No pudo hacerlo.

No pudo hacerlo. Tenía el teléfono en la mano. Su dedo pulgar acariciaba las teclas… así durante un tiempo que era mucho pero que para él fue un suspiro.

Pero no pudo. No pudo marcar.

Tenía tantas cosas que decirle… tantas cosas… pero no podía.

Dejó el teléfono sobre la mesita. Y se recostó en el sofá. La tele funcionaba sin voz, tiñendo la oscuridad de la habitación con sus brillos y colores. Ahora aparecía el presentador del informativo. Después, unas imágenes campestres. Una industria mugrienta. Un chico cantando. Un anuncio de detergente.

Era su hijo, pero no podía. Tenía una lucha interna todos los días. Era su hijo. Era un buen hijo. Pero no podía aceptar, ni lo podría hacer nunca que, su hijo fuera homosexual.

Fue un shock cuando se enteró. No se lo dijo él. Uno que tenía cuentas pendientes con su vástago, le abordó en plena calle y se lo soltó. “¿Usted es el padre del marica ese no?”. Muy educado él, tratando de usted y todo. Luego un anónimo dejado en su buzón. Lloró, y lloró. No podía comprender como su hijo podría haber caído en esa depravación. ¿Se habría equivocado en algo? No podía comprender como su hijo prefería besar unos labios con pelos en los lados, a la suavidad de los labios y piel de una bella mujer. Le repugnaba solo de pensarlo, solo de imaginarlo. ¿Qué han hecho mal ellos?

Cuando se enteró, habló con él, tranquilo, consiguió contener su enorme enfado. Él pensaba que su hijo iba a entrar en razón, que iba a abandonar esas prácticas “lo haces por castigarme, hijo, por no haberte comprado la moto”. “Soy así, papá, es fácil”.

– Es fácil – se repetía a todas horas, y cada vez que se lo repetía, lo veía con ese gesto decidido.

Preparó un plan de ataque. Hizo todo lo posible porque abandonara ese “vicio”. Le llevó a psicólogos, le pegó, le castigó, le encerró en casa… Ni siquiera le dejó seguir estudiando. Pensó que todo había sido culpa de alguno de sus amigos que le envició. Porque en su familia, esas cosas no se daban. No.

Le vio sufrir todos esos meses. Vio en su mirada implorante, que le dejara vivir, que le entendiera. Él lo intentó… sí que lo hizo… intentó entenderlo… pero imaginarse a su hijo en brazos de un señor barbudo, pervertidor y salvaje, que le haría daño, que le abandonaría a las primeras de cambio… no podía… no podía… no era capaz de aceptarlo ni de resignarse. Y apartaba la mirada de sus ojos, cuando se encontraban. No podía soportar esas súplicas silenciosas.

Pero era su hijo. Sí, lo era. No podría seguir viéndole sufrir así.

Abrió la puerta de su casa, y le dejó marchar. Él miraba hacia otro lado. Con lo puesto sí. Pero no podía soportar seguir viéndolo. Alguno de sus amigos le decía que le encerrara de por vida, que le llevara a alguno de esos centros en los que se daban corrientes y en dónde psicólogos decía poder conseguir que esa enfermedad se curara. Pero algo dentro de él, le decía que, nunca podría cambiarlo.

Así que, contra los consejos y la opinión de los demás, de su familia, de sus amistades, le abrió la puerta. Hubiera sido mejor no enterarse, pensaba, mientras oía como su hijo la cerraba para no volver. Vivir en la ignorancia. No ser consciente que, todo los esfuerzos que hicieron él y su mujer, toda la educación esmerada que le dieron, no sirviera de nada. Ni las tradiciones familiares… Todo lo hicieron mal, ahora era consciente.

Volvió a coger el teléfono, y buscó su número. Lo miró. Estuvo con el dedo sobre el botón de llamada un buen rato. Otra vez…

… pero no lo hizo. No marcó. Algo dentro de él, algo mucho más fuerte que él mismo, le impedía llamar. Ese mismo algo, le decía que, pasaría mucho tiempo hasta que pudiera hablar con él con normalidad. Y mucho menos ayudarle. Quizás dentro de unos años, quizás, pudiera acercarse a él. Quizás entonces pudiera ayudarle. Quizás le pudiera recibir en su casa.

Volvió a dejar el teléfono. Perdió otra vez la mirada. Recordó aquellos días en que se sintió más débil y le escribió. Le alegró saber que estaba bien, y que salía adelante. Pero no pudo ayudarle cuando se lo pidió. Sin renunciar a su… vicio, no. Creyó en unos momentos que sí podría. Pero tuvo que volver a decirle que no.

Debería transcurrir mucho tiempo. Mucho. Y aún así, sentía que, nunca podría mirarle a sus ojos, y pensar que, esos mismos ojos, iguales a los suyos, habían mirado a otro hombre con pasión, y lujuria… incluso con amor…

Apagó la televisión y se fue a dormir… como si eso, en los últimos tiempos, fuera posible.

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3 pensamientos en “No pudo hacerlo.

  1. Lo entiendo hasta cierto punto… pero si de verdad quieres a tu hijo al final coges el teléfono y llamas, xxxx!!!

    xxxx lo sustituyes por cualquier palabrota que se te ocurra.

  2. “Vuestros hijos no son vuestros niños.
    Son los hijos e hijas del propio anhelo de vida.
    Vienen a través de vosotros pero no provienen de vosotros
    y aunque están con vosotros no os pertenecen.

    Podéis darles vuestro amor pero no vuestros pensamientos,
    puesto que tienen sus propios pensamientos.
    podéis alojar sus cuerpos mas no sus almas,
    puesto que sus almas moran en la casa del mañana, que vosotros no
    podéis visitar, ni en vuestros sueños.

    Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no intentéis hacerlos como
    vosotros,
    puesto que la vida no mira ni espera al ayer.

    Sois los arcos de los que vuestros hijos parten como flechas vivientes.

    Abandonaos en manos del arquero: será para bien.”

    Jalil Gibran, poeta libanés

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