Amores Prohibidos (1ª parte).

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Nunca pensé que estaría allí, en Londres, paseando por sus calles, comiendo en sus restaurantes, yendo en metro.

Recuerdo que hace unos años un amigo pasó un año en Londres. Me insistió repetidamente para que fuera a verlo y pasara allí unos días.

– Ven, ven, que esto es la hostia. Y qué mejor que vengas cuando estoy yo aquí.

No quise ir. Me negué en rotundo. La sola idea de ir allí solo, para estar solo, porque por mucho que me prometiera y jurara que iba a estar conmigo y no me iba a dejar solo, sabía que me iba a quedar más solo que la una. Eso y el avión, los aeropuertos. No, me negué.

Mi amigo Félix creo que no me lo ha perdonado.

Aunque, bien pensado, tampoco creo que se enfadara mucho, posiblemente fue un alivio que no lo hiciera. Teatro, puro teatro. Félix era mucho de eso. Es el típico que tiene cienes de amigos, que quiere quedar con todos bien, y que al final, no deja contento a nadie.

Han pasado unos años y mira, lo he tenido que hacer por obligación, solo, por trabajo eso sí y sin la remota posibilidad de encontrar a alguien conocido siquiera media hora para tomar un café. En Londres y solo, solo. Menos mal que Félix no se va a enterar; hace tiempo que no tengo relación con él; me libraré de que me lo eche en cara.

Cuando escribí esa novela tampoco pensé que llegaría a dónde ha llegado. La escribí para mí, cansado de inventar historias pensando en que gustaran a la gente pero que a nadie interesaban, que apenas reunía una decena de personas que las seguían en mi blog. La escribí para pasar el rato, para distraerme de la creciente presión de mi trabajo, de mi vida sin alicientes, solo, sin nadie que me llenara ni un poco. La escribí para olvidarme de todo, incluso de mí.

Cuando la acabé y la imprimí, casi 500 folios, después del orgasmo que eso suele producir (ver todos esos folios que has escrito, es cierto, da como un gusto metafísico solo equiparable al orgasmo), tuve un momento de locura y la envié a una editorial. Resulta que les gustó y resulta que la publicaron y, lo más increíble, resulta… ¡Joder! Resulta que fue un bombazo y ha estado muchas semanas en lo alto de la lista de ventas.

Al poco de estar en las librerías, llegó la propuesta de traducirla al inglés. La editorial inglesa tuvo mucho interés en que fuera a presentarla allí, a Londres, a dar unas charlas, esas cosas que se hacen para promocionar un libro. Yo, iluso de mí, pensaba que para estas ocasiones las editoriales pondrían un asistente o algo así. Por imaginarme, me imaginé que sería un chico guapo y joven, amoroso, de quién pudiera encandilarme; un dos por uno. Ya se sabe la imaginación desbordante de los escritores. Eso y una dosis de soledad, de añoranza por un hombro en el que apoyar mi cabeza llena de ruidos hirientes y desgarradores.

No fue ésta una de las veces que el destino elige para que la imaginación o los deseos se conviertan en realidad. Solo, en Londres, a presentar un libro. Sin el dos por uno. Sin siquiera, un uno por uno. Ni asistente ni hombro para recostar mi cabeza. Solo ingleses con la mala costumbre de hablar en inglés.

Recuerdo que mi amigo Félix, en su proceso de intentar convencerme para que fuera a Londres, me decía que era más fácil encontrar a un español que a un inglés. Pues cuando llegué, todos los que hablan español se escondieron. Sí, porque no encontré ni uno.

Luego sí, luego aparecieron algunos, pero eso será después.

Los de la editorial, tuvieron a bien mandarme un taxi que me llevara del hotel al lugar de la presentación. Un detalle. El taxista por supuesto no era un dos por uno, ni siquiera, un uno por uno. Ni guapo, ni don de lenguas, ni hombro para apoyarse. Creo que era mudo y sordo, o hablaba una lengua todavía más rara y difícil que el inglés.

En la presentación sí tuve traductora. Podía haber sido un chico despampanante con un dominio de la lengua estupendo. Las lenguas, en plural: el español, el inglés y alguna otra. No, fue traductora, acabado en “a” y más bien seca, nada así que te invitara a charlar y a desahogarte. Me dieron ganas de preguntarla si era de ascendiente prusiano o algo así, o si tenía un palo de escoba metido por el culo. Es difícil encontrar a una persona más siesa que ella. Ni buscando.

La presentación fue más sencilla de lo que me temía en un principio y salí de allí pronto y con bien. Después de ese trance promocional, porque para mí fue un trance, era libre, porque la editorial que, en un principio había programado otros actos, al final los había suspendido. Existía la posibilidad de una entrevista en un programa de la BBC justo antes de volverme para España. Tenía pues, cuatro días para callejear Londres. Solo (nótese la reiteración). Mi sueño hecho realidad (nótese la ironía).

Tuve la tentación de pasar los cuatro días en el hotel, leyendo libros o viendo la televisión por satélite, española, claro, cosa que no hago en España. Me llevé de hecho tres libros de los más gordos que tenía pendientes. De Ken Follet y de Stephen King. Al final, la mañana del primer día, me miré en el espejo del cuarto de baño, y me dije:

– ¡Ya vale de hacer el gilipollas!

Y por lo bajinis, me decía, para engañarme o autoconvencerme:

– Te documentas y la siguiente historia la escribes ambientada en Londres. Así te quedas con el personal y eso te haría vender la leche de ejemplares en Inglaterra.

Esto era una tontería, pero de alguna forma había que animarse a salir del hotel y ver algo. Todo por no explicar a los allegados que había estado cuatro días en Londres y no había salido de la habitación del hotel. Si en el fondo, Londres me la trae al… pairo… pero ya que estaba en Londres, ¡Como no iba a ir a ver el Puente ese, y la Noria, y el Parlamento, y el cambio de la guardia, y viajar en los autobuses esos rojos! No tenía ganas de ver esas caras de incomprensión con las que los amigos y conocidos te están llamando:

– Gilipollas.

– Raro.

– Bicho.

– ¡Indocumentado!

– ¡Imbécil!

Como si dices que no comes las uvas en Nochevieja porque te la trae floja y porque te parece una cosa estúpida e innecesaria. El otro día se lo contaba a un amigo y me miró como si hubiera ametrallado a todo un colegio de niños, con resultado mortal para todos.

Así que, me propuse ver Londres por el qué dirán. ¡Qué triste!

Ahora que lo pienso todo fueron excusas en mi cabeza, porque ante el que debía justificarme, era ante mí. Todavía más triste.

Ese primer día anduve como un campeón. Derrengado caí cuando llegué al hotel. Justo alcancé la primera butaca del hall del mismo. No me creí capaz de llegar ni siquiera hasta los ascensores. Patético. El conserje de tarde que salía de turno, me sonrió y se acercó para charlar un poco. Estuvo un rato conmigo y se ofreció, como que no quiere la cosa, a acompañarme a la habitación. Tan mal me debió ver que me cogió del brazo para que no me cayera, pero haciendo que pasara desapercibido. Yo creo que ese chico me estaba intentando ligar, aunque en ese momento, la verdad, ni me di cuenta. Era guapo además, hubiera sido algo interesante. O quizás estoy ahora dándole vueltas a la cabeza y mi desbordante imaginación me hace ver castillos en el aire, como me hizo pensar en un secretario complaciente o en un traductor más complaciente incluso, y con una lengua prodigiosa. Y en un taxista simpático.

Ya tenía escusa para no salir al día siguiente. Agotamiento. Por cierto, el conserje se fue nada más dejarme en la habitación. No hizo amago de quedarse ni de lanzarse sobre mí, que yo pobrecito, no habría podido resistirme y hubiera caído en sus brazos, exhausto que estaba. Le hubiera permitido desnudarme poco a poco y recorrer mi cuerpo con sus manos, con su lengua. Pero no fue el caso, aunque sentado ante la terraza de la habitación del hotel, con la lámpara detrás y el libro en mi regazo, pensé un rato en ello.

El conserje, antes de salir pitando de la habitación, me recomendó que fuera al Museo Británico. Con mucha guasa me indicó que en algunas salas había asientos, y una enorme sala de lectura.

– Con asientos – reiteró.

Y como quién no quiere la cosa me comentó que algunos también se sentaban en las escalinatas.

– A tomar el sol.

Y me guiñó el ojo.

– Sentados – insistió.

Ahora que lo pienso un poco mejor, quizás el conserje se pensara que lo iba a violar o algo así, y por eso salió de la habitación como alma que lleva el diablo.

Le hice caso, por eso de probar esos asientos tan cómodos y seguir justificándome.

Cuando llegué allí y vi semejante colección de escaleras, rápidamente me entraron ganas de seguir las recomendaciones del conserje del hotel. Esas cosas me suelen dar corte, pero como había allí un grupo de turistas sentados, disimuladamente hice lo mismo, como si me solidarizara con ellos. Hacía buena mañana, el sol en lo alto, sin aire, sin lluvia. Saqué mi libro de la bandolera y me dije: “Jaime, esto es un sitio estupendo para leer”. Miré un rato alrededor, para estudiar a la gente que subía y bajaba, sacaba fotos y al grupo de turistas sentados, que casualmente eran españoles. Por fin aparecieron los españoles anunciados unos años antes por Félix. Y creo que, por la pinta, debieron hacer el mismo maratón el día anterior; aparentaban estar un poco perjudicados.

Me sonreí sintiéndome un poco mejor al ver a otros con el mismo semblante agotado y con ninguna gana de seguir la ruta marcada por el manual del buen turista. Abrí el libro, “La Cúpula” de Mr. King, me iba a imbuir en su historia, cuando por el rabillo del ojo, lo vi.

Me dio un vuelco el corazón. Al principio dudé de que fuera él; hacía muchos meses que no lo veía y el pelo lo llevaba un poco cambiado. Pero era él. Seguro. Esos ojos… Caminaba decidido acompañado de dos hombres. Parecían importantes, incluso alguna de las personas con las que se cruzaban los miraban con interés y luego comentaban por lo bajo.

En un momento dado, Diego levantó la cabeza; me dio la impresión que lo hizo como una respuesta a una llamada. Fijó su mirada en mí. Directo.

Sonrió ligeramente.

Mi corazón empezó a latir desbocado.

Me quedé desubicado. Era lo último que me esperaba, encontrarme con Diego. Vive en París habitualmente. No sé muy bien lo que sentí al verlo y tampoco lo que debía o quería sentir.

Alegría, desde luego, lo sigo queriendo, más de lo que me reconozco a mí mismo. Pero no quería sentir alegría. Y miedo. Miedo… porque verlo y no saber como retenerlo a mi lado, me producía pavor. Tenía miedo a tener miedo. Miedo a empezar otra vez. Miedo a cómo iba a reaccionar él, si me conocería, si me saludaría, o me evitaría. O me ignoraría. Porque me duele su amor imposible. Llegó sin esperarlo y cuando explotó dentro de mí, se perdió por entre mis dedos abiertos.

Dudó. Él tampoco sabía qué hacer. Lo noté en sus ojos, conozco bien su mirada. Pero también noté alegría. Eso me dio esperanza. ¿Esperanza de qué? Y miedo, otra vez el miedo. No lo sé, pero eso es lo que sentí. Y algo más que no me atreví ni a materializar en un pensamiento, por pequeño que fuera.

Apenas hizo un gesto con la mano, indicándome que me llamaría luego. Asentí resignado. Siguió su camino y yo lo seguí con la vista, hasta que desapareció tras la puerta de entrada.

– ¿Os habéis fijado? Era Diego de Andrés, es un violinista muy bueno, un genio – dijo una joven del grupo que estaba sentado a mi lado – ¿No lo conocéis? – exclamó incrédula, como si fuera una cosa habitual que a un músico de clásica lo conociera todo el mundo – Lo escuché una vez en la fundación Juan March; toca como los ángeles.

Y es verdad, Diego toca como los ángeles. Aunque me pareció una expresión un poco cursi y más en boca de una chica joven. Posiblemente lo escuchó en un concierto que dio con un cuarteto con el que toca de vez en cuando. Se suele turnar con otro violín, así pueden compaginar con sus otras ocupaciones. A ese concierto fui yo, por cierto. Tocaron un cuarteto de Beethoven, el opus 131. Y lo tocaron muy bien, fue algo extraordinario.

– Y es guapísimo – añadió la turista, suspirando profundamente. Esa mujer era rara. “Toca como los ángeles”, va a escuchar a un cuarteto de cuerda, se extraña de que sus amigos no conozcan a un violinista, y suspira por sus huesos. A lo mejor pensará que para los actores ya hay demasiada competencia.

En una cosa tenía razón: “Es guapísimo”.

El grupo se levantó y se fue camino de su hotel. Se habían rendido ante la evidencia de su cansancio y habían decidido dejar de pensar en el qué dirán sobre su prestigio como turistas, por un buen baño relajante en su habitación de hotel. Yo me quedé un rato más mirando al cielo, dejando que los rayos del sol me acariciaran y de paso, secaran mis lágrimas y mis ilusiones. Otra vez. Era imposible de afrontar por mucho que tuviera la imaginación de un escritor.

Cerré el libro sin haber leído siquiera una palabra. También me fui al hotel. Se me habían quitado las ganas de ver el Museo, de leer al sol en la escalera, de todo. En realidad se me habían quitado las ganas de vivir. De repente tenía de nuevo una opresión en el pecho que por momentos me impedía respirar. Otra vez pasar por eso… como cuando Diego se fue.

Había tardado casi seis meses en recuperar algo que se pareciera a una vida normal, después de aquella conversación que tuvimos: la última.

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