Amores Prohibidos (2ª parte).

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Todo había ocurrido como un año antes, algo más quizás. Mayte, una amiga se empeñó en que diera un Taller sobre escritura. Yo le decía que era una tontería, que no sabía como enseñar a escribir, ya tenía bastante con escribir yo malamente, como para enseñar a nadie a hacerlo. Yo siempre he pensado además que, eso es más bien algo con lo que se nace. Luego lees mucho y haces un cóctel en tu cabeza que va saliendo por tus dedos. Puedes aprender algunos trucos, pero la esencia debe estar dentro de ti. Por lo menos la forma de escribir que me gusta, no esos productos prefabricados para ser consumidos por millones de personas que tienen repartidos los ingredientes imprescindibles para que tengan posibilidades de éxito.
En aquel momento, no era conocido, así que tenía miedo a que fuera un fracaso. Pero no sé decir que no, así que acepté la propuesta de Mayte. Lo organizó y al final tuvimos a veinticinco interesados que pagaron una pasta por acudir a mis disertaciones (me niego a llamarlas clases). Cuando entré en el aula, hecho un manojo de nervios, lo primero en lo que reparé era en un chico con el pelo un poco desordenado, de un color castaño claro, sin llegar a rubio, con una mirada rutilante, ojos azules, o verdes, dependiendo de como le diera la luz, una medio sonrisa capaz de desarmar a los ejércitos el mundo. Su rostro era anguloso, aunque sus pómulos eran carnosos, de los que invitan a ser pellizcados. Elegante, muy recto, pero relajado a la vez. Vestía una camisa a rayas azules y blancas. En su cuello, un pequeño colgante de un violín pendía de una cadena de oro. Cuello robusto, ancho. Potente. Su piel parecía suave y delicada. Morena.
Tenía estilo. Mucho estilo.
Estaba sentado en primera fila, con sus ojos fijos en mí. Nuestras miradas se encontraron en cuanto atravesé el umbral de la puerta del aula. No sé si fue amor a primera vista o que me quedé prendado de sus ojos, o de su expresión, que por alguna razón interpreté como que mostraban que ese chico había ido a buscarme ex-profeso. Como si me conociera. No, conocerme no. Como si supiera de mí y el taller le dio la oportunidad de presentarse ante mí.
El caso es que su interés produjo en mí la misma reacción que una caja de Trankimacin, y afronté la primera jornada del seminario con seguridad e incluso ingenio. Me sentía José Mª Rodero en el escenario del María Guerrero, pero con un solo espectador: él. Los demás asistentes al taller, eran meros figurantes. El coro.
En esa primera jornada, hablamos mucho todos sobre libros, sobre leer, sobre lo que nos gustaba a cada uno, los enfoques, la comedia, el drama, no sé, cientos de cosas. Y luego les pedí que escribieran un pequeño relato, así, sin pensarlo mucho, en una hoja, a mano, lo primero que se les ocurriera.
Diego fue el último en entregarme su escrito. Me tendió su hoja pero no la soltaba, la retenía. Me sonrió y me dijo:
– Tenía ganas de conocerte, me gusta mucho como escribes. Te leo todos los días.
Después de decir esto, ya me dejó guardarme su relato.
Nunca me había pasado que alguien se acercara a decirme que me leía, mucho menos a asegurarme que le encantaban mis historias. Es un sueño repetido en mi imaginario, como lo de los chicos del hotel que he contado antes, o el traductor o esas cosas. Era la primera vez que uno de mis sueños recurrentes se hacía realidad. En mis desvaríos, siempre tengo respuestas divertidas para afrontar estas situaciones, pero aquel día solo me salió una sonrisa tonta y ni una palabra.
– Si no estás ocupado, podíamos ir a tomar un café.
Me guiñó un ojo. Era cierto. ¡Me leía! No era una broma ni por quedar bien o por conmiseración hacia mí. ¡Me leía! Yo permanentemente bromeo en mi blog sobre tomar café con actores o modelos guapísimos, con los lectores y admiradores, con todo el mundo, que no hace falta decir que nunca se había producido. Hasta aquel momento, claro.
Debí decir que sí, no lo recuerdo muy bien. Es evidente que sí, porque el caso es que nos fuimos a la cafetería más cercana y charlamos. Más de tres horas. Se hizo tan tarde que ya no podía cenar en el hotel en el que se alojaba ni en ningún otro sitio. Y le invité a mi casa.
– No tengo gran cosa, pero una tortilla puedo preparar.
– Perfecto – sonrió. Y qué sonrisa.
Hice la tortilla, en su honor, de patatas, y volvimos a sentarnos en el salón a hablar, con una copa de vino en la mano. Sin darnos cuenta, empezó a entrar luz por la ventana: estaba amaneciendo.
– Si quieres puedes quedarte a dormir – ofrecí – hay una habitación vacía.
Se lo pensó, pero dijo que debía volver al hotel. Algo de su familia o así, no atendí a sus excusas, me parecían innecesarias y no quería ponerle en un compromiso.
Lo acompañé a la puerta; salí al descansillo para llamar al ascensor. Tardaba y bromeábamos. Cuando al final llegó, en lugar de entrar volvió hacia mi piso, me dio un beso en los labios y salió corriendo hacia el ascensor sin volver la vista atrás.
Recuerdo que me quedé un rato en la puerta, con la cabeza levemente inclinada hacia un lado, apoyado en el marco, en estado de shock. No me atrevía a moverme para no perder la sensación de sus labios sobre los míos. Parece un poco ridículo visto así, ahora, escrito en estas páginas. Pero ese simple beso puso nombre a lo que llevaba sintiendo desde que entré en la clase y lo vi: amor. Me había enamorado como no lo había hecho en mi vida y ni siquiera me había dado cuenta. Y en un momento, un flechazo, algo que suelo denostar cuando me cuentan que Fulanito se ha prendado de Mandarina, así en un instante, en un chascar de dedos. Y ahí, en la puerta, rememorando el tacto de sus labios sobre los míos, medité sobre lo que todo eso significaba. Una vida nueva, una ilusión perdida hacía ya mucho tiempo, reencontrada de la forma más inaudita e inesperada, de forma casual. Se tuvo que dar la petición de mi amiga, que yo aceptara, aunque no estaba convencido, que se apuntaran por intercesión de algún hado desconocido veintitantas personas a un taller sobre escritura que daba un desconocido como yo que además estaba convencido de que no sería capaz ni de insinuar algo que fuera medianamente utilizable para ninguno de los asistentes para que empezaran a escribir obras que fueran a tener la repercusión de las de Julia Navarro o de Arturo Pérez Reverte.
Todo eso se produjo y como consecuencia, apareció Diego, decidido a conocerme, porque leía mi blog, leía mis historias y le gustaban. Luego me dijo, no recuerdo exactamente el momento, que se había enamorado de mí por lo que escribía. Añadió que le hubiera dado igual que hubiera sido un anciano de 98 años, tartamudo y con un grano en la nariz tan grande que tapara uno de mis ojos.
– Fíjate, me hubiera dado igual hasta que fueras mujer, y eso que a mí las mujeres no me van ni un poco.
Nadie me había dicho algo así. Lo que no sé es como he podido relegar al ostracismo el momento exacto en que ocurrió. Es posible que me desmayara y me golpeara la cabeza, sería una posible causa para el olvido.
Hablamos mucho, de todas formas. Mucho y de todo. De nosotros, de la vida. A ese primer beso lo siguieron otros, y muchos abrazos tranquilos, abrazos más apretados, miradas… Creímos importante basar nuestra relación en nosotros, en conocer lo de dentro, lo importante. En mirarnos a los ojos, en escucharnos, en vaciarnos, muy posiblemente como con nadie lo habíamos hecho. Y en reírnos, claro. Aunque evidentemente, no nos dio tiempo a todo, a saber todo, a contarlo todo. Para eso quizás, hace falta toda una vida, y a veces, tampoco es suficiente.
Y cuando no conoces todas las variables, cosa ya digo bastante fácil, la consecuencia lógica es que te la pegues.
Faltaban dos semanas para que acabara el seminario. Lunes. Ese día, Diego no asistió a la sesión. No me preocupé demasiado porque la verdad, pensé que el ritmo que llevábamos era casi imposible de sobrellevar. Llevábamos casi un mes y medio apenas durmiendo dos o tres horas. Ese mismo fin de semana tuvo que viajar a París para matizar algunas cosas de una composición que iba a estrenar en unas semanas. Yo aproveché para dormir, pero me imaginé que él estaría reventado.
No me preocupé pero me quedé un poco vacío. Me había acostumbrado a él. En tan poco tiempo, sí. Necesitaba mi ración de escuchar, de hablar, y por qué no, de caricias y miradas. Podía añadir aquí alguna referencia a sus ojos. Decir alguna cosa cursi como nadar en las aguas de su mirada, y bla, bla, bla… Mejor no sigo. Cursiladas.
Me encontré con Mayte cuando salía de la Biblioteca. Se me quedó mirando con un gesto que me pareció que mostraba un poco de inquietud y de lástima. Me invitó a un café.
– No tengo mucho tiempo, así que seré directa: Diego es un violinista y compositor con mucho éxito y más futuro todavía. Dicen que es un genio. Su mundo nunca le permitirá que se convierta en tu pareja. De hecho, no se lo permiten.
Me quedé helado. Mi cabeza se llenó de preguntas, de dudas, de mil cosas que no supe expresar en ese momento.
– Es mejor que empieces a olvidarlo.
– Pero…
– Además es muy joven para ti.
Mayte efectivamente tenía prisa y salió sin contestar a ninguna de las preguntas que ya iban tomando forma en mi cabeza. Días después me di cuenta que en realidad, Mayte no tenía ninguna respuesta. Y las pocas que conocía, no parecía que pudiera contarlas. Solo saqué en claro que alguien le había hecho llegar el mensaje: un amigo, de un amigo, de un primo o del abuelo de la sobrina del director del colegio “Joaquín Sorolla”.
Tenía pensado también recriminarle por lo de “Es demasiado joven”. No me cuadraba en una persona que presumía de liberal y moderna. No pegaban esos convencionalismos con ella. Pero al final, no dije nada ninguna de las muchas veces que volvimos a hablar del tema. No merecía la pena. Me lo guardé para tener un algo que echar en cara cuando se pusiera estupenda con su forma liberal de ver las relaciones y el mundo en general.
Eso pasa mucho. A la gente se le llena la boca diciendo lo liberales que son, lo respetuosos con la opinión d ellos demás, con las formas distintas que hay de vivir el amor, caminar por la vida. Hasta que bajas a la arena de la concreción y descubres que eso es solo una pose. Soy muy liberal pero si tu madre viuda se enamora de un negro veinte años más joven, ya no es tan liberal. O si tu hija sale lesbiana, el respeto que se te suponía con la diversidad sexual se diluye en un vaso de agua a la velocidad de un Efferalgan.
A lo mejor mi mundo también es un poco cerrado. A lo mejor somos todos un poco menos comprensivos y abiertos que lo que queremos admitir.
Con lo fácil que hubiera sido una llamada de teléfono: “Oye, gilipollas, que te olvides de mí, gilipollas, que eres mierda para mi gente, que me dicen que no me junte con alguien tan patético como tú”.
Es duro de repente, darte cuenta que, eso con lo que has soñado durante muchos años, se haga realidad cuando parecías ya resignado a no disfrutarlo, y que con la misma rapidez, se desintegre por algo tan incomprensible en nuestro tiempo como la opinión de la gente. Me parecía increíble que el mundo de Diego pudiera estar condicionado de esa forma su vida hasta el punto de marcar con quién podía salir o no. Luego ya estaba el pequeño detalle de que ese “mundo” parecía considerarme como inconveniente o cuando menos, no lo suficientemente valioso o adecuado como para estar al lado de Diego.
Te sientes como una mierda. Me sentí como una mierda. No fue algo rotundo, como una bofetada que sientes el picor y el calor que produce en un instante, aunque luego reverbere durante un rato, acrecentando su efecto por la indignación y vergüenza. No, fue algo progresivo: la cabeza me daba vueltas, meditaba el asunto, recapacitabas sobre lo ocurrido, sobre las palabras de Mayte, sobre esos días con Diego y a cada vuelta que le daba iba bajando un escalón en mi autoestima, en mi ánimo, y crecía la desesperanza y el vacío.
Mayte me insinuó también que no volvería a verlo. “Es mejor así”. Yo me encogí de hombros sin tener muy claro que eso fuera una verdad absoluta, que era como ella había querido presentarlo.
En este último aspecto, Mayte se equivocó. El último día de Taller, Diego vino. Me sonreía pero supe en cuanto lo vi, que en el resto de los puntos, Mayte estaba al cabo de la calle. Lo único que su mundo no había podido controlar es que no volviera a despedirse. En lo demás, todo estaba atado y bien atado.
Acabó esa última sesión. El día anterior debieron que escribir el mismo relato que el primer día, pero de otra forma, para luego confrontar ambos relatos. Ese último día los leeríamos y compararíamos. Él solo escuchó los de los demás y opinó de las diferencias. Aunque le hice leer su relato del primer día.

El mail concreta el asunto, por fin se iba a desarrollar el ciclo de conferencias literarias de Madrid, casi ya lo había borrado de mi memoria, sobre todo porque una vez que dejas de mirar el correo todos los días las cosas se mitigan, esto es como aquello tan absurdo que leí una vez sobre unas esfinges que paseaban de la mano por no recuerdo bien que ciudad de Francia, pero cosas las escribe Antonio Bierzo que es tan elitista que en la élite, está solo, ya que no hay nadie que le siga, pero de eso todavía no tiene constancia.
Bien del 24 al 30 fastuoso, no tengo conciertos y además me apetece Madrid en vena, me apetece cenar en aquel sitio tan interesante de la cuesta de Santo Domingo, un sitio estupendo con solo un problema: la cantidad de Senadores que van a cenar ahí, la nueva aristocracia local que a diferencia de aquella pretérita a la guillotina, ni conoce un solo libro de filosofía y ni un solo instrumento musical, porque de momento cuchara y tenedor no tienen la consideración de tales.
Tengo ganas sí, tengo ganas de verlo, de estar cerca y poder respirar tanta palabra fundamental para mí; sus historias y sus personajes, tengo ganas de entrar en ese mundo de creación en ese mundo que me fascina de tal manera que me hace perder la cabeza por la obra y por el autor. Es casi un obsesión de esas que uno tiene cuando aprecia lo bello y para mí la creación se hace tan fundamental es tan erótica que conocer esos detalles me transporta a los campos de la obsesión.
No soy un tío obsesivo, no lo creo, lo que ocurre que a fuerza de tanto sumergirme en sus escritos, en sus personajes creo que he creado para mí mente una situación de idilio, donde la razón está pero es otra manera de razonar y sobre todo, donde pasiones, juegos y sensualidades me llenan –si debo confesarlo- me excita cada párrafo cada construcción cada momento en el que la trama me absorbe y me hace entrar de manera rotunda, me excita si cada momento en que las letras están alineadas de tal manera que se adhieren a mi boca y se produce un gozo difícil de explicar donde cada momento es el primero el último y vuelta a empezar.
La creación siempre me ha producido ese morbo, esa admiración que yo transformo en sentimientos, no sé por qué, pero así lo hago siempre, lo hago de forma instintiva, quizás es como una entrada moderada y casi sin pecado en el campo de la lujuria pero sin que esa lujuria sea la convencional esa que cuando se descubre deja de tener gracia porque te obliga a aguantar todo ese maremoto de beatas y religión que como no la entienden la desmerecen esto es otra cosa, aquí la lujuria es el placer de entregarse a la creación y al creador ambas te desnudan y hacen que te sumerjas en esas caricias que te llevan camino a una locura sin control de paisajes y personajes con los que te fundes en placer puro placer.
Cuando cuento estas cosas la gente –mi hermano fundamentalmente- aseveran que estoy loco porque para ellos todo consiste en tocar tocar tocar, no es mi caso a mi pensar pensar pensar me invita más a determinadas cuestiones, el caso es que aquí estoy en el preámbulo de conocer y sumergirme en ese deseado ciclo de conferencias o curso de creación literaria y sobre todo sumergirme en el autor en el creador, son tantos los escritos las noches de personajes de historias de besos ocultos y de caricias de sombra y palabra que quiero, que no miro a otro lado que no sea ese curso, esas palabra y sobre todo esa cercanía hacia el escritor.
La verdad que yo mismo muchas veces me pregunto cómo me pueden colgar estas cosas ¿estoy colgado del escritor? Sí, hasta las trancas, y no lo conozco. no sé de él más que su imagen pública esa de las Fnac, pero yo no necesito imágenes públicas, yo necesito palabras intimas, leer entre líneas verme en uno de esos personajes, ser la piel que se besa o besar y acariciar la piel propuesta y eso es una constante invitación en sus escritos en sus historias. Por todo ello es esa frontera entre lo sensual y lo racional la que yo cruzo sin dudar cuando leo y es la que me lleva a cierta ansiedad de conocerlo, por eso me pone tanto.
Los días van pasando y por fin el día, el curso, la primera conferencia, la sala inadecuada como cabía de esperar, una especie de aula con pupitres estándar lo mismo para universitarios que para cursos de empresa, nada con ese toque la literatura y la creación exige, cuadros en las paredes o ambientación un tanto clásica, pero nada de nada, aquí todo plástico porque decir espartano sería una ofensa para la historia lo espartano es consecuencia de una época esto es consecuencia de un país tan carente de amor a la cultura como el nuestro.
Comenzamos y me acabo de enterar que esto se llama Taller de escritura, tan metido en lujurias, caminos del erotismo de la creación y la sensualidad del creador, no me había leído la parte administrativa del tema. Bueno carece de importancia yo pongo cara de póker como nadie en esta vida si me preguntan, otro aspecto que me llama la atención jóvenes dos, el gordito de gafas del fondo que debe ser un hacha en literatura española y yo que soy un hacha en imaginarme pasión en cada renglón del autor; y el resto todo tías ¡Reconozcamos! Las tías son más disciplinadas para estas cosas, se apuntan a todo y son más constantes las tías son el pilar fundamental el muro maestro de cualquier cosa que se haga de este tipo.
Llega, entra, percibo cierta timidez y también incomodidad de tener que hablar en ese espacio –lo entiendo perfectamente- si yo tuviera que tocar en un sitio como este, me pondría malo, me daría un tirón y suspendería el concierto. Saluda; vaya que voz más bonita la verdad no sé que está diciendo solo me quedo con el timbre y la escala de palabras que tienen una sonoridad tan agradable debo estar sonriendo si estoy seguro. Cruzamos la mirada uff me he puesto coloradillo lo sé porque me arden los pómulos (yo no tengo monfletes) bueno tendré que atender porque no me entero de nada solo su voz pero yo la percibo como música.
Pasa el tiempo y creo haber centrado la atención en el tema, ha hablado de tantos libros que ha sido un recorrido de emociones que un poco me ha dejado en esa sensación de de un borracho en un punto de alegría sin mayor interés que dejar pasar el tiempo porque estás tan a gusto que no quieres ni moverte, yo debo seguir con mi sonrisa tonta y ahora tengo que escribir una historia que nos propone, bueno a ver que se me ocurre, ya está contaré como se enamora un arco de un violín Ufff que cursilada, bueno escribiré sobre el encuentro de dos desconocidos en una calle de Praga un filósofo y un niño pijo incapaz de reconocer que está enamorado de conserje de su Universidad, no es lo mejor que he pensado pero puede valer.
Como siempre me quedo el último, bueno esta vez no tengo prisa, me levanto para dárselo, por fin su voz en escala directa, por mi mente pasan sus historias esas noches leyendo su ambientaciones sus personajes ¡No te pongas nervioso en plan colegiala!. Me acerco me mira
.- ¿Ya está?
.- Sí toma, Tenía ganas de conocerte, me gusta mucho como escribes. Te leo todos los días.
Vaya ha sonreído joder que nervios, la verdad que no sé porque he dicho esto, y porque lo he tratado de tú Buaaaaaaaaaaa, la mente me rula a toda velocidad estoy como en el concierto de Beethoven se me van las escalas, valor venga…………………..
.- Si no estás ocupado, podíamos ir a tomar un café.
¡Me ha dicho que si! Y yo voy y le guiño un ojo va a pensar este niño es gilipollas y lo peor del caso es que con toda la razón.
Esto es un sueño pero ¿Y si se hace realidad?

Diego de Andrés.

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