Amores Prohibidos (final).

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El luego es ya, ahora. Cogí el avión de vuelta al día siguiente. Me despidió con un pañuelo al viento en la terminal, como en las novelas románticas del siglo XIX. Me puse colorado y todo, de la vergüenza, todo el mundo mirando, algunos reían la ocurrencia, otros parecían mostrar algo parecido al asco, otros indiferencia. Pero aunque no lo reconozca, me gustó y me sentí lleno.

En el avión, la cosa cambió: me empecé a sentir un poco vacío. Quizás porque intuía que a lo mejor, eso había acabado ahí. Ahora sus guías recobrarían la ascendencia perdida en ese día y medio y harían ver de nuevo a Diego de la inconveniencia de esa relación. Por alguna causa no me produjo desazón. Ese día y medio había sido tan maravilloso que, al menos me quedaría eso. Y la imagen de Diego agitando su pañuelo en la terminal del aeropuerto.

Fue bonito.

Cuando llegué a Barajas y encendí el móvil, me encontré con 23 mensajes de Diego.

“Te quiero”

“Ya te echo de menos”

“Me han llamado de la televisión para hacerme una entrevista sobre nosotros”

“No te he dicho nada, pero te vi en la Fundación Juan March cuando toqué con el cuarteto. Me hizo mucha ilusión; esa tarde toqué para ti”.

“No sé si tendrás una habitación libre para la semana que viene”

“¿Te vienes a vivir a París conmigo?”

“Te quiero”

“Echo de menos tus besos”.

“Te amo”.

“Mi padre dice que quiere conocerte”.

“Mi hermano quiere ir a verte para que le lleves a ver la catedral”.

“Dice que si conoces a alguna chica guapa para él”.

“Lorenzo dice que te va a enviar un cómic que ha comprado para ti”.

“Me ha dicho también que ya era hora, que creía que me tendría que dar una colleja”.

“Te amo”.

“Te echo de menos”.

“Estoy alucinado de que siendo un niñato como yo, estés conmigo”.

“Alucino”.

“Tengo que trabajar un rato”.

“Voy a estar contigo la semana que viene, el martes”.

“Te amo”.

“Mucho”

“Mándame unos besos cuando llegues”.

Suspiré. Y contesté:

“Te amo, Mi Príncipe”.

Me contestó:

“Para ser escritor, no te has extendido mucho; escríbeme esta noche un relato sobre amores imposibles, uno como tú y otro como yo que se encuentran en el Museo Británico”.

Por no llevarle la contraria, fui escueto en la respuesta:

“Vale”.

Aunque luego, me arrepentí, y escribí algo más:

“Te amo, mira a ver si en lugar del martes, vienes el domingo”.

“Vale”.

“Te amo”.

“Eres mi vida, escritor”.

Me monté en un taxi y cerré los ojos.

– ¿A dónde va? – usó un tono un poco brusco, ajeno del todo a mi estado de gracia espiritual y amorosa. Pensé en decirle que me llevara dónde quisiera, pero quizás no era al taxista adecuado para esas misiones tan de novela romántica.

– A la estación de Chamartín.

Y ahora sí, cerré los ojos. Y soñé con Diego desnudándose en la puerta, como le pedí cuando nos enfadamos.

– Sería la hostia – exclamé.

– ¿Decía?

– Nada, nada, perdón, hablaba solo. El amor ya sabe.

Por la cara que puso, supe que estuve acertado en no usarlo como personaje de novela romántica para que me diera un paseo por Madrid, sin destino prefijado.

Saqué el teléfono y no puede evitarlo, escribí:

“Te amo”.

Y ya no abrí los ojos hasta llegar a Chamartín.

___________

Agradecimiento:

No puedo acabar esta historia, sin agradecer a Dídac su inspiración y apoyo. De él es el texto que Diego de Andrés escribe el primer día del Taller. Gracias, gracias, gracias.

Y también le debo el que haya elegido la música que acompaña a cada capítulo. Así que doble agradecimiento.

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