La historia de Eduardo. (II)

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Un día, tuvo la idea de llamar a Helena, pero lo descartó. No se había portado bien, y mientras no le pidiera perdón, no la iba a llamar. Si se creía que le iba a tratar así y no iba a pasar nada, se equivocaba. “¡Qué la peten!”

– ¡Ernesto! – llamó a su jefe que justo entraba en el almacén; pero al oír como le llamaba y verle ir hacia él con cara de querer contar, salió de nuevo por la puerta lateral sin mayor dilación.

– ¿Qué os pasa a todos? – dijo mirando a ninguna parte, abriendo los brazos en evidente gesto de desesperanza e incomprensión.

La tarde anterior se había cruzado con Javier y Elvira.

– Vamos a tomar algo – propuso Eduardo.

– ¡Qué más quisiéramos! – Contestó Elvira a toda prisa – Tenemos un ciento de cosas que hacer y vamos tarde a recoger a los niños.

– ¿Niños? – ¿A qué niños se referían? Se preguntó para sí, aunque no se atrevió a decirlo en voz alta.

Javier se quedó mirándolo moviendo la cabeza negando lentamente.

– ¡Es una trola! – le dijo en un arranque – pero has dudado. No tienes ni puta idea de nada ni de nadie. Podríamos tener 7 niños negros y no te habrías enterado.

– Déjalo, Javi. – Elvira tiraba de él. – Ya sabes como es, es tontería llevarse mal rato. Adiós, majo.

¿Majo? Odiaba que lo llamaran majo.

 

Ese día, solo en casa se decidió: se sacaría unas fotos y las colgaría en su perfil, a ver que pasaba. Y qué les dieran por culo a todos. No los necesitaba. Se bastaba solo contra todos y todo. Como un cowboy en el oeste, cabalgando por el desierto, bajo un sol aplastante, bebiendo de su cantimplora y secándose el sudor con la manga de su camisa sucia, que apestaba a sudor y orines.

– ¿La camisa apestando a orines? – murmuró.

Daba igual, así quedaba más dramático.

Se sentía un incomprendido. Con lo que él había hecho por todos sus amigos, por su jefe, por su familia. Siempre ahí, dispuesto a todo.

Apartó todos estos pensamientos de su cabeza y se centró en el perfil.

¿Qué buscas? – pregunta el cuestionario.

– Amistad y lo que surja – contesta Eduardo.

– ¿Cómo eres?

– Soy un tío legal, amigo de sus amigos, que le gusta escuchar. Soy alegre y divertido. Y desinhibido. Muchos amigos, pero muchos. La amistad es muy importante para mí.

Descargó las fotos en el ordenador y pasó la tarde escogiendo las mejores. Luego pensó en retocar alguna, por mejorar la calidad, más que nada.

Entrada la madrugada, se decidió y hizo públicas las modificaciones en su perfil. No tardó en recibir respuestas. Pero hubo uno que le llamó la atención rápidamente por encima de los demás. Su nick: Tímido25. Su foto: un miembro viril, el suyo, claro.

Cambiaron mensajes y quedaron. Esa misma noche. Daba igual la hora. ¿Para qué dilatar la consecución de una bonita historia de amor? Tenía el pálpito de que era su hombre.

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