El perro y el joven.

Estaba subido en un banco, de pie, mirando al sol que apenas había dado sus primeros pasos en el día. Hacía frío, frío del mes de enero y frío del amanecer. Pero Miguel llevaba apenas una camiseta y una camisa vaquera por encima, a modo de chaqueta. Tenía los ojos cerrados y sonreía.

Un labrador se quedó mirándolo con la lengua fuera. Ladró una vez, dos. Parecía querer decirle que no era tiempo de estar tan ligero de ropa, por mucho que la noche hubiera estado bien surtida de alcohol, algunas drogas sin especificar “Tómate esto, que te va a poner a cien”, culminada con una madrugada de sexo.

– Fui a cazar y cacé. ¡Ja!

Parecía que se lo había dicho al perro. De hecho, el perro pareció entenderlo así, porque volvió a ladrar. Una, dos veces. Tres. Fue su respuesta. Miguel bajó la vista lentamente sin dejar de sonreír. Saltó del banco y se acercó al can que empezó a mover el rabo. Uno acarició y el otro lamió.

– ¿Te has perdido, capullo? ¿Y como te llamas? – preguntó Miguel seguro de que le iba a contestar.

Y le contestó con un ladrido.

El perro empezó a correr. Se alejaba y se acercaba. Hacía amago de saltar sobre Miguel, y se alejaba corriendo unos metros. Daba la vuelta y volvía. Repetía el amago.

– ¡Quieres jugar, capullo!

– ¡Maverick! No seas pesado.

Una señora apoyada en un bastón se acercaba con paso lento.

– No se preocupe, es muy majo. – contestó Miguel – ¿Así que te llamas Maverick? Es un señor nombre, tío. Maverick era un ligón que surcaba los cielos en un vión de guerra, y se llevaba a las chicas de calle. ¿Te llevas tú a las chicas de calle?

– Pues usted no se va a llevar a muchas chicas de calle si sigue con el pecho descubierto.

– No me eche la bronca, señora. Hace una mañana estupenda.

La señora lanzó una pelota al perro que fue detrás de ella.

– Pero ¿no tienes nada más de abrigo? ¡Hace frío!

Miguel se encogió de hombros mientras seguía con la mirada las carreras y saltos del perro.

– ¿No quieres un perro?

– Señora. Si le hará mucha compañía. ¿Cómo va a regalar al perro?

– Es demasiado movido para mí.

– Le hace mucha compañía.

La señora posó sus ojos en los del joven.

– Tú también necesitas compañía.

Miguel se quedó sorprendido. Era la primera vez que se le había borrado la sonrisa.

– Tengo muchos amigos. No necesito un perro para que me haga compañía. – contestó algo ofendido.

– Una pena, parece que Maverick se lleva bien contigo. ¡Maverick, ven!

El perro volvió corriendo. Y se quedó al lado de su ama, con la pelota bien sujeta con su mandíbula. La señora puso la mano debajo y el perro la soltó.

– Nos tenemos que ir, Maverick. Despídete de ese joven.

El perro ladró.

– Ahora despacio ¿eh? Por cierto – se volvió hacia Miguel – ¿Te importaría coger la caca? Es que mis rodillas… me han operado hace poco…

La señora le tendió una bolsa de plástico.

– Gracias.

Sonrió picarona.

Miguel se agachó poniendo la bolsa recubriendo su mano, y recogió los excrementos de Maverick.

El perro corrió hacia él de nuevo y moviendo la cola muy deprisa, le lamió la cara.

– Eres un capullo zalamero ¿lo sabías? – Miguel le acariciaba con la mano que tenía libre.

Maverick volvió corriendo donde su ama. Miguel aprovechó para incorporarse y cerrar la bolsa con un nudo, para echarlo a la papelera. El perro volvió con él. Traía esta vez algo en la boca.

– ¡Un abrigo! ¿De dónde lo has sacado?

Maverick esta vez, no respondió. Corrió como un diablo tras su dueña que se había perdido ya de vista, al girar un seto muy alto.

Miguel se puso el abrigo y se fue caminando despacio hacia su casa. De repente le entró todo el cansancio de la semana de trabajo y de esa noche de desfase total. Empezó a nublársele la vista y el entendimiento. Vio un banco apartado, casi en el borde del parque, y fue hacia él. “Un rato y se me pasa. ¡Dios! Mi cabeza.”

Se acomodó de medio lado y cerró los ojos. La música de la discoteca retumbaba en su mente. Parecía que de nuevo estaba al lado de las columnas de sonido. Vio al fondo de la disco al pavo con el que se había liado. Lo vio besándose con otro antes de hacerlo con él. Vio como lo rechazaba y como volvía a iniciar la busca. Lo vio intentándolo con tres o cuatro más. Sus amigos le llevaron en ese momento algo para que tomara. “No estás en onda, Migue, esto te hará entonarte”.

El pavo se acercó y ligaron.

La música atronaba. Hacía calor y se quitó el abrigo. Así mejor. Se extrañó un momento porque no era la prenda que recordaba haberse puesto al salir de casa. Era el abrigo que le había dado Maverick. Alguien le puso en la mano otro vaso lleno y distrajo su cabeza del misterio de abrigo. Sus amigos reían a su alrededor mientras se morreaba con ese tío. ¡Guau! Besaba bien. La música, un vaso ya medio vacío de whisky en una mano, y la boca del pavo junto a la suya. “¿Cuándo me he empezado a comer la boca con este pavo?”

– ¡Guau!

Pareció escuchar un ladrido al fondo. Pero sus amigos alrededor no le dejaban ver lo que había más allá. Le pareció escuchar otro ladrido. Dejó de besar al chico ése y oteó buscando al perro. La torre alta y ancha de Juanma se puso en medio y no consiguió atisbar nada. El pavo giró su cara para seguir besándolo.

Sintió unos lametones en su cara. Pensó durante un instante que era el pavo con el que se había liado, pero su lengua de repente la sintió distinta, más larga y áspera.

Un ladrido. Dos… tres.

– ¡Hostias! Buen chico. Déjame a mí, anda.

– Miguel, Miguel, ¿Qué te pasa?

Pero Miguel no respondía.

Miguel sintió unos golpes en la cara, tortas o algo así. Miró a sus amigos alrededor para descubrir al que le estaba gastando esas bromas.

– ¡No me hace gracia, ni puta gracia! – les dijo a gritos, pero la música a todo volumen se comió sus gritos.

– ¡Guau!

Sintió un lametón por detrás. Se giró deprisa para descubrir al bromista, pero la luz un foco le dio de lleno en los ojos y le deslumbró. Cerró los ojos.

– ¡Miguel! ¡Vamos! ¡Abre los ojos!

Abrió los ojos obedeciendo a la voz. Sintió de nuevo que alguien le lamía. Intentó apartarlo, pero no tuvo fuerzas.

– Estás helado, macho. ¿Pero que hostias te ha pasado?

Siguió la voz. Le resultaba conocida, pero no la situaba. No había estado con él esa noche. La voz le sonaba a un tío aburrido, sin marcha ni alegría.

– Rubén… – se había acordado – ¿Qué haces aquí? – “¿qué hace aquí este soso?”, pensó.

– Eso digo yo, que haces tirado en el suelo en el puto parque y con solo una camisa. Y qué hostias hago yo recogiéndote después de lo que me dijiste el otro día. Alucino conmigo.

Miguel apenas le escuchó. De repente fue consciente de que hacía frío. Intentó hacerse un ovillo para darse calor él mismo pero estaba tan congelado que sus músculos no eran capaces de responder. Rubén empezó a masajear sus brazos y sus piernas para que entrara en reacción y poder meterlo en el coche que había parado en la calle lateral del parque. El perro seguía lamiéndole la cara. Intentó apartarlo, pero se dio cuenta que la saliva caliente le venía bien, y la fricción un poco áspera de la lengua del perro, también.

– ¿Y desde cuando tienes perro? – preguntó Rubén. – No me habías dicho nada. Parece que te quiere un huevo.

– Yo no tengo perro – contestó cansino.

Rubén tiró de su amigo y puso su brazo alrededor de su hombro. Miguel se dejaba hacer, pero no ayudaba mucho. No había recuperado todavía sus fuerzas.

– ¡Eh! ¡Eh!

Rubén chilló para hacerse escuchar por el policía que le estaba multando por haber dejado el coche parado en medio de la calle. El perro fue corriendo hacia el policía y se puso a ladrar y a correr otra vez hacia los dos chicos. El policía levantó la mirada para seguir la carrera del chucho. Vio a Rubén arrastrando trabajosamente a su amigo.

– ¿El coche es suyo? No sé que se habrá creído dejándolo tirado en medio de la calle, pero…

El perro ladraba a su alrededor. De repente se quedó parado delante de él mirándolo con la cabeza girado hacia un lado en lo que parecía una súplica. Al final el policía dejó definitivamente su terminal y se acercó a la pareja. Cogió el otro brazo de Miguel y lo puso también sobre su hombro. Entre los dos lo llevaron en un momento hasta el coche.

– ¡Qué suerte tienen de tener este perro!

Miguel iba a decir que no era su perro, pero su boca pastosa y un pequeño rayo de luz en su mente hizo que no pronunciara ni una palabra. Solo su mirada perdida indicaba un profundo desprecio por el mundo, personificado en ese momento en el policía. El perro ladró de nuevo impidiendo que el guardia se percatara de esa expresión facial de Miguel.

– ¡Está indispuesto! – se disculpó Rubén.

– ¿Indispuesto? – exclamó incrédulo el policía. – No sé si hacerle a usted las pruebas de alcoholemia y de drogas antes de que coja el coche.

– Agente, acabo de salir de casa, no iba con él. He visto al perro de mi amigo y he parado, sabía que algo no iba bien.

El policía levantó las cejas incrédulo. No acababa de entender qué hacía el perro con Miguel si era evidente que estaba de regreso de una noche plena de todo tipo de sustancias. “Se llevará al perro para que le guarde las espaldas”, pensó aunque con poca convicción. Pensó en hacer la prueba a Rubén pero no vio signos en él que indicaran que hubiera consumido algo que le impidiera conducir.

– Será mejor que lo lleve a un hospital.

– Sí, agente, ahora mismo – mintió Rubén. Pensó en llevarlo a casa, pero no creyó que llevarle la contraria al policía fuera una buena idea.

Acomodaron a Miguel en el asiento de atrás y Rubén se dirigió a la puerta del conductor.

– ¡El perro! – le recordó el policía buscándolo con la vista. – No lo deje… – se calló, porque no lo vio en los alrededores. – Pero ¿Dónde se ha metido?

– No se preocupe agente, es un poco verso suelto. Vuelve él solo a casa – improvisó una escusa para irse antes de que recapacitara y comprendiera lo rara que era la situación. Él mismo no acababa de entender lo que pasaba. Había parado porque el perro se había puesto en medio de la calle a ladrarlo con tal intensidad que no le quedó otra alternativa. Cuando lo siguió y se encontró con su amigo en el suelo, su sorpresa fue mayúscula.

El agente levantó de nuevo las cejas sin entender la situación.

– Me voy rápidamente para atender a mi amigo.

El agente se puso en medio de la calle y paró al tráfico para facilitar la incorporación del coche de Rubén.

– Gracias – le gritó a través de la ventanilla arrancando a todo meter. El policía le hizo un gesto con dos dedos en la frente a modo de saludo.

– ¡Joder, macho en menudas te metes y me metes! – le reconvino. – menos mal que ese perro te conocía.

– No he visto a ese perro en mi puta… – no pudo acabar su respuesta porque no pudo contener las nauseas y vomitó cobre el suelo del auto.

– Joder, la madre que te parió.

– Te quiero macho. Eres mi hombre. Algún día me daré cuenta estando sereno y será la hostia puta.

– Ya – contestó secamente, sabiendo que a la mañana siguiente, o esa misma tarde si se recuperaba del cuelgue que llevaba, Miguel no recordaría ni haber dicho eso, ni mucho menos, ese sentimiento dentro de él. Y encima le tocaría a él limpiar la vomitona del coche, con las arcadas que le solía dar el olor a pota.

Fuera en la calle, en una esquina, una señora muy mayor apoyada en un bastón, acariciaba con la otra mano a un perro.

– Buen perro, Maverick. Buen perro. ¿Nos vamos a casa?

El perro ladró a su ama.

– Buen perro – volvió a decir la señora.

Y se dieron la vuelta ambos, caminando despacio, hacia su casa.

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