Sin noticias de Didier.

Esperé durante mucho tiempo recibir noticias suyas. Miraba cada día varias veces el correo, no dejaba el teléfono ni cuando estaba dando clase. Y era un poco vergonzoso que el profesor se abalanzara como desesperado hacia el teléfono cada vez que hacía un ruidito anunciando cualquier mensaje, o actualización del twitter o del Facebook.

Pero Didier no ha llamado. Didier no ha venido a buscarme como prometió. Ni siquiera ha mandado un mensaje o un “me gusta”, nada. Didier se ha olvidado de mí.

Pero yo no me olvidado de él.

Siempre pensé que iba a ser una relación difícil o casi imposible. Pero el amor tiene estas cosas, que te olvidas de las circunstancias.

Didier era… fue mi alumno. Un buen alumno. Aplicado, preguntón e inquieto. Se esforzaba y hacía que yo me tuviera que esforzar para preparar mejor las clases, porque lo que valía para el resto de estudiantes, no valía para él. Y yo entré en el juego, primero vacilante, y luego decidido, con ganas, con la sonrisa picarona que tanto le gustaba a mi abuela, siempre prendida en mi cara. Grapada con grapas del 230.

Un día pasó.

Un beso se perdió a la puerta de mi casa. Me llevaba, porque llovía y yo había ido andando.

– Profe, que le llevo.

– Qué no, qué vergüenza.

– ¡Qué bobadas!

Y puso un gesto picarón copiado del mío, pero copiado. Podría haberme enfadado por la copia, pero me hizo sentir importante, joder, mi alumno, un genio en potencia, un chico de 20 que sabía más que yo de 43, que me ponía en aprietos, pues que me había copiado algo. Así que no discutí más, me rendí así sin batalla y me subí a su coche.

Hablamos. Siempre hablábamos sin parar. De las clases, de la vida, de la muerte, de chicos guapos, de hombres eminentes, de música, de la vida, del amor… del amor… de la vida… del amor… Fui a abrir la puerta del coche al llegar a mi casa, y mientras me inclino para soltarme la gabardina que se había quedado ligeramente prendida entre el asiento y el gancho del cinturón de seguridad, pues que me encontré con sus labios sobre los míos. Sentí una descarga eléctrica en todo el cuerpo algo espeluznante, me puse rojo, nervioso, y feliz. Lo miré a los ojos buscando un reproche, o una respuesta, porque no tenía muy claro si había sido yo el que le dio el beso, o al contrario, había sido él que aprovechando que me acerqué a él, me dio esa descarga de 100000 voltios que recorrió mi cuerpo varias veces, subiendo y bajando, subiendo y bajando, dándole cuerda al corazón que latía como un galgo en un canódromo, tras la liebre para ganar la apuesta del día.

En un momento se me plantearon muchas dudas éticas, pero me di cuenta que nada podría hacer en contra de ese vendaval de sentimientos que habían aflorado de repente. No habían aparecido sin más, venían creciendo de manera sorda dentro de mí, pero no pensé en ellos, yo creo que no los dejé salir protegiéndome, porque pienso que intuía que iba a llorar por su causa.

Esa noche no lloré. Esa noche le ofrecí mi casa y él aceptó sin titubear. Subimos y sin muchos preámbulos, nos besamos con más dedicación y empeño. Lo hicimos, esa noche, y la siguiente, y muchas otras. Siempre que no hubiera algún compromiso ineludible por alguna de las partes.

Sus padres no estaban muy de acuerdo con esa relación. No… yo no era la persona adecuada para él. No era la edad, era… un simple profesor mediocre de una Universidad mediocre.

No he dicho que Didier estudiaba solo unas asignaturas como complemento cultural. Estaba ya trabajando en su propia empresa de informática y sus estudios en aquel entonces eran puro hobby.

Él juró y perjuró que no me abandonaría, que nuestra historia de amor sería eterna y bla, bla, bla. Como todas las historias eternas un día la eternidad tendió a cero y se convirtió en nada. Desapareció.

Lo busqué al principio, hasta que recibí un aviso muy serio de su padre de que así estaba bien.

– Debe conformarse con haber disfrutado de un genio como mi hijo durante unos meses. No está usted a la altura.

Casi le parto la cara, aunque por una vez en mi vida, mantuve la calma y al menos, conservé el trabajo, del cual, me habían amenazado unos días antes con despedirme. No pusieron a la crisis como escusa. Al menos no me humillaron con semejante tontería.

Pensé que Didier volvería, o se pondría en contacto conmigo. Se había esfumado. Tampoco tenía mucho dónde preguntar, porque nuestra relación apenas había sido pública, o sea que no conocía a su círculo de amigos, ni él a los míos. No tenía ninguna relación con sus compañeros de clase, así que me vi sin argumentos y preguntándome si de verdad le había interesado alguna vez a él, o había sido un pasatiempo.

Yo me había enamorado como un colegial. ¡qué vergüenza, a mis años, caer en los brazos del amor huido!

Pensé que a lo mejor lo de su padre, era una manera de darme al finiquito sin enfrentarse conmigo. No pude ni despedirme. El último beso que me dio, la última sonrisa al salir de mi casa, fue mi recuerdo, fue lo único que quedó de esos meses de amor. De marzo a julio.

Un beso y una sonrisa como resumen de 5 meses que pretendían ser una eternidad, tendiendo eternidad hacia el infinito.

Pero tendió a cero.

No recibí nada. Ni un toque. Ni un mensaje, ni un correo.

Me enfadé un poco conmigo mismo por no haberlo visto venir. Conocía de referencia a su familia y sabía de su predisposición a codearse solo con lo más selecto. Él era un joven a parte de atractivo, muy inteligente, podríamos decir un genio. No pintaba yo a su lado, no cuadraba, no… salía bien en la foto de genialidad y exclusividad.

Y he pasado los peores meses de mi vida. Al menos, a la altura de abril, un año después del comienzo, ya he dejado de hacer el ridículo lanzándome en plancha hacia mi teléfono. Ya ni miro los mensajes ni nada, No me interesan. Los únicos que deseo que lleguen, nunca llegarán.

Por eso esta mañana, cuando lo he visto sentado en un taburete, en la barra del bar en dónde tomo café todas las mañanas, antes de entrar en la Universidad, casi se me para el corazón. Me ha costado reconocerlo. No es exactamente que no lo conocía, sino que, como diría…, he tardado en asimilar que ese chico que me miraba expectante, con una botellita de zumo de melocotón en la mano, bebiendo a morro, ese chico guapo como pocos en el Universo, era Didier.

He soñado muchas veces con ese momento, pero nada de lo soñado y preparado en mis imaginarias conversaciones, me ha venido a la mente. A parte, todo eso me parecía ridículo.

Creía que me había curado, pero he tardado apenas unos instantes en darme cuenta que no era así. Pero también… no podía volver a pasar por lo mismo. Debía defender mi autoestima, mi estabilidad emocional. NO podía volver a caer en un amor maldito que duraría lo que a su padre le diera la gana. Es otra cosa que no entendía, como un chico como él estaba supeditado a su familia hasta ese extremo, cuando era independiente del todo, hasta económicamente.

Pero me daban igual las preguntas, mucho más las respuestas.

Apenas nos hemos saludado y hemos intercambiado unas palabras de cortesía. Yo creo que estaba estudiando mi reacción. He sido cauto en ella, sin darle muestras de que mis sentimientos estaban intactos. He intentado estudiar sus reacciones, pero él también ha estado comedido, y no me ha dejado leer dentro de su mente.

No creo que haya pasado más de un cuarto de hora de conversación forzada e intrascendente cuando hemos salido de la cafetería y nos hemos despedido con un apretón de manos. El ha girado hacia la izquierda, yo a la derecha, hacia la universidad.

He tenido suerte de no tener clase. Solo tenía que corregir unos ejercicios, lo cual he sido absolutamente incapaz de hacer. Me he dedicado a tirarme de los pelos desesperado y a llorar. Porque joder, a pesar de todo, le sigo amando como un gilipollas y es evidente que… todo se acabó el mes de julio pasado. Ahí empezamos a convertirnos en unos extraños.

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2 pensamientos en “Sin noticias de Didier.

  1. Que historia tan bonita. Me ha encantado como la has escrito. Ha sido una delicia leerla, aunque no tenga un final feliz.
    Un abrazo.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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