Arturo escribe.

No, no quiero. No quiero ponerme a pensar en ellos. Me duele el alma, las entrañas, hasta el último rinconcito de mi cuerpo, hasta ese en el que nunca he tenido conciencia de poseer.

Ya ha pasado algún tiempo. Se fueron al cielo, como se diría a un niño. Me hubiera gustado ser un niño para que me lo hubieran dicho así. Y tener la inocencia de mirar al cielo y verlos, y bailar para ellos, y reír con ellos. Sentir con ellos. Y percibir como ellos nos quieren y nos aman y sentir su apoyo.

Necesito su apoyo ahora. Siempre.

El otro día entré en casa y sentí como si estuviera en un sueño. Ya han sido muchas veces las que me he sentido así, como representando un papel en una vida que no es la mía. Como si estuviera entrando en mi casa y no fuera mía, vistiendo unas ropas que son simple atrezzo, y hablando con gente que se circunscribe a un guión que nos hemos estudiado antes. Lo único que no tengo claro, cuando tengo esas percepciones, es… ¿cuándo hemos ensayado? Y si lo hemos hecho… ¿por qué no hemos mejorado la historia para que la cosa vaya mejor, para que los personajes sean felices, se amen, rían, y sepan abrazar. Para que no finjamos preocuparnos por el prójimo cuando en realidad queremos machacarlo, porque lo único que nos importa es “yo, yo, yo”.

Yo.

Ellos podrían estar aquí y ayudarme con esta vida, quizás pudieran mejorar las líneas del guión de la vida que me tocan. SE fueron pronto, siempre se van pronto, aunque nos pille con muchos años. Siempre es pronto para desprenderte de la gente que te quiere. Es que no hay tanta gente que le quiere a uno ¿sabes? En eso nos engañamos mucho… mucho.

Lloro muchas veces, cuando no me ve nadie. Voy por la calle y recuerdo algo, recuerdo ese día, por ejemplo, que nos sentamos en una terraza y pedimos unas tortitas que estaban malísimas y nos entró la risa, y el camarero se casi enfadó porque parecía que nos reíamos de él, aunque al final es cierto, nos reíamos de él, el pobre, pero es que era o reírnos o saltar a la yugular del cocinero y asesinarlo allí mismo, como un justo castigo por una falta grave, muy grave diría. No se puede fastidiar a unas tortitas de esa manera, no ante los ojos de unos amantes de ellas, como nosotros. Mi madre adoraba las tortitas y las hacía… no he vuelto a comer tortitas desde que murió. No puedo. Me entra… como decía antes, me entra la congoja en dónde esté y al final acabo en un mar de lágrimas, escondiéndome en el servicio, si es que estoy con alguien. No está bien llorar a cada momento cuando estás con tus amigos.

Algunos me evitan después de pillarme llorando. Les da como mal rollo o yo qué sé. Es por eso de que ha pasado ya un tiempo… pero ¿En cuánto tiempo debemos olvidar? ¿Cuánto tiempo nos pueden aguantar los amigos esos ratos de congoja y soledad en los que no podemos evitar llorar desconsoladamente o volvernos locos del dolor? Ese dolor… duele. El dolor vuelve loco a uno.

No sé tampoco si quiero olvidarlos.

El otro día volvió Tomás de su viaje. Cuando entró por la puerta con Ernesto, solo fue un instante que nos miramos a los ojos y ya estábamos llorando como magdalenas. Abrazados. Pegados. Han sido varios días sin vernos y … no puedo vivir sin el enano. Y sin Ernesto tampoco. Si les pasara algo a ellos, no podría seguir viviendo, fijo. No podría soportar una carga de dolor mayor… joder. Necesito a mi hermano pequeño para que mitigue mi… es el único que entiende qué pasa por dentro de mí, como duele, los recuerdos…

Ernesto nos miraba sonriendo. Noté un pequeño gesto de orgullo en su mirada. El resto de ella irradiaba amor por nosotros. Cuánto agradezco al destino, a Dios, o a quién sea, que tantas cosas nos ha quitado, que haya propiciado que nos encontramos con Ernesto en el camino. Colma nuestra ansia de protección y de amor. Cuanto se equivocaban aquellos que lo consideraban un deshecho humano, alguien que no podría vivir sin nadie al lado que le hiciera las cosas más normales de la vida, que el comprara los calcetines, que le preparara el desayuno… Ernesto siempre con su fama de vivir permanentemente en el limbo de los sueños imposibles. Un escritor de una novela como decían. Es nuestro padre, de las pocas personas que nos unen a la tierra, a la vida. Sin él, sin su empeño, sin sus recursos, me hubiera ido con mi madre y mi hermana.

Yo ahora mismo, diría que quiero a muy pocas personas. Diría a dos, a Tomás y a Ernesto. Antes tenía muchos amigos, y los sigo teniendo, pero… de otra forma. Antes ocupaban un lugar muy importante en mi ranking de personas VIP. Pero han ido bajando puestos… y nadie los ha sustituido. Ni siquiera Sara, la chica con la que estoy tonteando, para desesperación de Ernesto. El pobre yo creo que finge que no le gusta que salga con chicas para que yo haga al contrario, para que salga y vuelva a vivir un poco la vida, como me dice cada vez que tiene ocasión. Pero ahora mismo, no me apetece demasiado vivir la vida, ni dedicarme a lo mismo que hace el resto de la gente, mis amigos. No. Estoy a gusto en casa, leyendo, estudiando, viendo cine, escuchando como ensaya Tomás, o ayudando a Ernesto a escribir.

Ernesto también está solo. Lo intentó con el ascensorista, pero éste salió corriendo un buen día, sin saber muy bien por qué. Creo que a Ernesto no le contrarió demasiado. Creo que se había desengañado (Ese chico al que en la ficción cambiamos tanto de nombre que ahora mismo ya ni me acuerdo de cual era el verdadero); le idealizó quizás por escribir sobre él y hacerlo un poco en la ficción como él hubiera querido que fuera para quedar prendado de sus encantos. Era un hombre estupendo, pero… no era lo que Ernesto había imaginado para el personaje. No fue culpa de ese chico… Pero… el caso es que no era lo esperado. Elías, creo que se llamaba Elías, me acabo de acordar.

Debería salir a la calle a pasear. Pero… no me apetece. Debería aceptar la idea de Sara de pasar la tarde con ella en casa de sus padres, que se han ido de puente. Pero… no creo estar en disposición de cumplir mis deberes de novio.

Ernesto me está mirando mientras escribo, por una rendija de la puerta. Va a entrar en cualquier momento y me va a meter en uno de sus planes locos al que pondré todos los reparos del mundo, pero al que acabaré adhiriéndome y que acabará entre risas y carreras por la calle, o en el cine, o en el burguer… o dónde sea que nos quiera llevar.

Sigo echándolas de menos. Sigo preguntándome lo que haré sin ellas. Sigo pensando que esta vida no es la mía, no me corresponde… no sé como explicarlo mejor. Sin ellas no soy nada.

Empieza el ataque de Ernesto contra mi abulia. Y viene secundado por Tomás con esos ojazos que me llegan adentró. Estoy orgulloso de mi hermano. Sí.

Me quedan diez minutos para rendirme.

Hasta la vista.

____

Arturo es uno de los personajes de “El Escritor y los cuentos de Navidad”.

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