Antonio.

Iba en el coche y al girar para entrar en el Mercadona, lo vi.

Estaba sentado en la barandilla del aparcamiento. Tenía el mismo aspecto descuidado de siempre. Aunque hacía calor, mucho calor, él iba con su chaqueta de paño, ajada y sucia. Sus zapatos igual de gastados incluso rotos. Tenía la mirada perdida como si estuviera cansado. Llevaba una bolsa del supermercado de la esquina: le gusta más que el Mercadona. Allí le atienden con simpatía, no le atosigan ni le miran de mala manera si no encuentra una moneda en la cartera. En el Mercadona se siente perdido, un estorbo. Nadie le echa una mano ni le dirige una palabra amable. Las cajeras son antipáticas y no tienen ni el detalle de ayudarle a guardar la compra en las bolsas. Solo le miran impaciente si tarda, porque es torpe. Y si acaso luego, cuando piensan que no les escucha, se mofan de él o se meten con su aspecto. Pero él les oye, porque es viejo, pero el oído lo tiene muy bien.

Se llama Antonio. Tiene 81 años y está solo.

Un día me senté a su lado. Lo encontré sentado en un banco, en una placita cercana a mi casa. Olía a descuidado y su aspecto era igual de descuidado. Como ayer. Lo saludé y quise entablar conversación. Quería saber su historia. Pero él no estaba por la labor. Le costaba hablar, centrarse. De repente tuve una idea, algo que me recordó mi experiencia con mi padre. Saqué una botella de agua que acababa de comprar en esa tienda de la esquina que también visita él. Se la ofrecí. “Beba un poco, que hace solina”. Él dudó pero al final le pegó un trago. Y luego le pegó otro. Me la tendió, pero yo ya había sacado otra botella y bebía a su ritmo.

Hay veces que buscamos historias, como yo ese día. Sentarme al lado de ese hombre y que me contase. Pero no todos tenemos historias interesantes que contar. De hecho, casi nadie las tiene. Simplemente naces, juegas a la pelota con papá; luego vas haciendo amiguitos, vas al colegio y al final acabas trabajando. Te casas o decides no hacerlo. O no encuentras a la persona adecuada. Vives tranquilo, con tu trabajo, en tu casa, disfrutas de tu tiempo libre, de tu familia, vas al campo los domingos, o al fútbol. O a lo mejor te gusta el cine.

Luego llega un día en que te das cuenta que tus amigos, se van muriendo. Cada día tu pandilla mengua. Un día decidís todos, los que quedáis, que vais a dejar de reuniros, porque sin decirlo en voz alta, todos sois conscientes de los que faltan. Y os miráis y os preguntáis en silencio ¿seré yo el siguiente? ¿O serás tú, Enrico? Y eso duele.

Y se muere tu pareja.

Y te quedas solo.

Tus coetáneos se murieron, los que te siguen, no quieren cargar con un viejo que no da más que problemas, al que hay que recordar que beba agua, porque ya no siente la sed, y al que hay que recordar la necesidad de lavar la ropa, porque no es consciente y porque las ganas de hacerlo le faltan. Y otras muchas cosas.

Les falla la memoria y se hacen obsesivos, pudiéndote repetir miles de veces las cosas. No quieren olvidarlas ellos y te las dicen a ti.

Al final hablamos un poco. Me contó eso de los amigos, y eso de su mujer. No tuvieron hijos. Una vecina le ayuda de vez en cuando, pero él no quiere. Ella lo hace con buena intención y sin esperar nada a cambio. Pero él quiere agradecerle y como no tiene la cabeza ni las fuerzas para hacerle un regalo, un día le dio un dinero, “para que te compres algo bonito”. La vecina, Asun, se enfadó con él. Antonio, el pobre, se sintió turbado. No sabía de otra forma de agradecer las atenciones. Las gracias le parecían poco, solo palabras. Y el dinero es lo que queda.

– Beba un poco más de agua. – le insistí.

– ¿Qué le debo?

– Nada, es una invitación.

Se refería a la botella de agua.

Él me miró de una forma extraña. Despistado, o desconcertado. “Es solo una botellita de agua, no se preocupe”. Pero no acabé de convencerlo, se lo vi en sus ojos.

– Si quiere le ayudo a llevar la compra hasta su casa. – propuse. – Me recuerda a mi padre – dije para convencerle. – Murió hace poco.

Él se opuso en un principio, pero al final le convencí. Fuimos caminando despacio; cada unos cuan tos pasos, se paraba y me miraba y me cogía del brazo, y me contaba. Hablamos de esto y lo otro. De la vida, de hacerse mayor, de la soledad. La soledad. Antonio se siente solo. Está solo. Y es viejo. No es mundo para viejos, a todos nos gusta la juventud.

Mientras subía en el ascensor del Mercadona, cambié de opinión, y en lugar de ir al supermercado, salí a la calle a buscar a Antonio. Pero cuando llegué a la barandilla del aparcamiento del supermercado, ya no lo vi. Solo pensé que ojala se hubiera acordado de beber. Hacía calor y llevaba demasiada ropa.

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