Darío era joven.

Ese domingo debería haber ido a la comunión de su prima. Fue un día muy agradable, sol, temperatura veraniega, mucha gente, todos felices. Los niños jugando en los jardines de la Iglesia, luego en unos hinchables que había en el restaurante… los mayores les miraban con una sonrisa en la boca y charlaban despreocupados sobre el bonito día que había salido y sobre los programas de televisión que todo el mundo ve. Nada de peleas familiares, todo paz y armonía. “Qué buenos los langostinos” “El pescado era salvaje” “Otro pedazo de tarta, por favor, y un güisquito, para pasarlo, – el tío Federico guiñó el ojo a la camarera – ¿sabe usted?”. No fue como en las últimas Navidades que acabaron todos a latigazo dialéctico de ida y vuelta: gritos, lloros, reproches, portazos y desencuentros.

Podría haber puesto la escusa de esa última reunión familiar para no ir a la comunión. Pero no lo hizo.

Según le contó su madre cuando la llamó por teléfono para interesarse por cómo había ido todo, nadie preguntó por él. Su madre tampoco insistió mucho en que fuera. Simplemente preguntó: “¿Vas a ir?”. Él contestó seco: “No”. Ella se dio media vuelta y siguió recogiendo la cocina, como si nada.

Darío estudió la cara de su madre y no notó ni extrañeza ni contrariedad. Ni siquiera una mirada comprensiva. Ahí entendió que ni ella estaba de su parte. Su padre sí. Pero era un hombre cansado de lidiar con la vida.

Aquella pelea de Navidad fue por él. Desde que cumplió los 24, nada en su cuerpo había cambiado. Ni siquiera le crecía el pelo, o la barba. Al principio lo contaba a la gente con alegría. Los primeros meses era divertido. Los siguientes ya fueron menos graciosos. Sus amigos le empezaron a decir que les mentía, “ya está bien de coñas, Darío”. “La pasta que te debe costar ir todos los días al peluquero y el maquillaje o los potingues que te des”. “Lorena, no me doy nada, es la verdad”. Pero ni Lorena ni nadie le creían.

El distanciamiento fue progresivo. Sus amigos dejaron de llamarlo. No supo muy bien si era porque pensaban que les mentía, o porque no se sentían cómodos mirándose en el espejo y viendo que cada día, ellos estaban un poco más ajados, y él, seguía siendo igual de joven.

Su familia también empezó a distanciarse. Su madre intentó que fuera al médico. “No es normal, Darío”. “¿Voy a ir al médico entonces, porque estoy muy bien y no me pasa nada, y estoy igual de joven? Prefieres entonces que esté enfermo o que me salgan arrugas.” “No es normal, Darío”. “No es normal, Darío”, insistía.

Esas Navidades, la tormenta estalló. Uno de sus tíos, ayudado por el cava del aperitivo, de bar en bar, se negó a sentarse a la mesa, “Porque estaba en ella el diablo”. Lo miró con saña, con asco. Y con un poco de reparo, también. Y miedo, mucho miedo.

– Tío, si fuera el diablo, extendería la mano y arderías en una llama sin fin.

Se lo quedó mirando con cara seria y concentrada. Y de repente, levantó la mano señalándolo y murmuró algo sin sentido que parecía latín. Como colofón, chascó los dedos. Su tío se echó hacia atrás de un salto, con tan mala suerte que se fue al suelo con silla y todo. Le hizo tanta gracia que empezó a reírse. Era inaudito: de verdad, se lo creía. De verdad se creía que él, Darío, su sobrino, era el diablo. Qué él, Darío, era el mal personificado.

Pero se calló de repente. La risa se le quedó helada en la garganta. Su cara divertida se fue transformando en otra de estupor. Les miró a la cara, uno a uno. Todos lo creían. Le tenían miedo. Vio asco y repulsión en sus ojos. De verdad pensaban que al levantar la mano, su tío se consumiría en una llama aparecida de la nada.

Sus padres intervinieron. Pero el resto, se puso a la defensiva. Se apartaron todo lo que daba el salón y lo miraban con verdadero pavor.

– Pero, ¿Estáis tontos? ¿Os ha hecho algún mal mi chico?

– No lo ves Enrique, tiene 40 años y parece que tiene 18. Su primo Manuel de 16 parece más mayor que él.

– ¿Y eso es algo malo? ¿Tiene que pedir perdón? ¿Tiene que tirarse de algún puente? ¿Te ha hecho algo, Lidia? ¿Algo que te haya ofendido, te ha hecho daño acaso? Entonces ¿A qué viene todo esto? Como no lo podemos entender, tenemos que condenarlo ¿no? ¿Ha hecho mal a alguien Rosa, Federico? ¡Decidme! – su padre los miraba con los brazos abiertos, intentando buscar sus miradas, bucear dentro de su mente.

– Es el diablo.

– ¿Diablo? Tú lo que eres es gilipollas.

Darío cuando la pelea estaba en lo más álgido, salió de la casa de sus abuelos, sin hacer ruido. La abuela le vio irse. Le lloraban los ojos. Ella tampoco entendía, pero lo quería sobre todas las cosas.

Procuró no ver a sus tíos desde ese día. Abandonó la casa de sus progenitores, con el enfado consiguiente de su padre. “Les das la razón, Darío”. Su madre, tampoco dijo gran cosa; casi se la notaba aliviada.

A escondidas quedaba a tomar café con su padre. Charlaban y se tomaban el pelo. Y siguió viendo a alguno de sus primos. Prácticamente los había criado él. Como trabajaba desde casa, tenía facilidad para adaptar sus necesidades laborales a lo que demandaban los chicos. Ellos guardaban el secreto. A ellos les daba igual que fuera diferente. Todavía no había impregnado su ánimo el miedo a lo distinto que tienen los adultos. Para ellos, la vida era un juego en el que lo importante era eso, jugar, reír, tener colegas, fueran como fueran.

Ese domingo, el de la comunión de su prima, Darío, tras unos arbustos, le dio su regalo. Ella se le colgó del cuello y le da un beso fuerte, fuerte, en la mejilla. Darío le indicó con un gesto que debía callar. Ella asintió con la cabeza antes de volver a jugar con sus amigos.

Darío se fue caminando cabizbajo. Era joven como hacía veinte años. Podría ser una suerte, pero ya hacía tiempo que no disfrutaba de ello. ¿Qué más le daba entonces?

– Los raros, al paredón – dijo caminando, mientras sonreía de la forma más triste que podía.

– ¡Fuego! – Gritó – Y los disparos del pelotón de fusilamiento rompieron el silencio del amanecer. – siguió narrando en un tono más bajo.

– Él se llevó las manos a la altura del corazón y giró sobre sí mismo.

– Te han dado – le dijo Nico un chaval que iba detrás y le iba escuchando – Muerto. Molan tus historias.

Se inclinó sobre él para ayudarle a levantarse. Pero Darío no se movió. El chaval lo zarandeó cada vez con más fuerza. Al final se le ocurrió buscarle el pulso, como en la tele.

– Hostias, con la broma.

Sacó el móvil y llamó a Urgencias.

Los médicos no pudieron hacer nada, más que certificar la muerte de Darío.

– Quizás haya sido un ataque al corazón.

Pero no lo dijo muy convencido. Algo raro había en esa muerte. No era normal un ataque en alguien tan joven, pensó. Se encogió de hombros y tapó el cadáver hasta que llegara la jueza de guardia.

Iván: otro protagonista de “Tómate otra”, mi novela.

No le sentó muy bien a Iván que sus padres le obligaran a ir a ver a su tío con la excusa de invitarle a pasar las Navidades con ellos. Pero vio la cara de su madre cuando se lo propuso y supo que no tenía alternativa si no quería arriesgarse a una lluvia de improperios y de castigos. Cuando un mes y medio antes le tocó quedarse al cuidado de sus abuelos maternos el puente del Pilar, su negativa fue rotunda. Además, no le parecía justo con el tío Edu, al que no le habían ayudado nunca con los abuelos. Es más, estaba hasta prohibido llamarlo por si se descolgaba con alguna petición.

Pero después de la primera andanada de su madre:

– Nada de móvil ni ordenador, ni televisión. Y olvídate de ir con tus amigos a esa excursión a la nieve en el colegio.

Su negativa bajó de nivel. Pero como aún no parecía estar completamente convencido, su padre apostilló.

– Y ya puedes ir olvidándote del Cristian ese que no me gusta nada, nada.

No puso más objeciones a quedarse esa vez con los abuelos. Y ahora tampoco abrió la boca ante el encargo sobre su tío. Pero eso no quitaba para que el mandado le fastidiara sobremanera.

No le caía bien su tío. Nunca había venido a jugar con él, ni le había prestado la más mínima atención. Las pocas veces que lo veía, parecía siempre malhumorado. Era un hombre gris, gris oscuro, muy oscuro. Y parecía además que no tenía nada de que hablar, ni sentido del humor, ni nada. No le gustaban los niños, eso estaba claro. Y en contrapartida, a Iván, no le gustaba él. Por eso ahora, ir a decirle con cara de pánfilo “Tío, querido, mis papás me dice que te diga que estamos todos deseando que vengas las navidades con nosotros”, le causaba algún problema digestivo. ¿Debería insistir mucho y hacerle carantoñas? No, no, su madre no dijo que lo convenciera, solo que se lo propusiera. Además, tampoco a él le gustaba demasiado el ambiente en navidad en su casa. Sus tíos vendrían y empezarían a mirarlo mal, a meterse con su ropa, con sus gestos. Su tía Adelina empezaría a llamarle en femenino, y a reírse de él mientras lo miraba y hacía gestos con la muñeca. Y el abuelo Francisco, lo taladraría con sus ojos negros, como siempre hacía salvo las temporadas en que se quedaba a su cargo.

– Tengo 15 putos años ¿Por qué debo ocuparme yo de mis abuelos? Ricardo es mayor que yo, que se ocupe él. – pensó aquella vez. Y lo mismo pensó ahora, con su tío.

Pero su hermano Ricardo era un adalid de su equipo de fútbol y no podía encargarse de esas tareas y dejar de liderar a ese grupo de compañeros del balón, camino de la gloria del campeonato provincial de juveniles. Sus padres en secreto debían pensar que tenían un portento del balón que les iba a retirar a todos en cuanto alguno de esos ojeadores del Barcelona lo vieran y se lo llevaran a la Masía sin dudarlo. A sus primos no se les conocía especiales virtudes, pero eran chicos, chicos, como decía su padre. Y los chicos, chicos, no valían para eso. Y sus primas, eran mujeres y no tenía fuerza para manejar al abuelo y la abuela, que no es que estuvieran impedidos, pero que sí necesitaba ocasionalmente alguna ayuda respecto a su movilidad.

¿Quién hay más por ahí? ¿A quién le toca la china? ¿Quién no puede justificar ser imprescindible para nada ni para nadie, salvo quizás para Antonio, otro de sus amigos, pero ese ya tenía prohibida la entrada en su casa. “Uno de esos”, así lo llamaba su padre. Antonio estaba enamorado perdidamente de Iván. Aunque Iván… miraba más en dirección a Cristian.

– Tío que quería hablar contigo. Hace la leche que no quedamos. – intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca, seca.

– Ya te mandé el dinero por tu cumple – le contestó su tío Eduardo con precaución, haciendo cábalas sobre las intenciones de su sobrino.

– Y eso quería, agradecértelo y tal. Y que me invites a un chocolate. – se le ocurrió en el último momento.

Al final su tío Eduardo aceptó, aunque no de muy buena gana. De todas formas, Iván tampoco le podía poner mucho reparo a esa apatía, porque él nunca había prodigado su atención a su tío. Ni ganas.

“Tío, quiero invitarte a las Navidades en casa. Vendrán todos. Va a ser una mierda, pero si vienes, así toca menos mierda a cada uno.”

No, si le decía eso, no lo convencería.

“Tío, mis papás, tu hermano y tu cuñada, están deseooooooooooooooosos de que vayas a pasar con todos nosotros las Navidades. Y mi hermano Ricardo también. Y mi hermana Asun. Y el perro Turco.”

Tampoco le convencía mucho esa forma de abordar el tema.

Siguió probando distintos caminos. Cuando llegó al “Tómate otra Sam”, el bar de su tío, dudó a la hora de entrar. Se sentó en un banco cerca de la puerta. Quiso darse la vuelta, les diría cualquier escusa a sus padres, no se iban a atrever a llamar al tío, pero de repente se acercó Diego, uno de los empleados de su tío Eduardo, lo reconoció y no pudo recular.

Su tío estaba sentado en una mesa al fondo, con el ordenador. Escribía con decisión. Levantó la cabeza y lo sonrió.

– Espera un segundo, sobrino. ¡Qué guapo estás!

Iván abrió mucho los ojos, sorprendido por el halago. No era la forma de comportarse que recordaba en el tío Eduardo.

– Ya está.

Cerró la tapa del portátil y se levantó. Eduardo dio los dos pasos que lo separaban de su sobrino. Éste le tendió la mano, pero Eduardo obvió el gesto para darle dos besos y un abrazo. Iván no supo corresponderle. Parecía un muñeco de trapo en brazos de su tío.

Pero le gustó, cosa que le sorprendió. Hacía tiempo que nadie le abrazaba ni le daba un beso.

Hablaron un rato de sus vidas y tal. Diego les trajo dos chocolates con unos bizcochos buenísimos. Llegó un momento en que Edu se quedó mirando a su sobrino esperando.

– ¿Y bien? – lo animó.

– Es que… mispadresdicenquesivienesacasapornavidad. – lo soltó de un tirón.

Miró a su tío, que como única reacción levantó las cejas sin quitar la vista de su sobrino.

– Pero… ¿a tí te gustaría que fuera? ¿te gusta pasar las Navidades…? – se calló al ver el gesto que se le escapó a su sobrino.

– Mira, Álvaro, este es mi sobrino.

Un camarero se había acercado para consultarle algo.

– Hola, sobrino de Edu – y sonrió de esa forma que él sabía hacerlo. Iván le tendió la mano rápido, para intentar evitar lo de los besos, pero le dio igual porque Álvaro se los dio igual.

– Y este es Nuño – dijo llamando la atención de otro de los camareros.

– Hola, sobrino de Edu.

– Iván, se llama Iván, no seáis así. Un fallo lo tiene cualquiera.

– Sí…

El joven quería decir algo, pero no supo. De repente se sentía a gusto con un grupo de gente, que no lo miraba raro ni juzgaba cada movimiento. Y su tío lo miraba sonriendo, a gusto. No recordaba eso en su tío.

– Vamos a hacer una cosa, sobrino Iván. Voy a llamar a mi hermano, tu padre, y le digo que te quedas conmigo las Navidades. Todas. Tengo habitaciones de sobra. Lo pasaremos bien y no aguantaremos a la familia.

– Pero no me van a dejar… – murmuró el chico, pensando en que alguien se debería ocupar de sus abuelos esas noches en que sus padres se iban con los amigos de cena.

– Vamos a probar.

Y probó.

Y dijeron que sí.

Y unos días después, hicieron el traslado de sus cosas a casa del tío.

Y disfrutaron de las Navidades. Sus amigos iban a casa a menudo, y se fue al cine con su tío y Diego, y con Álvaro y los demás. Fueron a ver alguna obra de teatro y de paseo. Y el día de Nochebuena, hicieron una fiesta en la cafetería y luego cenaron todos juntos.

Fue guay. Porque además, Iván hizo un descubrimiento sobre su tío que lo dejó patidifuso. Y muy contento.

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Antes de comprarla en uno de estos sitios, asegúrate de que el formato es compatible con tu lector.

Daniel quiere ser protagonista.

Para ser protagonista de una historia, debes ser alguien especial, o cuando menos, que te ocurra algo poco habitual. Debes sufrir por amor, sufrir porque no encuentras tu camino, porque eres gay, porque no te aman, porque te aman y tú no amas a quién te ama sino a quién no te ama. Puedes ser protagonista de un relato si eres un asesino en serie, si eres un detective que vas a descubrir al asesino en serie, si eres una de las víctimas del asesino en serie (en este caso tu protagonismo sería un poco circunstancial y sobre todo corto).
Puedes ser protagonista si eres un chapero, o una puta y tengas miles de historias de clientes que revivir en las líneas del relato.
Puedes también ser un protagonista si buscas algo trascendental, como el Santo Grial, o la Mona Lisa, o la perfección.
Si eres un trepa, también tienes una historia.
Si eres un crápula, más malo que la tiña, si pisas a la gente, si les escupes, si sonríes con superioridad a la vida.
O si estás enfermo. Sobre todo si te vas a morir. Quizás en este caso sea un poco frustrante porque no podrías disfrutar de su repercusión, de la fama, de la algarabía que produciría en tus conciudadanos el éxito de la historia basada en tu vida. Aunque si eres creyente, quizás en el más allá… pero en realidad en el Cielo, esas cosas dejan de importar, así que daría igual, te quedarías sin el gustirrinín.
Si te pegan en el cole, en la oficina, en casa. Puede pegarte tu padre, tu marido, tu mujer, tu hijo, tu amigo. O la sociedad. También vale.
Si eres raro, también tienes una historia. Cuanto más raro mejor. O si eres un payaso, la leche de divertido, que anda metiendo permanentemente la cara entera en una tarta de nata.
Daniel no es nada de eso. Daniel es un joven que estudia 3º de derecho, una carrera sin glamour, que no canta en un grupo de rock, ni es un ligón de la noche. Conoció a su novio en clase, cuando les tocó hacer un trabajo juntos. Su novio se llama Manuel y no es guapo, ni feo: del montón. Tampoco está enfermo ni es mala persona. No les gusta salir a descubrir a los culpables de los crímenes de su ciudad. De momento tampoco han sido víctimas de los locos del día o de la noche, ni se pegan, ni han discutido con el conductor del autobús que les lleva a la universidad.
Daniel no se ha presentado a las elecciones de representante de estudiantes por lo que tendría muchas cosas que contar, sobre estudiantes y profesores, cada uno por su lado, o mezclados, que no agitados.
Sale los sábados por la noche. Bebe de botellón y baila en un chamizo de un amigo. Allí también bebe. Nada especial. En este caso sería novedad que no bebiera o que no le gustara bailar.
Tiene sexo con su pareja de forma periódica, sin aspavientos. No tiene problemas con el sexo, ni tampoco le gusta hasta la obsesión. No son aburridos pero tampoco están buscando ser súper originales del tipo: “Vamos a montárnoslo en el ascensor de la casa de mis padres”. “¿Y si lo hacemos en clase de Romano justo a la hora de entrada?”
Nunca ha sufrido por ser gay, ni lo han pegado, ni degradado, ni insultado. Tampoco ha sufrido por amor.
No fuma.
Sus padres se quieren y discuten de vez en cuando. Su padre es el rey de la cocina y su madre se encarga de la limpieza fuera del reino de su marido. Trabajan los dos y no tienen problemas en el trabajo, salvo con algún compañero capullo y con el jefe que a veces es un capullo. Pero nada anormal, vaya. Hay que decir que sus padres están razonablemente sanos, salvo un poco el colesterol.
Quieren a su hijo, pero sin protegerlo en exceso. No le pegan ni piensan echarlo de casa.
Daniel tiene dos hermanos, pero sin peleas ni discusiones. Se llevan bien, pero tampoco tienen una relación de camaradería extrema. No sufren de amor fraternal.
Daniel tampoco es una belleza, es agradable a la vista, pero sin estridencias. Pero sí que es más guapo que Manolo. Manolo es del montón, ya os dije antes. Daniel del montón + 2.
No toca el violín, ni la bandolina. Ni pinta cuadros ni le gusta escribir.
Le gusta leer, y la televisión, como a todo el mundo. De vez en cuando incluso ve “Sálvame”.
Es culto pero sin destacar en nada en especial. Tampoco es un cultureta resabiado.
Comete alguna falta de ortografía, como yo, que en este relato me he descubierto dos o tres que me han hecho sonrojar.
Daniel quiere ser el protagonista de una historia. Me lo ha dicho varias veces. Es su único sueño en esta vida, a parte de encontrar trabajo cuando acabe de estudiar, que eso si que es un sueño. Aunque Rufino, el jefe del bar en el que trabaja los fines de semana le ha dicho siempre que, el día que quiera, tiene un trabajo fijo en el bar. Maruja, una amiga, siempre le ha dicho que Rufino le tira los tejos. “Está colaico por ti”.
Daniel no lo cree. Aunque eso sí sería una historia porque Rufino tiene ya unos años, así como 55, una señora esposa desde que tenían 18 y siete hijos. Y dos nietos, que la mayor se empeñó en hacer a su padre abuelo con cuarenta años.
Le he tenido que decir que no a Daniel. Lo de la historia, digo.
– No, Daniel, no puedes ser el protagonista de una historia. Si acaso, si tuvieras un vocabulario rebuscado y elitista, podríamos hacer una bella historia con factura impecable para que los amantes de la literatura tuvieran orgasmos al leer esas páginas. Pero Daniel, te aviso, tu historia a esos, les importa una mierda, tus sentimientos, otra mierda. Tú, el truño más grande. Las palabras y su sonido, es lo que les hace entrar en éxtasis.
Daniel se ha quedado cabizbajo.
– Lo siento.
Y le he dado un abrazo.
Me gusta Daniel. Una lástima que ese Manuel sea tan majo y lo quiera tanto. Aunque quizás… esa sería una buena forma de hacer protagonista a Daniel, una vez descartado Rufino: asediarle y hacer que se enamora de mí y destierre con el mayor dramatismo posible a Manuel de su vida. Y le sustituya por mí.
– Oye, Daniel, estaba pensando… ¿Y si nos liamos y… ?
No, por la cara que ha puesto, no está dispuesto a venderse para ser protagonista de una historia. Y yo que me creía mejor partido que Rufino… por lo de escribirle una historia y hacer realidad sus sueños.

Pero no.
Una pena.

El amor, también es cosa de hombres.

NO hay que esperar a San Valentín para hacer apología del amor. En este caso de amor entre dos hombres.

Hoy es un buen día para homenajearlo.

 

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Algunas de estas parejas, ya no lo serán. Otras, serán modelos posando para un fotógrafo. Algunas, seguirán enamorados, incluso algunas, se querrán más que cuando se sacaron la fotografía. Pero todas estas imágenes quedan ahí, para alimentar las esperanzas, los deseos de muchos.