Los escritores condenados. Epílogo de la Semana del libro: la IV.

 

Hubo una vez que los escritores podían vivir de su trabajo. Eran felices dedicándose a lo que les gustaba y hacían felices a quienes disfrutaban de sus historias. Y sobre todo, eran libres.

Pero hubo un día, en que el recién creado Gobierno del Mundo, decretó el confinamiento de los escritores y los músicos y los artistas en general, en campos de trabajo. Fue después de un referéndum universal en el que por abrumadora mayoría, los ciudadanos del mundo se decidieron por esta opción. Los escritores, los músicos y los demás artistas, dejaron de tener derecho a vivir de su imaginación, de su arte. Su trabajo no les pertenecía, sino que pasaba a ser patrimonio del mundo. Era el único colectivo que no tenía derecho a mantenerse de su trabajo.

El Gobierno, para desarrollar ese mandato emanado directamente del pueblo, diseñó un plan en el que estos artistas eran confinados en campos creados a tal efecto. Debían picar piedras a turnos, y después, sentarse a desarrollar sus trabajos artísticos. Eran continuamente vigilados y debían rendir cuenta de su actividad creativa.

Todo lo que ideaban, era inmediatamente confiscado y puesto a disposición de la humanidad. Debían además escribir una cantidad fija de historias al año. Sino, eran severamente castigados.

Hubo algunos que intentaron burlar la vigilancia y guardarse su manuscrito más querido. Incluso algunos intentaron escapar de las vallas electrificadas que guardaban el recinto. Algunos incluso lo consiguieron e iniciaron una vida de miseria, vigilando siempre las espaldas y no pudiendo confiar en nadie, ante el peligro de que les delataran y acabaran siendo duramente castigados frente a las cámaras de la televisión.

Terry consiguió escapar. Vive en una cueva en lo alto de una montaña. Apenas tiene para comer y viste solo una piel de vaca que le sirve de abrigo en los fríos inviernos. En verano tiene la disculpa de sentir el aire en su piel. “Me hace vibrar, sentir vivo”. Escusas para autoconvencerse. En invierno, se refugia en el fondo de su cueva, frente a una hoguera, y abrazándose para darse calor. Con la piel de vaca cubriendo su esquelético cuerpo.

Cada mes, Gemma visita a Terry. Debe ponerse en camino una semana antes, a pesar de que solo viven a tres horas de camino de ligero andar. Debe estar segura de que nadie la sigue, así que da un rodeo de una semana. Cuando llega, se abrazan e incluso, algunas veces hacen el amor. Es más una necesidad física, piel con piel. Son vitaminas para Terry y para Gemma también. La mujer le trae algunas provisiones y se lleva su nueva obra, para publicarla clandestinamente. Es una actividad peligrosa, porque el castigo es duro, y la vigilancia extrema. Todos son posibles delatores, convencidos de su derecho a poseer gratis el trabajo de los escritores, de los músicos, etc. Todo amparado en el mandato del pueblo, que en el referéndum decretó que los artistas no merecían vivir de su trabajo creativo. “A picar piedras, malditos”.

Cada vez que Gemma se iba, Terry caía en una profunda depresión. Durante unos días se le pasaba por la cabeza el rendirse y entregarse. Incluso había pensado en dejar de escribir. Pero eso no era posible. Tenía instalado un chip en el culo que lo identificaba como escritor. No podía escapar de su destino. Maldecía el momento en que decidió que le gustaba contar historias. Aunque si era sincero, lo que más le pesaba era haber inculcado ese gusto en su sobrino, Ubaldo.

Ubaldo era un chaval divertido, con una imaginación desbordante. Admiraba mucho a su tío, así que todo lo que le contaba Terry era como un dogma de fe. Empezó a escribir pequeñas historias, y luego cuentos que Terry se decidió a llevar a una editorial. Gustaron, y se publicaron. Así que el muchacho empezó a escribir con más profusión… hasta que llegó el referéndum.

Ubaldo se escapó, pero la policía lo encontró rápido. Lo ataron desnudo a un poste, en un plató de televisión, y el verdugo lo castigó duramente durante más de tres horas con un látigo de 7 puntas.

“Qué se cree ese, que le corten la cabeza” “ha violado mi derecho a poder leer lo que me de la gana” “Libertad, libertad”. Los espectadores aullaban a cada nuevo latigazo. Y si iba acompañado de un grito de dolor de Ubaldín, mucho mejor.

Fue un programa muy visto, de hecho tuvo el récord de espectadores de la temporada. Eso sirvió como escarmiento a los que pensaban intentarlo, aunque no erradicó los intentos de huida. Y como doble castigo, los espectadores se pusieron a leer su obra de gratis. Eso por querer huir de sus obligaciones y publicar clandestinamente y cobrar unos céntimos por sus escritos, que apenas le iba a proporcionar unas escasas monedas con las que comprar un poco de pan y unos zapatos sucios y con agujeros, de segunda mano, para seguir huyendo.

Terry lo estuvo cuidando, después del severo castigo, mientras el resto de ocupaciones que tenía asignadas se lo permitía. Se turnaba con Rosario, un chico que se había enamorado de su sobrino. Pero Ubaldo no consiguió salir adelante. Todo el amor de su tío y de Rosario, no fue suficiente. Murió de pena, una tarde del mes de febrero.

Ahí fue cuando Terry decidió escapar. La vida le daba un poco igual, y su escritura tras la valla electrificada hacía tiempo que no le llenaba. Lo hacía por cumplir, porque no le quedaba más remedio. Había intentado convencer a los supervisores de que su carrera como escritor había acabado, que le dejaran salir a la calle y volver a su antiguo trabajo de barrendero. Pero no les convenció.

Por Ubaldo, lo hizo. Por Ubaldo, se escapó. Le ayudó que ya no había nada en la tierra que lo atara a la vida. Sus pasiones habían desaparecido, y su sobrino, había sucumbido por esa maldita afición que él había ayudado a que se desarrollara en el espíritu de Ubaldo, acabara con su vida.

Ahora, allí en la cueva, escribía. En realidad era otra prisión, pero en esta no había vigilantes ni sala de castigos con postes en dónde eran atados desnudos los escritores que habían incumplido los códigos de conducta. Pero estaba abocado a la soledad, a estar continuamente en contacto con su mundo imaginario. Y con los recuerdos. Eso era casi una prisión más agobiante que la que acababa de escapar.

Era una mañana del mes de marzo. Todavía hacía frío, mucho frío, aunque lucía el sol. Hacía unos días que se había producido el aniversario de la muerte de Ubaldo. Se sentó en la roca que había en la puerta de su cueva. Los ojos se le llenaron de lágrimas recordando la mirada ilusionada de su sobrino cuando le entregó su primer cuento. Y cuando él, después de leerlo tres veces seguidas, no pudo por más que felicitarle y abrazarle: “Sobrino, eres un escritor”. Eso le dijo. Y Ubaldo fue feliz. Aunque luego los saltos de alegría se convirtieron en lágrimas por el desgarro interno de un espíritu libre y creativo oprimido por la dictadura de las masas.

Terry apoyó la cabeza en la pared, y se dio cuenta de que no tenía ya fuerzas para vivir. Cerró los ojos y a la vez, cerró su mundo imaginario. El corazón se le partió en dos y decidió partir en busca de su sobrino. Seguramente habría un mundo en algún lugar en el que se juntaban los contadores de historias. Ese era su nuevo destino. No tenía fuerzas para seguir escribiendo, ni para seguir viviendo. Una nube ocultó el sol y el frío ocupó todo el espacio en el alma de Terry.

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Un pensamiento en “Los escritores condenados. Epílogo de la Semana del libro: la IV.

  1. Terrible. Espero que tu texto no tenga ni un ápice de profecía… 😉

    Muchas gracias por esta nueva semana del libro… Una vez más no pude colaborar en ella… A ver si tengo más suerte con la próxima.

    Un abrazo.

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