Juani y las manos misteriosas.

Juani se quitó las sandalias sentada ya en el salón. Sin variar un ápice su posición de cintura para abajo, se recostó en esa butaca que la había recibido al entrar en casa.

Estaba agotada.

Debería darse un pequeño masaje en las piernas para que reaccionaran, para mitigar el dolor de tantas horas de pie, de ir y venir y de tantas preocupaciones tontas que se agolpaban en su cabeza y que parecía que ésta había decidido trasladar a sus extremidades inferiores en forma de hormigueo lacerante y angustioso.

Pero no tenía fuerzas.

Cerró los ojos e intentó dejar la mente en blanco, pero… no… no lo conseguía.

Cerró los ojos y al menos intentó dejar de reproducir la mirada de Ernesto, y la de Juan, y la de Felisa… la juzgaban.

Cerró los ojos y al menos intentó no ver la imagen de su hijo Fernando con ese gesto de pena, de decepción.

Cerró los ojos e intentó no reproducir de nuevo, la cara de su hija Rosa. Indiferencia.

Y la mirada de Jorge.

Y quizá dejar de escuchar el tono despreciativo de Ignacio. Y el de Viky. Ella quería que la llamaran así, Viky, pero se llamaba Emilia.

– ¡Gilipollas!

Se arrepintió inmediatamente de haberla insultado. Se llevó la mano a la boca, como para evitar que saliera algún otro epíteto mal sonante.

– ¡Tonta del culo!

No lo consiguió. Hizo un gesto de fastidio con su pierna derecha, del que se arrepintió casi inmediatamente, en cuanto sus músculos protestaron, y los pinchazos que deberían estar en su corazón, esas flechas de tristeza, las descubrió en esa pierna fastidiada que se había movido a golpe de enfado.

Cerró los ojos, pobre Juani, intentando llorar… pero… ni lágrimas tenía ya. Se las había robado todas su padre Antonio.

Cerró los ojos, intentando de nuevo olvidar todo, no ver nada, ni oír y mucho menos escuchar, pero… ¡¡Joder!! su imagen reflejada en un espejo ¿Qué espejo si no se miraba en uno desde hacía tres meses?… “el espejo del su alma”, le susurró una voz angelical a la que no reconocía, pero a la que no querría volver a escuchar nunca… “¡huye de las voces angelicales!” le susurró otra voz áspera y rotunda, “esas son las peores”, machacó. Y de repente recordó a su amiga Felisa, tan delicada ella y que le había clavado tantas puñaladas por la espalda sin avisar. “Tonitos angelicales a mí”, se dijo para sí.

El reflejo lo llevaba en su mente, porque seguía con sus ojos cerrados y seguía viéndose: ora un poco de fastidio, ora un poco de impotencia, ora una miaja de desesperación. De infelicidad siempre. Y de insatisfacción con su vida… con ella misma. Sobre todo con ella. Con ella.

Maldijo a su madre que le inculcó el ansia de ser perfecta. De no molestar a la gente, de hacer lo correcto, lo mejor, su ansia de tomar siempre la mejor decisión. La forma de hacer más cosas en menos tiempo, la forma de hacer felices a los que la rodeaban… ¿Y ella?

Lo intentaba. Sí. Intentaba hacer los mejores menús para su familia, intentaba cuidar a su padre mayor, y a su marido, enfermo. Intentaba que sus hijos fueran buenas personas, y que ayudaran y que estudiaran o al menos trabajaran… Intentaba que el café de las mañanas estuviera a gusto de todos y tener esa palabra perfecta para animar a su padre, cascarrabias y estúpido a partes iguales, y a su marido, enfermo y faltón, un poco más lo segundo que lo primero, o al revés, pero daba igual.

Juani sentía los ojos de todos sobre ella, juzgándola, dictando sentencia sobre los cuidados a sus enfermos, sobre como educaba a sus hijos, sobre como llevaba su casa. Sobre la ropa que llevaba, o sobre si había ido a la peluquería esa semana.

– ¡Quietos parados!

Juani ni se atrevía a respirar. Movía las pupilas buscando la procedencia de esa voz… no era ni la angelical, ni la agreste de hacía unos momentos.

No veía nada.

Tampoco escuchaba nada. Si acaso la música que tenía puesta su hijo en su habitación.

Se atrevió a incorporarse un poco, solo un poco. Giraba muy despacio la vista por toda la estancia. Buscaba con sus oídos cualquier atisbo de movimiento en la casa.

Nada.

– Lo que me hacía falta, estar loca.

Lo murmuró. Solo lo murmuró.

– Eres tú, Juani, eres tú. Eres quién importa. Eres tu juez, tu peor juez.

– ¡Y una mierda!

Le salió de dentro. Claro que la juzgaban. Todos juzgan. Todos lo hacen con los vecinos, con los compañeros de trabajo, con sus familiares. Todos ven los defectos en los demás. Los fallos. Los errores de apreciación.

– ¡Pero tú los quieres agradar a todos! Y te conviertes en peor que ellos.

Miró y remiró, se levantó de la butaca, quedándose en posición de ataque, de saltar hacia… ¿hacia qué? Miró y remiró… pero no vio nada ni nadie.

– Levanta el dedo anular y grita: ¡qué les den!

– ¡Qué les den! – dijo bajito, mirando a todos lados. Cualquiera que la oyera…

– ¡¡Más fuerte!! ¡¡Qué les den!! – gritaba esa voz.

– ¡¡Que les den!!

– El dedo anular hacia arriba, con rabia ¡¡¡Que les den por el culo a todos!!!

– ¡¡¡Qué les den a todos!!! ¡¡¡Por el culo!!! – Juani gritaba… gritaba.

De repente sintió unas manos que le masajeaban los hombros; y el cuello. No eran exactamente unas manos, era un ente, un algo, o un nada, pero la daban un suave masaje. Ese hombro y ese cuello que hacía tantos meses ¿años? que los tenía completamente agarrotados. Cerró los ojos y fue sentándose poco a poco, otra vez, en la misma butaca, pero de una forma diferente. Cerró de nuevo los ojos y por primera vez en mucho tiempo, no vio nada. No se vio a ella en el espejo, ni a su padre, ni al carnicero, ni a la cajera del Mercadona juzgando la compra que hacía “Mucho pollo y poco pescado” “Serás cutre que te llevas las galletas más baratas”.

– Mamá ¿Qué hay de cena? ¿No has oído algo raro?

Se incorporó de un salto asustada. Fernando, su hijo, había entrado en el salón. Quiso pensar rápidamente una respuesta perfecta, “ayer puse huevos, hoy toca pescado, o a lo mejor un bocata de jamón, y mañana…” pero esas manos, o ese algo, o esa nada que le masajeaban apenas un instante antes, ahora apretaban sus clavículas con fuerza. Se encogió de hombros para mitigar la sensación… su hijo la miraba atentamente con cara de “Tengo mucho hambre”.

– ¿Cuantos años tienes?

Su hijo pestañeó asustado por la pregunta: “Para alguien en la familia que se acordaba de su cumpleaños, se había olvidado”

– Mamá… – le iba a decir si se le había ido la olla o algo así, pero el gesto de su madre le disuadió de protestar.

– Tienes 18 años, y cuatro meses más 12 días. Y 5 horas. Ya lo sé. No sabes lo que me dolió parirte.

Sorpresa. “Alucina, vecina”.

– Abre el frigo y sírvete.

Más sorpresa, también de “Alucina, vecina”.

– Y entre que abres y te pones unos huevos, o te los tocas a dos manos, o llamas a Nacho para que te los toque él, pones la lavadora con tu ropa. Eso si quieres tener tu ropa de deporte limpia para el fin de semana. Si quieres un bocata de jamón, no hay, así que bajas a la tienda a por ello. No pasa nada, bajas así medio desnudo como siempre andas por casa, y le dices a la del mostrador: “Doscientos gramos de serrano”.

El hijo no hablaba. Solo miraba, quizás abría un poco la boca. Se abría ella sola, en realidad.

– ¡Programa frío! Así evitamos problemas con los colores.

– Pero no sé… – algo tenía que decir, aunque no sabía el qué.

– Si usas ordenador, iphone, y demás, sabrás usar la lavadora y el frigorífico y la cocina sin problemas.

– Pero… ¿Por qué a mí?

– Mala suerte, estabas en el sitio equivocado a la hora equivocada.

Ella se levantó, le dio un beso en la mejilla, cosa que sabía que le jodía sobremanera y cogió su bolso.

– ¡Hijo no siento las piernas! ¡¡Ja!! – exclamó contenta al percatarse de que efectivamente ya no sentía esos pinchazos ni ese hormigueo.

– Pero… – balbuceó Fernando.

– Me voy que llego tarde al cine.

Se puso las sandalias que se había quitado hacía un rato, y abrió la puerta de casa, lanzando otro beso al aire, que su hijo no se atrevió a coger por si le contagiaba algo.

– Así no me equivoco y nos ahorramos las caras que sueles poner cuando no te gusta lo que te pongo de comer – guiñó un ojo cómplice, que no fue apreciado por su destinatario.

Juani cerró la puerta con decisión. Canturreaba bajando las escaleras.

Fernando, mientras, se quedó no menos de cinco minutos mirando como un lelo la puerta de su casa. Quizás esperaba que su madre volviera y le pusiera la cena a la que sacaría alguna pega, claro. Mientras, pensaba que su madre estaba enferma, que le había dado un aire. Se preocupó un poco, pero tampoco mucho. Se preocupó más por saber cómo se ponía la lavadora. Y por cómo iría al partido el domingo, no podía ir con la pantanoleta todo sudada, ni con el chándal lleno de barro, aunque en realidad no tenía tanto barro… y las medias, uff que asco…

Cogió el móvil y llamó a su novio.

– Nacho, lo flipas, mi madre se le ha ido la olla del todo. Está pirada. Joder, ayúdame a poner la lavadora, que si no juego en pelota picada el domingo.

Y se fue a la cocina con los hombros caídos y el iphone en la oreja.

Después de media hora de conferencia, todo parecía dispuesto.

– ¿Le doy al botón? – preguntó impaciente.

– Sí, dale – le dijo su novio decidido, seguramente ufano por la hazaña que había conseguido de poner en marcha la lavadora de su novio.

– ¿Estará bien? – preguntó dubitativo Fernando, el hijo perdido colgado al teléfono con su novio.

– Oye, pero… ¿Y la ropa?

– Joder, se me ha olvidado. ¿Y como se para?

Silencio.

Silencio había en el cine al que Juani había entrado ya con la película empezada. Se sentó con cuidado, mirando a todos lados… hacía tanto tiempo que no iba al cine que le parecía algo nuevo. “Los vengadores”. Bonito título, pensó al verlo.

– ¡A ver si aprendo algo!, – murmuró al sacar al entrada “¡Qué cara!”, pensó en la misma acción de pagarla.

Pero no aprendió mucho, porque se quedó dormida. Dormida como hacía mucho tiempo. Y no le importó lo que pudieran pensar los demás espectadores, ni los del cine cuando fueron a despertarla al acabar la película. Sonrió y dijo algo así como:

– ¡Huy, que tonta, con lo bonita que era!

Y sonrió otra vez.

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2 pensamientos en “Juani y las manos misteriosas.

  1. Me ha gustado mucho. Describe muy bien la situación de muchas mujeres, madres de familia y amas de casa a las que apenas se les reconoce el trabajo que hacen. Lo has bordado.

    Un abrazo.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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