Amores Prohibidos (3ª parte).

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Diego fue muy educado. Lo fue desgranando poco a poco, en píldoras salpicados de otras anécdotas que le habían ocurrido en su ausencia. No dijo que fuera para siempre nuestro “no puede ser, Jaime, lo nuestro no puede ser, mi padre me ha dicho, mi agente me ha dicho, mi maestro me ha aconsejado…”; fue más bien un “No es el momento”; “Ahora debo centrarme en mi carrera”; “No puedo pedirte que rompas con todo y me sigas por el mundo, así de repente, por un niñato como yo”; ”Mi padre… mi hermano… “. Qué bobo era… o qué bien aleccionado: yo hubiera roto con todo y me hubiera ido detrás de él. De hecho, antes de la conversación con Mayte, en ese fin de semana de vacío en el que Diego se fue a París, estaba haciendo planes al respecto, incluso pensaba ir a aprender francés e inglés para no estar completamente perdido cuando me fuera con él.

– ¿Cómo te vas a ir con un niñato como yo, al que conoces de solo un par de semanas? – me argumentaba para convencerme. Porque me miraba y comprobaba que toda su verborrea me dejaba frío. Yo lo sabía y él lo sabía. Pero él lo intentaba una y otra vez. Perseveraba en sus argumentos, buscaba otros, intentaba convencerme.

Pero yo me había escrito otra historia en la cabeza. Fueron seis semanas de Taller y de mutuo descubrimiento y cuando se fue, quedaban otras dos semanas de Seminario. Ya eran ocho. Para después, yo ya tenía pensado organizar escapadas a dónde él estuviera, hablar por teléfono, cartas, skype. Poco a poco. Mi imaginación había escrito todo un tratado de procedimientos para esta ocasión especial que se había producido de improviso en mi vida.

“No es el momento”. No sé las veces que lo repitió, seguido de un “Te amo escritor” que lo peor, es que me sonaba a verdad. Quizás eso fue lo que me destruyó definitivamente.

– Te amo escritor, pero la gente no lo entendería.

Se dio la vuelta, estaba recostado sobre mí en el sofá de casa, y empezó a besarme. Se quitó la camisa y empezó a quitarse los pantalones. Cerré los ojos y dejé que me acariciara, que me besara al desabrocharme los botones de mi camisa. Sentí como se incorporaba para quitarse del todo sus pantalones. Ahí hice un click, mi mente hizo un click, abrí los ojos y lo detuve.

– No, Diego, no podría soportar luego… pero es mejor que no. Si un día encuentras que es el momento, que la gente lo entenderá, ven, llama a mi puerta y mientras voy a abrir, te desnudas. Si te veo en la puerta desnudo, sabré que partimos de dónde lo hemos dejado hoy.

Me sonrió. Se le escapó una caricia por mi mejilla, se le escapó un beso sobre mis labios, y sus pantalones volvieron a su sitio. Cuando se dio la vuelta para abrocharse, se le escaparon algunas lágrimas, yo lo sé, aunque se preocupó muy bien de ocultarlas antes de volverse a enfrentar a mí.

– ¿Quieres que me vaya?

– No – contesté quizás demasiado deprisa. Cogí su mano, lo atraje hacia mí, y le obligué a ocupar de nuevo el sitio que tenía antes, con su cabeza sobre mi pecho.

Hablamos despacio, paladeando cada una de nuestros pensamientos. Sabíamos que iban a ser los últimos. Nos besamos de vez en cuando, escuchamos siempre música. Y cuando amaneció, él aprovechó un instante en que me había quedado un poco traspuesto, para dejarme un último beso e irse. Me desperté, pero no quise hacérselo saber. Permanecí inmóvil y le dejé partir. Solo abrí una rendija mis ojos para verle llorar cuando cerraba muy despacio la `puerta de mi casa, para no hacer ruido.

Quién sabía de mi historia con Diego me incitaban a salir tras él, a protestar, luchar o lo que fuera. Pero… no podía hacerlo. Lo quería, lo amaba, pero no podía ir detrás de él y hacerle elegir entre el mundo y yo. Tendrá sus razones, sus obligaciones. No podía enfrentarlo a la tesitura de tener que elegir: “O yo, o el resto de tu vida”. Si me hubiera elegido a mí, me hubiera sentido culpable y eso hubiera abocado a nuestra relación al fracaso. Y si no me hubiera elegido, todavía me hubiera sentido peor.

Ahora en Londres, después de cruzar nuestras miradas fugazmente en la escalinata del Museo Británico, dudaba sobre si deseaba que se produjera la llamada o que pasara de largo de nuevo. Quizás era mejor que lo denostara otra vez, me sumergiera en un mar de lágrimas y cogiera el avión un par de días más tarde con el alma limpia, sin esperanzas de una vez por todas, para volver a mi vida de antes, carente de toda ilusión o esperanza de encontrar a una persona que me complementara, que me animara en los momentos bajos, que me cogiera de la mano si lo necesitaba, y que me sonriera, que me hablara hasta caer exhausta. Una persona que se colara en mi corazón sin esperarlo, sin darme apenas cuenta y se instalara ahí, se agarrara con uñas y dientes a las paredes para que nada ni nadie lo expulsaran de allí. Sin esperanza, pero también sin el dolor lacerante del abandono, del vacío.

No comí ni salí por la tarde. Mis hombros se hundieron un poco más y mis gafas resbalaron por la nariz hasta la punta, sin que tan siquiera me apeteciera ponerlas en su sitio. Cogí de nuevo el tocho de Mr. King, pero de nuevo, no pasé de la primera página. Me llamaron de la editorial de España, saqué mi mejor tono alegre y les indiqué que todo había ido estupendo y que estaba pateando Londres como el mejor de los turistas. “La próxima novela va a estar ambientada en Londres, no os digo más, tengo miles de ideas bullendo a fuego rápido en mi cabeza”. Qué más daba si posiblemente no hubiera próxima novela. Estaba seguro que yo iba a ser un escritor de una novela, sin más, y me daba con un canto en los dientes, por la suerte de haber encontrado a quién le gustara y se arriesgara a publicarla. Y a un puñado de lectores que parecían disfrutar con ella.

– La semana pasada has vuelto a subir al 5º puesto de ventas. Estás subiendo de nuevo en las listas.

En otro momento, hubiera gritado de alegría, me hubiera levantado y llamado al conserje del hotel para que me subiera un algo con alcohol. Después de unos meses a la venta, el 5º puesto no estaba nada mal.

– Ahora subirán una botella de champán a la habitación. ¡Disfrútala! – ¿Me leerían la mente?

Estela colgó después de darme la buena nueva. Me reí para mí de la broma que el destino me jugaba. De todas formas era una buena cosa, una botella de champán para mí solo, para cogerme una soberana cogorza para celebrar que el que yo creía que iba a ser mi amor para toda la vida, había vuelto a asomar la patita en el escenario de mi vida, y me había vuelto a dejar totalmente jodido.

Llamaron a la puerta. Me levanté para abrir y no tener que decir “Adelante” en inglés, por si no me salía bien. El conserje, “mi amigo”, me subía el champán.

– Dos copas – le dije con sarcasmo – quédate para beber en la otra.

El conserje improvisó una disculpa y se retiró sin decir nada más. Ni siquiera levantó la mirada del suelo.

– Parece que ya no soy buena compañía ni para el conserje.

Descorché la botella allí mismo, en la puerta. Dejé que el corcho saliera disparado y que las burbujas camparan un rato a discreción, llenando la cubitera con un tercio del espumoso. Miré las copas con pocas ganas y me decidí por beber a morro.

– A tu salud – exclamé con tono de borracho, anticipándome a mi estado de unos minutos después. Saqué incluso la risa floja que me suele salir cuando estoy bebido.

Llamaron otra vez.

– ¿Has decidido quedarte? – creí que era el conserje, pero no, no lo era. Me salió un sonoro eructo, como siempre que bebo champán a morro. Y me quedé muy a gusto y sin saber que hacer.

– ¡Pasa! – dije al cabo de un rato.

Nos habíamos quedado los dos ahí, mirándonos. Todo el tiempo que había pasado desde que Diego diera la espantada por indicación de conveniencia de sus consejeros o lo que fueran, me había imaginado muchos reencuentros distintos con él. Y desde esa mañana, mi cabeza se había ido imaginando pequeños retazos de conversación, de reproches, de frases, de miradas, de poses, actitudes. Allí, frente a él, en la puerta, ninguna de todas esas posibilidades me parecía ahora adecuadas. Tampoco sentía lo que debía. No era dolor por ver a quién se había alejado de mí por imposición de la sociedad; o rencor, o incluso llegué a pensar en que lo llegaría a odiar. Tampoco sentía allí, en la puerta, amor, ni pasión, ni todo esos sentimientos por los que había llorado durante largos meses.

Todo había cambiado mucho. Él seguía siendo una estrella, yo había conseguido publicar una novela y tenía éxito. No sé si su familia o su entorno había cambiado algo, pero para mí, en ese momento, en la puerta de mi habitación, Diego era otra persona. Era como si fuera un conocido con el que había trabado relación en un corto viaje y ahora existiera la posibilidad de comprobar si la simpatía que tuvimos durante el viaje se veía confirmada y se convertía en una amistad profunda. Y de ahí, se podía estudiar hasta dónde era plausible que llegaran esos sentimientos.

– ¿Me odias? – preguntó sin decidirse a entrar.

Estaba radiante como siempre, aunque sus ojos estaban un poco apagados. Me encogí de hombros antes de contestar:

– ¿Por qué te iba a odiar?

– ¿Me amas entonces?

Lo preguntó sin dejarme casi acabar mi respuesta a su pregunta anterior.

– ¿Quieres que te ame? ¿Puedo amarte?

Como respuesta dio los tres pasos que nos separaba y me cogió la cara entre sus manos. Acercó sus labios a los míos y me besó. Una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo, pero no fui capaz de responder al beso. Me quedé quieto, con los ojos cerrados y la mente en blanco.

Se separó y me miró.

– Estás enfadado.

– Diego, no sé lo que estoy, ni sé lo que siento, ni siquiera sé si quiero sentir o por contra, quiero recluirme otra vez en mi soledad y volver a la certeza de que nunca voy a tener una pareja que me guste. Aquellos días creí conocerte, pero cualquiera desde fuera, te conocía más y mejor, porque cuando me avisaron de que lo nuestro no iba a salir, de que no nos iban a dejar, yo no les creí. Hasta que desapareciste y luego solo volviste para decirme adiós.

– No te dije adiós, te dije hasta luego. No era el momento.

– ¿Ahora lo es?

– Puede – bajó la mirada y la clavó en la moqueta de la habitación.

– Pasa y cerremos la puerta, no hace falta que se entere todo el Hotel de mi mal de amores.

– No seas así – me recriminó.

– Has llegado a tiempo de brindar conmigo por mi éxito de ventas. “Por mi novela” – y levanté la copa que acababa de llenar después de tenderle la otra.

– Dice mi hermano que voy a ser un desgraciado si no estoy contigo.

– Y tú ¿qué dices?

– No me lo pongas difícil.

Dejé la copa de champán sobre la mesa y me senté en la butaca. Empecé a hablar con tono monocorde.

– Mira Diego, tú eres el que tienes que hablar, el que debes arriesgar. Yo estaba decidido a cambiar mi vida por ti, a seguirte, a abandonarlo todo. Eso era algo que era impensable antes de conocerte. Pero antes de que me dieras la oportunidad, me dejas, con no sé que motivos de momentos y de no se que leches. No lo recuerdo, ni hace falta. Mayte me avisa antes de que suceda nada de que lo nuestro no es posible, porque tu mundo no te lo va a permitir. Nos llevamos muchos años, no tengo tu clase ni tu posición, ni tu dinero y soy medio bobo que apenas me puedo ganar la vida. No estoy a tu nivel, así que no te merezco. Y tú me dejas. Ahora nos encontramos por casualidad en el Museo Británico. Me vienes y me dices que si te amo o te odio o que leches pienso.

Diego intentó detenerme, pero no le di la oportunidad y seguí:

– ¡Y yo que coño sé que hostias pienso!¡Joder! He pasado los peores meses de mi puta vida sin importancia, un mierda como yo y todavía no sé si tirarme desde un puto puente o pegarme un tiro. Un éxito editorial como el mío, un sueño hecho realidad y no lo puedo disfrutar porque estoy pensando en ti, joder, y lo peor de todo es que no sé que pensar, no sé que sentir, no sé cómo estoy, ni lo que deseo. Soy cojonudo escribiendo personajes y no sé meterme en mí mismo y definir lo que pienso, lo que siento, y mucho menos lo que quiero. No me vengas diciendo que te lo pongo difícil, joder. Dime tú a qué has venido, si a compadecerme o a amarme. Dime tú si me amas más que a tu mundo. Deberías casarte con todos ellos y dejar en paz al resto.

Diego se dio la vuelta y salió de la habitación. No llegó a dar un portazo, pero tampoco se puede decir que cerrara despacio la puerta.

Yo me quedé con mi cara de lelo habitual, esta vez con un grado más de tontería. Podía haber llevado la conversación de muchas formas e indudablemente había elegido la peor de todas.

– Eres cojonudo, Jaime, la primera pelea con tu pareja, un par de vidas antes de que lo seáis. Cogí el teléfono del hotel y llamé a la recepción.

– Is John there?

– No, I’m sorry. Could you …?

Colgué. La señorita que me había contestado no me valía para lo que yo necesitaba.

Cogí de nuevo el libro de Mr. King, y me apresté de nuevo a mirar sin ver su primera página.

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