La cabaña de Hugo.

Hacía tiempo que no iba a la cabaña. Al menos los cinco años que había pasado viviendo en diversos países del mundo. Primero en Australia, después pasó un año en Bélgica, por fin acabó en Berlín.

En cuanto acabó el bachillerato, se fue. Buscaba. Buscaba algo o alguien, no sabía muy bien. En todos ellos, al principio pensó que lo había encontrado. Pero al cabo de unos meses, tuvo la certeza de que no, no era lo que esperaba, lo que anhelaba. Su búsqueda debía continuar. En cuanto tomaba conciencia, se ponía a planificar otro cambio.

En todos ellos, echaba de menos su cabaña. No era nada especial, ni siquiera era suya. Era una especie de pequeño parque de juegos, posiblemente de una casa solariega cercana, que en otros tiempos, seguramente había acogido los pasatiempos de los hijos del dueño.

La descubrió un día que salió huyendo de su casa, porque le faltaba el aire. Tenía apenas 15 años. Corrió y corrió hasta salir de la ciudad. Anduvo por el campo hasta que la vio. De repente se dio cuenta de que estaba agotado, y sintió una necesidad imperiosa de sentarse y descansar. Se acercó con precaución, pegó un par de gritos para asegurarse que no molestaba a nadie, y se subió al tejado. Se sintió tan a  gusto, que se la apropió al momento. Al menos de manera figurada.

En verano le gustaba ir allí y desnudarse. Paseaba por los alrededores, se subía al tejado como aquel primer día, se tumbaba y tomaba el sol. Dejaba que las mariposas se posaran en su piel y que el sol calentara el frío que siempre sentía dentro de él. Si llovía se metía dentro y se sentaba a lo indio, cerrando los ojos y escuchando atentamente el repiqueteo de las gotas sobre la madera. Aunque a veces, prefería dejar que las gotas estallaran sobre su piel.

Era el momento en que se sentía en paz con el mundo, en paz consigo mismo.

No hizo ningún cambio, ni dejaba ninguna señal de su paso. Solo le acompañaba allí algún libro, aunque rara vez lo abría. No necesitaba. Solo necesitaba el sonido de la hierba mecidas por el aire, el calor del sol, el aleteo de las mariposas, el zumbido de las moscas. Todo ello aplacaba el desgarro que sentía por dentro, y que no acertaba a descifrar.

Nunca habló de ello, ni descubrió su refugio a nadie. Ni sus padres, ni sus parejas lo conocieron. Ni su hermano, que era muchas veces su confidente. El único. Pero a él tampoco se lo confió.

Ahora, después de abandonar Berlín, volvía a casa. No lo hacía por una causa especial, ni porque hubiera encontrado lo que anhelaba. En el fondo estaba convencido que la causa de su regreso era volver a la cabaña, cada día, desnudarse, cerrar los ojos y conseguir que la paz le inundara, aunque fuera por unas horas. Dejar que su cabeza se vaciara de todo lo que le agobiaba cada día, del torrente de pensamientos que lo acuciaban a cada instante.

Caminando hacia su caseta de madera, sintió miedo durante un instante. ¿Y si en esos años su refugio había desaparecido? Era ya muy vieja. Uno de los últimos días, el tejado cedió por un lado; faltó poco para que cayera por la abertura. Y la puerta ya no se podía cerrar: los goznes se habían bloqueado definitivamente por el óxido. A lo mejor alguien había ocupado la casa y había decidido limpiar sus terrenos. O la habían tirado con el fin dejar la finca libre de estorbos y venderla mejor. O mil cosas.

Respiró profundo al dar la vuelta al recodo del camino y ver la silueta de la caseta. Tuvo un impulso casi infantil y corrió hacia ella, abriendo los brazos y riendo. “Qué bobo eres, Hugo”, pensaba mientras corría, pero le dio igual, siguió galopando y siguió riendo, solo, a carcajadas. De vez en cuando saltaba abriendo los brazos y riendo más fuerte. Dio un par de vueltas alrededor y comprobó que todo estaba en su sitio. Se sentó un momento sobre un tronco sujetado por unas cadenas, que hacía las veces de columpio, y recuperar el resuello. Miraba la cabaña, observando cada detalle, recordando y comparando. Al mirar el tejado, algo le llamó la atención: La parte que se había caído, estaba reparada. Y la puerta, estaba entornada, lo que quería decir que alguien había arreglado los goznes.

Se acercó cauteloso. “¿Hay alguien?”, gritó. Pero nadie respondió. “¡¡Ehhhhhhhhhhhhh!!” volvió a gritar. Abrió despacio la puerta, observando nuevamente cada detalle. Todo estaba igual, salvo que los desperfectos que recordaba, estaban reparados. Pero no percibió nada que hiciera pensar que alguien había utilizado la cabaña cuando él se fue.

Pensó en irse. Era evidente que ya no era su refugio secreto. Suyo, solo suyo. Aunque apenas cinco minutos sentado en el suelo, le hicieron cambiar de opinión. Nada había cambiado, en esencia. Así que se desnudó lentamente, dejó su ropa en la misma esquina de siempre, y subió por la escalera hacia el tejado. Se tumbó y cerró los ojos.

Era el mismo aire, la misma tranquilidad, el mismo rumor de la hierba, las mariposas, el sol… parecía que el tiempo no había pasado y que en lugar de cinco largos años, apenas habían sido un par de semanas desde la última vez.

Durante un par de minutos, pensó en que debería buscar a quién había arreglado los desperfectos. Todo indicaba que lo había hecho para él. Y eso, de una forma extraña, le reconfortaba. No estaba acostumbrado a eso, sobre todo sin buscar siquiera un agradecimiento.

Sin darse cuenta, empezó a oscurecer. Sintió un poco de frío y fue a vestirse. Recogió su mochila y cuando iba a salir camino de su casa, en una esquina, vio una pequeña funda de plástico con un papel dentro.

Bienvenido, Hugo. Esta sigue siendo tu casa, solo tuya”.

Le dio un pequeño respingo el corazón. Salió de la cabaña, miró alrededor, pero no vio a nadie. Volvió a pensar por un momento en que ya no era su rincón secreto. Meditándolo un poco mejor, era evidente que no lo había sido nunca. Quién había dejado ese mensaje, lo sabía de antes. Se sintió desnudo por primera vez, descubierto, en peligro, aunque fuera de una forma íntima. No… no podía volver ya… no sería lo mismo. Aunque… si antes estaba cómodo aunque alguien lo conocía, era evidente que no tenía ningún interés en molestarlo. No… no volvería… no era lo mismo. Ya no se sentiría solo, sin ataduras. Pero enseguida descartó la idea de no volver allí. Al fin y al cabo, nada había cambiado. Por saber que alguien conocía su secreto, no cambiaba nada. Todo seguía igual. En este caso, saber, no debía cambiar nada. Antes alguien sabía, aunque él no fuera consciente. Ahora lo era, pero eso, pensó, le daba igual. Seguía siendo el sitio en el mundo en el que mejor se encontraba.

La noche avanzaba. Apresuró el paso. Se sentía a gusto, como siempre que iba a la cabaña. Aunque una idea empezó a germinar en su mente. ¿Y si buscaba al que conocía su secreto?

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3 pensamientos en “La cabaña de Hugo.

  1. digo lo mismo que sonia, te leo mucho, y veo tus fotos, y todo. que conste que te admiro muchisimo, aunque ciertamente, no se si es esa la palabra. Mas bien te tengo cariño. me gusta mucho como escribes, me identifico contigo. Te deseo lo mejor. Eres de esas personas que me encantaría conocer. desde que empecé a meterme en el mundillo de los blogs, los vlogs, y la gente que escribe online, pienso cada día que hay miles de personas que serían mis mejores amigos de haberlos conocido… Contigo pienso eso. Espero que seas muy feliz y que encuentres el amor, o que lo hayas encontrado, y te deseo mucho unicornios floripondianos y tal… Me ha obnubilado el relato.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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