Mi cumpleaños con Adri (2).

Ha pasado mala noche. Pero al menos, he conseguido que no se fuera esta mañana de casa, como había asegurado.
Discutimos ayer sobre ello. Adri está empeñado en demostrar que este suceso no le ha afectado y que puede seguir con su vida.
Ayer se fue a trabajar con un par de clientes, cuando yo salí de casa a hacer la compra. Cuando regresé, no estaba. Me había dejado un papelito en el office. Por un lado me alegré, eso quería decir que al menos estaba un poco mejor. Aunque rápidamente cambié de parecer, porque… en realidad estaba seguro que todo era por demostrar al mundo que… él podía con todo y con todos y que ese energúmeno no podría con él. Estoy seguro que si ese hombre le vuelve a llamar, lo aceptaría.
Al volver a casa traía unos pasteles y una botella de cava.
– Guays, Jaime, hoy nos damos un puto homenaje de esos. Son de los que te molan, tío, de esa paste de Barrio Gimeno.
Traía una sonrisa de lado a lado. Hablaba por los codos y decía cada chorrada… pero era divertido, no puedo negarlo, y… no puedo eviatar reírme con él, aunque sepa que está haciendo teatro, que todo lo hacía para que no preguntara, para no dejarme hablar ni ponerle pegas a su forma de hacer. Estaba preparando el anuncio de algo que él sabía que no me iba a hacer gracia. Cuando la botella se acabó, los dos bailando apretados, me lo soltó.
– Joder, tío, que me las piro mañana. No quiero ser un paquete en tu choza, joder.
– No lo eres.
– Eres muy guay, Jaime, pero…
– No soy muy guay si te vas.
– Me las piro, porque…
– Porque eres un puto orgulloso.
– Joder, ¡Qué pasa! Pues soy un puto crío y un puto orgullos. ¿Pasa algo, tío?
Levantó la voz como nunca le había visto y se inclinaba hacia delante, como si se aprestara a lanzarse sobre mí. Me quedé callado, no porque no se me ocurriera una respuesta, que las tuve a decenas, pero… me contuve. Intuí que a lo mejor, algo se me había pasado en este tema de la agresión, o en la vida de Adri. Y no quería empeorar las cosas. Debería ir más despacio si quería ayudarlo.
– Está bien, si quieres irte, no puedo impedirlo. – contesté resignado.
Se quedó callado, con los ojos muy abiertos. No se esperaba esa salida. Quizás estaba preparado para una larga discusión sobre el tema. Incluso se me ocurrió de repente que a lo mejor lo que en realidad quería, es que lo convenciera de que se quedara. Pensé en rectificar, pero… ahí sí, me quedé en blanco.
– Pero ahora, vamos a seguir bailando. ¿Sí?
– Joder, tío, molas un güevo.
– Soy guays sí – le dije sonriendo pícaramente mientras lo rodeaba con mis brazos– y te quiero.
Eso último se lo dije al oído, muy bajito. Hizo que no lo escuchó, pero… su cuerpo si reaccionó con un pequeño escalofrío.
Lo dejé sentado en la mecedora de la galería, mientras recogía un poco la cocina y el salón. Puse de nuevo los muebles en su sitio, salvo una mesa baja que pesa lo suyo y que me era imposible moverla yo solo. Me acerqué por detrás para pedirle ayuda, cuando me percaté de que estaba inclinado hacia delante, mirando por la ventana, tenso, con la boca muy abierta y un ligero gesto de pánico en el rostro. Miré en la misma dirección y ahí lo vi.
“O sea que ese tipo es el causante”, pensé sin atreverme a expresarlo en voz alta. El hombre levantó de repente la mirada hacia mi piso. Sabía cual era exactamente mi piso. Adri se echó hacia atrás, como escondiéndose. Yo en cambio, no aparté mis ojos de él.
– ¡Joder, qué fuerte! – se me escapó en voz alta. Adri se dio la vuelta sobresaltado por mi casi grito – la mesa esa, que pesa un güevo – dije moviendo muchos los brazos, como si estuviera intentando mitigar el esfuerzo de haber intentado moverla yo solo.
Sonrió levemente. Puso cara de pícaro.
– Joder con el Jaime. Ya largas como el Adri. Se te pega mi espich, que mola la hostia, no esos remilgos que largas tú.
– Sobre todo tu inglés, no te jode, mamón de mierda. – Fingí un poco de indignación y me di la vuelta camino de la mesa. – ¿Me ayudas de una vez? Hubo uno que se hizo viejo esperando.
– Si ya lo eres, tío.
– ¡Oye! – me giré señalándolo con el dedo amenazante.
– Te picas, jodido Jaime. Pues ya sabes, AJO.
Como reía. Seguí fingiendo un enfado que estaba lejos de sentir. En ese momento, era el hombre más feliz de la Tierra, porque había desaparecido por completo el gesto asustado que tenía hacía unos instantes en la galería.
– Sí, tío, estoy hecho mierda. ¡A la piltra!
Pero su relax no duró toda la noche. Apenas un par de horas después de acostarnos, sentí que se incorporaba de un salto y se iba hacia el otro lado del dormitorio. Encendí la luz y lo vi en una esquina de la habitación, acurrucado. Me levanté sin ponerme siquiera las gafas y haciéndome el medio dormido.
– Adri, necesito que me abraces. Tengo las cervicales como un tronco de pino, y no pego ojo.
Le tendí las dos manos para ayudarlo a levantarse. No podía mirarlo, porque en teoría yo estaba adormilado. Pero sentí que dudó. Creo que percibió que se la estaba dando, aunque no se atrevió a decirlo, por si no era así. Alargó las manos y tiré de él hacia la cama. Nos tumbamos, y se puso de espaldas a mí para que lo abrazara.
– No, quiero que me abraces tú a mí.
– Joder, tío, que estás gordo y los brazos casi no me dan.
Chasqué la lengua para hacer que me estaba enfadando.
– Vale, tío, joder qué jodido carácter de esos el tuyo.
Y me abrazó. Agarré sus manos con las mías y se las besé. No era la mejor postura para dormir, pero creo que los dos lo hicimos como unos niños peques. Y lo mejor es que, a la mañana siguiente, Adri no dijo nada de irse de mi casa.

3 pensamientos en “Mi cumpleaños con Adri (2).

  1. No añadiré nada a lo que ya llevo diciendo desde el comienzo, Adrí engancha y creo que cada palabra cada historia es emocionante, tiene un recorrido magistral.Abrazos a todo gas!!!!!!

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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