dio la batalla por perdida y no decía nada. Cambió de estrategia y él era el primero que declaraba… “Ahí está mi novio”, y se sonreía pensando en si Jose llegara a enterarse que lo llamaba así delante de sus compañeros.

El día del cumpleaños de Jose, el 30 de Noviembre, Diego cambió de turno para ir a cenar con él. Quedaron en un Cañas y Tapas que hay por Fuencarral, casi a la altura de Quevedo.

Le hizo un pequeño regalo. Un libro que Jose llevaba tiempo diciendo que se iba a comprar… pero nunca lo hacía. “Battle Royale, de Koushun Takami”. Pidieron incluso una botella de Cava Semi Seco, como les gustaba a los dos. Y brindaron. Después del primer sorbo de cava, cuando los comensales se suelen mirar a los ojos, Diego, por sorpresa, le dijo:

– Sabes, Jose, todos mis compañeros se refieren a ti como mi novio.

Jose intentó hablar… pero Diego le hizo un gesto de que callara… que le dejara seguir.

– Me cansé de decirles que no, y desde hace unos meses me refiero a ti como “mi novio”. Y sabes, me he dado cuenta de que hace tiempo que, también para mis adentros, te llamo “mi novio”. Hace mucho tiempo que no siento la necesidad de buscar otras parejas, ni nuevos ligues. Casi no me doy cuenta… y te dejo marchar… Te tenía tan cerca de mí, que no te veía. Ya, ya, me dirás que siempre he dicho que buscaba un chico de esta manera, y así, y asá… pero… sabes… creo que, aunque no lo sabía, aunque nunca me lo había planteado… creo que tú eres lo que siempre he querido. Así que… si no te importa… coge el libro que te he regalado, y mira en el lomo, por dentro… sí, así… ábrelo… ¡cuidado! ¡Qué se cae!… Jose… si quisieras ponerte ese anillo… quisiera que a partir de hoy, fuéramos novios… de verdad.

A Diego en ese rato que esperaba la respuesta, el corazón le latía un poco nervioso y el estómago le ardía de la ansiedad.

A Jose se le quedó la cara así como de pasmarote. En su mente pasaron miles de imágenes de esos meses desde que había conocido a Diego. Todas esas cosas que no sintió la necesidad de bautizar de una manera especial y que, tras la declaración de su amigo, ahora adquirían una nueva perspectiva. Cuando fue a reaccionar, se le irritaron los ojos y se escapó alguna lágrima. Cogió el anillo que había caído en la mesa, aunque por los nervios, la emoción, o el canguelo que le entró o vete tú a saber qué, al intentar ponérselo se cayó al suelo. Estuvieron los dos un buen rato buscándolo, entre risas, y con los demás comensales riendo y aplaudiendo… todos mirando al suelo. Al final un camarero encontró el dichoso anillo casi en la otra punta del comedor, y se lo dio a Jose… quien se lo puso corriendo.

– No vaya a ser que te arrepientas – dijo entre riendo, llorando… y colorado por el ridículo de estar buscando el anillo por el suelo con todo el restaurante pendiente de ellos. Y por los aplausos y vítores que siguieron al acto de poner el anillo. Faltó un “¡qué se besen!”, aunque ellos lo hicieron sin petición por medio. Su primer beso en los labios.

Todo fue bien. Bautizar a su amistad de otra manera, no fue un hecho relevante que provocara ninguna tensión en su relación. Al cabo de unas semanas, lo arreglaron para ir a vivir juntos al piso de Jose. Diego acabó el proyecto de su carrera al año siguiente, y encontró trabajo en el Estudio dónde hizo las prácticas. Aún así, seguía trabajando en Starbucks, aunque a media jornada. En el Estudio al principio, ganaba poco.

Pero Jose le convenció al cabo de un par de meses, para que siguiera solo en el Estudio. Y un día, al poco de dejar la cafetería, esta vez fue Jose quien le organizó una cena, de cumpleaños también, el 23 de Marzo, el cumpleaños de Diego, y en el que también hubo anillo de por medio… pero esta vez para casarse.

Y en esas estaba Jose. Esperando que su hermano le viniera a recoger en el coche para ir al juzgado.

Miraba por la ventana. Estaba nervioso. Había perdido la esperanza de encontrar al hombre de sus sueños… y en realidad había encontrado a un hombre en el que nunca se había atrevido a soñar.

Jose miraba por la ventana. Y Jose, era feliz.

Solo unas horas después, estaría de vuelta en casa para disfrutar de su noche de bodas. Tenían fresas, tenían cava, tenían unas velas para la cena de dos, un menú a gusto de ambos, tenían muchos besos para darse y una música preparada en el equipo para bailar, lentamente, agarrados por la cintura, mirándose y besándose. Apoyando su cabeza en el hombro del otro, sintiéndose juntos y felices.

Su hermano tocó el claxon. ¡Por fin! Ya era la hora.

Suspiró hondo, se aseguró de llevar los anillos en el bolsillo y salió de casa, con una sonrisa clavada en su rostro.