Pilar, su pequeño y la magia de los libros. Prólogo de la Semana del Libro. La IV.

 

Pilar abrió la puerta de su casa con desidia. Nadie la esperaba dentro. Era fuerte y presumía de ello y pese a que el tratamiento podía con ella a menudo, su cabezonería la impedía decir: “Querido, me gustaría que estuvieras conmigo, te necesito.”

Muy al contrario, Pilar decía:

– ¡Ya me las apaño yo, que te crees! Tú a lo tuyo.

Si veía a alguno de sus “queridos dudar” añadía más suave:

– Si pasa algo ya te llamaré.

Pilar nunca llamaba. Ni lo haría. Siempre había sido un poco parca a la hora de mostrar sus sentimientos y sus necesidades. No le salía. Todos piensan que las mujeres son más sensibles y que son menos vergonzosas a la hora de decir esas cosas, pero ella no era así. Quizás su educación, o la vida, o la familia, algunas cosas que no sabe nadie, ni sus queridos, la habían forjado así, de hierro.

Cerró la puerta tras de sí y escuchó: Silencio.

Se sentó en el salón, en una pequeña butaca que está junto al mirador, puesta de la forma que su querido más pequeño pudiera sentarse a leer como le gusta: con unos cascos con música, de forma que de vez en cuando pudiera perder su mirada por la gente de la calle, decía él, aunque ella siempre pensaba que lo que en realidad quería su hijo pequeño, era tener el ventanal como pantalla de sus sueños, esos que decía emanaban de los libros.

Cuando su pequeño no estaba en casa, ella había cogido la costumbre de sentarse en esa butaca. Quizás porque sentía como si él la abrazara. Sentía su magia, el olor de su colonia, incluso el olor de su piel. Ella conocía como nadie ese olor… llevaba 18 años disfrutando de él. Conocía el olor de cada uno de sus hijos, de su marido. Y era capaz de predecir como le iba a sentar un perfume a cada uno de ellos. No todos los perfumes valen para todos. Cada uno combina de una forma distinta con el olor característico y único de la piel.

Pilar aspiró profundo. Sonrió. Solo fue un ligero gesto con los labios…

Volvió a la realidad. Tosió dolorosamente. Una tos seca, dura. Sus hombros se cayeron. Respiró con un poco de dificultad, no debido al tratamiento, sino debido a su melancolía. O a lo mejor era una combinación de las dos causas. Desde que la diagnosticaron, pensaba mucho. Estaba poniendo poco a poco patas arriba sus ideas, sus convicciones, su vida.

A veces se sentía lejos de sus hijos. No eran como ella. Estaba orgullosa de ellos, los quería con toda su alma, pero… no tenían nada de ella. A veces le daba pena. Una vez le dijo a su marido:

– Parece como si solo hubiera sido una madre de alquiler – se quejaba amargamente mientras Federico, su marido, ponía los ojos en blanco y miraba al cielo

– Cariño, no digas tonterías, tienen tu mala leche – contestaba él impregnando su afirmación de su mejor tono de ironía.

La cabezonería, si acaso. Sí, Fede tenía razón.

Que no se parecieran a ella le alegraba, porque en realidad, era una forma de reafirmar su amor por sus hijos. Tenían todo lo que la enamoró de su marido. Pero eso, a veces, no podía evitar sentirse un poco lejos de ellos, como aparte, como si pertenecieran a mundos distintos. Joaquín, en segundo, le repetía muchas veces que no era así, cuando ella se quejaba de ello cuando discutían. Discutían mucho. A ella le dolía, porque cada discusión la alejaba más de él, pero… sus entrañas se rebelaban con que sus hijos no la necesitaran. Y era evidente que en ese mundo en donde la ciencia y lo tangible tenía poco protagonismo, ella estaba perdida. Y eso la carcomía por dentro y la hacía estallar a veces de una forma exagerada.

– Eres rara, Pilar. – se decía a veces, sentada frente al aparador de su habitación, mirando el espejo que utilizaba para maquillarse. – no te entiendes ni tú, como para que los demás lo hagan.

Al menos, desde la enfermedad había recuperado a su pequeño. Casi lo deja escapar entre sus dedos, como le pasó con los mayores. Quizás se lo deba a la enfermedad que consiguió que aparcara un rato su pose de mujer dura y fuerte e inalterable y pusiera más fácil a Liberto la tarea de hablar con su madre. Quizás esas tardes de desasosiego, postrada en el lecho, con su hijo pegado a ella, sin fuerzas para discutir ni para imponer su impronta, consiguieran que él tomara la iniciativa y empezara a hablar. Ella escuchaba, un poco porque no tenía fuerzas para llevarle la contraria, otro poco porque había descubierto que le gustaba como sonaba la voz de su pequeño, y un poco más, porque se sorprendió al ser consciente de que le gustaba lo que decía, como lo decía, y eso, la relajaba y la hacía sentirse mejor, incluso feliz a pesar de los padecimientos.

Su pequeño la miraba con esos ojos muy abiertos, luminosos, expresivos, con un perenne rictus de felicidad e ironía que impregnaba su boca, su mirada. Gesto de vida, que le daba la vida.

Un día se le ocurrió:

– ¿Me lees?

Liberto se quedó parado. Le gustaba leer desde niño. Sus hermanos lo hacían también y su padre. Su madre era un poco menos dada, mujer de ciencias, poco soñadora.

– ¿Qué quieres que te lea, má?

– ¿Ya no me llamas sargento? – le picó.

– ¿Quieres? – contestó socarrón. Negarlo hubiera sido de imbéciles y él no lo era, o hubiera sido llamar a su madre idiota, y otros defectos tendría, pero estaba seguro que ese no era uno de ellos.

Durante un instante, Pilar puso el gesto de sargento tan habitual en ella. Quiso dotarlo de un pequeño matiz de ironía, pero no estaba segura de saber hacerlo. Aunque el gesto imperturbablemente guasón de su retoño, le empujó a pensar en que al menos, no lo había tomado a mal.

– ¿Algo especial?

– Lo que quieras. Algo que te guste.

Liberto se levantó de la silla y fue a su habitación. Escudriñó entre sus libros, buscando la obra perfecta para su madre. Quería acertar, necesitaba hacerlo. Se puso nervioso porque nada le satisfacía lo suficiente. Un cómic, no, que dirá que si tal, una de aventuras, no, que si dirá que… una de amor… yo no tengo de eso… De repente recordó una frase que le dijo alguien:

– El arte perfecto, no lo hace el autor, sino el que lo disfruta. Hay que probar.

Cogió uno de los libros que había barajado y corrió al cuarto de su madre.

Ella lo vio volver nervioso. Sintió que él quería acertar, quería hacerla feliz. Carraspeó y la volvió a mirar. Ella le sonrió y notó como él cogía un poco de confianza.

Se aclaró la voz de nuevo, y empezó a leer.

Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.”

Siguió leyendo durante un buen rato. Pilar cerró los ojos disfrutando de la cadencia de la lectura de su hijo. Lo hacía bien, daba vida a las palabras. De repente, sin saber como, en lugar de la negrura habitual empezaron a crearse imágenes en movimiento. En un principio eran sombras casi irreconocibles. Poco a poco, empezó a distinguir las facciones de Gabriel, de Don Alonso, de Churruca, de Doña Francisca, con los navíos al fondo camino de la batalla de Trafalgar.

Liberto se detuvo. Pensó que su madre se había dormido. Iba a cerrar el libro, cuando Pilar entreabrió los ojos y murmuró:

– Sigue – Y sonrió.

Su pequeño volvió a poner su gesto más socarrón.

– ¿Te mola eh má?

– ¡Qué forma de hablar! – se quejó débilmente. – Mola.

– Es guay – dijo sin pensar. Vio fruncir el ceño a su madre y rió con ganas.

– Sigue – insistió ella, que tampoco estaba dispuesta a darle toda la razón. No iba a perder su prestigio de dura en una tarde.

Marcial, como digo, convertía los nombres e verbos, y éstos en…”

Pilar volvió a la realidad. Miró la calle y vio a la gente caminar. Tenía la boca seca. “Maldito tratamiento”. Cogió una botella de agua que dejaba allí siempre y vertió un poco en un vaso. Bebió a pequeños sorbos, dejando que el agua refrescara e impregnara su boca.

.

– Todos esos, má, tienen una historia – le dijo un día su pequeño.

– ¿Quienes? – contestó ella extrañada.

– La gente que pasea por la calle.

– ¿Qué dices? Eso es una bobada.

– Me lo ha dicho un escritor.

– Bobadas. ¿De qué conoces a un escritor?

– Es cierto… todos tenemos una historia. De amores, de desesperanza, una historia divertida, soñadora… lo único que hay que hacer es contarla o alguien que la imagine y a su vez, la cuente, para que los demás se enteren.

– Bobadas – respondió ella, rotunda, para acabar con la conversación con la cual se sentía incómoda, porque no la entendía. No había llegado a ese extremo de imaginación.

.

Seguía sin haber llegado a ese nivel, “pocas personas lo ven, má”, le consolaba su pequeño. Pero al menos, el ventanal si la servía como pantalla para proyectar en ella la magia que salía de los libros que leía. Quizás era que estaba sentada en la butaca preferida de su pequeño y algo de su encantamiento la contagiaba.

Cogió el libro que leía ahora, “El tiempo que nos une” de Alejandro Palomas.

Sentadas en silencio como tres conchas en una pecera, sin nada que decirnos, cada una esperando a que anuncien el embarque de su vuelo. Al otro lado…”

Inmediatamente en el ventanal, pudo distinguir a Mencía, a Flavia, a Helena, a Lía, a Bea… a Tristán… parecían que le guiñaban un ojo… “¿Estás bien?”, escuchó que preguntaba Mencía, mirándola de esa forma tan decidida que tiene de mirar. Mencía es todo un personaje. “Cómo no voy a estarlo si estoy leyendo tu historia”, quiso responder.

Sonrió a Mencía acompañando su respuesta y siguió leyendo:

Los truenos sacuden el horizonte, anticipando rayos que descalabran la vista…”

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