Tan cerca y no se veían.

Era uno de esos días en que la vida iba a dar un cambio radical. Jose esperaba nervioso a que le vinieran a recoger. Miraba por la ventana, miraba a un lado de la calle, al otro, buscando el coche de su hermano. Pero se retrasaba.

Se sentaba un minuto en la butaca moviendo compulsivamente su pierna, haciendo esfuerzos por no morderse las uñas y estropear la manicura que le habían hecho el día anterior. Siguiendo un impulso irrefrenable, se levantaba de un salto y se asomaba otra vez a la ventana, miraba a un lado, al otro, repetía… pero no, no veía el coche de su hermano.

Miraba el reloj y otra vez debía luchar contra su necesidad de morderse las uñas.

¿Y si había pasado algo? ¿Y si se había arrepentido? ¿Un accidente?

Se volvió a la butaca y reparó en un álbum de fotos que Diego le había regalado hacía unas semanas para celebrar “San Queremos”.

Sonrió.

Lo cogió y lo puso sobre sus piernas. Lo abrió con cuidado, como si fuera un libro antiguo y temiera que se fuera a volatilizar si lo hacía de forma decidida. O como si se fueran a escapar los recuerdos por el aleteo de las hojas al pasar.

Recordaba aquella época en la que pensaba que Él, no era nada interesante. Aquella época en la que pasaban los días sin esperanza, sin amor. Se miraba al espejo y veía a alguien anodino, sin alma, sin nada. No estaba tampoco lanzado a la búsqueda (¿Para qué, para sufrir por el rechazo?), no estaba a la caza del chico. No se apuntaba a las páginas esas en las que se encontraba un folleteo. No valía para eso. No era guapo, ni tenía un cuerpo esculpido por el Dios de la belleza. Y le importaba demasiado no hacer el ridículo. Su cuota ya había sido colmada.

Él siempre había soñado con alguien joven y rutilante. Él tenía un punto reflexivo y tranquilo, necesitaba un punto loco, estimulante, que le devolviera a la vida.

Pero estaba claro que, los chicos que le gustaban, no sentían mucho interés por él. Ni siquiera como amigo. Algunos se acercaban, pero con la misma rapidez, nadaban en dirección contraria.

Había uno, Diego, que para su sorpresa, puso de su parte para mantener la amistad. Tenía algunos años menos que él. Tenía también una mente privilegiada. Estaba estudiando arquitectura, y a la vez, trabajaba en un Starbucks. Se había ido a vivir a Madrid para estudiar, y poco a poco, se había desligado de sus padres. Al final, llegado el momento en que se decidió a decirles que era gay, unas Navidades que resultaron catárticas, fueron sus padres quienes se desligaron completamente de él. No le dejaron alternativa. Pero él ya se había preparado para ello. Así que no le supuso ningún problema. Lo esperaba, porque los conocía. No fue ningún trauma, al contrario, constituyó una auténtica liberación. Hacía tiempo que no sentía ningún apego por ellos. No los sentía afines en ningún aspecto. Llegó a pensar que había sido adoptado, porque no concebía que en una familia de sangre se pudieran dar tal grado de separación entre sus padres y él.

Fue frío y calculador al preparar el anuncio. Es el único homenaje que le dedicó a su padre. Ya tenía su carrera encarrilada con unas notas excepcionales, tenía su trabajo que le permitía no sufrir por comer, ni por la falta de los recursos que sus padres le enviaban. Además, había ahorrado dinero mientras la ruptura no fue consumada.

Esas Navidades volvió a casa con el equipaje justo y billete de vuelta para el día de Navidad. En Nochebuena, todos en la mesa, sus padres, sus tíos, primos… y lo anunció. Tanto su padre como su madre, lo taladraron con la mirada. Su hermano se levantó de la mesa indignado.

– Me das asco – dijo con todo el odio del que fue capaz, saliendo dando un portazo.

Óscar si que debía ser hijo de sus padres. Él había heredado todas sus habilidades y su intransigencia. Siempre habían sido como la noche y el día. Esa Nochebuena dejaron de fingir y se declararon oficialmente como personas desconocidas.

Su padre fue más educado.

– No acepto tu forma de ser. Mientras vivas bajo mi techo, serás lo que yo diga que seas y…

Diego no dejó que acabara. Sonrió devolviendo la mirada dura de su progenitor. Ni siquiera pestañeó. Se levantó de la mesa, sonrió amablemente a sus tíos y sus primos “Perdonad que os haya fastidiado la cena de Nochebuena”, subió a su habitación y recogió su mochila, que ni siquiera había deshecho. Metió cuatro cosas en otra bolsa de deporte, ropa, algunos recuerdos, sus libros preferidos y se asomó al comedor:

– Muchas gracias por todo. Que os vaya bien.

Su madre ni siquiera levantó la cabeza. Siguió comiendo como si nada y comentando el concierto que habían dado en televisión de Raphael. Su padre le despidió con un lacónico “adiós”. Sus tíos observaban la situación con incredulidad e incomodidad, mirando alternativamente a los padres y al hijo que salía por la puerta. Sus primos y primas no se atrevían a decir nada.

Luego, mientras esperaba la salida del tren en la estación, Diego se sonreía de su ocurrencia al despedirse: “Qué os vaya bien”. Tenía que haber acabado diciendo: “Buena suerte”. Lamentó no haber llamado a Óscar para que volviera a la mesa.

Jose y Diego congeniaron enseguida cuando se conocieron. Fue en el Starbucks, pero no en el que trabajaba Diego. Diego lo hacía en el de la Plaza de los Cubos, en Princesa, pero fue en el de Infantas donde coincidieron en la cola para pedir y bromearon a costa el chico que les atendía, que se estaba haciendo un lío monumental. Los dos habían quedado ese día allí… y a los dos les dieron plantón. Diego lo había hecho con un ligue del día anterior y Jose con una amiga. Al final, se juntaron en uno de esos sofás, y charlaron.

Ahí comenzó todo, aunque ellos no se dieron cuenta de nada.

Diego, estaba de relación en relación. Era lo único que no conseguía controlar. No encontraba al chico que le gustara y que fuera algo recíproco. Se obsesionó mucho tiempo con un chico, que le mareó. Lo dejaba, volvía, declaraba su amor, rompía, se iba con otro, volvía, juraba y perjuraba que lo amaba para al día siguiente decir eso de “Eres demasiado para mí, es mejor que no sigamos”, pero volvía a cambiar de opinión y volvía a ponerle los cuernos, y así hasta hasta el infinito. Como un culebrón venezolano de 2974 capítulos.

Jose se convirtió en su confidente. Es algo que pasa a veces, que sientes que alguien al que acabas de conocer es la persona indicada para vaciarte con la seguridad de que te va a escuchar y no te va a juzgar. Jose no le dijo eso de “A mi me encanta escuchar” que dicen otros y que suele preceder a la demostración de que en realidad lo que le gusta y para lo que sirve es para hablar y hablar, sin pensar en nadie más que en él mismo. Así que Diego habló y Jose luego, también habló. Y los dos escucharon.

Jose… no supo nunca el momento en que le empezó a hacer tilín Diego. Fue algo progresivo y a lo que no puso nombre, porque tampoco se percató de que hubiera que ponerlo. Se encontró hablando todos los días con él, algo muy natural entre amigos. Se encontró pensando casi todos los días en él, pero tampoco le dio importancia. Cada vez que le pasaba algo reseñable inmediatamente se imaginaba el momento en que se lo contaría. Cerraba los ojos y se lo imaginaba escuchando, y solo eso, mitigaba su ansiedad o su dolor, o su enfado por las contrariedades que el pasaban en su trabajo.

Cada semana quedaban al menos un par de veces. Haciendo los dos esfuerzos a veces grotescos para tener un pequeño encuentro, aunque sus ocupaciones se lo pusieran difícil.

Diego tampoco pensó en un nombre para aquello. Hasta que un día le propuso a Jose que pasara por el Starbucks donde trabajaba, a la hora en que tenía el descanso. “Luego tengo que irme pitando a la Uni, y saldré a las mil”. A partir de ese día, Jose cogió la costumbre de pasarse en ese rato. Los compañeros de trabajo de Diego, empezaron a llamar a Jose “su novio”. “Ahí está tu novio” “Este es el moka blanco de tu novio”. “Ha llamado tu novio”. Diego al principio les llevaba la contraria… “Qué no es mi novio”, “¡Qué más quisiera yo!”… “Qué no es mi novio” “Joder, que no es mi novio, ¡Qué pesados! ¡¡Cansinos, que sois unos cansinos!!”, decía, insistía para intentar convencerlos. Pero al cabo de unos días, se cansó, dio la batalla por perdida y no decía nada. Cambió de estrategia y él era el primero que declaraba… “Ahí está mi novio”, y se sonreía pensando en si Jose llegara a enterarse que lo llamaba así delante de sus compañeros.

El día del cumpleaños de Jose, el 30 de Noviembre, Diego cambió de turno para ir a cenar con él. Quedaron en un Cañas y Tapas que hay por Fuencarral, casi a la altura de Quevedo.

Le hizo un pequeño regalo. Un libro que Jose llevaba tiempo diciendo que se iba a comprar… pero nunca lo hacía. “Battle Royale, de Koushun Takami”. Pidieron incluso una botella de Cava Semi Seco, como les gustaba a los dos. Y brindaron. Después del primer sorbo de cava, cuando los comensales se suelen mirar a los ojos, Diego, por sorpresa, le dijo:

– Sabes, Jose, todos mis compañeros se refieren a ti como mi novio.

Jose intentó hablar… pero Diego le hizo un gesto de que callara… que le dejara seguir.

– Me cansé de decirles que no, y desde hace unos meses me refiero a ti como “mi novio”. Y sabes, me he dado cuenta de que hace tiempo que, también para mis adentros, te llamo “mi novio”. Hace mucho tiempo que no siento la necesidad de buscar otras parejas, ni nuevos ligues. Casi no me doy cuenta… y te dejo marchar… Te tenía tan cerca de mí, que no te veía. Ya, ya, me dirás que siempre he dicho que buscaba un chico de esta manera, y así, y asá… pero… sabes… creo que, aunque no lo sabía, aunque nunca me lo había planteado… creo que tú eres lo que siempre he querido. Así que… si no te importa… coge el libro que te he regalado, y mira en el lomo, por dentro… sí, así… ábrelo… ¡cuidado! ¡Qué se cae!… Jose… si quisieras ponerte ese anillo… quisiera que a partir de hoy, fuéramos novios… de verdad.

A Diego en ese rato que esperaba la respuesta, el corazón le latía un poco nervioso y el estómago le ardía de la ansiedad.

A Jose se le quedó la cara así como de pasmarote. En su mente pasaron miles de imágenes de esos meses desde que había conocido a Diego. Todas esas cosas que no sintió la necesidad de bautizar de una manera especial y que, tras la declaración de su amigo, ahora adquirían una nueva perspectiva. Cuando fue a reaccionar, se le irritaron los ojos y se escapó alguna lágrima. Cogió el anillo que había caído en la mesa, aunque por los nervios, la emoción, o el canguelo que le entró o vete tú a saber qué, al intentar ponérselo se cayó al suelo. Estuvieron los dos un buen rato buscándolo, entre risas, y con los demás comensales riendo y aplaudiendo… todos mirando al suelo. Al final un camarero encontró el dichoso anillo casi en la otra punta del comedor, y se lo dio a Jose… quien se lo puso corriendo.

– No vaya a ser que te arrepientas – dijo entre riendo, llorando… y colorado por el ridículo de estar buscando el anillo por el suelo con todo el restaurante pendiente de ellos. Y por los aplausos y vítores que siguieron al acto de poner el anillo. Faltó un “¡qué se besen!”, aunque ellos lo hicieron sin petición por medio. Su primer beso en los labios.

Todo fue bien. Bautizar a su amistad de otra manera, no fue un hecho relevante que provocara ninguna tensión en su relación. Al cabo de unas semanas, lo arreglaron para ir a vivir juntos al piso de Jose. Diego acabó el proyecto de su carrera al año siguiente, y encontró trabajo en el Estudio dónde hizo las prácticas. Aún así, seguía trabajando en Starbucks, aunque a media jornada. En el Estudio al principio, ganaba poco.

Pero Jose le convenció al cabo de un par de meses, para que siguiera solo en el Estudio. Y un día, al poco de dejar la cafetería, esta vez fue Jose quien le organizó una cena, de cumpleaños también, el 23 de Marzo, el cumpleaños de Diego, y en el que también hubo anillo de por medio… pero esta vez para casarse.

Y en esas estaba Jose. Esperando que su hermano le viniera a recoger en el coche para ir al juzgado.

Miraba por la ventana. Estaba nervioso. Había perdido la esperanza de encontrar al hombre de sus sueños… y en realidad había encontrado a un hombre en el que nunca se había atrevido a soñar.

Jose miraba por la ventana. Y Jose, era feliz.

Solo unas horas después, estaría de vuelta en casa para disfrutar de su noche de bodas. Tenían fresas, tenían cava, tenían unas velas para la cena de dos, un menú a gusto de ambos, tenían muchos besos para darse y una música preparada en el equipo para bailar, lentamente, agarrados por la cintura, mirándose y besándose. Apoyando su cabeza en el hombro del otro, sintiéndose juntos y felices.

Su hermano tocó el claxon. ¡Por fin! Ya era la hora.

Suspiró hondo, se aseguró de llevar los anillos en el bolsillo y salió de casa, con una sonrisa clavada en su rostro.

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