Amores Prohibidos (4ª parte).

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A la mañana siguiente estaba avergonzado. De mi comportamiento, de mi forma irreflexiva de llevar la reunión con Diego, de la forma en que me puse en evidencia con él. Me daba la impresión de que debía resultar patético mostrarse como un desesperado de la vida por no tenerlo a mi lado. Un amargado desconsolado. Y patético. Eso me parecía haber mostrado el día anterior.

Luego, mientras intentaba leer, se me iban ocurriendo mil locuras, mil formas de mostrar al mundo mi tristeza y abatimiento al no poder tener al hombre que me gustaba. “Me quedaré en la habitación dejando que crezca la barba y dejándome llevar por la tristeza y la melancolía.”

Pero esa mañana, me empeñé en retomar mi vida. Y lo mejor que se me ocurrió, era volver al Museo y retomar la visita frustrada del día anterior.

– ¡Qué le den! – me dije decidido frente al espejo, mientras me afeitaba. Parecía un intento de arenga como en las reuniones corporativas de marketing.

De nuevo una mañana soleada, así que de nuevo, me detuve un rato en las escaleras. Me distraje siguiendo a los turistas y las distintas formas de afrontar la visita al Museo. Un grupo de japoneses, bien ordenados, con sus cámaras, y con un paso rápido, siguiendo las explicaciones apresuradas de su guía. Una pareja que hubiera apostado que eran recién casados, haciéndose fotos de ellos con distintos fondos, aunque estaba seguro que los fondos daban igual, incluso dudaba de que saliera alguno. Pero sus besos y su chispa en la mirada, sí saldrían, seguro. Me preguntaba cuánto les duraría esa chispa.

Yo también tuve esa chispa.

No me duró nada, casi ni la dejaron nacer.

Aparté de nuevo mi melancolía, eché de mi mente esos pensamientos.

– ¿Me firma un autógrafo? Es Vd. Jaime CG ¿Verdad?

Tardé en darme cuenta de que se dirigían a mí y que era algo real no un engaño de mi imaginación. Era un matrimonio ya con sus años, y me tendían un ejemplar del libro para que se lo firmara.

Recompuse mi figura y les mostré una de mis mejores sonrisas.

– Cómo no. ¿Cómo se llaman?

Ernestina y Cosme. Una pareja encantadora. Me preguntaron incluso sobre mi próximo libro. Les conté una historia apabullante sobre la nueva novela que estaba escribiendo. Se quedaron encantados. Una lástima que no me apuntara lo que les relaté, a lo mejor hubiera sido una propuesta merecedora de escribirla. Ernestina y Cosme tendrán que esperar al menos una eternidad a que yo escriba otra novela.

Respiré hondo cuando se alejaron entusiasmados. Mi imaginación desbordada pensó que contarían a todas sus amistades su encuentro conmigo y cómo les había resultado simpático en grado superlativo, con lo cual, por San Valentín, vendería un puñado más de libros como agradecimiento a esa charla sobre el futuro de mi carrera literaria y con una dedicatoria muy sentida en su libro.

“Encontrar a gente tan encantadora como Vds. es lo que me hace seguir pensando en escribir. Con todo mi afecto para Ernestina y Cosme”.

Entré en el Museo y cuando llegué al Gran Atrio de Isabel II y la sala de lectura, se me olvidó todo lo demás. Busqué un sitio en dónde sentarme y poder mirar hacia todos los sitios, observarlo todo con tranquilidad, sin prisas, sin estorbar a nadie. Seguir otra vez a la gente y sus reacciones al entrar o las mil historias que pueden surgir de cada persona que pasaba por ese sitio.

Me pareció ver a mis admiradores que entraban en el Museo. Ellos no se percataron de mi presencia sentado en un lateral del gran hall. Me fijé en ellos y no sé por qué, se me ocurrió pensar que parecían una pareja reciente. La forma de comportarse, de mirarse, la forma en que el uno estaba pendiente del otro, su forma de sonreír… quizás eran dos amigos del parvulario a los que la vida los separó y luego los volvió a juntar, 60 años después. Quizás los dos eran viudos, él incluso a lo mejor había tenido una pareja hombre, pero al reencontrarse con Ernestina, se olvidó de lo que era y decidió disfrutar de su amor, aunque fuera una mujer.

Quizás ella tenía 7 hijos de su anterior matrimonio, también feliz. Y esos 7 hijos eran estupendos y estaban todos bien colocados; menos José, el quinto, que era un poco viva la Virgen y le echaban a la semana en todos los trabajos que lograban encontrar para él. Ahora, llevaba ya dos meses trabajando en una cafetería, como camarero, y parecía que duraba. Ernestina estaba muy feliz por ello, por eso decidieron irse los dos de vacaciones a Londres, para celebrar los dos meses de Josecito en su nuevo trabajo.

“Es que es joven”, ponía de disculpa la mujer, olvidándose que Josecito tenía ya treinta años. “Es un espíritu libre”, hubiera seguido argumentando la madre, y su Cosme posiblemente hubiera contestado: “Pues que se pague el tabaco tan libre que es”. Y Ernestina le tocaría la cara a su marido y éste callaría resignado, una vez más derrotado por su mujer, con esa mirada tan demoledora, tan llena de amor y serenidad, destructora de los malos humores, de los enfados, de las añagazas.

Ahora que miraba a Cosme con atención, se me ocurrió que no, Cosme no había estado enamorado de un hombre. A no ser que hubiera sido en secreto. Eso… Cosme había estado enamorado platónicamente de su vecino del quinto. Aunque nunca dijo nada. Se casó muy joven con Carmen, casi obligados por sus padres. Nunca se quisieron pero se soportaron durante los años que estuvieron juntos. Su mujer murió en el parto de su tercer hijo. Pobre Carmen.

– Escritor, si me cuentas la historia que estás imaginando, te invito a comer. Ya va siendo hora.

En un primer momento pensé que se me había escapado un diálogo de alguno de mis personajes. Quizás Josecito o el tercer hijo de Cosme. Luego creí percibir con retardo un matiz de realidad que mis diálogos inventados no solían tener. Fijé la vista, giré un poco la cabeza, y efectivamente, era real, de carne y hueso, con su voz de siempre, un poco chillona, tan guapo y elegante, aunque fuera con unos vaqueros, y con el pelo un poco desordenado, como la viva imagen de un genio.

No sonreía. Y su mirada no era tan retadora como el día anterior. Era más dulce. Era la mirada que recordaba cuando íbamos a mi casa después del Taller y charlábamos mientras cenábamos para luego, tumbarnos en el sofá del salón y seguir hablando. Era una mirada solo reservada a esos momentos. Fuera de allí, cambiaba rotundamente. La noche anterior no reparé en esa mirada, fui consciente ahí, en el hall del Museo Británico. Quizás fuera una disculpa para justificar mi torpeza.

– O sea que necesito comprar tu invitación a comer. Qué triste, tener que ganarme a mis años un plato de garbanzos contando historias en el hall de los Museos.

– Es lo que hay, Escritor, la vida es dura. Y los escritores debéis romperos los dedos contra el teclado para poder comer.

– Si ya no te gustan mis historias.

– ¿Quién te ha dicho eso?

– Lo he oído en alguna parte.

Él permanecía de pie, a mi lado. La luz que entraba por ese techo de infinitos cristales, me deslumbraba obligándome a guiñar un poco los ojos. Él se aprovechó de ello:

– Me guiñas un ojo, eso quiere decir que te gusto un poco.

Era una frase divertida aparentemente, pero a pesar de la luz que no permitía ver los matices, creí distinguir que era una frase importante. Era una sonda lanzada a investigar el terreno y saber lo que podía esperar.

No tardé mucho en responder, aunque por todo lo que se me pasó por la cabeza, hubieran podido pasar horas, días incluso. Porque no era sencillo. Si yo estuviera escribiendo una novela romántica, sería muy fácil la respuesta: pelillos a la mar y levantarme de un salto, abrazarlo y buscar su boca. Empujarlo hasta caer rodando por el suelo, besándonos, y hacer el amor ahí mismo, rodeados por cientos de personas que iban a ver los frisos del Partenón y se encontraron con dos hombres amándose al albur de la reina Isabel II, que da nombre a la sala. Pobre Isabel II, dos hombres haciendo el amor en su nombre. Es lo que le faltaba a la mujer, a sus años. Pero hasta para mí que soy la timidez hecha hombre, el ser un espectáculo para la gente, mientras me revuelco con mi amor, era algo que no me resultaba nada incómodo. También es verdad que no pasó de ser una escena inventada, que ni siquiera la verbalicé.

Giré un poco la cabeza, mirando a Diego; ¡qué guapo estaba el jodido! Mi amiga Mayte decía que no eran tan guapo, que me lo parecía porque estaba colado por él. “No es para tanto, es del montón”, me decía y repetía, sobre todo cuando me dejó por cuestiones nada espirituales y amatorias. Durante un tiempo pensé que había sido quizás todo una gran pantomima, y en realidad me había dejado porque era feo, gordo y con más años que él. Pero eso lo descarté rápidamente. Para mí, casi hubiera sido mejor, al menos me hubiera regodeado en mi miserable cuerpo y mi más miserable existencia. Casi fue más duro pensar que estaba ahí, yo lo quería, me gustaba, él me quería, le gustaba, pero la sociedad, el qué dirán, prevalecían sobre todo lo demás. Los convencionalismos sociales.

Sonreí, mientras seguía buscando una respuesta. No fue una sonrisa clara, lo reconozco. Fue más bien triste, apagada. Él lo notó, porque durante un instante perdió la luz en sus ojos. Era luz de esperanza, de amor, de un futuro lleno de complicidad y de compañía. Todo esto se tarda mucho más en explicarlo que en verlo. Yo creí percibirlo, y eso me animaba a decirle: “Leñe, págate una buena comida, que me debes un montón de ellas ¿recuerdas?”. Mientras estábamos hablando, esas largas horas, agarrados, abrazados, mientras eso pasaba, hacíamos a veces pequeños juegos: “Escríbeme una pequeña historia sobre un abuelo y un juguete para su nieto”. “Escríbeme sobre un joven sentado en la terraza de un café”. “Escríbeme sobre un violinista enamorado hasta las trancas”. “Soy un niñato, estarás pensando que soy un niñato”. Y cada vez que decía lo de niñato, yo me ganaba una cena pagada por él, en los mejores restaurantes del mundo. Y cuando le escribía las historias, me ganaba otra cena o a veces, un viaje alrededor del mundo en tren.

Pero esa nube en su mirada producida por mi triste y apagada sonrisa, se había disipado con la misma rapidez que había aparecido. Volvía a tener luz expectante, mirada taladradora, seguridad, pero sobre todo, un inmenso amor. Hasta que lo conocí, no me pude imaginar una mirada como la suya, profunda y llena de amor. No creí que nadie fuera capaz de expresar con los ojos, amor. Amor. Amor. Amor. Era muy difícil resistirse a ello. Sentirse amado es uno de los placeres más hermosos de la vida. Sentir que alguien cede parte de sí para dártelo a ti. Eso en un mundo fácil e idílico, hubiera sido razón suficiente para que no dudara en decirle. “¡Págate esa puta comida, niñato de mierda!”.

Pero no era un mundo idílico. Esta vida está llena de intereses, de dinero, de posición social, de mentiras, engañifas, de lameculos, de insidias y confabulaciones para medrar, para ascender más que el otro. No vale ser un genio, un maestro, debes proteger tus espaldas y ceñirte al guión que las circunstancias te marcan. A mí me daba igual, me sigue dando igual porque no juego por ascender ni ser más que nadie. Ni juego en la liga de los campeones, como Diego, ni juego en ninguna otra liga. No necesito ser más que el de al lado. No necesito la aprobación del mundo, como muchos la tienen. Quizás porque soy un mindungui, un perdedor.

Pero él, menos que nadie, puede romper con todo por amor. Debería renunciar a demasiadas cosas. Debería enfrentarse a demasiadas personas.

Yo ahora digo que sí, pelillos a la mar, y mañana las tornas se vuelven oscuras. ¿Y qué hago? Me vuelve a decir.”No es el momento, pero yo te quiero”. Me quieres, pero me jodo. Otra travesía del desierto.

– Me debes tantas comidas, que creo que estaría bien que me pagaras hoy la primera. Pero sin historia, que no te la has ganado.

Sonreí.

Después de tantas vueltas, de tantos razonamientos encontrados, la razón perdió la batalla y me encontré hablando sin conciencia y sin raciocinio. Y me encontré sonriendo como un estúpido. Al menos él sonreía también como un bobo.

El teléfono vino en mi ayuda. O no. Era de mi editorial: La entrevista en la BBC se confirmaba. Tenía un par de horas para cruzar Londres y enfrentarme a unas cámaras de televisión y algunos entrevistadores.

Mis nervios afloraron, se me cayó el alma a los pies. Ahora resultaba que después de tantas cosas, era yo el que le iba a dejar tirado al músico. Al Príncipe del arco y las cuerdas.

– Pero es imposible que llegue, si no conozco Londres y…

Diego me cogió de la mano y tiró de mi. Volamos por las escaleras, silbó como un arriero para parar un taxi. Dio la dirección y cogió su teléfono para hacer un montón de llamadas, en español, en inglés, francés y catalán. La última en italiano.

Cada vez que cambiaba de llamada, me apretaba la mano y me sonreía. Luego hablaba moviendo los brazos, discutía, razonaba, se enfadaba, y se imponía. No fui capaz de entender nada de lo que decía, ni en las llamadas en español. Bastante tenía yo con hacerme a la idea de participar en un programa de televisión en inglés.

Llegamos y nos encontramos con una especie de photo-call.

– Ponte guapo y sonríe.

No me atreví a preguntar nada. Tampoco creo que conseguí sacar algo parecido a una sonrisa. Quizás una mueca nerviosa y horripilante.

Antes de salir del taxi me pasó la mano por el pelo, para peinarme un poco. Me colocó bien la chaqueta y me abrochó un botón de la camisa.

– Así está mejor – me dijo observando el resultado – estás guapísimo.

Sabía que mentía, pero no dije nada.

Nos hicieron posar frente a un panel lleno de firmas comerciales. No había muchos fotógrafos, pero era una parte del espectáculo del programa de televisión. Todos los invitados entraban por ahí y posaban antes, como si fueran estrellas de cine. Incluso lo hacían con los trabajadores, con los electricistas, los de las cámaras, pintores, gruístas, todos tenían un día que pasar por ahí. Todos pasaban en algún momento por la alfombra roja.

Alguien nos acercó un micrófono. Allí no había traductor así que Diego fue el que contestaba a las preguntas. Ya había estado más veces en el programa, así que incluso había un poco de complicidad. En un momento dado de esa entrevista improvisada, escuché la palabra “boy-friend”. Y un “Yes”, en boca de Diego. Yo seguía con mi sonrisa estúpida hasta que sentí sus labios sobre los míos y escuché un aplauso de la gente.

Me quedé mirando a Diego.

Él me miraba a mí. Levantó las cejas y entornó la cabeza.

– ¿Boy friend? – pregunté.

Solo me sonrió. No dijo nada.

El resto de la entrevista da igual. Cosas sobre el libro, cómo lo había escrito, que sentía al ser traducido al inglés y francés (cosa que en ese momento desconocía), número 1 en ventas en el Reino Unido (también desconocía ese dato), y bla, bla, bla.

Diego entre bastidores. Sonriendo. Siempre sonriendo. Y con un gesto que yo quise interpretar como que mostraba el orgullo que sentía por mí en ese momento.

De vez en cuando salía y hablaba por teléfono.

Por fin acabó el suplicio. Nos abrazamos y me dio un beso.

– Págate esa comida que me debes, jodido. Estoy hambriento.

– ¿No te vale con comerme a mí?

– Joer, qué descarado eres. Eso luego. – tenía hambre de verdad.

Solo me quedaba un día en Londres. Lo pasamos juntos. Me dio un poco de reparo pensando que a lo mejor él estaba abandonando algo por hacer importante por estar conmigo. Se lo pregunté a la hora de comer.

– Hoy, lo más importante eres tú. Lo único.

Casi me estalla el pecho de contento. Me encogí ligeramente de hombros y dejé un rato los ojos muy abiertos. Esa tarde anduve como en una nube. Él me cogía de la mano y sonreía. Hubo un momento en que me sentí un poco estúpido, porque todo transcurría sin que yo hiciera nada. Solo me dejaba llevar. Pero luego descarté preocuparme por eso. Si quedaban unas horas en Londres, las disfrutaría. Luego, ya veríamos.

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