Llámame Abandono.

Estaba en la cama, con los ojos cerrados. Intentaba conciliar el sueño. Intentaba descansar y entrar en mi mundo imaginario.

Intentaba ambientar mi mundo en un campo lleno de verde, salteado con amapolas y margaritas. Quería sentir una suave brisa sobre mi piel desnuda, corriendo grácil por el valle, con los brazos abiertos, como si fuera una película de Malick.

El cielo azul y el ambiente límpido y puro.

De repente, la lente a través de la cual observaba mi mundo creado, se desenfocó. Mi sombra parecía distorsionada y la luz se apagó. Seguía sin haber nubes, pero la luz no alegraba la campiña.

Me di la vuelta en la cama, buscando otro enfoque y otro ángulo de visión, pero esta nueva situación apenas cambió mi mundo imaginario.

La noche ha sido un torbellino de imágenes incoherentes y desalentadoras. Las amapolas se marchitaban y los pétalos de las amapolas caían a mi paso.

Cerré los ojos, también en mi sueño. La cabeza me empezó a dar vueltas. Me la agarraba con las manos, intentando vanamente que dejara de moverse. Giraba como si mi cuello fura una rosca sin fin. “La niña del exorcista”. Niña a mis años, y encima, endemoniada.

Me incorporé de un salto. El corazón palpitaba desbocado. El sudor empapaba mi pijama de rayas azules. Encendí la luz y aunque busqué, no vi al demonio que había envenenado mi mundo imaginario.

Me levanté despacio y me he ido al baño. Abrí el grifo del agua fría y me enjuagué la cara. Sabía que eso suponía renunciar al sueño esa noche. Pero me daba miedo no encontrar de nuevo la puerta a mi mundo. Me aterraba que la vida ahí, fuera tan deprimente como la vida de cuerpo palpable. ¿Qué me quedaba entonces?

Me miré la cara en el espejo. Mi cara demacrada, apenas un poco de piel sobre mis huesos, me asustó más si cabe. No me reconocía. Ahora me río, pero en ese momento me puse a hacer muecas esperando que mi reflejo no me las devolviera y así, demostrarme que todavía estaba soñando y todo era un deprimente segundo acto de la comedia macabra del sueño de este día del mes de julio.

Me estremecí de frío. Quizás no era julio, pensé. Quizás es enero.

Lo que si era claro, es que el espejo rajado y desconchado me devolvía mis muecas. Que mi rostro no tenía la lozanía que recordaba, ni era redondo y relleno, con unos papos pellizcables.

Me aparté del espejo, y sin secarme la cara, salí a la calle. Ya había amanecido, pero el día era oscuro. Llovía. Un torrente de agua y barro, ocupaba el camino sin asfaltar. Algunos vecinos intentaban iniciar sus vidas diarias, calzados solo con su piel y con unas ropas salteadas de barro y desesperación. Yo los miraba con los ojos muy abiertos, teniendo de nuevo mis dudas sobre si estaba despierto o no.

Quizás esta es una de tus historias,…

De repente me quedé callado. Sorprendido. Quería acabar mi frase con mi nombre, pero… no me acordaba de cómo me llamaba. Mi corazón empezó a latir de nuevo, con fuerza, mi pecho se encogió, el aire apenas llegaba a mis pulmones. Luchaba por que cada bocanada surtiera de oxígeno a mi organismo.

Pasó un chico por mi lado. Lo conocía porque era mi vecino. Me gustaba además, así que había intentado ligármelo. Lo obligué a pararse, poniéndome en medio de su camino y sujetándolo con mis manos por los hombros.

– ¿Cómo me llamo? – le pregunté con los ojos muy abiertos.

El chico me miró, al principio molesto, casi enfadado por haberle detenido de esa forma, y por haberle cogido por los hombros. Hizo un gesto brusco con los hombros para intentar soltarse, pero yo apretaba con más fuerza. Luego, su gesto mudó hacia la pena y la impotencia.

– No lo sé.

Lo dijo en apenas un susurro.

Estaba intentando procesar lo que me acababa de decir ese chico.

– Pero yo te conozco, te llamas Rui. ¿Cómo no me vas a conocer a mí? ¿Cómo no vas a saber mi nombre? Soy tu vecino, te dije el otro día que me gustabas…

El chico hizo un amago de volver a su camino, al ver que yo relajé mi fuerza, por la impotencia y la desesperación. Incluso dio un par de pasos. Pero le debí dar tanta pena que volvió, me puso la mano sobre el hombro, ahora fue él, y me dijo:

– Nadie sabe tu nombre.

Y entonces, sí, Rui retomó su camino sin mirar atrás.

Un niño atravesaba la calle. Apenas tendría diez años. Me asusté porque por un momento creí que la corriente se lo llevaría con ella. El agua le llegaba más arriba de las rodillas y el chico parecía muy débil, con las piernas muy delgadas, escuálidas. Hice intención de acudir en su ayuda, pero sus ojos se clavaron en los míos y me indicaron que no necesitaba mi ayuda.

– Si no tienes nombre, no eres nada para nadie. Debes tener un nombre.

– Pero si yo tengo un nombre, lo que pasa es que no me acuerdo.

– Nadie sabe tu nombre, no tienes nombre.

– Sí lo tengo. – protesté.

– Nadie lo sabe.

– Pero…

– Si nadie lo conoce, no existes. Te irás consumiendo hasta que desaparezcas.

– Y tú, ¿cómo te llamas?

– Camino.

Le alargué el brazo para estrecharle la mano, como si nos hubieramos presentado en una ceremonia importante, llena de personajes poderosos y conocidos. Como si él no fuera un niño de apenas 10 años, cuya mano se perdía en las mías, y eso que ahora no eran más que un saco de huesos sin forma ni fuerza.

– ¿Y tú? – me preguntó todavía con su manita entre mis dedos.

Levanté la mirada hacia el cielo. Cada vez estaba más oscuro y cada vez llovía más. Miré hacia la montaña justo cuando empezó un horrible ruido que fue creciendo poco a poco hasta convertirse en un estruendo insoportable. Por la ladera bajaba una enorme ola de agua, barro y piedras, que se iba alimentando de todo lo que encontraba en su camino. Cuando quise empezar a correr, la mano del niño me retuvo. Sus ojos me decían que todo estaba perdido, era inútil correr ladera abajo. Mi propia casa me alcanzaría en apenas unos segundos y quizás un trozo de ese espejo en el que me había mirado unos minutos antes se clavaría en mi nuca. O quizás fuera el lavabo, o el inodoro.

– Llámame Abandono. – contesté al niño.

Y entonces sonrió.

– Solo me da pena que nadie se vaya a enterar de mi nombre.

El niño volvió a sonreír y se encogió de hombros.

– Pero yo si lo sé.

Yo también sonreí, instantes antes de que la ola de barro que bajaba de la montaña nos engullera con sus fauces.

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2 pensamientos en “Llámame Abandono.

  1. A veces me siento en un sueño sin querer retornar a una realidad que me es hostil por el hecho de ser realidad. Creo que tus escritos alcanzan ya una orquestación sublime, al menos así lo veo yo.

    Un besazo

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